Lo cortés no quita lo valiente
Las tortuosas intrigas de Rivera que pretendía incorporar a Corrientes, terminó cuando vio caer a sus aliados y cómplices. Rápidamente ofreció la paz a Rosas, que la rechazó en los términos que vimos; entonces el Pradejón, para torcer la firmeza de Rosas, recurre a la ayuda inglesa, pidiendo la “mediación”.
El 28 de julio de 1841 Mandeville presenta una nota de mediación redactada en un tono pacifista y de supuesta imparcialidad y amistad. Pero las argucias de Rivera y los ingleses no engañaba a Rosas, que contesta a través de su canciller, por documento con la firma del canciller Felipe Arana:
¡Viva la Federación!
Septiembre 3 de 1841. Año 32 de la Libertad, 26 de la Independencia y 12 de la Confederación Argentina.
El Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno de Buenos Aires, Encargado de las que corresponden a la Confederación Argentina. Buenos Aires.
Al Excmo. Señor Ministro Plenipotenciario de S. M. Británica.
El infrascripto ha tenido el honor de elevar al Excmo. Señor Gobernador y Capitán General de esta provincia, Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, la nota de V. E. su fecha 28 de Julio último, relativa a las instrucciones que ha recibido de su Gobierno para ofrecer su mediación amistosa en las diferencias que desgraciadamente hoy existen entre este Gobierno y el de Montevideo, y la que, desde luego, propone V. E. como un medio de restablecer, si fuese posible, entre esta República y Montevideo las amigables relaciones que deben subsistir entre Estados, que se hallan situados a tan cercana vecindad el uno del otro, y cuyos ciudadanos están tan íntimamente ligados entre sí por linaje y origen.
Al paso que reconoce el Gobierno Argentino en este acto del ilustrado Gabinete Británico una prueba conspicua de los filantrópicos principios de la Augusta Soberana de la Gran Bretaña de sus benévolos sentimientos hacia esta República, y del interés amistoso que ha acreditado por su prosperidad, no puede excusarse de manifestar a V. E., por conducto del infrascripto que, en medio de la injusta contienda a que ha sido provocada por Rivera, permanecen incólumes en la Confederación Argentina los lazos de amistad y unión con que los Argentinos y Orientales recogieron juntos los laureles gloriosos de su independencia; y que, considerando a aquella República sometida al humillante yugo de un impávido usurpador, deplora verla envuelta en las calamidades de una guerra desoladora, y bajo el peso de una administración antiamericana y venal.
V. E. por la distinguida posición que ha ocupado cerca de S.E. el Señor Gobernador, y por su larga residencia en este país, ha podido bien comprender el origen y objeto de la injusta contienda a que Rivera ha provocado a la Confederación, y consiguientemente los motivos sobradamente justos que inducen a este gobierno a la inevitable necesidad de no retroceder en ella hasta hacerla desaparecer. El se ha situado, por sí, fuera del alcance de toda combinación conciliadora. Su permanencia en el puesto que ha usurpado no puede ofrecer a esta república prendas seguras de una paz permanente; ni los medios alevosos y reprobados a que debe su atentatoria elevación, le permiten a un gobierno americano asociarse a un rebelde, sin incurrir en nota criminal de fomentar la ambición, el arrojo y funestas consecuencias de la rebelión.
V. E. también sabe, que se halla hospedado en este país el ilustre presidente legal de aquella misma república; que fue recibido con sus ministros y orientales fieles que lo acompañaban, con los honores y pompa debida al alto destino de que fue violentamente despojado; que en esta misma altura es considerado en la Confederación Argentina; que brilló con fama en el campo del honor combatiendo contra los enemigos de nuestra libertad, al frente de una división perteneciente al ejército argentino, vencedor en Don Critóbal y Sauce Grande; que ese mismo ilustre presidente, a la cabeza de otro ejército argentino, vencedor en las provincias del interior, participa de todos los peligros, recogiendo por todas partes los laureles de las victorias con que se han coronado argentinos y orientales; y, en fin, que dista mucho de complicar a estos últimos, en los avances hostiles de la autoridad intrusa que los humilla, burlando el sentimiento patriótico que denodadamente mostraron desde los primeros días de la emancipación americana.
