El pedido de independencia paraguaya
Poco después acreditaría López a uno de sus hombres de mayor confianza, don Andrés Gil, futuro ministro suyo, como enviado cerca de Rosas, para recabar el reconocimiento de la independencia paraguaya, declarada poco antes. Los cónsules firmaron, el 28 de diciembre de 1842, la credencial del agente diplomático. Embarcado este en una goleta de ochenta toneladas, con tripulación de treinta hombres, llegó al Plata en la primera quincena de febrero, cuando Oribe establecía su cuartel general en el Cerrito y la escuadra de Brown cruzaba ya frente a Montevideo. El 14 de ese mes escribe a Arana que ha sido nombrado en comisión particular, “por el Supremo Gobierno de la República del Paraguay". Adjunta copia de su diploma y dice que "cumplidos los requisitos de estilo tendrá la alta satisfacción de dar comienzo a su tarea", cuyo objeto, ya conocido, se hallaba expresado en el documento que remitía.
El gobierno de Buenos Aires lo recibió con agasajos. De ellos nos enteramos por carta de Angelis a Guido: "El diputado del Paraguay” - le escribe el 20 de febrero de 1843- , "ha llegado. Es un cierto don Andrés Gil, que ha ido a alojarse en la casa de don Remigio González Moreno: pero el gobernador le ha dado un edecán, y le hace atestiguar toda especie de consideraciones”. Pero desde el primer acuse de recibo se le opone una discreta negativa. Vale la pena señalar aquí la vigilancia de Rosas en estos asuntos que eran la base de su magistratura nacional suprema. Como en el caso de la reclamación interpuesta por Mandeville ante el gobierno de Buenos Aires, por el asesinato de un inglés en el territorio oriental controlado por Oribe, que Arana proyectó inadvertidamente discutir como autoridad competente, y Rosas decía inadmisible por falta de competencia, en este también se nota que el gobernador era más avisado que su ministro.
Por la costumbre de encabezar los acuses de recibo dando a los destinatarios de sus notas los títulos que invocaban, así como de reproducir el contenido de las que recibía, don Felipe redactó una contestación a Gil sin advertir que al llamarlo "comisionado de la República del Paraguay" ya estaba consintiendo lo que el otro había venido a pedir. Sometida a Rosas, este la pone con unas tachaduras y agregados, en condiciones de ser despachada:
El Ministro de Relaciones Exteriores
de la Confederaci6n Argentina
Buenos Aires, marzo 2 de 1843. Aflo 34 de la Libertad, 28 de la Independencia y 14 de la Confederación Argentina.
Al Sr. Comisionado dl¡ Excmo. Gobierno del Paraguay, Don Andrés GiL
Ha elevado el infrascripto al conocimiento del Excmo. señor Gobernador y Capitán General de la Provincia la nota de Su Señoría, fecha 14 de febrero último, en que expresa haber sido nombrado por el Supremo Gobierno de la República del Paraguay en comisión especial cerca del Excmo. Sr. Gobernador y Capitán General don Juan M. de Rosas, Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina como lo acredita el diploma de su nombramiento; manifestando Su Señoría al mismo tiempo le será altamente satisfactorio entrar a desempeñar la comisión de su gobierno.
El infrascripto ha recibido orden de su gobierno para decir al señor Comisionado en contestación que le es íntimamente grato a S.E. el feliz arribo de Su Señoría a esta ciudad, no menos que reconocerlo en el carácter que anuncia cerca del Gobierno Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina; en cuya virtud tiene el infrascripto el honor de devolver a Su Señoría el diploma enviado pudiendo en su consecuencia llenar los objetos de su misión cuando fuese de su agrado.
Dios guarde a Su Señoría muchos años.
Felipe Arana.
