La propaganda unitaria
Mazorqueros se llamaban de uno y otro lado los elementos sociales que rodearon a Don Juan Manuel para delatar y castigar la infidencia en tratos con la escuadra francesa, el soborno de los doctores que habían aprendido en las universidades el arte de la intriga más abyecta y mercenaria con la que pudieron vender la Patria.
Los federales se titulaban mazorqueros porque sentían la honra de custodiar el acervo patrimonial que habían heredado de sus padres. Mazorqueros los llamaban despectivamente los unitarios, porque temían, porque les espantaba la sugestión vigorosa y brillante del símbolo.
Por influjo del mismo miserable que hallara la imagen pervertida, luego los unitarios comenzaron a llamar mazorqueros, especialmente, a los miembros de la Sociedad Popular Restauradora, organismo creado por el año 1834 o 35, destinado a colaborar con la policía rosista en el mantenimiento del orden. Se quiso enlodar el nombre de las familias más respetables de Buenos Aires, vinculándolas a la imagen asociativa de la mazorca, para que la visión sangrienta que ellos mismos desplegaban en su propaganda, salpicara el honor de los caballeros componentes de la Sociedad Popular Restauradora. Veamos que objeto tenía esta institución.
La Sociedad Popular Restauradora
Hacia 1833 se consideró necesario en el seno de lo más representativo de la sociedad porteña crear un organismo que sirviera de estimulante político y de tejido conjuntivo entre todos los sectores de la ciudad. Era su jefe el Comandante Julián González Salomón y sus funciones están explicadas por todas las organizaciones parecidas que surgen espontáneamente en lo más profundo de las comunidades, cada vez que el peligro de la conspiración amenaza sus cimientos.(Ver El complot unitario de 1833)
Los enemigos, que generalmente afilan puñales en la sombra, tachan a esas organizaciones con los motes de adulonería, servilismo, obsecuencia y cobardía. Pero cuando se leen la lista de los hombres que componían la Sociedad Popular, no puede uno menos que reírse, al saber, por ejemplo, que Alberdi, el hombre más flojo física y moralmente que ha tenido el país, pudiera tacharlo de cobarde, pongamos por caso, a Manuel Corvalán.
Apellidos que luego, y hoy mismo, figuran en el libro de oro de la mejor burguesía argentina, la que a través de solicitaciones sin cuento que la prosperidad trajo al país se mantuvo, sin embargo, en la más sencilla austeridad.
Ahí están los Mansilla, los Alegre, los Rolón, los Obarrio, los Madariaga, los Moreno. ¿Cómo pueden haber sido pintados con los puñales tintos en sangre, cual forajidos y asaltantes, en las novelas y en las historias falsarias de los proscriptos unitarios? Porque ya en aquellos tiempos los unitarios maquinaban desde el destierro un programa siniestro de humillación nacional, de degradación de todos los valores argentinos, para deprimir el país y postrarlo en un terrible complejo de inferioridad. Porque los unitarios vinieron del destierro destilando odio de resentidos y pasión de esclavos contra quienes lo vencieron siempre cara a cara en los campos de batalla, y juraron vengarse contra aquella decisión argentina que duró veinticinco años para resistirse a vivir sometidos a la dominación extranjera, negociada por los letrados del unitarismo.
La posteridad
Hace pocos días, el 4 de octubre (artículo aparecido en el año de 1939), se cumplió el centenario de una de las manifestaciones más grandiosas que haya recibido gobernante alguno de su pueblo. La Parroquia de la Merced, donde se hallaban radicadas las familias más conspicuas de Buenos Aires, realizó una función "con motivo de haberse salvado milagrosamente la importante vida del benemérito ciudadano, ilustre Restaurador de las Leyes, del alevoso puñal de los pérfidos unitarios, de acuerdo con los inmundos franceses".
Se refería la declaración a la tentativa de Maza, frustrada unos meses antes y que había sido resultado de un complot en el que participaban los unitarios de Montevideo en combinación con los estancieros del sur, fomentado por el dinero de la escuadra bloqueadora francesa, y cuyo brazo ejecutor debía ser el Coronel Maza, del servicio del mismo Restaurador. Leamos algunas firmas del manifiesto, Simón Pereyra, Felipe Lavallol, Luis Dorrego, Tomás Manuel y Nicolás de Anchorena, Patricio Lynch, Bonifacio Huergo, Juan Bautista Udaondo, José Antonio Demaría. No necesitamos seguir adelante. Esos apellidos aparecen en la pluma de los diaristas unitarios y de los libelistas a sueldo como Rivera Indarte, vinculados a la Sociedad Popular y, por lo tanto, englobados todos bajo el rótulo infamante de mazorqueros.
¿Por qué esos mismos o sus descendientes no han considerado nunca prudente organizarse en una acción de cualquier naturaleza para vindicar la memoria de los caballeros cien veces difamados con un mote calumnioso que todavía persiste en su sentido más peyorativo? ¿Qué pasó en la sociedad argentina aquel día de Caseros para que el rosismo desapareciera tan bruscamente, no sólo de la escena política, sino de la memoria visible y manifiesta de los que públicamente habían expresado adhesiones tan fervientes al Restaurador?
Esta es una de las cosas que deben ser investigadas a fondo por los que realicen un día lo que podría llamarse historia psicológica del pueblo argentino. Hemos leído apellidos de las clases sociales más elevadas, apellidos que aún hoy aparecen como la más granado de las "elites". Sin embargo, la vil patraña de que sus ascendientes formaban una pandilla de asesinos persiste en los textos de historia, parece que los señores del presente se limitaran a silenciar discretamente un error o un vicio del abuelo cuando se les pregunta si descienden de mazorqueros. A Leandro N. Alem le amargaron la juventud en la universidad; lo llamaban el hijo del mazorquero; posiblemente muchos descendientes de mazorqueros habrían con disimulo una especie de limpieza de sangre y habrán escamoteado las partidas de las que resultaría una vinculación desdorosa con un mazorquero.
Sin embargo, el camino debió ser el opuesto. Los llamados mazorqueros eran todos caballeros de la mejor sociedad porteña; y sus nietos en lugar de confirmar la afrenta, disimulando flojamente su linaje, habrían debido demostrar públicamente la naturaleza de aquella Sociedad Popular y honrarse de los servicios que el abuelo había prestado al Restaurador y con él a la Patria.
¡Ironías sangrientas de las cosas! Fue el pueblo, la masa ignorada y despreciada, el que mantuvo en sus canciones y en su tradición oral el verdadero significado de la palabra Mazorca; cantó y canta todavía al mazorquero como leal, como hombre bravío y cumplidor con su deber.
Se han exhumado últimamente algunos bailes de la época en que se celebran las patriadas de los sargentos mazorqueros, y el pueblo ha captado con instinto adivinatorio la realidad histórica de un símbolo y un mote que fueron expresión de necesidades sociales que acaso golpean todavía hoy con más fuerza que el año cuarenta en la nacionalidad. Orden, cohesión, unidad, como contrafigura de descomposición, dispersión y disolución; quien sabe si la imagen de la mazorca, del marlo del maíz, no trabaja en las mentes actualmente, no aparece, desaparece y reaparece como una visión de sueño, todavía sumergida en lo irracional, pero que quiere indicar o responder alguna cosa frente a un complejo de interrogantes de la hora. ¡Quién sabe!.
Fuentes:
- Doll, Ramón – La Mazorca y la Sociedad Popular Restauradora – Buenos Aires (1968).
- Oscar A. Turone – Patricios de Vuelta de Obligado.
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar
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