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17 DE OCTUBRE DE 1945

Día de la lealdad peronista.



Un pujante palpitar sacudía la entraña de la ciudad. Un hálito áspero crecía en las densas vaharadas, mientras las multitudes continuaban llegando. Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas.

Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora.

Hermanados en el mismo grito y en la misma fe, iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor, el mecánico de automóviles, el tejedor, la hilandera y el empleado de comercio.

Era el subsuelo de la patria sublevada. Era el cimiento básico de la Nación que asomaba como asoman las épocas pretéritas de la tierra en la conmoción del terremoto... eran los hombres que están solos y esperan, que iniciaban sus tareas de reivindicación”.

(Raúl Scalabrini Ortiz)




EL 17 DE OCTUBRE DE 1945 (Ver nota al pie)

Los trabajadores irrumpen en la Plaza de Mayo reclamando la presencia de Perón.

A la noche, Perón, ya liberado, habla a la multitud desde el balcón de la casa de gobierno. Los jefes militares opositores al Coronel son desplazados. El Presidente ratifica que habrá elecciones libres. Opiniones de diversos políticos e intelectuales sobre esa jornada histórica.

A la misma hora en que Juan se acomoda en una suite de un piso alto, habitualmente destinada al capellán del Hospital Militar Central de la calle Luis María Campos, los trabajadores se ponen en marcha para concretar una jornada histórica.

A las 7, - informa la policía - en Brasil y Paseo Colón fueron obligadas a dispersarse alrededor de mil personas que venían desde la provincia de Buenos Aires y se dirigían hacia Casa de Gobierno. Poco después, se conoce la información de que el ferrocarril del sur ha dejado de funcionar, y que se encuentran los trenes detenidos por los trabajadores en Gerli y Lanús. A las 8 y 30, es disuelta una manifestación en el cruce de Independencia y Paseo Colón. A las 8 y 40, alrededor mil quinientas personas se concentran en Plaza de Mayo.

A las 9, por Alsina hacia el oeste, va una columna estimada en cuatro mil trabajadores. A las 9 y 30, es dispersada una numerosa concentración reunida frente al Puente Pueyrredón, del lado de la provincia.

Se estima que alcanzaría aproximadamente a diez mil personas. A esa hora, las fuerzas de seguridad levantan los brazos del puente para impedir el acceso de los manifestantes a la Capital, pero rato después se bajan, facilitando el paso.

A las 10 se disuelve una manifestación de cuatrocientas personas en México y Azopardo, mientras se informa que algunos manifestantes han logrado cruzar el puente sobre el Riachuelo y que una columna de diez cuadras avanza por la calle Montes de Oca hacia el centro.

“En esa mañana del 17 de octubre - recuerda Arturo Jauretche - vino a verme un dirigente de Lanús,Pedro Arnaldi, obrero de la construcción, artesano especialista en chimeneas de casas-habitación. Serían las 9 y 30 de la mañana. Entra y me dice:

- Doctor, nos venimos todos al centro.
- ¿Quiénes?

“Nosotros, todos, los obreros, los bolicheros, la gente del barrio, los maestros de escuela, todo el barrio se viene al centro. Porque ya no hay más radicales, no hay más conservadores, no hay más socialistas. Hay peronistas. La gente está con Perón y no hay más remedio. O Perón o la oligarquía”.

- ¿Qué hago, doctor? -. Le dije:

-¡Agarrá la bandera y ponete al frente!...

Así empezó esa marcha increíble, gente que vino desde La Plata, columnas que venían a pie, desdé todos los ángulos...

Pedro Arnaldi, que movía treinta votos en Gerli, pasó el Puente Pueyrredón con su bandera al frente de diez mil almas...” (*2)

“Y en todas las provincias se producía el mismo fenómeno (...) Aquello era el enfrentamiento entre la Argentina desconocida y la Argentina conocida. El 17 de octubre fue una Fuenteovejuna, nadie y todos lo hicieron. (*3)

A mitad de mañana, algunos grupos de trabajadores reclaman frente al Hospital Militar. Exigen ver a Perón, quieren constatar que se encuentra bien. Ante la insistencia, se les pide que designen cuatro delegados, quienes logran ingresar al Hospital, pero finalmente la entrevista no es autorizada.

Mientras, las radios informan que se está generalizando la huelga, no obstante que la CGT ha decidido el paro para el día 18.

Según las informaciones que se difunden, ya han parado los trabajadores de Noel, Alpargatas, Dodero, Klockner, Cristalería Papini, Frigoríficos de Zárate y de Berisso, líneas ferroviarias, a lo cual se agregan los paros ya decididos desde días anteriores, en Tucumán, Chaco, Santa Fe, Córdoba, Mendoza y San Juan.

La policía comunica, a su vez, que por la avenida Asamblea, en dirección hacia la Av. La Plata, marcha un grupo de cuatrocientas personas, y que en Bernardo de Irigoyen, avanza hacia Av. de Mayo una gran columna que se estima en veinte mil trabajadores.

En Plaza Miserere se organiza una concentración numerosa que domina la calle Rivadavia y toma camino hacia el río.

Leopoldo Marechall recuerda así:

"Me llegó desde el Oeste un rumor como de multitudes que avanzaban gritando y cantando por la calle Rivadavia donde yo vivía; e! rumor fue creciendo y agigantándose, hasta que reconocí primero la música de una canción popular y en seguida, su letra:

Yo te daré / te daré, patria hermosa / te daré una cosa / una cosa que empieza con P / Perooooón. Y aquel “Perón” resonaba periódicamente como un cañonazo.

Me vestí apresuradamente, bajé a la calle y me uní a la multitud que avanzaba rumbo hacia la Plaza de Mayo. Vi, reconocí y amé a los miles de rostros que la integraban: no había rencor en ellos, sino la alegría de salir a la visibilidad en reclamo de su líder. Era la Argentina invisible que algunos habían anunciado literariamente, sin conocer ni amar a sus millones de caras concretas y que no bien la conocieron, les dieron la espalda. Desde aquellas horas, me hice peronista. (*4)

Asimismo, a las 11, cuarenta empleados de la Corporación de Transportes sacan los camiones y con banderas se dirigen hacia el Centro.

Al mediodía, la policía vuelve a dispersar a grupos de manifestantes que se habían concentrado en Plaza de Mayo. Perdí gran parte de la movilización que tomó rumbo ahora hacia Palermo, en busca del Hospital Militar.

Por Las Heras, en dirección a Plaza Italia, una columna de varias cuadras, que engrosa permanentemente, levanta cánticos y consignas exigiendo la liberación del coronel Perón.

A la misma hora, dos sindicalistas ferroviarios, Florencio Soto y Juan A. Caru obtienen autorización para una breve entrevista con Perón.

Apenas liberado, Mercante también concurre a entrevistarse con Perón, con quien almuerza cambiando impresiones acerca de los sucesos en curso.

Los organismos de seguridad informan que “desde el mediodía, una marejada humana se volcó por diversas arterias en dirección al Hospital Militar Central, al grito de -¡Perón!, ¡Perón!-. Luego se detuvieron frente a ese nosocomio, condensándose allí el grueso de la columna y desbordando hacia calles adyacentes”.

“Inesperadamente, enormes columnas de obreros comenzaban a llegar - escribe Scalabrini Ortiz - Venían con su traje de fajina porque acudían directamente desde las fábricas y talleres...

Eran rostros atezados, brazos membrudos, torsos fornidos, con greñas al aire y las vestiduras escasas cubiertas de pringues, de resto de brea, de grasa, aceites. Llegaban cantando y vociferando unidos en una sola fé... Una pujante fé sacudía la entraña de la ciudad...(1) Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los tambos de Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López. Las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas. Brotaban de Lanús, de Gerli y Avellaneda, o descendían de las Lomas de Zamora... Era el subsuelo de la patria sublevado" (*6).A esa hora, FORJA ya ha dado un comunicado en el que sostiene que “en el debate planteado en el seno de la opinión, está perfectamente deslindado el campo entre la oligarquía y el pueblo (...) y que, en consecuencia, expresa su decidido apoyo a las masas trabajadoras que organizan la defensa de sus conquistas sociales. Patria, Pan y Poder al Pueblo. (*8).

La policía informa que alrededor de dos mil personas marchan por la calle Corrientes hacia el centro. En Plaza de Mayo son dispersados grupos de manifestantes, siendo las 12 y 30. Una hora después, aparecen nuevamente trabajadores en Plaza de Mayo, y resultan vanos los esfuerzos policiales por despejar la zona.

Sin embargo, no se trata, a esa hora, de miles de concurrentes en la plaza histórica, como se ha afirmado erróneamente más de una vez. La concentración importante, en ese momento, se produce ante el Hospital Militar, y recién después de las 15 crece la concentración popular en Plaza de Mayo.

En esos momentos, el coronel Gemetro - devoto del orden - le sugiere a Ávalos:

“General, si a esa gente no la para la policía, lo podemos hacer nosotros con unos pocos hombres (...)”

“Quédese tranquilo, Gemetro, no va a pasar nada” - contesta Ávalos -. “Todo lo que la gente quiere es ver a Perón, saber que Perón está bien. Después se irán como vinieron” (*8).

La actividad comercial e industrial se halla paralizada desde las primeras horas de la mañana.

“Yo estaba en mi casa, en Santos lugares - recuerda Ernesto Sábato - No había diarios, no había teléfonos, ni transportes. El silencio era un silencio profundo, un silencio de muerte. Y yo pensé para mí: esto es realmente una revolución. Era la primera vez en mi vida que asistía a un hecho semejante. Por supuesto, había leído sobre revolución.(*16)...

Todos tenemos, en general, una idea literaria y escolar de lo que es una convulsión de esa naturaleza. Pero es una idea literaria, sobre todo en este país, donde la gente ilustrada se ha formado leyendo libros preferentemente en francés. Y todavía hoy, ve con enorme simpatía, cada vez que llega el 14 de julio, en las vitrinas de la embajada francesa, en la calle Santa Fe, un descamisado tricolor tocando un bombo, rodeado por otros descamisados que vociferan y llevan trapos y banderas.

