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RESCATE DE BENITO MUSSOLINI EN EL GRAN SASSO
                          

Benito Mussolini


(01) Con un amigo de Viena
(02) Camino al Cuartel General
(03) Brecha de los Lobos
(04) Con el Führer
(05) Mi amigo el Duce
(06) En la busqueda del Duce
(07) La pista falsa
(08) Reunion en Gran Cuartel General
(09) Otra vez a foja cero
(10) El genio invisible
(11) Por fortuna
(12) Situanción en Roma
(13) Vuelo de reconocimiento
(14) Escuadrillas enemigas
(15) Malas noticias
(16) A dos mil metros de altura
(17) Ultimos preparativos
(18) El rescate
(19) Planes de regreso
(20) El vuelo de la cigueña
(11) Fuentes.
(12) Artículos relacionados.

(Gran parte del relato es extraído de las memorias de Otto Skorzeny, oficial de las fuerzas Waffen SS, mundialmente conocido por la liberación de Mussolini en el Gran Sasso.)


Con un amigo de Viena

El 26 de junio de 1943 almorzaba en el Hotel Edén, situado en el centro de Berlin, con un viejo amigo natal, profesor e la Universidad de Viena. Después de una excelente comida tomábamos café en el hall, parloteando sobre Viena, sobre nuestros recuerdos y amigos comunes.

Esta breve escapada a al vida civil (yo no llevaba siquiera uniforme militar) hubiera debido darme una sensación de sosiego, de paz; sin embargo, a medida que el tiempo pasaba, una inquietud extraña, inexplicable, se apoderaba de mi. Aunque me repitiese que las telefonistas del hotel sabían donde encontrarme, no llegaba a librarme de mi preocupación.

Cuando no puede más, llamé a mi despacho. Mi secretaria estaba completamente fuera de si. Desde hacía dos horas, al parecer, me buscaba por todas partes.

- Le llaman del Cuartel General del Führer, jefe –gritaba por el auricular-. A las cinco de la tarde un avión le espera en el aeródromo de Tempelhof.

Comprendí entonces toda la agitación, pues hasta entonces no me habían llamado nunca desde el Cuartel General. Disimulando lo mejor que puede la emoción que me dominaba, contesté solamente:

- Dígale a Radl que vaya ahora mismo a mi casa, que meta un uniforme y mis útiles de aseo en una maleta y que me la lleve al aeropuerto. Yo voy directamente allí. ¿No tiene usted idea de lo que quieren de mi?

- No, señor. No sabemos nada.

(Luego Otto Skorzeny relata su viaje hasta el aeropuerto, el despegue del avión Junker 52, detalles del viaje, y continúa: )

Pronto franqueamos el Oder y el verdor ajedrezado de la región de Neumark, se extendió hasta donde alcanzaba la vista con sus bosques y praderas. Tenía curiosidad por ver donde íbamos a aterrizar, pues hasta entonces yo no sabia más que el común de los mortales acerca del sito en que se encontraba el Cuartel General del Führer; es decir, solo sabia que estaba en algún lugar de la Prusia Oriental y que se le designaba bajo en nombre cifrado de “Brecha de los Lobos”.

El relato de Otto Skporzeny hace luego una interesante de las distintas regiones que atraviesa el vuelo, y continua:


Camino al Cuartel General

El avión descendía ya, trazando grandes espirales. A la pálida luz del crepúsculo distinguí, cerca de un lago, un gran aeródromo. El Junker descendió aún más, tocó el suelo, rodó sobre la pista afirmada, y por fin se detuvo. Delante de la barraca que albergaba las oficinas me esperaba un torpedo “Mercedes”.

- ¿El capitán Skorzeny? –inquirió un sargento- Tengo orden de llevarle inmediatamente al Cuartel General, mi capitán.

Por una bonita carretera abierta a través del bosque, alcanzamos pronto el primer cinturón de seguridad, constituido por una empalizada de guardia. El sargento me trajo un salvoconducto que tenía que presentar, al mismo tiempo que mi cartilla militar al oficial que comandaba el pequeño destacamento. Inscribió mi nombre en un registro, firme, la barrera se abrió y remprendimos la marcha. Ahora la carretera se estrechaba ligeramente. Después de atravesar un bosque de abedules y de franquear una vía férrea, llegamos a una barrera. De nuevo tuve que apearme: el oficial de guardia revisó mis papeles y registró mi nombre: en seguida me rogó que esperase y telefoneó. Después de colgar, me preguntó quien me había citado. Me azoré al confesar que no tenía ni la menor idea acerca de ello.

