Anecdotario
El historiador Vicente Fidel López cuenta que para una reunión con Estanislao López y el padre José de Amenábar, Rosas vistió a Eusebio con ropas episcopales y lo presentó como Obispo de las Balchitas.
En otra oportunidad Rosas lo vistió con ropas de Embajador para ridiculizar a los representantes ingleses durante el bloqueo anglo francés al puerto de Buenos Aires.
Durante la tensión de la Confederacíon con la potencias extranjeras, Rosas invitó a Palermo a los “bonoleros” para anunciarles que reanudaría el pago de cuotas de la deuda contraída por Rivadavia por el empréstito Baring. Invitados a la residencia de San Benito, Rosas les anunció formalmente con cortesía:
- ¡Adelante, adelante! Tomen asiento por favor, son bienvenidos a esta casa.
Los representantes ingleses tomaron asiento:
- Vamos a ir al grano directamente –les anunció Rosas- Los he citado en su carácter de representantes del Río de La Plata de los tenedores de bonos correspondientes al empréstito británico, es decir los “bonoleros”.
- “Bonehorders, señor Gobernador” –le observó un representante- pero Rosas, haciendo caso omiso a la observación continuó:
- De aquí en más la Confederación Argentina, cuya jefatura ejerzo con la aprobación de todas las provincias que la componen, comenzará a pagar a todo “bonolero” sus intereses correspondientes y que por distintos motivos no habían podido cobrar hasta la fecha.
Ante el murmullo de los representantes, se escuchó decir a uno:
- Nos alegramos enormemente por la decisión y se lo agradecemos, señor Gobernador.
- ¿Agradecer? Por favor caballeros, yo soy quien en nombre de gobierno argentino debo pedirles disculpas por la demora en dar satisfacción a reclamos tan justos como los vuestros, pero ya lo dice el refrán: “más vale que nunca”.
Entonces Rosas tose, y como habían acordado previamente con Manuelita, se abre la puerta y entran los bufones. Biguá corre a Eusebio con un revolver de madera:
- Pero...¿quién les ha dado permiso para entrar en mi despacho –fingiendo sorpresa y disgusto- Caballeros, les ruego disculpen la intromisión.
- ¡Dame todos los Patacones que llevás encima, gaucho atorrante! –le dice a Eusebio Biguá, imitando el acento gringo.
- Si, mister, tome, esto es lo único que tengo – dice Eusebio fingiendo estar asustado, y ofreciendo unas piedritas por monedas.
- No me alcanzan, necesito más –amenazando a Eusebio con el revolver de madera- ¡Arriba las manos y entrégueme todos los patacones, gaucho apestoso!
- Pero míster, si usted me acaba de robar, no tengo nada para darle...
- ¿Y entonces como hacemos? – ambos fingen pensar.
- Ya se –dice Eusebio- tengo una idea. Déme su revolver, y yo robo a otro, así usted me puede robar a mi. ¿De acuerdo?
Biguá entrega el revolver y Eusebio se dirige a uno de los “bonoleros” y apuntándole con el arma:
- Arriba las manos, míster, entrégueme todas sus monedas.
Rosas ríe festejando la actuación y los hace retirar con un ademán, mientras los representantes sorprendidos se mantenían serios.
- Sepan disculpar a estos entrometidos.
- ¿Desde cuando comenzará a aplicarse la medida? –pregunta un ingles.
- Desde hoy mismo, de manera que ya mañana podrán pasar por la Tesorería Nacional a cobrar los intereses de sus representados.
- Hoy, sin tardanza, escribiremos a Londres comunicando la buena nueva –dice eufórico uno de los representantes.
Rosas entonces se despide, dando por terminada la reunión:
- Muy bien, señores, asuntos de Estado reclaman mi atención, de manera que me veo obligado a despedirme de ustedes. Si lo desean, mi hija Manuelita tendrá mucho gusto de en enseñarles los jardines de esta casa.
Los bonoleros se despiden satisfechos, y cuando están por salir, Rosas los detiene:
- Ah, caballeros, olvidaba decirles algo: nuestra voluntad de pagar dichos intereses es tan férrea que solo podrá alterare por causas de fuerza mayor.
- ¿Qué causas, por ejemplo? –pregunta intrigado un representante.
- No tienen porque preocuparse –acota Rosas- porque deberían producirse circunstancias altamente improbables; por ejemplo una intervención extranjera en contra de nuestro país.
El final
Los antirosistas se dedicaron a inventar historias perversas acerca de los bufones de Rosas, pero omiten decir que, retirado Rosas, nadie los tomó a su cargo ni se ocupó de ellos.
Eusebio murió en 1873 en el hospital de hombres de Buenos Aires.
Fuentes:
- Chávez Fermín. Diccionario Histórico Argentino. Edit. Fabro. Bs.As.2005
- O´Donnell, Pacho. Juan Manuel de Rosas. Planeta. Bs.As. 2002.
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar
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