“Era la primera vez en mi vida que asistía a un hecho semejante”.(Ernesto Sábato)

Todo eso les parece muy lindo y hasta de buen gusto, porque está en la avenida Santa Fe, sin comprender que esos hombres allí representados eran precisamente descamisados y que esa revolución, como todas, por otra parte, fue sucia y estrepitosa, obra de hombres en alpargatas, que golpeaban bombos y que seguramente también orinaron, como los descamisados de Perón en la Plaza de Mayo, en alguna plaza histórica de Francia (...)

A mí me conmueve el recuerdo de aquellos hombres y mujeres que habían convergido sobre la Plaza de Mayo desde Avellaneda y Berisso, desde sus fábricas para ofrecer su sangre por Perón.” (*9).

“Después del mediodía - testimonia Angel Perelman - la actitud de la policía comenzó a cambiar. Lo notamos en los numerosos vigilantes que perdían su aire de autoridad (...)

A las 15, vimos pasar un camión de Correos cargado de vigilantes que gritaban, ante nuestra sorpresa: -¡Viva Perón!

La policía había advertido que el orden ya no existía (...) que el poder estaba repartido en varias manos.. La crisis del poder liberó los verdaderos sentimientos de los agentes de la tropa, muchos de ellos provincianos y con bajos sueldos. Desaparecida, en el curso de la jornada, la presión jerárquica, los vigilantes se declararon peronistas. (* 10)

Este cambio lo pueden comprender los poetas, finos buceadores de las almas, salvo cuando están sometidos al dogma stalinista, como es el caso de Raúl González Tuñón: (...)

Algo me chocó (en aquella multitud): un grito que jamás había oído, ni en mi infancia, en las grandes concentraciones obreras, ni mucho después, un grito que en los últimos tiempos nadie oyó jamás, no hubiera podido oírse en la Semana Trágica, ni en la Patagonia de los fusilamientos: los más exaltados gritaban, al pasar por donde se veían sin intervenir para nada, a los agentes y oficiales policiales: -¡Viva la policía!(*11)

Aproximadamente a las 15 y 30, alrededor de veinticinco sindicalistas mantienen una reunión con Perón, en el Hospital Militar, a la que asisten también el sacerdote Emilio Carreras, Fernando Estrada y Domingo Mercante. “Perón nos pidió que mantuviéramos la calma y realizáramos las manifestaciones con cultura (...) y sin corte de agua, ni de electricidad”. (*12).

Aunque algunos ensayistas otorgan poca importancia a esta entrevista, lo cierto es que a partir de esa hora comienza a intensificarse la afluencia de público hacia Plaza de Mayo.

Por diversas arterias, como cuando los ríos bajan por las montañas, como pequeños hilos de agua, para confluir en torrentes indetenibles, diversas columnas ganan el centro de la ciudad en dirección hacia la plaza histórica”.

“La multitud tomaba los cables del trole de los tranvías - señala Perelman -, los daba vuelta y el mótorman empezaba a manejar el vehículo en dirección inversa. Los manifestantes subían entonces atropelladamente al tranvía, lo ocupaban por entero y se encaramaban a sus techos, mientras que los trabajadores que no habían podido meterse en el vehículo hacían lo mismo con el ómnibus, camión o tranvía siguientes. El sistema de transporte de Buenos Aires adquirió un orden rígido: ese día funcionó en una sola dirección”. (*13).

En las primeras horas de la tarde, varias columnas confluyen en Avellaneda, ante el puente ubicado en la unión de las calles Pavón y Mitre. Era una muchedumbre de cincuenta mil personas - sostiene Cipriano Reyes, uno de sus líderes -. Ahí estaban grandes contingentes del frigorífico La Negra, encabezados por su secretario general Ángel Yampolsky, de las fábricas de vidrio de Papini y otras empresas de Temperley, Lomas, Lanús, etc., movilizados por los compañeros Vicente Garófalo, José Calverio, Raúl Pedrera, Helio Mutis y Juan Rodríguez...

Pero - apenas pasadas las 16 - cuando la multitud se apresta a pasar, las pasarelas del puente son levantadas para evitar su paso...

- Vamos por el ferrocarril - gritaron algunos.
-Vamos por el otro puente...

En esos momentos se produce un hecho insólito. A orillas del Riachuelo hay pilas de maderas, troncos y palos de árboles, algunas canoas y pequeños botes viejos abandonados: los más audaces manifestantes se lanzan al agua abrazados con una mano a esos troncos y tablones, o asidos a los bordes de los botes y remando con la otra mano, tratan de cruzar a nado (...) Aquello fue un espectáculo maravilloso (...) (*14).

Esa tarde del 17 de octubre me tocó protagonizar un episodio importante... Los puentes sobre el Riachuelo habían sido levantados... Entre otros, Enrique Fontán y yo... solicitamos al teniente coronel Benito, quien ocupaba las tres carteras del gobierno, que se bajaran los puentes... Este consultó con el interventor, Gral. Francisco Sánez y al rato regresó con la respuesta afirmativa... Después, supe que Benito había sido compañero de Perón en el Ministerio de Guerra y que Sáenz había formado parte del “GOU" (*15).

“Es un misterio quién subió el puente - declara Cipriano Reyes - y quién lo bajó (...) Y cuando lo bajaron, pasamos, y del otro lado estaban los cosacos, esperando con la caballería. Hubo una descarga cerrada. Nos miramos: habían tirado al aire. Entonces, atropellamos. Entonces, la policía dijo:

- Larguen, larguen, quién ataja esto - y se fueron... Nosotros seguimos por Montes de Oca y por otras calles. “ (*16).

“Pasamos como balazo - recuerda Juan Carlos Giadas - (...) y anduvimos gritando y qué se yo (...) Era un enloquecimiento tremendo. Nos abrazábamos y gritábamos como locos (...) fue muy lindo. Una muchedumbre así, que estaba motivada, a medida que crece el entusiasmo se va enloqueciendo cada vez más. Decíamos que había que dar la vida por Perón y fue algo que emocionaba y contagiaba el sentimiento: mucha gente lloraba (...) (*17).

Entre la gente más combativa de esa columna, se destaca María Roldán, delegada de los trabajadores del frigorífico, quien rato antes había dado un fervoroso discurso delante de la Casa de Gobierno de La Plata.

“Era un espectáculo asombroso - recuerda José Enrique Miguens -. Buenos Aires nunca había visto una cosa así. La ciudad, en esa época, era muy formal en el vestir, todo el mundo en el centro andaba de saco y corbata, con trajes de colores oscuros, y todos con sombrero o rancho, y la gente grande alguna que otra gorra, de esas con alambre adentro que le daban forma, pero nadie andaba con la cabeza descubierta. Hasta los trabajadores y artesanos que caían al centro a hacer algún trabajo, venían de saco y corbata para diferenciarse de los malevos haraganes que con el saco usaban el lengue... Los sociólogos sabíamos que en los últimos años se había concentrado más de un millón y medio de obreros industriales en los alrededores de la Capital, pero eso era solo un número, nadie los había visto.

Y de pronto comenzaban a aparecer desde todas las calles, muertos de cansancio y de sed, arrastrando los pies, miles y miles de patéticos personajes. Hombres y chicos en alpargatas, con la cabeza descubierta, con pantalones muchos de ellos desflecados y camisas abiertas por el calor, mujeres con chicos en brazos con camisolas largas sin ninguna forma de vestido (...) Iban primero a la elegante fuente que adorna la Plaza de Mayo a meter en el agua los pies destrozados por kilómetros de caminata y después se iban tirando en el suelo, a descansar, en cualquier lugar. (*18).

Hubo, sin embargo, quienes quedaron al margen de la movilización:

- “Nosotros no participamos del 17 de octubre - recuerda, con pesar, un dirigente gremial del Partido Comunista -.Los metalúrgicos que nosotros controlábamos trabajaron... el 17 de octubre. No lo entendimos, no seguimos a la masa y nos costó muy caro...” (*19)

“Según un periodista, se trata de algo más grave aun que la desvinculación del movimiento de masas: “A las 13, el ministro de Marina había rechazado un ofrecimiento de dirigentes comunistas para que obreros armados de esa tendencia enfrentasen a los trabajadores peronistas”. (*20)

“Por el Puente Uriburu, vieja barriada de Puente Alsina - vuelve a recordar Cipriano Reyes -, entraban las huestes de los frigoríficos Wilson y "La Blanca", organizados por los compañeros Enrique Dellabusca, Francisco Díaz, Juan Chaín y Narciso Rodríguez... Por el puente Nicolás Avellaneda ingresaban trabajadores de los frigoríficas, de Luz y Fuerza y otros gremios organizados por los compañeros José Presta, José García, Enrique Novoa y otros... Por el norte, llegaban las concentraciones de Vicente López y Olivos que iban primero hacia el Hospital Militar, con sus delegados y activistas como Hilario Salvo, Federico Helweis, Ramón Montenegro y Víctor Visca” . (*21).

Uno que va al frente de una columna, lleva un letrero que dice: “Los que estén con Perón, que se vengan al montón”, Desde otro lado, vocean: “Piantate de la esquina, oligarca loco / que el pueblo no te quiere / y Perón tampoco.” (*22).

El embajador inglés recuerda:

“En las primeras horas de la mañana del 17 de octubre los gerentes de los ferrocarriles ingleses vinieron a decirme que se había declarado una huelga espontánea, sin organizadores conocidos, en todos los ferrocarriles, de modo que Buenos Aires estaba aislada. En la tarde de ese día, decidí que era necesario ir a la Casa Rosada, para decirle al único ministro que quedaba - el ministro de Marina - que debía asumir la responsabilidad de proteger los ferrocarriles. Debo confesar que asimismo me impulsaba una enorme curiosidad por saber qué estaba pasando.

