(Terragno, entrevista a Juan Perón en Madrid)
El autor era un abogado de 23 años cuando, una mañana, se convirtió en ocasional interlocutor de un Perón engripado, que habló de todo desde su cama. Fue en Madrid, en 1967. “Era como conversar con Sarmiento o Rosas”, confiesa Terragno, para quien Perón era el pasado irrepetible. “Lo dejé en su cama y bajé con su mujer, que me acompañó hasta la puerta. Volví a verlos, desde lejos, seis años más tarde. Estaban en el balcón de la casa de gobierno, en Buenos Aires”.
El parque Lezica estaba colmado. Yo nunca había estado entre tanta gente. Quizás, en las congregaciones de la plaza de Mayo había más; pero yo no había ido nunca, ni iba a ir, porque mi padre sólo asistía a las concentraciones de su partido, la Unión Cívica Radical, y a los ocho años yo no tenía posibilidad de ir, sin él, a ninguna parte.
Emir Mercader era un orador de los que ya no quedan; recurría con frecuencia a las metáforas y empleaba un lenguaje poético que, tal vez, hoy me desagradaría. Crisólogo Larralde manejaba con habilidad la retórica. Ni hablar de Balbín. El más frío de todos, el menos conmovedor, era Arturo Frondizi, quien sin embargo me infundía más respeto, acaso por esa severidad de su voz casi autoritaria. No sé qué habré entendido aquella noche de 1952, pero creí entenderlo todo. Era la primera vez que yo me sentía partícipe de la política, la cual empezaba a apasionarme.
Era una pasión heredada. Mi padre era radical desde antiguo. Lo había seguido a Yrigoyen, tal vez para expresar su rebeldía: mi abuelo era conservador y había sido, inclusive, guardaespaldas de un caudillo parroquial de los años 20, cuando los conservadores tenían —amén de caballeros ingleses— caciques como Barceló y malevos como Ruggerito.
Perón le había inspirado a mi padre desconfianzas desde el principio. No porque el peronismo afectase privilegios, que nosotros no los teníamos. Ética —o mística— yrigoyeniana, respeto por las libertades públicas, sobriedad republicana y honradez: era eso lo que mi padre oponía al peronismo.
Yo, naturalmente, crecí admirando esas virtudes y sintiendo que, en aquella época, se habían perdido.
En mi adolescencia, empecé a mirar las cosas desde ángulos distintos. En vez de juzgar a Perón, me inicié en la comprensión del peronismo. Traté de explicarme por qué había surgido Perón, y tendí a explicar muchos de los abusos peronistas como el resultado de las postergaciones que las masas habían soportado, durante años, hasta que llegaron al poder del brazo de Perón.
Como en tantas casas de la clase media argentina, en la mía se sucedieron las discusiones —en nuestro caso, respetuosas— entre el padre que hablaba de Perón y el hijo que hablaba del peronismo.
Terminaba la década del 50 y nadie (nadie que yo conociera, al menos) imaginaba que Perón pudiera volver: la soberbia de quienes lo habían echado era tal que el caudillo, a quien los diarios ni siquiera llamaban por su nombre, parecía destinado a morir en el exilio. Por otra parte, mi padre, decepcionado de la política tras la división del radicalismo, aludía a Perón de la manera distante que usa en sus evocaciones aquél que se ha retirado de algo.
Para mí, discutir sobre Perón era como discutir sobre Rosas: se trataba de destilar enseñanzas, principios, ideas que debían servir (en el futuro) a otros procesos y otros hombres. Los militares proclamaban que el "retorno al pasado" no sería permitido, y yo creía que ellos podían impedirlo.
Seguía creyéndolo en 1967. Entonces, tenía 23 años. Hacía poco que los militares se habían instalado en el gobierno para esperar allí la muerte de Perón. Parecían muy fuertes y decididos, y Perón lucía demasiado viejo.
La 5ta. 17 de Octubre
Fue entonces cuando, inesperadamente, tuve la ocasión de conocerlo. En noviembre de ese año, el semanario donde trabajaba me envió a Europa, para cubrir —como se dice en la jerga de los periodistas— el periplo de un ministro de Economía que iba en busca de dinero.