- Le han mandado venir el Estado Mayor del Führer a la Casa de Te –me declaró entonces, visiblemente impresionado por la respuesta que su interlocutor le había dado al otro lado del hilo.

Yo no sabia aún que pensar. Tampoco ese dato me aclaraba las cosas. ¿Qué diablos podían querer de mi en el Estado Mayor del Führer? Pensativo y algo intrigado, volví a subir al coche.


Cuartel Genera Brecha de Lobos

Brecha de los Lobos

Al cabo de algunos metros franqueamos una especie de portada, único acceso a un vasto espacio rodeado de una alta cerca guarnecida de pinchos. Cree uno entrar en un viejo parque, arreglado con buen gusto y sembrado de bosquecillos de abedules que bordean senderos caprichosamente entrelazados. Pronto pude distinguir algunos edificios y barracas aparentemente colocadas al azar. Sobre los tejados planos crecían matas de hierbas e incuso arbolillos. Por encima de ciertos edificios, también de los caminos de acceso, pendían cables de camuflaje en los cuales habían puesto, de trecho en trecho, copas de árboles, con el objeto de confundir a los pilotos enemigos que quisiesen atacar el Cuartel General. Visto desde arriba, el conjunto debía parecer una región boscosa y deshabitada.

Casi había caído la noche cuando por fin nos detuvimos ante al Casa de Te. Era una construcción sencilla, de madera, que no tenía más que planta baja y se componía de dos alas unidas por una especie de pasaje cubierto. Comprendí seguidamente que el ala izquierda albergaba el comedor en que el mariscal Keitel, jefe del Estado Mayor del Ejército, comía en compañía de sus generales y de algunas personalidades de su circulo inmediato. La Casa de Te propiamente dicha se encontraba en el ala derecha.

Penetré en un vestíbulo espacioso, amoblado con sillones confortables y algunas mesas y con el suelo cubierto por una alfombra de lana rizada.

Me recibió un capitán de las Waffen S.S. y me presentó a otros cinco oficiales –un teniente coronel y un comandante del Ejército de Tierra, dos tenientes coroneles de a Luftwaffe y un comandante de las Waffen S.S. Se veía que no esperaban más que mi llegada, porque en cuanto acabaron las presentaciones, el capitán salió, para volver un minuto más tarde:

- Señores –anunció-, voy a conducirles ante el Führer. Cada uno de ustedes le expondrá brevemente su historial militar. Luego el Führer las hará unas preguntas. Si quieren, pueden seguirme…

De momento, creí haber comprendido mal. Luego me entró un miedo irrazonado, que casi me hizo temblar las piernas. ¡Dentro de unos instantes iba a encontrarme, por primera vez en mi vida, en presencia de Adolfo Hitler, Führer de la Gran Alemania y Jefe Supremo de la Fuerzas Armadas Alemanas! ¡Decididamente, como sorpresa, lo era! ¡En mi emoción acaso iba a cometer alguna falta imperdonable, o a conducirme como un imbécil! ¡Con tal de que todo vaya bien!, me dije, mientras seguía a los demás oficiales. Recorrimos un centenar de pasos sin que llegase a darme cuenta de la dirección que tomábamos.

Penetramos en otra construcción, igualmente de madera, y nos hallamos en un gran vestíbulo parecido al de la Casa de Té. Sólo tuve tiempo para observar la iluminación indirecta y, en el muro que tenía enfrente, un cuadrito en un marco modesto: “La violeta”, de Durero.

Luego, nuestro guía abre una puerta y nos hace pasar a una pieza de vastas dimensiones que podía medir seis metros por nueve. A mi derecha, en el muro exterior, se abrían varias ventanas con visillos muy sencillos. En el centro se alzaba una enorme mesa cubierta de mapas. Delante de la chimenea monumental que adornaba la pared de la izquierda, estaba una mesita redonda de cuatro o cinco butacas. Al fondo, un espacio libre en el que nos agrupamos. Por ser el que menor graduación tenía, me puse al final de la fila. Sobre un escritorio colocado en sentido oblicuo entre dos ventanas, vi muchas barras de tizas impecablemente ordenadas. Aquí es donde se toman las grandes decisiones de nuestra época, me puse a pensar, cuando una puerta se abrió ante nosotros.