Una muestra de las primeras conversaciones con Gil hallamos en este fragmento de carta, de Arana a Guido, en 30 de marzo de 1843:
“En mi anterior nada dije a Vd. sobre el objeto del comisionado que el Gobierno del Paraguay mandó cerca de este. Al presente puedo anunciarle que es dirigido a felicitar al señor Gobernador a nombre de los señores Cónsules, y entregar comunicaciones en que solicitan reconozcamos la independencia de aquella que llaman República, sin designar base, estipulación, ni arreglo alguno por ahora, ni para el futuro. El comisionado es un sujeto moderado, discreto, de muy buen juicio, y dotado al parecer de una docilidad muy conveniente para las actuales circunstancias. Se conduce con mucha cordura, y oye con interés cuanto se le observa sobre las grandes inconveniencias que ofrece para ambos países el reconocimiento de la Independencia que solicita su Gobierno. Se manifiesta convencido de las incontables observaciones que se le han hecho, y deseoso de que algún comisionado de este Gobierno vaya al Paraguay a hacer a los S. S. Cónsules las mismas explicaciones que de mi ha oído. Tan persuadido está de lo que importa a ambos países la incorporación del Paraguay a la Confederación, que me ha dicho cooperará en ese mismo sentido y que espera deferirán los S. S. Cónsules. Por supuesto que se le ha asegurado que el Gobierno de Buenos Aires jamás pretenderá obligar con armas a aquel país a que entre en la Confederación, y que sus relaciones siempre serán conducidas con amistosa benevolencia. El comisionado ya puede Vd. juzgar, está altamente satisfecho de la obsequiosa cortesía con que le hemos tratado, y desea cuanto antes regresar y que vaya un comisionado argentino, pero los asuntos de Montevideo, y las atenciones diarias que nos causan la marina inglesa y francesa en aquel puerto, no me dejan lugar para nada, sin embargo de que el señor Mandeville y el Conde de Lurde se conducen con moderación y prudencia”.
La negativa de Rosas
Con todo se dieron tiempo para despachar la documentación necesaria en menos de un mes. Arana redactó el borrador de una carta personal de Rosas para los cónsules del Paraguay. Antes de firmarla, el caudillo le introdujo nueve modificaciones, dejándola así:
“Buenos Aires, abril 26 de 1843.
Excmos. Sres. Cónsules don Carlos Antonio L6pez
y don Mariano Roque Alonzo.
Señores de mi alta distinguida estimación:
Con íntima complacencia recibí la muy apreciable carta que os dignáis dirigirme con fecha 28 de diciembre próximo pasado recomendándome al ciudadano don Andrés Gil, comisionado especial de ese Excmo. Gobierno.
Favorecido por este encargo he procurado cumplirlo de un modo condigno a vuestra estimable recomendación, a las muy apreciables cualidades y capacidad del señor don Andrés Gil, y a los sentimientos de perfecta benevolencia que os profeso.
Me será siempre grato satisfacer vuestros deseos; y cualquiera otra ocasión en que mandéis algún nuevo comisionado u otra persona cerca de este Gobierno tendrá el mismo obsequioso hospedaje que ha recibido el señor Gil.
Aceptad, señores Cónsules, los sentimientos de la cordial estimación y alto aprecio con que sinceramente me ofrezco muy fino y obsecuente servídor de V.V.E.E.
Juan M. de Rosas.
La píldora quedaba dorada, pero no por eso era menos amarga: junto con la carta iba una nota firmada por el Encargado de las Relaciones Exteriores y su ministro en que se negaba el reconocimiento pedido por los cónsules para la declaración de la independencia paraguaya.
Acusaba recibo de los documentos traídos por Gil: acta de la declaración de independencia, copia de las leyes creadoras del pabellón y los sellos nacionales, y de la sanción legislativa al juramento de la solemne decisión. A renglón seguido pasaba a decir que le era sensible no poder dar aquiescencia al pedido. Luego anunciaba el envío de un comisionado, cuando las circunstancias lo permitieran, que iría a la Asunción a explicar los motivos de la negativa y "los vivos deseos" que animaban al gobierno argentino "por la prosperidad de ese país”, así como a agradecer la misión Gil, portadora de la correspondencia que se contestaba. Decía además la complacencia de Rosas al saber que el Paraguay había declarado su neutralidad ante las disensiones que agitaran a los vecinos y hecho votos por la tranquilidad de los Estados Republicanos del Sud. Retribuía esos sentimientos y aseguraba:
"Cualquiera que sea la influencia que pueda producir en el ánimo de los Excmos. Sres. Cónsules la relación de los poderosos motivos que justifican la resolución de este Gobierno en el grave y delicado negocio que ha dado mérito a esta correspondencia, “jamás las armas de la Confederaci6n Argentina turbarán la paz y tranquilidad del pueblo paraguayo”, que ellas le son muy amadas, que se interesa íntimamente en su conservación perdurable, y que se lisonjea de que estos sentimientos son universales en la Confederación".
Su último párrafo estaba dedicado a Gil, cuyo elogio hacía, y agregaba esperar que el enviado habría sido fiel intérprete de la amistad que Rosas sentía por los cónsules y de los votos que formulaba por "la prosperidad del Paraguay".
Malas langostas.
Esta nota oficial iba acompañada por un Memorándum confidencial, con un resumen de las razones expresadas "a la voz detalladamente" a Gil, a que se aludía en aquella.