Al acercamos a la Casa Rosada, vimos que la plaza estaba atestada de “descamisados”, alrededor de la Casa Rosada había un cordón de Policía Montada, pero no hacían esfuerzo alguno por impedir el paso de la gente ni se metían para nada con la multitud. El chofer quería retroceder y tuve que insistir para que siguiera adelante a muy poca velocidad.

“Tal como lo había esperado, la multitud nos dio paso no bien vio la bandera inglesa, contentándose con gritar en forma amistosa: -¡Viva Perón! ¡Abajo Bramen”. (*23).

Esa insólita irrupción de los desconocidos deja perpleja y, al mismo tiempo, aterrorizada a la clase alta.

Blanca Luz Brum testimonia:

“Las barriadas peronistas hasta entonces no habían conocido el centro de la ciudad de Buenos Aires, las elegantes avenidas donde se aislaba la soberbia aristocracia vacuna, la cual, detrás de aquellos muros, se preguntaba aterrada: - y estos 'grasas', ¿son también argentinos? ¿Dónde estaban? Nunca se habían visto antes... ¿De dónde viene esta chusma?” (*24).

“Recuerdo muy bien el llamado de mi tía Chichita - testimonia Magdalena Ruiz Guiñazú -. Vivía en la calle Lavalle, entre dos cines, muy cerca de la Plaza de Mayo, y pensaba que la iban a matar. (*art.24).

Años después, un joven periodista se preguntaba: “¿Cuántas veces en su historia tuvo miedo nuestra oligarquía? Tal vez allá por el novecientos, cuando conmovían al país las primeras huelgas generales y el coronel Falcón caía despedazado por una bomba anarquista. Tal vez, en 1919, cuando las calles de Buenos Aires recogieron la sangre de la Semana Trágica. Pero fue siempre un miedo confiado, que no minaba aun la sensación de seguridad en que vivía la vieja Argentina.

La agitación social tenía sus límites, fijados por una industrialización aun incipiente y una clase obrera demasiado escasa para conmover los cimientos del país. Lo que ocurría era preocupante, pero no desbordaba las defensas policiales del sistema. Miedo de verdad era, en cambio, el que había sobrecogido a las casas patricias aquel 17 de octubre. La ciudad había sido invadida y domada por muchedumbres más temibles que el rubio proletariado del Centenario. Y esta vez, misteriosamente, la policía estaba con ellas. (*26).

El lenguaje frío de las estadísticas comprueba ese miedo: la cantidad de suicidios producidos en la clase alta, en la ciudad de Buenos Aires, alcanza - entre 1936 y 1945 - un promedio de veinticinco por año, mientras que la cifra correspondiente a este año del 17 de octubre alcanza a treinta y siete, es decir, un 50 % mayor. ¿Cómo no habrían de estremecerse, entonces, los poetas exquisitos?

“Usted no sabe lo que fue eso, horrible. Algo tremendo, opina Borges en una ocasión (*27). Y en otra, comenta: Yo estaba avergonzado e indignado. Eso es, indignado y avergonzado”. (*28).

“Era un sector numeroso del pueblo, el de los resentidos, el de los irrespetuosos - escribirá Ezequiel Martínez Estrada -, individuos sin nobleza... turba... populacho... horda... recogida con minuciosidad del hurgador en los tachas de basura, residuos sociales... hez de nuestra sociedad... chusma... pueblo miserable de descamisados y grasitas, desdichado pueblo que ha perdido el respeto... nuevo tipo étnico de - cabecitas negras y peloduro”. (*29).

“Ese día, me encontraba en un domicilio privado - relata el socialista América Ghioldi -, siguiendo los acontecimientos que habían sido desencadenados desde arriba. Comprendí entonces que se iniciaba un largo y doloroso período, que quienes habían planeado lo que se llamaba - la revolución en el Ejército - habían logrado desencadenar un movimiento de masas que acompañaría a la dictadura. Con el caer de la tarde, la tristeza me dominó. (*30).

Un sindicalista del mismo partido, Francisco Pérez Leirós, señala: “estaba en París representando a los trabajadores libres de la Argentina... Si hubiera estado en Buenos Aires, hubiera propuesto un paro general contra los totalitarios... Claro que sí, contra Perón, mejor, contra el peronismo.(*31).

-¿Cómo? - se preguntaban los figurones de la oligarquía, azorados y ensombrecidos -, ¿pero es que los obreros no eran esos gremialistas juiciosos a quienes Juan B. Justo había adoctrinado sobre las ventajas de comprar porotos en las cooperativas?, dirá cáusticamente, años más tarde, Jorge Abelardo Ramos (*32).

La escritora María Rosa Oliver muestra asombro ante ese mundo ignorado:

-A las tres de la tarde, mientras esperaba un taxi frente al Plaza Hotel, ví llegar gente que formaba un largo pero raleado desfile. No solo por los bombos, platillos, triángulos y otros improvisados instrumentos de percusión que, de trecho en trecho, los preceden, me recuerdan las murgas de carnaval, sino también por su indumentaria: parecen disfrazados de menesterosos. Me pregunto de qué suburbio alejado provienen esos hombres y mujeres casi harapientos, muchos de ellos con vinchas que, como a los indios de los malones, les ciñen la frente, y casi todos desgreñados. O será que el día gris y pesado, o una urgente convocatoria, les ha impedido a estos trabajadores tomarse el tiempo de salir a la calle bien entrazados y bien peinados, como es su costumbre. O habrán surgido de ámbitos cuya existencia yo desconozco.

Su paso un tanto lento denota que ya han caminado mucho. También parecen algo cansadas las voces que vivan a Perón. (*33).

Sin embargo, a pesar de! pánico de los privilegiados, - lo que movilizó a aquellas masas hacia Perón no fue el resentimiento, fue la esperanza (...) No rompieron una vidriera y su mayor crimen fue lavarse los pies en la Plaza de Mayo, provocando la indignación de la señora de Oyuela, rodeada de artefactos sanitarios. (* 34).

“En aquella marcha - señala Blanca Luz Brum - no recuerdo haber visto rostros que reflejaran odio ni venganzas era la verdadera fiesta del alma de las multitudes, con un sentido profundo y sereno de justicia: obtener la liberación de su líder”. (*35). Con gran honestidad y lucidez, una mujer de la clase alta escribe:

“Era la turba tan temida. Era - pensábamos - la gente descontenta (...) ¡Y cómo no había de estarlo? Con el antiguo temor, nuestro primer impulso fue el de cerrar los balcones. Pero al asomamos a la calle, quedábamos en suspenso... Pues he aquí que estas turbas se presentaban a nuestros ojos como trocadas por una milagrosa transformación. Su aspecto era bonachón y tranquilo. No había caras hostiles, ni puños levantados... No se pedía la cabeza de nadie. Solo querían ver y oír al que consideraban su jefe. Exigían, tal vez, la prolongación de ese poco de justicia social que la clase trabajadora creía haber hallado en él. (*36).

Mientras, en un piso alto del Hospital Militar, Juan, en pijama, recibe información de lo que ocurre y espera el desarrollo de los acontecimientos. Desde la ventana, ha apreciado la importancia y el fervor de los trabajadores que rodean el nosocomio.

Sabe, asimismo, que la marea popular tiende a trasladarse hacia Plaza de Mayo al difundirse rumores acerca de su probable presencia en Casa de Gobierno. Conoce, también, por diversos camaradas que se han acercado a verlo cuál es el estado de opinión en el Ejército, especialmente en el interior del país e incluso en Campo de Mayo, donde la gran mayoría de los oficiales nacionalistas lo ven ahora con simpatía, como el único jefe que puede impedir la vuelta a la época oligárquica, esa vuelta de los viejos regiminosos, de la mano de Juan Álvarez, facilitada por la estupidez de Ávalos... Pero aun no es la hora, piensa Juan.

Esta táctica paciente es aceptada por los hombres más experimentados, pero impugnada, en cambio, por otros más impulsivos. Por ejemplo, el padre Hernán Benítez: “Hasta mediodía me la pasé azuzando a los muchachos en la calle para la patriada de la noche. Desde mediodía en adelante traté con muchos peronistas de la primera hora - casi todos pateados después por Perón - de persuadir a este de que el levantamiento del pueblo estaba apoyado por otro levantamiento de los cuarteles, de esa misma tarde, contra Avalos.

Tratábamos de que, convencido Perón de esos dos levantamientos, el popular y el militar, se levantara él también. Fue levantar a Perón lo que más nos costó aquella tarde. Porque Perón no es Fidel Castro. Fidel Castro lleva. A Perón hay que llevarlo” (*37) .

Han pasado ya las 16, cuando, ante el crecimiento de la concentración popular, el presidente Farrell envía a algunas personas de su confianza para que conversen con Perón y busquen la salida a la crisis, entre ellos el brigadier Bartolomé de la Colina y el general Pistarini. Asimismo, Armando Antille, radical yrigoyenista que viene colaborando con el gobierno militar, se convierte en uno de los hombres de mayor confianza de Farrell para llegar a un entendimiento con Perón.

En el Hospital Militar, “estábamos allí con él -testimonia Lucero-, sus amigos de las buenas y malas horas, los que siempre hemos comprendido el significado del honor y el alcance de su patriótica misión”.

El general Tanco rememora, a su vez: “En un momento estábamos Quijano, Velazco, Antille, Pistarini, De la Colina, Benítez, Lucero, Molina, Uriondo, Herrera y yo; la gente entraba y salía, también estaba el doctor Mazza y algunos que no recuerdo: Le transmitimos las informaciones que teníamos, le hicimos conocer nuestra emoción y la seguridad de que la situación estaba dominada.

Las llamadas desde la Casa de Gobierno se sucedían. Farrell quería calmar a la muchedumbre. En determinado momento, Perón, volviéndose hacia mí, me preguntó:

-“¿Hay mucha gente? ¿Realmente, hay mucha gente, che?”.

“Nunca me había tuteado. Pero su creciente entusiasmo se comenzaba a apreciar en su cambio físico y espiritual. (*39).