Otto Skorzeny con Adolfo Hitler

Con el Führer

Por un impulso unánime nos quedamos inmóviles, con la cabeza vuelta hacia la puerta. Y entonces viví un momento inolvidable: la aparición del hombre que ha intervenido de manera mas decisiva que cualquier otro jefe de Estado en el destino de Alemania, el maestro a quien sigo fielmente desde hace años y en quien tengo una confianza absoluta. ¡Que sensación extraña para un soldado la de encontrarse bruscamente en presencia de un generalísimo! (Supongo que a la hora en que escribo estas líneas, impresiones ulteriores se confunden con las menos precisas y menos coherentes que mi cerebro pudo registrar en aquel momento).

Avanzado a pasos mesurados, Adolfo Hitler nos saluda levantando el brazo, inclinada la mano en la actitud característica que conocíamos por las fotos aparecidas en la Prensa. Vestido muy sencillamente, lleva una guerrera de oficial de la Wehrmacht, sin insignias de graduación alguna, sobre una camisa blanca con corbata negra. Al lado izquierdo del uniforme distingo la Cruz de Hierro de primera clase de la Gran Guerra y la condecoración de los heridos.

Como el capitán de las S.S. presenta en seguida al oficial situado al otro extremo de nuestra fila, no pude contemplar al Führer como hubiera deseado. Debo contenerme para no dar un paso adelante, de tanto como ansío no perder ninguno de sus gestos. Lo escucho mientras formula con su voz grave algunas preguntas. El timbre peculiar de esta voz resulta conocido gracias a la radio, pero, en cambio, me sorprende descubrir la entonación dulce y un poco lánguida que presta encanto a su acento austríaco. ¡Que extraño capricho de la naturaleza humana –no puedo menos de pensar- que este hombre que predica y que quisiera encarnar los ojos de todos los viejos ideales prusianos, sea incapaz de ocultar su origen, aunque desde hace años, no reside ya en su provincia natal! Pero, ¿habrá conservado al mismo tiempo algo de la conciliadora amabilidad del austríaco? ¿Habrá permanecido sensible a las razones del corazón? Me reporté. ¡Señor, cuantas preguntas superfluas, cuantas reflexiones verdaderamente inútiles en semejante momento!

Ya han resumido los otros oficiales su historial en algunas frases concisas. Ahora Adolfo Hitler está delante de mi. Como me tiende la mano, me concentro en una sola idea: por encima de todo, nada de reverencias exageradas. Pese a mi emoción, consigo hacer una inclinación casi correcta desde el punto de vista militar, es decir, breve y seca. Después, indico rápidamente el lugar de mi nacimiento, mis estudios, las etapas de mi vida de oficial de complemento y mi destino actual. Mientras hablé, el Führer me mira directamente a los ojos, con sostenida intensidad.

Después, Adolfo Hitler retrocede un paso y, bruscamente, hace la primera pregunta:

- ¿Quien de ustedes conoce Italia?

Soy el único que responde afirmativamente.

- He visitado Italia dos veces durante la guerra, mi Führer. Fui en motocicleta hasta Nápoles.

Enseguida viene la segunda pregunta que se dirige a todos nosotros:

- ¿Qué piensan ustedes de Italia?

Visiblemente sorprendidos, los demás oficiales dudan antes de responder, con aire confuso:

- Italia. Parte del Eje…nuestra aliada…signataria del pacto antikomintern…

Luego llega mi turno:

- Yo soy austríaco, mi Führer. –digo sencillamente.

Considero suficiente esta respuesta para precisar mi punto de vista, porque todo buen austríaco lamenta profundamente la pérdida del Tirol meridional, la más hermosa región que hayamos tenido jamás.

Hitler me escruta largamente, pensativamente (al menos mi da esa sensación)

Los demás señores pueden retirarse –dice al fin-. Usted, capitán Skorzeny, quédese. Tengo que hablarle.


Benito Mussolini

Mi amigo el Duce

Nos quedamos solos. El Führer continúa plantado delante de mi. Su talla apenas pasaba el término medio, sus hombros ser curvaban imperceptiblemente. A medida que habla se anima. Sus gestos son breves y contenidos y, sin embargo tiene un enorme poder de persuasión.