Cuando llegamos a París — luego de pasar por Londres, Frankfurt y Roma — la revista me ordenó volver a Buenos Aires. En cambio, yo volé a Madrid, con la intención de verlo a Perón.
Yo daba por supuesto que, en Madrid, todos sabían dónde vivía. Tomé un taxi y le pedí al conductor que me llevara a la casa de Perón. El taxista, claro, no tenía la residencia del General en su itinerario. Le informé que estaba en Puerta de Hierro y, entonces, me condujo hasta la puerta infranqueable que da nombre al suburbio. Un transeúnte nos informó que habíamos equivocado la ruta: era al otro lado de la puerta, yendo por el camino a El Pardo, el sitio donde Franco tenía su residencia. Pasando un puente, a la izquierda, en una callecita llamada Navalmanzano, estaba la Quinta 17 de Octubre.
Llegamos. Un grupo de guardias custodiaba la puerta. Me acerqué a uno de ellos, le dije que venía a ver a Perón y me desalentó: el General había llegado enfermo de París, el día anterior, y no podía recibir visitas.
Pregunté al guardia si podía llevarle una esquela al secretario de Perón. Aceptó y yo busqué mis flamantes tarjetas de abogado (como periodista, no iba a recibirme). Escribí:
" General : Siendo niño, aprendí a odiarlo. Iba , de la mano de mi padre, a las plazas a oír a sus enemigos. Ahora , a los 23 años, usted sigue inspirándome recelos, pero quiero escucharlo. Tengo, para eso, 24 horas: mañana a la noche sale mi avión para Buenos Aires y acaso yo no pueda volver nunca. Si quiere recibirme, hágamelo avisar. Estoy en el hotel Carlton".
Esperé que el guardia atravesase el jardín con la tarjeta y entrara a la casa. Me fui. Cuando llegué al hotel, el conserje me entregó este mensaje:
" El general lo espera mañana a las 10 de la mañana en la 5ta. [sic] 17 de Octubre".
Llegué, claro, puntualmente. Los guardias tenían mi nombre anotado, y me hicieron pasar. La casa no me pareció demasiado grande. Era, por lo menos, menos imponente de lo que yo había imaginado. En el portal, me recibió la mujer de Perón. Me advirtió que el general, después de leer mi nota, había hecho una excepción e iba a atenderme. Yo debía tratar de no insumirle demasiado tiempo; el general no tenía nada de cuidado, simplemente una gripe, pero el médico le había aconsejado que descansara. Mientras seguía a la señora de Perón escaleras arriba, yo oía su discurso de circunstancias, sin prestarle demasiada atención. Estaba impaciente por encontrarme con aquel hombre que, jubilado del poder, aún seguía cosechando tanto amor y tanto odio.
Estaba en la cama. Se incorporó y reclinó su cabeza sobre un almohadón. Uno de sus célebres caniches jugueteaba encima de la colcha. Perón me pidió que me sentara en una silla que había al lado, dispuesta como para que se sentara el médico.
Su mujer se fue y quedamos los dos solos. Él debió darse cuenta de mi turbación: para mí no hubiese sido más sorprendente poder entrevistarme con Sarmiento o con Rosas. Estaba en Madrid, yo, y en la casa de Perón, yo, y sentado al lado de su cama, yo, conversando los dos solos, él y yo. Él era un sobreviviente de la historia, y yo había llegado a tiempo. No podía imaginar que ese hombre viejo, aunque vigoroso, volvería a la Argentina cinco años después; que sería otra vez presidente; que reaparecería en aquel balcón de la Casa Rosada. Mucho menos podía imaginar que fuera a ser presidente esa frágil mujer que amablemente me había conducido hasta la habitación. Yo creía estar hablando con la historia y estaba hablando con el futuro.
Perón me preguntó qué hacía por Europa. Le dije la verdad, con temor: imaginaba que la entrevista podía terminar apenas él supiera que yo era periodista. No fue así. Se limitó a pedirme que no publicase nada de lo que él dijera. Había tenido algunos inconvenientes con el gobierno de España, al cual no lo hacía feliz que un asilado se dedicara a las declaraciones políticas. Le prometí esa abstinencia periodística y, por supuesto, cumplí mi promesa.