Deseara, sin embargo, el Excmo. Señor Gobernador poder aceptar tan alta y poderosa mediación. Aunque no desconoce que Rivera, cuando ha visto su traición descubierta, firmada la paz con la Francia y puesta la fortuna del, lado de la justicia, haya impávidamente molestado los altos respetos de uno de los primeros gobiernos de1 mundo, ocurriendo a él para que medie y obtenga una reconciliación con el de esta república, quisiera S. E. sinceramente, encontrar medios para un avenimiento que concilien el honor, la justicia y la seguridad de la Confederación Argentina.
El gobierno está exento de que puedan imputársele con razón cualesquiera de esos motivos innobles, que frecuentemente se hacen servir de instrumentos para la ambición o la venganza. Afortunadamente V. E. está en posesión de sobrados títulos para estimar la constante solicitud de la confederación por la conservación de la paz exterior con todo el mundo. Si bien es cierto que no ha podido precaverse de los amaños y perfidias del jefe rebelde de la República Oriental, menos es de dudar que cualquier avenimiento con él, frustraría el objeto moral de justa guerra con que persigue a los salvajes unitarios, objeto de inmensa importancia para la consolidación de la paz interior de esta república y su futuro bienestar.
La tradición de sucesos recientes revela ampliamente su perseverante maquiavelismo contra la confederación, las gravísimas ofensas que le infirió cuando la consideraba en conflictos y la creía en peligro. No es la confederación la que ha empezado la guerra. Rivera es el primero que la ha atacado; la confederación se defiende, para combatir un poder fatal a su existencia. Sin concitar la animadversión y censura de las demás naciones, no puede cargar con la infamia ni pasar por la debilidad desdorosa de ser impasible a la existencia de un rebelde sin lealtad ni buena fe, sin honor ni dignidad.
La paz con Rivera no es conciliable con la seguridad de la república, ni la confederación puede terminar con él sus diferencias por las reglas ordinarias de la justicia, ni por los medios que autoriza el derecho de gentes; vecino y fronterizo, ha atacado injustamente la libertad, los bienes, la vida y el honor de los argentinos. El gobierno no puede salvar su responsabilidad, sino le reprime por las armas, y pone a cubierto a la república de la conflagración de que es y será constantemente amenazada, mientras permanezca Rivera en el poder que violentamente se ha usurpado.
Declarado caudillo de rebeldes por las cámaras del Estado Oriental del Uruguay, él es el jefe de aquellos mismos salvajes unitarios emigrados de este país, que bajo su protección, en medio de la más profunda paz invadieron por dos veces el territorio de la provincia de Entre Ríos. Estos son los mismos jefes con que cuenta, y con los que posteriormente ha hostilizado la república, hombres funestos y depravados que no son animados de otros designios que hacer derramar a torrentes la sangre argentina, comprometer la seguridad pública, violar las propiedades de todos y enlutar a la confederación. ¿Podrá el gobierno argentino entrar en acomodamiento alguno amistoso y honorable con un cabecilla que, después de haber acreditado un genio anárquico, turbulento y desorganizador, no solo protege sino que reúne cerca de sí a todos los individuos que por sus crímenes arrojó de su seno la confederación, para cimentar y conservar la paz interior?
¿Qué garantías ni seguridades para cualquier estipulación pacífica puede ofrecer un sublevado que enarbola la bandera de la rebelión contra la autoridad instituida por el voto libre de los orientales, para derribarla y allanar el único obstáculo a sus planes sanguinarios contra la confederación? ¿Qué obligaciones y deberes podría imponer en la ulterioridad a la República Oriental cualquier pacto que llegase a hacerse con un amotinado denominándolo jefe de bandidos, genio maléfico, y contra quien la autoridad legal puso en movimiento todos los medios para destruirlo? ¿Puede desconocerse que su permanencia sobre la escena pública, y conservación en el poder que ha usurpado, apoyado y sostenido por esos mismos salvajes unitarios, es inconsistente con la seguridad, reposo y bienestar de los pueblos confederados?
