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LA OBRA DE JUAN MANUEL DE ROSAS
                          

Juan Manuel de Rosas

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Con los británicos

La historiografía de Rosas está llena de contrasentidos. Hay que examinar algunos para mostrar el sentido de la reivindicación histórica del máximo caudillo argentino. Juzgase su personalidad por los bufones que tuvo, o por sus hábitos gauchescos, o por su literatura. Todos esos aspectos deben considerarse en su historia. Pero específicamente nada tienen que ver con la política, donde se debe radicar el juicio de un estadista. Juzgar a Rosas por aquellos detalles de su vida es como juzgar a Luis XIV por sus queridas entronizadas, o a Isabel de Inglaterra por su coquetería, o a Victoria por su germanismo sentimental o a Federico el Grande por sus versos franceses.

Igualmente se da excesivo lugar a la moral en la apreciación de la política. Cierto que aquélla tiene sobre ésta una especie de dominio eminente, y que el político que viola la ley moral es un mal político. Pero, de todos modos, las categorías morales no son específicamente aplicables para juzgar a los estadistas. Por eso, jamás se ha examinado como problema fundamental en la historia de éstos, si se enriquecieron o si se empobrecieron en el ejercicio de la función pública, etc. Claro está que el político adornado por las virtudes del santo supera a sus congéneres, y que los santos coronados son superiores a los Césares en una jerarquía total de los valores humanos. Pero no por esto disminuye la grandeza de César en el terreno de su actividad específica. Richelieu no ha sido considerado menos grande por haber acumulado una enorme fortuna en los veinte años de su dictadura, o por haber reprimido con mano de hierro la traición de los nobles franceses que eran instrumentos del rey de España. Y en una época más próxima a nosotros, Thiers no ha perdido su prestigio de gran liberal del siglo XIX por haber ordenado el fusilamiento de 7.000 prisioneros al sofocar el levantamiento de la Comuna de París, en 1871. Así, pues, debe darse carácter subalterno al problema de si Rosas se enriqueció o se empobreció en el gobierno, y si derramó demasiada sangre o sólo la necesaria.

Sin embargo, no está de más decir que, siendo el hombre más rico del país antes de subir al gobierno, perdió en él toda su fortuna, habiendo asumido la enorme responsabilidad de gobernar discrecionalmente con plena conciencia de lo que jugaba; que si fue severo para reprimir la anarquía, esa severidad no se volvió implacable hasta que los alzamientos no se complicaron con la agresión del extranjero enemigo; que si se ha levantado una estadística minuciosa y exagerada- de sus ejecuciones, se han omitido todos sus actos de clemencia, de los cuales el doctor Ravignani dio una buena lista en su conferencia de "Amigos del Arte", sobre Rosas como valor humano; y, por último, que su tranquilidad de conciencia en los años de su dilatada vejez en el destierro se explica porque, si creyó necesaria una severa represión de la anarquía y la traición, jamás provocó deliberadamente el derramamiento de sangre, como lo hizo Bismarck, cuando envió millones de jóvenes a la muerte falsificando un telegrama para provocar la guerra de 1870.

La obra de Rosas es política, y debe ser juzgada políticamente.

Fue el primer organizador de la nación. No la organizó por medio de un congreso constituyente, procedimiento que había fracasado repetidas veces en nuestro país, y que evidentemente no le convenía en aquel momento, sino por el mismo método empírico y tradicional que había presidido la formación de las grandes comunidades nacionales de Europa, como Francia y España, y que presidiría los procesos unificadores de Italia y Alemania inmediatamente después de la caída de Rosas. Ese método consistía en nuclear, alrededor del Estado provincial más vigoroso y privilegiado, las provincias pertenecientes a la región unida por lazos geográficos, raciales, históricos y políticos que la destinaban a ser una nación.

Ese método comportaba la suma del poder y la ambición de perpetuarse en el gobierno, por lo menos hasta el fin del proceso unificador.




Fuentes:

- Chavez, Fermín. La vuelta de Don Juan Manuel
- Irazusta, Julio (*)

(*) Julio Irazusta (1899 1982). Entrerriano. Estudió Filosofía y Humanidades en Oxford. Autor, junto con su hermano Rodolfo, de La Argentina y el imperialismo británico, 1934. Posteriormente escribió libros ya clásicos sobre Rosas que lo convierten en uno de los maestros de la nueva escuela histórica. Dejó unas Memorias 0 "Historia de un historiador a la fuerza" y otro texto excelente, Balance de siglo y medio, 1966.


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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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