Él estaba interesado en saber cómo le había ido al ministro, cuyo nombre debo consignar ahora: Adalbert Krieger Vasena. Le dije que mal, a mi modo de ver, y le hablé de algunas notas que yo había cablegrafiado a Buenos Aires.
Ni jugando al truco con otarios
"Es que éstos escriben en el aire", me dijo. "Estos" eran los militares que, encabezados por Juan Carlos Onganía, dirigían el país desde 1966, con la colaboración de civiles como Krieger; "descendiente de los dueños de Vasena, donde empezó la semana trágica", según recordó Perón.
Me preguntó, por cortesía (¿por qué iba a interesarle mi juicio?), qué opinaba yo sobre la evolución de la economía argentina. Casi no había empezado a responderle cuando me interrumpió:
"Estos han descubierto ahora la economía libre. ¡Pero si la economía libre no existe! Eso es un nombre que inventaron los ingleses para consumo de los tontos. ¡El libre comercio! ¿Cómo van a hablar de libre comercio cuando el mundo está manejado por mercados comunes? ¡Esto no puede pasar ni jugando al truco con otarios!".
Empezó a desarrollar, entonces, una breve explicación de su propia política económica y a demostrarme que el desarrollo de un país como la Argentina no podía basarse en la ayuda exterior:
"En el área del dólar, Estados Unidos da respaldo a las distintas monedas. Pero se cobra por eso. Lo hace sobrevaluando el dólar, cuyo valor fiduciario es veinticinco por ciento mayor que el real. De modo, que, cuando usted recibe un empréstito de 10 millones de dólares, en verdad está recibiendo 7.500.000. Pero a eso tiene que agregarle el 15 por ciento de interés y el 5 por ciento del servicio de la deuda. y sobre eso, tiene que computar que los norteamericanos lo obligan a usted a transportar los bienes que adquiere con ese crédito en buques de bandera norteamericana, lo cual le resta 5 por ciento más. De modo que, en concreto, usted recibe la mitad. De los 10 millones de dólares recibe 5 millones. Por eso yo dije que me cortaba la mano antes de firmar nada que nos hiciera depender del capital norteamericano”.
"Cuando yo recibí el gobierno, la deuda externa era de 2.500 millones de dólares y los servicios de la deuda eran de 9 millones anuales. Cuando devolví el gobierno, no había deuda externa y casi no teníamos que pagar servicio de la deuda. La Revolución Libertadora se endeudó en 2.000 millones y Frondizi en otro tanto y, además, dejó una ley por la que se podía descontar en bancos americanos letras con aval, lo cual era otro empréstito".
Sin demasiados cuidados, Perón lanzaba cifras y las insertaba en una versión simplificada, y por momentos antojadiza de su experiencia:
"Yo en 1946 me dije: Hay que planificar la Revolución Había 10.000 predicadores de la Revolución, pero antes de seguir, yo quise hacer un chequeo para ver si el pueblo me acompañaba. Hicimos un acto en la Diagonal Norte y yo dije: si hay 100.000 personas yo sigo, si no, no. Hubo más de 250.000. Entonces me di cuenta de que la Revolución era posible. En el Consejo de Postguerra comenzamos a planificar el programa económico y, cuando estaba todo planificado, se llamó a elecciones. Querían que yo fuera dictador, pero yo dije no y fui preso. Pero después gané en las elecciones más puras de la historia, y cuando llegué al poder estaba todo organizado. Amortizamos la deuda externa y ya no hubo que pagar más servicios. Vimos que con los ferrocarriles se nos iba una carrada de oro, y entonces los compramos por el oro que ellos se llevaban en un solo año. Después, teníamos que frenar el contrabando de exportación, porque también por allí se iban las divisas, y creamos el IAPI, que lo calcamos de Estados Unidos. Un día empezamos a contar el dinero y ahí fue la sorpresa: no sabíamos qué hacer con tanta plata. .."
Me pareció que — como yo — Perón no imaginaba su retorno. Por eso, al poco tiempo dije en un artículo sobre él “Aunque no las está escribiendo, para Perón ha comenzado 1a etapa de las Memorias”.
Sangre en los presagios
"A mí me han tomado como un símbolo porque yo fui el primero en el mundo que habló de tercera posición", me dijo. Él se consideraba a sí mismo como precursor de un socialismo nacional que parecía claro cuando lo describía en términos generales, pero que se desdibujaba cuando daba ejemplos, mezclando, a la India, Egipto y China.