Si los sucesos de la República Oriental hubiesen sido menos claros y ruidosos, si una política misteriosa hubiese guiado los pasos del gobierno argentino, o si pudiesen atribuirse a la Confederación impertinentes pretensiones contra la inmunidad de aquel Estado podría en alguna manera considerarse sin apoyo la marcha circunspecta del excmo señor gobernador desde que apareció el genio de la discordia derrocando las leyes y la autoridad legal de aquel Estado, y humillando y vejando hasta lo sumo su Soberanía Nacional. Los esfuerzos de este gobierno en protección de aquella misma autoridad legal, para contener la rebelión, consultando la seguridad y quietud de, los pueblos confederados, fueron y serán siempre el resultado de la aquiescencia del único poder caracterizado para aceptarlos o rehusarlos. No podía tampoco, ni debía mirarse aquella lucha de la anarquía contra la legalidad, como una simple contienda doméstica, en que no es permitido a un gobierno extraño ingerirse sino por medios pacíficos y conciliatorios. El triunfo del rebelde Rivera era el principio de una guerra contra fa confederación; el tiempo y los sucesos lo han justificado, y se ha rasgado el velo con que pudo disfrazar sus malévolas intenciones.
La combinación de sucesos inesperados presentó oportunidad para que se desplegase la influencia maléfica de aquel usurpador. Abroquelado de las azarosas circunstancias en que se hallaba este gobierno, por el bloqueo en que tenían las fuerzas navales de S. M. el rey de los franceses los puertos de esta república, y desertando de la causa de la independencia americana, declaró la guerra contra ella, violó su territorio, introdujo y fomentó la guerra civil, armó unos pueblos contra otros, y celebró con los traidores salvajes unitarios alianzas y tratados, para ejecutar las hostilidades y ofensas con que ha sido y es amenazado el orden social de la confederación.
Ahora que la convención honrosa de paz con la Francia ha sido aprobada por el gobierno de S. M. el rey de los franceses; ahora que han fracasado todos los medios de conflagración con que intentó hundir a la república; ahora que no puede serle proficua para sus tenebrosas maniobras la infame cooperación e insano furor de los salvajes amotinados unitarios; ahora que a todo el mundo son notorias su doblez y perfidia; ahora que se ve resistido y repelido por la opinión pública de los mismos orientales, a quienes humilla y oprime; ahora, en fin, que ve la fugacidad de su rebelión, y próximo el triunfo de la causa de la justicia y la legalidad, es que se afana por la paz con este gobierno, y que ha pretendido captarse la voluntad del de S. M. bajo pomposas protestas de patrióticos y nobles sentimientos de que jamás ha estado animado. ¿Pero en qué circunstancias, Señor Ministro, es que ha tenido la audacia de querer alucinar al Gobierno Británico? Increíble es que a tanto haya llegado su impavidez e impudencia, cuando con alevosía inaudita disponía y preparaba una caja infernal contra la importante vida del Excmo. Señor Gobernador, Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación. El infrascripto, al recordar al Excmo. Señor Ministro Plenipotenciario de S.M.B. esta escandalosa conducta del rebelde Rivera, apela a la notoriedad del hecho, y al testimonio de su propia conciencia, confiando dará a esta consideración el distinguido lugar que merece un arrojo tan descarado y descomedido por parte de Rivera contra los justos respetos debidos al poder e ilustración del Gobierno de S. M.
El Gobierno deplora no poder evitar las consecuencias que debe producir contra ambas Repúblicas la continuación de la presente contienda, y bien valora los perjuicios a que esta las expone; pero pesan sobradamente sobre él su honrosa responsabilidad ante el mundo civilizado, la elevación y dignidad de la Confederación y de la América, la justicia y su alto deber de consultar la consolidación del orden interior de los pueblos Confederados, su crédito exterior, y los inmensos resultados consiguientes.