Por su parte, el general Avalos intenta dirigirse al público congregado en la plaza, pero el griterío de los manifestantes lo disuade del intento. Poco después de las 17, Avalos acepta que Mercante intente tranquilizar a la multitud. Este toma el micrófono y anuncia:“Ya va a hablar el señor ministro de Guerra”.

La respuesta de la plaza es contundente:

-¡Queremos a Perón! ¡Queremos a Perón! (*40).

La rechifla generalizada frustra el intento. Minutos después, Eduardo Colom, el director de La Época, obtiene autorización del Gral. Avalos para dirigirse a la muchedumbre, con el encargo de intentar su desconcentración.

Colom pronuncia unas pocas palabras ante el griterío general y comprendiendo que será inútil intentar disuadirlos, les anuncia a los trabajadores que Perón estará libre muy pronto y que él mismo irá a buscarlo al Hospital Militar, para lo cual se retira del balcón, ante el ceño adusto de Ávalos.

A medida que transcurre el tiempo, este general va comprendiendo que los trabajadores se han adueñado de la plaza, no quieren escuchar a nadie que no sea Perón, están dispuestos a mantener la huelga general y a quedarse allí todo el tiempo que sea necesario hasta que aparezca el coronel.

“Era el cimiento básico de la nación que asoma, como asoman las épocas pretéritas de la tierra, en la conmoción del terremoto. Era el substrato de nuestra idiosincrasia y de nuestras posibilidades colectivas allí presente, en su primordialidad, sin reatos y sin disimulo. Era el de nadie y el sin nada, en una multiplicidad casi infinita de gamas y matices humanos, aglutinados por el mismo estremecimiento y el mismo impulso, sostenidos por una misma verdad que una sola palabra traducía (...) Eran los hombres que están solos y esperan, que iniciaban su tarea de reivindicación. El espíritu de la tierra estaba presente como nunca creí verlo”. (* 41). (Raúl Scalabrini Ortiz)

“No puedo olvidar, personalmente, el rostro jubiloso de Nicolás Olivari, en Plaza de Mayo, el 17 de octubre de 1945, confundido entre los demás rostros eufóricos y anónimos del pueblo. (* 42).

"Éramos briznas de multitud y el alma de todos nos redimía. Presentía que la historia estaba pasando junto a nosotros y nos acariciaba suavemente como la brisa fresca del río”. (* 43).

“Ya se hacía evidente que el gobierno quería parlamentar con Perón - testimonia el capitán Russo - Recuerdo que entonces Perón me dijo textualmente: “Ha llegado el momento de aprovechar la debilidad del enemigo” (* 44 ).

Hacia el atardecer, Antille mantiene una conversación con Farrell en la Casa de Gobierno y vuelve al Hospital Militar, acompañado de Hortensio Quijano y el comodoro Edmundo Sustaita.

Allí acuerdan con Perón que el Gral. Ávalos se traslade al Hospital Militar. Rato más tarde, Perón y Ávalos vuelven a conversar, después del gravísimo desencuentro suscitado entre ambos. Presumiblemente, el jefe de Campo de Mayo busca alguna excusa para explicar su desafortunada conducta y, asimismo, informa acerca de los últimos cambios operados en la guarnición de Campo de Mayo. Perón rememora que, en esa oportunidad:

“Ávalos me expresó sus deseos de que yo hablara al pueblo para calmarlo e instarlo a que se retirara de la Plaza de Mayo”. (*45).

Los vespertinos de ese día 17 - con excepción de La Época - expresan a los viejos intereses dominantes. La Razón informa que “numerosos grupos, en abierta rebeldía, paralizaron, en la zona sur, los transportes, y obligaron a cerrar fábricas, uniéndose luego en manifestación”.

Publíca, asimismo, una declaración del Partido Comunista de la provincia de Buenos Aires, donde se denuncian “Los desmanes de elementos peronistas de Cipriano Reyes y demás aventureros a sueldo de la Secretaría de Trabajo, que en bandas armadas han ido provocando a la población y obligando a los obreros a hacer abandono de sus trabajos. Tales hechos han sido denunciados al ministro de! Interior general Ávalos por este comité” (* 46).

En cambio, un dirigente comunista - Juan José Real - testimonia que el día 17 estuvo frente a puente Barracas con el obrero metalúrgico Ángel Ghersi:

“Estaban allí, contemplando la puja de los obreros por pasar el puente, un grupo de intelectuales. Uno de ellos, médico de algún renombre, dijo: ”Esto se arregla con un par de ametralladoras”.

Arrebatado de indignación, mi amigo exclamó: “ Eso no, compañero. ¡Eso nunca!”. Regresamos y durante el resto del día y del día siguiente, mi amigo y camarada guardó silencio. ¡Estábamos del otro lado de la barricada! (*47).

Después, agrega: “El pensamiento socialista había quedado paralizado. Al principio, vio en aquella muchedumbre bandas de desclasados, luego a una juventud obrera inexperta, arrastrada por un demagogo diabólicamente hábil (...) Cuando luego de algunos años intenté, débil y aun confusamente, rectificar esos juicios, fui expulsado del Partido Comunista. (*48).

Por su parte, Crítica aparece con grandes titulares, tipo catástrofe: “Grupos aislados que no representan al auténtico proletariado argentino tratan de intimidar a la población”. (* 49). Más abajo, comenta: “En varias zonas de Buenos Aires, los grupos peronianos cometieron sabotaje y desmanes” (* 50) .

Ya es de noche cuando Ávalos regresa a la Casa Rosada. Angustiosos cabildeos configuran el cuadro de ese grupo de uniformados, entre los cuales se mueven algunos civiles, que vanamente intentan tranquilizar a la inmensa masa humana que ruge frente a ellos y que desatiende sus llamamientos.

El reclamo prosigue incesante: “¡Queremos a Perón! ¡Queremos a Perón!”

Eduardo Colom testimonia: “En el balcón grande, donde estaban Ávalos, Vernengo Lima, Farrell y otros militares, el ministro de Guerra trató de hablar a la gente, pero Vernengo Lima le dijo: - Está cometiendo una grave error, esto hay que disolverlo a balazos y va a ser difícil, hay mucha gente.

Avalos le respondió: -Que decida el general Farrell si se va a hacer fuego o no contra la multitud.-

El general Farell afirmó que él no va a tirar contra el pueblo. El ministro de Marina insistió, explicando que las ametralladoras están en el techo: - Si tiramos al aire, se van a ir. Pero el Presidente se mantuvo inconmovible: - No, señor. No se hace ningún disparo. La gente puede morir por el pánico. Yo no autorizo nada. (* 51).

Alrededor de las 21, en momentos en que e poder de Avalos y Vernengo Lima se está derrumbando, llega a la Casa de Gobierno el Dr. Juan Álvarez, con el listado de los hombres de doble apellido con quienes ha conformado el gabinete. Esta vez la oligarquía ha llegado demasiado tarde a la cita con la historia.

Antille, según una versión (Coloffi, según otra) ya ha salido hacia Palermo, enviado por Farrell, para requerir de Perón cuáles serían las condiciones para restablecer la normalidad y desconcentrar a los manifestantes. Desde el Hospital Militar, el coronel, en pijama, impone ahora condiciones:

“Primero, que Vernengo Lima se mande a mudar; segundo, que la Jefatura de Policía la ocupe Velazco; tercero, que lo busquen a Pantín y lo pongan al frente de las fuerzas de mar, y que Lucero se haga cargo del Ministerio de Guerra. Además, hay que traer inmediatamente a Urdapilleta, que está en Salta, para que se haga cargo del Ministerio del Interior. Esas son mis condiciones. (*52).

Los emisarios de Farrell vuelven a Casa de Gobierno con esta respuesta, decidiéndose una reunión entre Perón y Farrell, un rato después, a realizarse en la residencia presidencial. Al mismo tiempo, los altoparlantes anuncian a la multitud que aproximadamente a las 23, el coronel Perón dirigirá la palabra al pueblo.

Así, mientras el Presidente abandona la Casa de Gobierno para dirigirse a la residencia, Juan (después de hablar por teléfono con Eva, según señala Luna) se viste con ropa de civil y acompañado de dos ayudantes militares y del Dr. Mazza, sale del Hospital Militar por una puerta trasera. Todos ellos suben a un automóvil que pasa a manejar el Dr. Mazza, y se encaminan hacia el encuentro con el general Farrell.

Esta reunión la relata Perón de la siguiente manera, aunque erróneamente la sitúa en la Casa de Gobierno:

Me dijo Farrell:

-Bueno, Perón, ¿qué pasa?-.
Yo le contesté: Mi General, lo que hay que hacer es llamar a elecciones de una vez. ¿Que están esperando? Convocar a elecciones y que las fuerzas políticas se lancen a la lucha...
-Eso está listo -me contestó- y no va a haber problemas-.
- Bueno, entonces me voy a mi casa...

-¡No, déjese de joder! - me dijo y me agarró de la mano -. Esa gente está exacerbada, nos van a quemar la Casa de Gobierno. (* 53).

Mientras Farrell y Perón conversan en la residencia presidencial, Vernengo Lima se aleja precipitadamente de la Casa de Gobierno con la intención de declarar en rebeldía a la Armada. Juzga que el Gral. Ávalos lo acompañará en la intentona y, según un testigo, se despide de él con estas palabras: “Hágase fuerte, mi general, que yo lo haré con la escuadra” (...*54). Pero Ávalos no se halla dispuesto a seguirlo. Se considera vencido y, rato después, al cruzarse con un periodista que le pregunta: “¿Cómo le va general?”, contesta secamente: “¡Y como quiere que me vaya¡ ¡Como la mierda!” (* 55).

Aproximadamente a las 23, Farrell y Perón ingresan a la Casa Rosada. “Venga, hable - me dijo Farell” -, recuerda Perón.

Minutos después, Juan ingresa al balcón y se abre ante su mirada un espectáculo majestuoso mientras una ovación atronadora saluda su presencia. En la noche de Buenos Aires, una inmensa muchedumbre (que algunos estiman en trescientos mil, otros en quinientos mil y el diario La Época en un millón de personas) vibra coreando su nombre: -¡Perooooón!, ¡Perooooón!.