- Tengo para usted una misión de la más alta importancia. Mussolini, mi amigo, nuestro fiel compañero de lucha, ha sido traicionado ayer por su rey y detenido por sus propios compatriotas. Yo no quiero, no no puedo abandonar en el momento del peligro al más grande de todos los italianos. Para mi, el Duce representa la personificación del último Cesar romano. Italia, mejor dicho, su nuevo Gobierno, se pasará sin duda al campo enemigo. Pero yo no faltaré a mi palabra: es preciso que Mussolini sea salvado rápidamente, porque si no intervenimos, los entregaran a los aliados. Asi, pues, le encargo esta misión, cuyo feliz desenlace tendrá una repercusión incalculable en el desarrollo de las futuras operaciones militares. ¡Si, como yo se lo pido, no retrocede usted ante ningún esfuerzo, ante ningún riesgo para conseguir su objeto, entonces triunfará!

Se interrumpe como para dominar la emoción que vibra en su voz.

- Todavía queda un punto esencial –prosigue-. Es preciso que guarde usted el secreto más absoluto. Aparte de usted mismo, solo cinco personas deben estar enteradas. Usted será traslado al Ejército del Aire y destinado a las órdenes del general Student, a quien ya he puesto al corriente. Usted lo verá en seguida y él le dará ciertos detalles. Usted debe dirigir igualmente las investigaciones necesarias. En cuanto al mando militar de nuestras tropas en Italia y a la embajada de Alemania en Roma, es preciso que permanezcan en la ignorancia. Como tienen un concepto completamente falso de la situación, actuarían solo en el peor sentido. Así, pues, se lo repito, usted me respondo del secreto más absoluto. ¡Espero que pronto esté en situación de darme buenas noticias, y le deseo buena suerte!

Cuando más hablaba el Führer, más sentía yo que afirmaba su imperio sobre mí. Sus palabras me parecían tan persuasivas que, de momento, no dudaba del éxito de la empresa. Al mismo tiempo vibraban con un acento tan cálido y tan emocionado, sobre todo cuando evocaba su fidelidad inquebrantable a su amigo italiano que me quedé completamente turbado.

- He comprendido perfectamente, mi Führer, y haré cuanto pueda –pude contestar al fin.

Un vigoroso apretón de manos puso fin a nuestra entrevista. Durante estos pocos minutos, que por otra parte me parecieron muy largos, la mirada del Führer no cesó un instante de escrutar la mía. Incluso cuando, después de dar media vuelta, me dirigí a hacia la puerta, tuve la impresión de que me observaba todavía. En el momento de franquear el umbral, saludé otra vez, lo que me permitió observar que no me había equivocado: me había seguido con los ojos hasta el último momento.


En la busqueda del Duce

Adolfo Hitler había citado a Otto Skorzeny al Cuartel General Alemán, “Brecha de Lobos”, para asígnale la misión de rescate de su amigo Benito Mussolini, “El último Cesar” y el más grande de los Italianos, según Adofo Hitler, que había sido destituido y puesto prisionero por orden el Rey de Italia.

Para cumplir la misión, Otto Skorzeny se traslada a Roma, bajo las órdenes del general Student. El propio Skorzeny, en su libro “Misiones secretas”, relata las vicisitudes y estrategias usadas para ubicar al Duce, que estaba en prisión desconocida, bajo tutela del ejército del nuevo Gobierno Italiano, pro aliado, por orden del Rey de Italia. En las memorias de dicho libro, relata Skorzeny:

“Durante cerca de tres semanas tratamos en vano de descubrir el lugar en que Badoglio había encerrado al antiguo jefe del gobierno fascista. Nada, ni un rastro, ni siquiera un indicio hasta el día en que la casualidad vino en nuestra ayuda.

En un restaurante de Roma conocimos a un comerciante de frutas que tenía la costumbre de ir de cuando en cuando a ver a sus clientes a Terracino, pequeña población a orillas del golfo de Gaeta. Su mejor cliente en aquella localidad tenía una criada que era novia de un carabinero. Este último, de guarnición en la isla de Ponza, donde había una penitenciaría, escribía permanentemente a su amada. Y en una de esas cartas mencionaba la llegada a la isla de un preso de calidad, un “personaje muy interesante”

Esta primera información había de ser confirmada, aunque bastante más tarde, por los imprudentes palabras de un joven oficial de Marina que, en el transcurso de unos charloteos insensatos, nos dijo pensar que su crucero había llevado al Duce desde la penitenciaría de Ponza a La Spezia, puerto de guerra en la costa ligur.