El gobierno paraguayo dio a conocer ese documento en época posterior, cuando se produjo ruptura de relaciones entre Rosas y Carlos Antonio López. Su texto era :
1. Que en las presentes circunstancias era imposible al Gobierno de Buenos Aires reconocer la independencia de la República del Paraguay, por cuanto aunque es Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, era preciso convocar a los demás pueblos confederados para ese reconocimiento, lo que las circunstancias no permiten.
2. Que es preciso que el Paraguay medite mucho sobre el particular porque le atraería muchos perjuicios; y que era preciso convenir sobre algún pie sólido.
S. Que el Gobierno de Buenos Aires daría licencia a los extranjeros y montevideanos para comerciar con el Paraguay, pero bajo algún convenio, y con pabellón argentino, porque el Río de la Plata y del Paraná le pertenece a Buenos Aires de hecho y de derecho de costa a costa.
4. Que el Brasil se habría de apresurar a reconocer la independencia de la República en razón de tener iguales producciones, y porque reconocida también por Buenos Aires se equilibrarían los derechos de introducción que paga el Brasil.
5. Que el Brasil era capaz de perjudicar al Paraguay, fomentando hasta la correría de los indios con armas.
6. Que reconocida la independencia del Paraguay, se llenaría de Ministros y Cónsules extranjeros, que procurarían envolverlo en cizaña, como acontecía con Buenos Aires, y hasta conquistarlo, si pudiesen.
7. Que por el contrario incorporándose a la Confederación, formaría una grande nación que impondría respeto a los extranjeros: que la Confederación era muy buena, y que el Gobierno de Buenos Aires no se metía con los Gobiernos de las Provincias Confederadas; que cada una vivía según sus constituciones y sus leyes.
8. Que él no reconocía ni desconocía la independencia de la República, que hacía votos por su felicidad, y para que Dios lo conserve sin admitir extranjeros, que son malas langostas; que su felicidad consistía en tener súbditos de una sola religión, cuando Buenos Aires tiene la desgracia de verse lleno de templos protestantes, grande daño que hicieron los anteriores salvajes unitarios, haciendo tratados con ingleses, y que ahora no se podía remediar.
9. Que a los extranjeros establecidos en el país no se les puede decir nada, ni hacerles cosa alguna, cuando luego reclaman los Ministros o Cónsules de su nación, de suerte que quieren gozar de mayores ventajas y prerrogativas que los nacionales.
10. Que los unitarios y el general Rivera intentan invadir el Paraguay por el interés de 6.000.000 de pesos fuertes que contaban existentes en cobre, y de levantar tropas para conquistar las provincias.
Brasil (1943).
con los territorios anexados
luego de la Guerra del Paraguay.
La perspectiva histórica.
"El Paraguayo Independiente", al publicarlo en la polémica de 1845 con La Gaceta Mercantil, diría enfáticamente: "Ese documento original y de la edad gótica, es hijo de una profunda decepción: quien le dictó se engañó completamente en el juicio, que hizo del grado de inteligencia del Gobierno Paraguayo. Nuestros lectores que lo avalúen".
Sus lectores habrán dado la razón a Carlos Antonio López cuando les sometía su disidencia con Rosas, pero ahora la perspectiva histórica nos permite mirar las cosas de otro modo. ¿No es evidente que Paraguay debió meditar antes de independizarse? ¿Que esa independencia fue un elemento de intrigas para el Brasil? ¿Que este no sólo compitió con Paraguay en el mercado argentino, sino que además le arrebataría territorios de yerba? ¿Que los agentes extranjeros anarquizaban a los nuevos Estados americanos, y al cabo lograrían dominarlos? ¿Que la integración del Paraguay en una gran Confederación Argentina habría impuesto respeto a las potencias que mediatizaron la soberanía hispano americana en general, y habría redundado tanto en beneficio del Paraguay corno de la Argentina? ¿Que la unidad religiosa de un pueblo es preferible a su división? ¿Que los tratados liberalísimos con las potencias imperialistas eran entonces más peligrosos que hoy, con todo lo malos que estos son todavía? Un argumento que Rosas no empleó contra la independencia paraguaya, porque a él no se lo ofrecía la historia, es lo que sabemos después de 1865, tras al Guerra de la Triple Alianza; con ella el desdichado país ganó la libertad de ser aplastado por sus hermanos y vecinos, unidos en coalición a la que Argentina no habría podido sumarse de no haber mediado aquella solemne declaración, y que sin la Argentina no habría podido triunfar.
Fuentes:
- Irazusta, Julio. Vida política de Juan Manuel de Rosas.t.IV.p.341-350
- Leonardo Castagnino: Juan Manuel de Rosas Sombras y verdades.
- Leonardo Castagnino: Guerra del Paraguay La Triple Alianza contra los países del Plata.
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar
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