Los diarios encendidos a manera de antorchas resplandecen sobre la negrura nocturna celebrando la victoria. La algarabía popular es indescriptible y esa marea humana proclama una y otra vez: -¡Ar-gen-ti-na! ¡Ar-gen-ti-na!. Farrell y Perón se abrazan, produciendo un nuevo estallido de júbilo popular.

El Presidente intenta vanamente dirigirse a los manifestantes, pero el impresionante griterío no se lo permite. Finalmente, aprovecha un momento de silencio para decir:

“Trabajadores, les hablo otra vez con la profunda emoción que puede sentir el Presidente de la Nación ante una multitud de trabajadores como es esta, que se ha congregado hoy en la plaza. Otra vez está junto a ustedes el hombre que por su dedicación y empeño ha sabido ganar el corazón de todos: el coronel Perón”.

Quiere proseguir pero otra vez los cánticos y los gritos se lo impiden.

El júbilo es indescriptible y después de tantas horas de espera, de tantos kilómetros recorridos, los trabajadores quieren prolongar ese momento de triunfo. Ellos son los protagonistas fundamentales de esa jornada histórica, de ellos es ese 17 de octubre y no hay títulos ni jerarquías mayores que la voluntad del pueblo... Recién minutos después, el Gral. Farrell puede agregar que el gobierno no será entregado a la Corte Suprema, que ha renunciado todo el gabinete y que el coronel Mercante será designado secretario de Trabajo y Previsión. (*56).

Profundamente conmovido, Juan se acerca al micrófono. Él mismo dirá, años después, que era tan fuerte la emoción que lo embargaba ante esa inmensa masa humana que aclamaba su nombre, que no sabía cómo armar su discurso:

“Imagínese, ni sabía lo que iba a decir . Tuve que pedir que cantaran el himno, ¡para poder armar un poco las ideas! (*57). Habían ocurrido muchas cosas desde el día en que renuncié a todo cargo gubernativo, la prisión en Martín García y ese momento en que estaba en el balcón de la Casa Rosada, frente a una impresionante multitud de humildes hombres y mujeres, que aguardaban desde la mañana a que yo apareciese. ¡Ahí estábamos el Pueblo y yo, frente a frente! El Pueblo era todo oídos y yo tenía que ser la voz. Me asaltaban muchas dudas. ¿Qué decir? Detrás de mí, muy próximos a mí, todavía, la prisión, la amargura que provocan las defecciones, actitudes mezquinas propias de pequeños hombres, y ante mí estaba la presencia física de la única y verdadera soberanía: la del Pueblo. Y el Pueblo quería saber. Yo comprendía que la circunstancia era histórica. Una torpeza podría convertida en una anécdota fugaz o en un episodio indigno de sus motivaciones profundas. Fue entonces cuando la intuición vino en mi ayuda: tenía que pedir al pueblo que, previo a todo, entonase las estrofas del Himno Nacional. Fue un coro impresionante por el número de personas y por su solemnidad. La canción patria me centró, me colocó en el exacto lugar del momento en que vivíamos, para decir la palabra precisa, el pensamiento justo. Y hablé. ¡Ese discurso fue el mejor que yo haya pronunciado en toda mi vida! (*58).

-¡Trabajadores! Hace casi dos años, desde estos mismos balcones, dije que tenía tres honras en mi vida: la de ser soldado, la de ser un patriota y la de ser el primer trabajador argentino.”

Una larguísima ovación interrumpe su discurso. Cánticos y consignas le impiden continuar. Recién después de unos minutos, retama la palabra:

“Hoy, a la tarde, el Poder Ejecutivo ha firmado mi solicitud de retiro del servicio activo del Ejército. Con ello, he renunciado voluntariamente al más insigne honor a que puede aspirar un soldado: llevar las palmas y laureles de general de la Nación. Lo he hecho porque quiero seguir siendo el coronel Perón y ponerme, con este nombre, al servicio integral del auténtico pueblo argentino”.

Nuevas aclamaciones lo obligan a suspender el discurso, para retomarlo de este modo:

“Dejo, pues, el honroso y sagrado uniforme que me entregó la patria, para vestir la casaca del civil y mezclarme con esa masa sufriente y sudorosa que elabora en el trabajo la grandeza del país”.

Los cánticos populares se reproducen y él debe esperar nuevamente:

“Con esto doy mi abrazo final a esa institución que es el puntal de la patria: el Ejército. Y doy también el primer abrazo a esta masa inmensa que representa la síntesis de un sentimiento que había muerto en la República: la verdadera civilidad del pueblo argentino.

Esto es pueblo; esto es el pueblo sufriente que representa el dolor de la madre tierra, al que hemos de reivindicar. Es el pueblo de la patria, el mismo que en esta histórica plaza, pidió frente al Cabildo que se respetara su voluntad y su derecho. Es el mismo pueblo que ha de ser inmortal porque no habrá perfidia, ni maldad humana, que pueda someter a esta masa grandiosa en sentimiento y en número.

Esta es la verdadera fiesta de la democracia, representada por un pueblo que marcha a pie durante horas para llegar a pedir a sus funcionarios que cumplan con el deber de respetar sus auténticos derechos”.

Esta referencia hace brotar la pregunta, pues los trabajadores ignoran las vicisitudes sufridas por Perón en la última semana:

“¿Dónde estuvo? ¿Dónde estuvo?”

Juan soslaya toda respuesta - que resultaría comprometedora para quien se halla a su lado, Farrell, y otros jefes militares - y prosigue:

“Muchas veces he asistido a reuniones de trabajadores. Siempre he sentido una enorme satisfacción, pero desde hoy sentiré un verdadero orgullo de argentino porque interpreto este movimiento colectivo como el renacimiento de una conciencia de los trabajadores, que es lo único que puede hacer grande e inmortal a la Nación.

Hace dos años pedí confianza. Muchas veces me dijeron que ese pueblo por el que yo sacrificaba mis horas de día y de noche, habría de traicionarme. Que sepan hoy los indignos farsantes que este pueblo no engaña a quien no lo traiciona. Por eso, señores, quiero en esta oportunidad, como simple ciudadano, mezclado en esta masa sudorosa, estrechar profundamente a todos contra mi corazón, como lo podría hacer con mi madre.
Desde esta hora, que será histórica para la República, que sea el coronel Perón el vínculo de unión que haga indestructible la hermandad entre el pueblo, el ejército y la policía, que sea esta unión eterna e infinita para que este pueblo crezca en esa unidad espiritual de las verdaderas y auténticas fuerzas de la nacionalidad y del orden, que esa unidad sea indestructible e infinita para que nuestro pueblo no solamente posea la felicidad, sino también para defenderla dignamente.
Esa unidad la sentimos los verdaderos patriotas, porque amar a la patria no es amar sus campos y sus casas, sino amar a nuestros hermanos. Esa unidad, base de toda felicidad futura, ha de fundarse en un estrato formidable de este pueblo, que al mostrarse hoy en esta plaza, en número que pasa del medio millón, está indicando al mundo su grandeza espiritual y material.

Nuevamente, se reproduce la pregunta: “¿Dónde estuvo? ¿Dónde estuvo?”.

Él nuevamente esquiva la respuesta: “Preguntan ustedes dónde estuve. Estuve realizando un sacrificio que lo haría mil veces por ustedes... No quiero terminar sin enviar un recuerdo cariñoso y fraternal a nuestros hermanos del interior que se mueven y palpitan al unísono con nuestros corazones en todas las extensiones de la patria. A ellos, que representan el dolor de la tierra, vaya nuestro cariño, nuestro recuerdo y nuestra promesa de que en el futuro hemos de trabajar a sol y a sombra para que sean menos desgraciados y puedan disfrutar mejor de la vida.

Ante los nuevos reclamos de que explique qué le ocurrió en los últimos días, intenta concluir el discurso:

“Y ahora, como siempre, de vuestro secretario de Trabajo y Previsión que fue y que seguirá luchando a vuestro lado por ver coronada la obra que es la ambición de mi vida, la expresión de mi anhelo de que todos los trabajadores sean un poquito más felices”.

Pero la multitud insiste:

-¿Dónde estuvo?

Entonces, responde: “Señores: ante tanta insistencia, les pido que no me pregunten ni me recuerden cuestiones que yo ya he olvidado, porque los hombres que no son capaces de olvidar no merecen ser queridos ni respetados por sus semejantes. Y yo aspiro a ser querido por ustedes y no quiero empañar este acto con ningún mal recuerdo” .

Luego, afirma:

“Ha llegado ahora el momento del consejo. Trabajadores: únanse; sean hoy más hermanos que nunca. Sobre la hermandad de los que trabajan ha de levantarse en esta hermosa tierra la unidad de todos los argentinos. Diariamente iremos incorporando a esta enorme masa en movimiento a todos los díscolos y descontentos para que, junto con nosotros, se confundan en esta masa hermosa y patriota que constituyen ustedes. Pido también a todos los trabajadores que reciban con cariño mi inmenso agradecimiento por las preocupaciones que han tenido por este humilde hombre que les habla. Por eso, les dije hace un momento que los abrazaba como abrazaría a mi madre, porque ustedes han tenido por mí los mismos pensamientos y los mismos dolores que mi pobre vieja habrá sufrido en estos días. Confiemos en que los días que vengan sean de paz y de construcción para el país. Mantengan la tranquilidad con que siempre han esperado aun las mejoras que nunca llegaban. Tengamos fe en el porvenir y en que las nuevas autoridades han de encaminar la nave del Estado hacia los destinos que aspiramos todos nosotros, simples ciudadanos a su servicio. Sé que se han anunciado movimientos obreros. En este momento ya no existe ninguna causa para ello. Por eso les pido, como un hermano mayor, que retornen tranquilos a su trabajo. Y por esta única vez, ya que nunca lo pude decir como secretario de Trabajo y Previsión, les pido que realicen el día de paro festejando la gloria de esta reunión de hombres de bien y de trabajo, que son la esperanza más pura y más cara de la patria”.