“El mundo marcha irremediablemente hacia el socialismo. Por la vía marxista o por la vía del humanismo cristiano: eso poco importará en definitiva. Lo importante es ese proceso de socialización que encabezan los países del Tercer Mundo, los países antiimperialistas. Mientras los imperialismos empiezan a pudrirse —como les ha ocurrido a todos los imperialismos desde los fenicios hasta acá— el Tercer Mundo asume el papel histórico de encauzar la historia ".
Le fascinaba, por entonces, la experiencia china. Le pregunté si no creía que China iba a convertirse con el tiempo en un nuevo imperialismo. Me respondió:
"Sí, claro, pero eso será un problema para nuestros bisnietos. Nosotros tenemos que luchar contra los imperialismos de ahora, no contra los imperialismos de mañana".
El esquema era claro: Perón se consideraba un precursor, a quien el imperialismo no le había dejado que acabara su obra en la Argentina. Había dejado, de todos modos, la simiente de un proceso que creía ver floreciente en el mundo entero. No era lo que se dice un hombre humilde y, en verdad, no era razonable exigirle que lo fuera.
"Yo pude haber sido el primer Fidel Castro de América, con sólo pedir la ayuda de Rusia. ¿O usted cree que no me la habría dado? Y Estados Unidos no iba a ir a una guerra por Argentina, como no fue por Cuba. Pero entonces hubiera habido una guerra civil y habría muerto un millón de argentinos".
Siguió hablando y, pronto, cayó otra vez en la crítica a Onganía. Estaba al tanto de los índices de desocupación y salario real, imaginaba descontentos en la clase obrera, y pronosticó: "Antes de tres años la Argentina se verá envuelta en una guerra civil y va a morir muchísima gente". Me pareció un pronóstico aventurado, pero me acordé mucho de él, en 1969, durante el cordobazo, y después, cuando una guerra civil larvada empezó a corroer el poder militar y lo llevó, en la desesperación, a provocar el retorno del propio Perón, con la esperanza de que el viejo caudillo —a esa altura “mal menor”— evitase la definitiva radicalización del peronismo, acabara con la guerrilla y volviera al país por sus fueros.
Aquella mañana de 1967, cuando Perón me presagió las muertes, cambié con él estas palabras:
— Entonces, no vamos a tener nada que agradecerle, general, por su decisión de evitar, en 1955, la guerra civil. O sus facultades de previsión fallaron en esto o, de lo contrario, no se justifica que usted haya evitado la sangre hace doce años, y nos haya dejado entrar en este largo proceso, si al final va a aparecer esa misma sangre.
— "Ah, pero yo soy el único que tengo derechos sobre mi conciencia. Sí, desde el punto de vista histórico, es probable que aquello haya sido un error. Pero yo tenía el derecho, humano, de no cargar con el peso moral de un millón de muertos. Yo he vivido aquí (en España) los seis últimos meses de la guerra civil, y yo sé lo que es eso. Claro, si yo hubiese pensado como Luis XV, después de mí el diluvio… Pero yo no creí que éstos iban a ser tan bárbaros, que iban a deshacer todo. Esperaba que los muchachos supieran seguir la cosa. Pero ahora, ya no hay salida. El que no es revolucionario está listo, porque la Revolución va a venir y va a cortar muchas orejas”.
"Mire, hay dos maneras de hacer una revolución: una manera incruenta y una manera cruenta. Yo quise hacer una revolución incruenta, pacífica. Me hubieran dejado, ahora tendrían un país representativo, tranquilo, con bienestar, sin desocupados. No quisieron, me pusieron los pies de cabeza, ahora… ¡que se jodan! Yo estoy tranquilo, por aquello que usted sabe: los que vengan detrás de mí harán mi gloria ".
Isabelita entró a terminar con la charla. No convenía que el general se fatigase mucho, y además ya iba a estar la sopa. Lo dejé a Perón en su cama y bajé con su mujer, que me acompañó hasta la puerta. Volví a verlos, desde lejos, seis años más tarde. Estaban en el balcón de la casa de gobierno, en Buenos Aires.
Rodolfo Terragno
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Fuente: www.lagazeta.com.ar