Confía también que el Señor Ministro reconocerá la conveniencia y justicia de los principios de este Gobierno, y poder merecer el voto favorable del ilustrado Gabinete Británico, prometiéndose al mismo tiempo que, disipada la ilusión causada por la distancia del teatro de los acontecimientos, la Augusta Soberana de la Gran Bretaña, reconsiderando detenidamente esta cuestión y sus particulares circunstancias, se dignará hacerle la justicia de no haberse aconsejado de otros sentimientos que los de salvar su existencia y dignidad, y el de asegurar su reposo y su tranquilidad, la que, fuera, de toda duda, no puede ser permanente en la República Argentina, mientras Rivera, por su permanencia en el puesto que ha usurpado, pueda emplear contra el orden público de ella los obscuros y reprobados medios con que ha intentado perseverantemente conflagrarla, y trastornar su régimen interior.
Fundado en estás razones, Excmo. Señor Ministro, íntimamente reconocido este Gobierno al de S. M. B., por la fina benevolencia con que le ofrece su respetable mediación, el infrascripto, por disposición del Excmo. Señor Gobernador, tiene el honor de concluir asegurando a V. E., que la aceptaría si en su conciencia encontrase medios pacíficos para la restitución de la autoridad legal violentamente expulsada por un cabecilla sin pudor y sin fe, cuya ausencia lejana del territorio oriental es por otra parte absolutamente necesaria para terminar las calamidades de la guerra, así como la de los traidores salvajes unitarios, para que estas Repúblicas no se vean entregadas a nuevas convulsiones anárquicas de terribles consecuencias a todos los habitantes, a su prosperidad, honor y dignidad.
Dios guarde a V. E. muchos años.
Felipe Arana
El cazador trampeado
Lejos de caer Rosas en la trampa del Pardejón, este finalmente caería en engañado por la picardía de Rosas en Arroyo Grande, el 6 de diciembre de 1842:
"Todo se perdió", - relata Díaz -, "hasta el honor". Engañado y completamente vencido, perdió casi toda la caballada y el parque completo. Don Fructuoso escapó "arrojando su chaqueta bordada, su espada de honor y sus pistolas".
El 11 de diciembre, fecha en que se conoció la noticia en Buenos Aires, se festejó con baile y asado con cuero en la Alameda. Numerosa gente concurrió a Palermo a dar vivas al restaurador. Los marinos Brown y Seguy van a caballo hasta la quinta de Rosas para saludarlo, donde son agasajados por Manuelita. Otro de los visitantes refiere que Rosas le dijo:
“El ratón ha caído en la trampa; por más vueltas que había dado, al fin cayó, y cayó para siempre”
Referencias:
(1) "Cholo": Apodo dado por Rosas al tirano Santa Cruz. Llamase así a los naturales del Altiplano, al criollo, hijo de blanco y de india.
(2) "Pardejón": Apodo dado por Rosas a Fructuoso Rivera. En La Gaceta Mercantil del 22 de junio de 1843, se explicó el sentido del mote, tan conocido por entonces, que Rosas aplicó al caudillo uruguayo. “Pardejón – dice el redactor - , significa el macho toruno que llega a encontrarse en algunas crías tan malísimo y perverso que muerde el y corta el lazo, se viene sobre él y atropella a mordiscones y patadas, que jamás se domestica, y que si alguno de ellos llega a ser amansado, a lo mejor traiciona y pega una o dos patadas al jinete que lo carga, que lo ensilla o que lo monta. Así es que siendo tan de malas mañas, para designar un hombre perverso lo llaman los paisanos pardejón”. El 1° de noviembre de 1839, el comandante del Fuerte 25 de Mayo, José Maria Plaza, le expresaba al coronel Corvalán, edecán de Rosas, en una nota: “Muera el asesino agonizante parduzco pardejón Rivera, que se metió de puro bestia a declararnos la guerra”
Fuentes:
- Irazusta Julio. Vida política de Juan Manuel de Rosas.t.III.ps.232-375)
- Diario de sesiones de la H. Junta de B. R. de la prov. de Bs.As, t 28, N° 710
- Cutolo-Ibarguren (h): "Apodos y Denominativos en la historia Argentina". Edit.Elche. 1974
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar
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