Otra explosión popular saluda la aprobación dada por el coronel al merecido descanso del día siguiente y desde algunos manifestantes surge la ocurrencia, que será coreada luego por todos:

“¡Mañana es San Perón! ¡Mañana es San Perón!”...

“He dejado deliberadamente para el último recomendarles que al abandonar esta magnífica asamblea lo hagan con mucho cuidado. Recuerden que ustedes, obreros, tienen el deber de proteger aquí y en la vida a las numerosas mujeres obreras que aquí están. Finalmente, les pido que tengan presente que necesito un descanso, que me tomaré en Chubut para reponer fuerzas y volver a luchar codo con codo con ustedes, hasta quedar exhausto, si es preciso”. (* 59).

Hace un silencio y después de acariciar con la mirada a la inmensa multitud, se despide con estas palabras:

-“Y ahora, para compensar los días de sufrimiento que he vivido, yo quiero pedirles que se queden en esta plaza, quince minutos más, para llevar en mi retina el espectáculo grandioso que ofrece el pueblo desde aquí”. 60.

Al rato, la imponente concentración comienza lentamente a dispersarse. La jornada ha sido dura y fatigosa, pero “mañana es San Perón y se va a cumplir el paro dispuesto por la CGT, aunque ahora a manera de festejo pues el objetivo ya se ha logrado: los trabajadores han irrumpido tumultuosamente en el escenario político y han liberado al coronel, quebrando la fuerza de la oligarquía.

Ahora, las elecciones le abren a Perón el camino al poder.

Sin embargo, si la presencia multitudinaria de los trabajadores ha cubierto el escenario político, no es menos importante lo que ha ocurrido ese mismo día, entre bambalinas. Perón no solo se ha recostado en la fuerza popular, sino también en sus camaradas que conforman esa ala nacional del Ejército que se ha venido batiendo exitosamente tanto contra los liberales (hombres del justismo, Anaya, Omstein y otros) como contra los nacionalistas (grupo Perlinger). Son ellos Mercante, Lucero, Sosa Molina, Urdapilleta, Mugica, Velazco y tantos otros, quienes han sostenido su política social desde 1943 y quienes han jugado dura pulseada contra la Marina y los sectores pro oligárquicos de la propia fuerza.
Y de ellos provienen las acciones concretadas ese mismo 17 de octubre para asegurar que el poder que se expresa en la plaza histórica se manifieste también en los cuarteles.
En horas de la tarde, su amigo Velazco, con el apoyo del coronel José Domingo Molina, controlaron la Jefatura de Policía, que ya venían manejando de hecho desde esa misma mañana, desplazando a Mittelbach.

Horas más tarde, el coronel Carlos Mugica y otros oficiales dominan el 3 de Infantería, ubicado en Pichincha y Garay, pasando a controlar asimismo otras fuerzas adyacentes: el Arsenal de Guerra y la Escuela de Mecánica del Ejército, donde tienen el apoyo de oficiales adictos a Velazco. “El coronel Mugica - recuerda Lucero -, en un acto de audacia superior, propio de su recia personalidad, tomó preso al jefe del Regimiento 3 de Infantería y asumió el comando de la unidad”. (*61)

Poco después, Mugica - al arrestar al Gral. Santos Rossi - se convierte en comandante de Primera División del Ejército, que comprende los regimientos 1,2 y 3, del área metropolitana. En la noche, Pistarini y Lucero se hacen cargo del Ministerio de Guerra.
El posterior relevo de Vernengo Lima por Pantín y la asunción del Ministerio de Guerra por Molina conforman, en la órbita militar, la otra cara del triunfo político logrado cor movilización popular.

Para una correcta interpretación del peronismo, es preciso evitar las idealizaciones categorizar de la manera más acertada su naturaleza histórica, pues de otra manera mayor parte de su historia resultará muy difícil de comprender.

No estamos en presencia de una fuerza clasista, socialista o proletaria pura que apunta a instaurar el socialismo.

Tampoco se trata del tan meneado fascismo dirigido a evitar una supuesta revolución social a cargo de una izquierda que se abrazaba con los terratenientes y el embajador norteamericano.

Apoyado, por una parte, en los trabajadores, y por otra, en un sector nacional del Ejército, Perón, incorporando asimismo a algunos sectores del empresariado nativo lidera un frente de liberación nacional que enfrenta a la alianza establecida por la vieja clase dominante con el imperialismo, apoyada por amplios sectores de la clase media, la Marina y una parte del Ejército.

Esta distribución de las clases sociales no debe sorprender tratándose de un país semicolonial que desde hace varias décadas se halla subordinado como economía complementaria del imperialismo inglés, al cual abastece de alimentos baratos y al cual entrega su mercado interno.

Suponer que en un país de ese tipo la contradicción principal está dada por el enfrentamiento proletariado-burguesía constituye una caricaturización del marxismo y el desconocimiento de todo cuanto sostuvieron Lenin y Trotsky acerca de la cuestión nacional. O lo que es lo mismo, trasladar mecánicamente la lucha de clases, tal cual se daba en los países capitalistas desarrollados con cuestión nacional resuelta, a países donde esa tarea histórica no se halla cumplida, como lo advertía incluso Marx, en el Manifiesto Comunista, al fustigar al llamado socialismo verdadero, que, con su sonsonete antiburgués, concluía apoyando a los nobles y terratenientes del viejo régimen.

Esa misma noche del 17 de octubre, las fuerzas en pugna quedan así alineadas, de modo tal que podrían resumirse en la alternativa que resumen las consignas: Perón o Braden; mate sí, whisky no; liberación o dependencia.

Y la lucha no da tregua: en la madrugada, el almirante Vernengo Lima intenta convencer a Ávalos de que todavía es posible insurreccionarse para cerrar el camino a los proyectos del coronel, mientras este, con algunos amigos y en la compañía de Eva, en el departamento de la calle Posadas, analiza de qué modo construir la herramienta política para presentarse a la puja electoral. A esa misma hora, en el interior del país, importantes concentraciones de trabajadores (especialmente en Rosario, Tucumán, Córdoba y Mendoza) se dispersan en orden con la alegría del triunfo.

Así ocurre también en Buenos Aires, pero el odio riega de sangre las primeras horas del día 18 cuando una manifestación peronista es tiroreada desde adentro del diario Crítica, provocando dos muertos: Darwin Passaponti y Francisco Ramos.

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EL SIGNIFICADO DEL 17 DE OCTUBRE

“El país ya era otro país y no quisieron entenderlo” , señala Arturo Jauretche refiriéndose a los viejos partidos políticos.

Y agrega: “La nueva realidad no cabía ni en el sindicalismo, ni en los partidos políticos preexistentes... El 17 de octubre, más que representar la victoria de una clase, es la presencia del nuevo país con su vanguardia más combatiente y que más pronto tomó contacto con la realidad propia... Lo viejo no comprendía al país nuevo, tampoco se dio cuenta que ya no podía representar la dirección del país y mientras discutía sus rivalidades, el nuevo actor tomó posesión del escenario”. (*62).

¿Cuál es ese “nuevo país” al que se refiere Arturo Jauretche? Puede afirmarse, como ya se ha señalado apelando a Pirandello, que desde 1935, en la Argentina, se mueven varios personajes en busca de un autor. Por un lado, sectores del Ejército que ya no están dispuestos a continuar actuando como custodios de la usurpación y la entrega oligárquicas, que abominan de los ingleses y que, en el caso de algunos militares, sustentan una clara posición industrialista. Por otro, los trabajadores que se han ido nucleando en las nuevas fábricas del Gran Buenos Aires, provenientes en general del interior desvalido, resueltos a conseguir mejores salarios y mejores condiciones de trabajo, en esa Argentina industrial que va emergiendo.

También los empresarios nuevos, en general, hijos de la inmigración y titulares de capitales nacionales, a quienes interesa un mercado interno en expansión, protegido de la competencia extranjera. Asimismo, sectores de clase media pobre del interior del país, pequeños productores y comerciantes de economías devastadas, como también ese mundo de sub ocupados que ambula de cosecha en cosecha para malvivir y en general, todos aquellos que ven asfixiados sus horizontes por la vieja Argentina agropecuaria, de recursos inmovilizados (riqueza ictícola, minera, potencial hidroeléctrico, etc.).

Todos ellos confluyen, entre 1943 y 1945, en un gran frente nacional, cohesionados por su repudio al viejo país y a la dirigencia política tradicional, tanto de derecha como de izquierda, como así también por un ansia de crecimiento económico que satisfaga sus diversos reclamos.

Como en todo frente, estos diversos componentes mantienen diferencias laterales, antagonismos que se subordinan temporariamente en aras de la coincidencia general, pero que pueden, a veces, acentuarse hasta provocar la ruptura de esa alianza. Esas diferencias, esa multiplicidad de objetivos exige un unificador, un árbitro, alguien en quien todos depositen confianza, capaz de encontrar soluciones razonables para los diferendos entre las partes.

En los países coloniales y semicoloniales, donde el imperialismo expolia no solo a los trabajadores sino a amplias capas de la sociedad, es común la aparición de líderes populares que cumplen esa tarea de unificación y conducción. En el caso argentino, esos amplios sectores sociales que ansían concluir con el viejo régimen encuentran su hombre en Juan Domingo Perón.

La interpretación individualista de la historia, tanto sea para elogiar como para denigrar, supone que ese hombre es el responsable de todo, sea de los éxitos o de las catástrofes. En nuestro caso, dirá: Perón hizo el 17 de octubre.

La interpretación de la historia en función de la lucha de clases señala, por el contrario, que son aquellos actores sociales quienes logran encontrar a su autor y lo elevan entonces a la cabeza del frente convirtiéndolo en líder. Es decir: el 17 de octubre lo hizo a Perón.

Sin embargo, la relación dialéctica de continuas acciones recíprocas en pleno desarrollo de los acontecimientos torna muy difícil establecer hasta qué punto la actuación del líder es mero resultado de las fuerzas sociales que lo impulsan y hasta dónde sus condiciones personales juegan también un papel muy importante.

Baste recordar que un marxista - Trotsky - señalaba que si Lenin no hubiera llegado al imperio zarista en 1917, posiblemente la Revolución de Octubre no se hubiera realizado.

En el caso argentino, la interpretación correcta de lo sucedido (sin pretender glorificar a Perón, ni tampoco caer en el otro extremo de restar importancia a su actuación) posiblemente resultará de las polémicas que los investigadores lleven a cabo en el futuro, cuando los odios y los amores aun subsistentes se hayan amenguado o desaparecido.
Por ahora, parece posible sostener que esos nuevos protagonistas de la historia argentina, generaron -aquel 17 de octubre de 1945- un frente nacional de liberación que fue encabezado por Perón.

Como señala Jauretche, el viejo país no entendió aquello que pasaba delante de sus narices: ni a la clase trabajadora, ni al liderazgo emergente.

• Los conservadores
A medio siglo de distancia se comprende que la clase dominante, a través de los dirigentes conservadores, los grandes intelectuales y los grandes diarios, haya reaccionado lúcidamente contra estos sucesos, corroborando, una vez más, que es la única clase para sí , con clara conciencia de sus intereses.

Con respecto a la incomprensión por parte de la mayoría de dirigentes y base social del anterior movimiento nacional - el radicalismo-, la explicación parece residir en la incorporación de la vieja clase media al régimen semi colonial, así como su sumisión al poderoso aparato cultural de la oligarquía (la historia mitrista, el liberalismo económico, la literatura exquisita y lúdica, la democracia formal, la civilización y barbarie , etc.).

• La izquierda
Más grave aun es la incomprensión de las diversas agrupaciones de izquierda.

• Los socialistas
El Partido Socialista, sometido también a esa colonización pedagógica, se ha convertido en el partido de los consumidores (moneda sana y libre importación) con fuerte subordinación a Gran Bretaña.

• Los comunistas
En el caso del Partido Comunista, como ya se ha señalado, la alianza de la URSS con Inglaterra y Estados Unidos le resultó letal al convertir al antifascismo, y más aún, a la aliadofilia, en su táctica política y sindical.
Por todas estas razones, no se asombre pues, el lector, de los juicios que va a leer seguidamente.

• Los radicales
El liberalismo oligárquico, con su virulenta campaña antifascista, ha hecho estragos en la dirigencia radical. Nada queda en su pensamiento de los planteos populares de Irigoyen.

“El 17 de octubre (dicen), fue preparado por la Policía Federal y la Oficina de Trabajo y Previsión, convertida en una gran máquina de propaganda de tipo fascista, con ramificaciones en todo el país (...) Fue una reproducción exacta de las primeras manifestaciones populares del fascismo y del falangismo” (*63)

Según el comunicado emitido por la conducción unionista de la UCR, el paro pudo realizarse “usando de la coacción y la amenaza (...) y se ultrajó a la ciudadanía con la ayuda policial, en un espectáculo de vergüenza como nunca ha presenciado la Nación. (*64).

Sostiene, asimismo, que “el número de manifestantes no fue mayor de sesenta mil personas, de las cuales un 50 % lo constituían mujeres y menores, teniendo informaciones fehacientes de que muchos de estos recibieron dinero para concurrir (...) que los manifestantes vejaron a personas, asaltaron comercios, injuriaron a la población vivando a su candidato y llevando como lema o estribillo estas palabras: Viva la alpargata y mueran los libros, Haga patria matando a un estudiante.(* 65).

Desde el conservadorismo, Emilio Hardoy define, años después:
“Los ciudadanos que desfilaron triunfalmente, yo entre ellos, poco tiempo antes por las calles de Buenos Aires, jamás imaginaron que la muchedumbre, imponente e informe, amenazadora y primitiva, iba a invadir la Plaza de Mayo al grito de guerra de ¡Perón!. Grito de guerra y de odio, casi de venganza, por causa de la miseria y la ignorancia de la sociedad de entonces. Como en todos los pueblos de Occidente, en nuestro territorio había dos países en aquel mes de octubre de 1945: el país elegante y simpático, con sus intelectuales y su sociedad distinguida sustentada en su clientela –romana- y el país de -la corte de los milagros- que mostró entonces toda su rabia y toda su fuerza. ¡Nueve días que sacudieron al país! ¡Nueve días en los que la verdad se desnudó! Nueve días que cierran una época e inauguran otra... Desde luego, el odio no es el único ingrediente del peronismo, pero es el fundamental, el cemento que aglutinó a las masas en torno a Perón. (*66).

De este modo, los viejos enemigos (radicales y conservadores) coinciden ahora en su vituperio a la presencia popular en la plaza histórica.

Sin embargo, debe reconocerse que lo hacen con ideas, mientras otros manifiestan ese mismo repudio a culatazos:

“El 17 de octubre de 1945, yo era el responsable de la Casa y de la estructura física del Ministerio de Marina en la Casa de Gobierno (...)La multitud desbordó la Plaza de Mayo y tiró las puertas abajo.

Entraron los policías a caballo, era un revuelo increíble (...) entraron unos muchachos sudorosos y que se veían muy cansados. Comenzaron a dar vueltas alrededor mío y me miraban extrañamente. Les parecía mentira ver a un oficial parado ahí. Se acercó uno y me dijo: -¿Dónde está Perón? Lo queremos ver, venimos cansados de Ensenada. Le respondí: No sé dónde está Perón, debe estar arriba

Al tiempo, acudió un teniente con un pelotón de la compañía de infantería que custodiaba la Casa de Gobierno y me dijo: “Con su permiso, señor capitán, voy a hacer desalojar a toda esta gente.

- Sí, le dije, pero con una condición: no dispare ningún tiro adentro del edificio, adentro del ministerio.

Se retiraron entonces (...) Él dio una orden y los soldados pusieron rodilla en tierra, dieron vuelta sus fusiles, con la culata para adelante, y comenzaron a sacudirles las cabezas a los revoltosos. Sonaban sus cabezas que parecían mates (*67).

Así vivió ese día de octubre el marino “democrático” Isaac F. Rojas.

Para quienes desconocen la historia argentina y se dejan llevar por los rótulos, resulta asombroso que juicios coincidentes provengan de la titulada izquierda socialista y comunista.

“La Vanguardia”, por ejemplo, órgano del partido Socialista, afirma:
- En los bajíos y entresijos de la sociedad hay acumuladas miseria, dolor, ignorancia, indigencia más mental que física, infelicidad y sufrimiento. Cuando un cataclismo social o un estímulo de la policía moviliza las fuerzas latentes del resentimiento, cortan todos las contenciones morales, dan libertad a las potencias incontroladas, la parte del pueblo que vive ese resentimiento y acaso para su resentimiento, se desborda en las calles, amenaza, vocifera, atropella, asalta a diarios, persigue en su furia demoníaca a los propios adalides permanentes y responsables de su elevación y dignificación.” (* 68)

La FUBA no se halla alejada de estos planteos y sostiene orgullosamente:
“ se había dado una polarización de las fuerzas sociales en pugna: los sectores democráticos que concurrían a los despachos de la embajada norteamericana y los dirigentes gremiales y políticos pro peronistas que acudían a la Secretaría de Trabajo. (* 69)

Por su parte, la comisión gremial del Partido Socialista señala
“las exteriorizaciones carnavalescas, desmanes y atropellos inicuos producidos en el paro, que fue ajeno a la decisión de los auténticos trabajadores organizados... (* 70)

A su vez, el Partido Comunista emite varias declaraciones en esos días. El 21 de octubre sostiene:
“El malón peronista, con protección oficial y asesoramiento policial que azotó al país ha provocado rápidamente, por su gravedad, la exteriorización del repudio popular de todos los sectores de la República en millares de protestas. Hoy la Nación en su conjunto tiene clara conciencia del peligro que entraña el peronismo y de la urgencia de ponerle fin. Se plantea así para los militantes de nuestro Partido una serie de tareas que, para mayor claridad, hemos agrupado en dos rangos: higienización democrática y clarificación política.
Por un lado, barrer con el peronismo y todo aquello que de alguna manera sea su expresión; por el otro, llevar adelante una campaña de esclarecimiento de los problemas nacionales, la forma de resolverlos y explicar, ante las amplias masas de nuestro pueblo, más aun que lo hecho hasta hoy, lo que la demagogia peronista representa.
En el primer orden, nuestros camaradas deben organizar y organizarse para la lucha contra el peronismo, hasta su aniquilamiento.
Corresponde aquí también señalar la gran tarea de limpiar las paredes y las calles de nuestras ciudades de las inmundas pintadas peronistas. Que no quede barrio o pueblo sin organizar las brigadas de reorganización democrática (...) Nuestras mujeres (...) deben visitar las casas de familia, comercios, etc., reclamando la acción coordinada y unánime contra el peronismo y sus hordas. Perón es el enemigo número uno del pueblo argentino. (*71)

Días después, el periódico Orientación afirma:
“Pero también se ha visto otro espectáculo, el de las hordas de desclasados haciendo de vanguardia del presunto orden peronista. Los pequeños clanes con aspecto de murga que recorrieron la ciudad no representan a ninguna clase de la sociedad. Es el malevaje reclutado por la Secretaría de Trabajo y Previsión para amedrentar a la población.

En el mismo número de Orientación (dirigido por Ernesto Giudici) puede leerse:
“Desde Avellaneda salían las bandas armadas del peronismo, obedeciendo un plan de acción dirigido por el coronel y sus asesores nazis (...) El peronismo logró engañar a algunos sectores de la clase obrera (...) y esos sectores engañados fueron en realidad dirigidos por el malevaje peronista, repitiendo escenas dignas de la época de Rosas; y remedando lo ocurrido en los orígenes del fascismo en Italia y Alemania, demostró lo que era, arrojándose contra la población indefensa, contra el hogar, contra las casas de comercio, contra el pudor y la honestidad, contra la decencia, contra la cultura, e imponiendo el paro oficial, pistola en mano y con la colaboración de la policía que, ese día y al día siguiente, entregó las calles de la ciudad al peronismo bárbaro y desatado.” (...)(*73)

La casi totalidad de los grupos de izquierda caen en categorizaciones erróneas al intentar definir la jornada del 17. Para los viejos anarquistas, resulta el fascismo redivivo o el Estado que aplasta las libertades individuales. Para el sector trotskista que orienta Nahuel Moreno, "el 17 de octubre es uno de los tantos golpes de cuartel (... )" (*74). Y Perón sería un agente de imperialismo inglés en retirada.

Solo el grupo de origen trotskista que se expresa en el periódico Frente Obrero, bajo la orientación de Aurelio Narvaja, reconoce los aspectos fundamentales de la movilización popular y su carácter históricamente progresivo:
“Los acontecimientos de los días 17 y 18 de este mes, han dejado perplejos y confundidos a los stalinistas, socialistas y, en general, a toda la pequeña burguesía que se hallaba bajo el influjo ideológico de la oligarquía y del imperialismo.” (...)

Durante los largos meses transcurridos desde el 4 de junio de 1943, los stalinistas, con el apoyo de los socialistas, llamaron en varias ocasiones a la huelga general. Salvo algunos sectores obreros de la construcción, la clase obrera permaneció insensible a sus llamados y el más estrepitoso fracaso coronó sus esfuerzos por defender la “democracia”... Y ahora, he aquí que un militar, un recién llegado o poco menos, logra sacar al proletariado de sus fábricas y talleres y lanzarlo a la calle, con el solo apoyo de un débil equipo de dirigentes sindicales de alquiler y sin ningún gran diario que apoye su política.

“La misma masa popular que antes gritaba -¡ Viva Yrigoyen!, grita ahora '¡Viva Perón!”.
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Extraído de la obra de Norberto Galazo: Perón. Formación, Ascenso y Caida (1898-1955) Tomo I; Edicioes Colihue. Grandes Biografias. 2005.
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Bibliografía:
1 Diario La Época, 17/10/1945.
2 Jauretche, Arturo, Escritos Inéditos, ob. cit., p. 159. ) Revista Dinamis, octubre de 1972.
4 Marechal. Leopoldo, en Chávez, Fermín (comp.), La jornada del 17 de Octubre por 45 Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 1996, p. 35.
5 Diario La Época, 17/10/1945.
6 Scalabrini Ortiz, Raúl, Tierra sin nada. Tierra de profetas, ob. cit.
7 Diario La Época, 17/10/1945.
8 Chávez, Fermín, Perón y el peronismo en la historia contemporánea, tomo Il, ob. cit., p. 51.
9 Testimonio de Sábato, Ernesto, en Tres revoluciones, ob. cit., pp. 67-68.
10 Perelman, Ángel, Cómo hicimos elI? de octubre, ob. cit., pp. 75-76.
II Salas, Horacio, Conversaciones con Raúl González Tuñón, Buenos Aires, Ediciones La Bastilla, 1975,p.125.
12 Chávez, Fermín, Perón y el peronismo en la historia contemporánea, tomo !I, ob. cit., p. 52.
13 Perelman, Ángel, Cómo hicimos el 17 de octubre, ob. cit., p. 75.
14 Reyes, Cipriano, Yo hice el 17 de octubre, ob. cit., pp. 228-230.
15 Testimonio de Orsi, René, en Reseña histórica del Partido Justicialista de La Plata, 1945-1955, ob. cit., p. 205.
16 Testimonio de Reyes, Cipriano, en ibid., p. 216.
17 Testimonio de Giadas, Juan Carlos, en ibid., p. 228.
18 Miguens, José, en Chávez, Fermín (comp.), La jornada del]7 de octubre por 45 autores, ob. cit., p. 100.
19 Barainca, Eduardo en revista Realidad Económica, NQ 135, p. 101.
20 Revista Primera Plana, 19/10/1965.
21 Reyes, Cipriano, Yo hice el17 de octubre, p. 229.
22 Perelman, Ángel, Cómo hicimos el17 de octubre, ob. cit., p. 77.
2J Kelly, David, El poder detrás del trono, ob. cit., pp. 68-69.
24 Brum, Blanca Luz, en Chávez, Fermín (comp.), La jornada del17 de Octubre por 45 autores, Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 1996, p. 79.
25 Diario Clarín, 15/10/1995.
26 Giussani, Pablo, en revista Extra, octubre de 1965.
21 Revista Dinamis, octubre de 1972, citada por Chávez, Fermín (comp.), La jornada del 17 de Octubre por 45 autores, ob. cit., p. 32.
28 Borges, Jorge Luis, en revista CHE, 18/10/1960.
29 Martínez Estrada, Ezequiel, ¿Qué es esto?, Buenos Aires, Editorial Lautaro, 1956, pp. 23,32,33,55, 65 Y 89.
30 Ghioldi, América en revista CHE, 18/10/1960. Buenos Aires, Ediciones Trafac, 1957, p. 14.
31 Pérez Leirós, Francisco, en revista CHE, 18/10/1960.
32 Ramos, Jorge Abelardo, Perón, Buenos Aires, Ediciones Amerindia, 1959, p. 34.
33 Oliver, María Rosa, Mi fe en el hombre, Buenos Aires, Editorial Carlos Lolhé, 1981, p. 343.
34 Jauretche, Anuro, Los profetas del odio.
35 Brum, Blanca Luz, en Chávez, Fermín (comp.), La jornada del17 de Octubre por 45 autores, ob. cit., p. 79.
36 Bunge de Galvez, Delfina en diario El Pueblo, 25/10/1945 .
37 Benítez, Hernán, en revista CHE, 18/10/60.
38 Testimonio de Lucero, Franklin, en Chávez, Fermín, Perón y el peronismo en la historia contemporánea, tomo 1I, Buenos Aires; Editorial Oriente, 1984, p. 54.
39 Tanco, Raúl, en Chávez, Fermín, Perón y el peronismo en la historia contemporánea, tomo II,ob. cit., p. 54.
40 Chávez, Fermín, Perón y el peronismo en la historia contemporánea, tomo Il, ob. cit., p. 55.
41 Scalabrini Ortiz, Raúl, Tierra sin nada. Tierra de profetas, ob. cit., p. 33.
42 Vanasco, Alberto en revista Macedonio, N2 9/10, otoño 1971.
43 Scalabrini Ortiz, Raúl, Tierra sin nada. Tiempo de profetas, Editorial Reconquista, Buenos Aires, 1947. 44 Russo, Héctor en Chávez, Fermín, Perón y el peronismo en la historia contemporánea, tomo Il, ob. cit., p. 54.
45 Pavón Pereyra, Enrique, Perón, el hombre del destino, tomo 1, ob. cit., p. 297.
46 Diario La Razón, 17/10/1945.
47 Real, Juan José, 30 años de historia argentina, ob. cit., p. 79.
48 lb íd.
49 Diario Crítica, 17/10/1945.
50 lbíd.
51 Pavón Pereyra, Enrique, Perón, el hombre del destino, tomo l, ob. cit., p. 297.
52 Pavón Pereyra, Enrique, Perón, el hombre del destino, tomo 1, ob. cit., p. 299.
53 Luna, Félix, El 45, ob. cit., p. 427.
54 Testimonio de Plater, Guillermo, en Chávez, Fermín, Perón y el peronismo en la historia contemporánea, tomo 11, ob. cit., p. 57.
55 Luna, Félix, El 45, ob. cit., p. 374.
56 Colom, Eduardo, 17 de octubre. la revolución de los descamisados, Buenos Aires, Editorial La Época, 1946,p. 104.
57 Luna, Félix, El 45, ob. cit., p. 427.
58 Barrios, Américo, Con Perón en el exilio, ob. cit., p. 62.
59 Perón, Juan Domingo, El pueblo quiere saber de qué se trata, ob. cit., pp. 185-187. 60 Luna, Félix, El 45, ob. cit., p. 370.
61 Lucero, Franklin, El precio de la lealtad, ob. cit., p. 37.
62 Jauretche, Arturo, en diario El Mundo, 17/10/1965.
63 Declaración de la Unión Cívica Radical en diario La prensa, 25/10/1945, citada por Chávez, Fermín, Perón y el peronismo en la historia contemporánea, tomo I!, ob. cit., p. 69.
64 Luna, Félix, El 45, ob. cit., p.- 382.
65 Ibíd., p. 383.
66 Hardoy, Emilio J., No he vivido en vano, Buenos Aires, Marymar, 1993, pp. 208-209 Y 215.
67 González Crespo, Jorge, Memorias del Almirante Rojas. Con versaciones con Jorge González Crespo, Buenos Aires, Editorial Planeta, 1993, p. 140.
68 Periódico La Vanguardia, 23/10/1945.
69 Almaraz, Roberto, Porchór, Manuel y Zemborain, Rómulo, i Aquí FUBA! Las luchas estudiantiles en tiempos de Perón.1943-1955, ob. cit., p. 53.
70 Luna, Félix, El 45, ob. cit., p. 384.
71 Declaración del Partido Comunista, del 21/10/1945, citada por Puiggrós, Rodolfo, en El peronismo: sus causas, ob. cit., p. 182.
72 Periódico Orientación, 24/10/1945, citado por Luna, Félix, en El 45, ob. cit., p. 380. 731bM.
74 Periódico Frente Proletario, 20/8/1948.
84 lbíd.
85 lbíd., p. 138. 86 lbíd., p. 139.
87 lbíd., p. 140.
88 lbíd., p. 141.
89 lbíd., p. 143.
90 lbíd., p. 144.
91 lbíd., p. 146.
92 Diario La Nación, 17/10/1945.
93 Diario La Época, 18/10/1945.
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Fuente: www.lagazeta.com.ar



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