Otto Skorzeny

Por supuesto, estos datos fueron transmitidos por el general Student al Gran Cuartel General de Führer. En cuanto comunicamos la noticia bomba sobre La Spezia, recibió la orden de preparar inmediatamente la liberación del Duce, raptándolo del Crucero. Durante veinticuatro horas nos exprimimos febrilmente el cerebro. ¡En el Gran Cuartel General se imaginaban sin duda que no había nada más fácil que hacer desaparecer un hombre en las mismas barbas de la tripulación alerta de un crucero! Por suerte, al día siguiente nos enteramos de que una vez más el Duce había cambiado de prisión.

En Berlín –permítaseme esta preguña digresión por lo curioso de hecho- habían movilizado entretanto incluso a videntes y astrólogos. Creo que fue Himmler en persona quien tuvo la idea de llamar a semejantes “sabios”. De todos modos, no llegué a oír de ningún resultado positivo de sus averiguaciones.

Más tarde, ciertos informes coincidentes, así como ciertos tenaces rumores, orientaron nuestra búsqueda hacia Cerdeña. Pronto se demostró la falsedad de las indicaciones que mencionaban un minúsculo islote – Isla de Pocco - o incluso el hospital de una pequeña ciudad perdida en la montaña. Por el contrario, la hipótesis de un internamiento del Duce en la fortaleza marítima de Santa Magdalena, en el extremo nordeste de Cerdeña, parecía confirmarse cada vez más.

Un buen día, el oficial de enlacie entre nuestra Marina y el Almirantazgo italiano, capitán de fragata Hunüs, viejo lobo de mar arrancado de una novela de Joseph Conrad – sufría incluso de gota, como todo navegante que se respeta -, nos informó por su propia iniciativa de que un preso de calidad estaba detenido en aquella vieja ciudadela. Este dato me pareció tan importante que decidí trasladarme inmediatamente a Cerdeña por avión, para ampliar personarme el informe. Me llevé al capitán de fragata y a mi teniente Warger, que hablaba italiano de corrido.

A nuestra llegada a Santa Magdalena di, en uno de nuestros dragaminas, un recorrido por el puerto y la costa. Protegido por una vela pude tomar algunas fotografías de las instalaciones portuarias y también, aunque de lejos, de la casa que particularmente nos interesaba, la villa “Weber”, situada en las afueras de al pequeña ciudad. En seguida me puse al averiguar, de modo preciso, quien era aquel “preso de calidad”. Para conseguirlo utilicé al teniente Warger.

Mi plan se basaba en la idea de que todos los italianos tienen la pasión de las apuestas. Warger, disfrazado de marinero alemán, debía recorrer por la noche las tabernuchas y aguzar el oído en ellas. En cuanto oyera hablar del Duce, se mezclaría en la conversación y pretendería saber de buena fuente que a Mussolini lo había arrebatado una grave enfermedad. Muy probablemente tal afirmación suscitaría protestas, lo que proporcionaría a Warger ocasión de proponer una apuesta. Para dar a su actitud un aspecto más natural, debía simular una ligera embriaguez.

Este último punto producía una dificultad imprevista. Warger no bebía nunca ni una gota de alcohol. Sólo apelando insistentemente a su deber de soldado pude persuadirle de que hiciese una excepción en sus principios.

Mi plan, por ingenuo que pueda parecer, salió perfectamente. Un vendedor ambulante que llevaba todos los días fruta a la villa “Weber” aceptó la apuesta. Para demostrar a Warger que él sabia muy bien lo que decía, lo condujo a una casa muy cercana a la villa y le enseñó por un ventanuco la terraza en la que se paseaba el Duce.

Desde el día siguiente, Warger volvió a aquel punto de observación. Al cabo de varios días supo el número aproximado de soldados que custodiaban al preso, así como las horas del relvo, emplazamiento de las ametralladoras, etc. Había llegado el momento de poner en práctica nuestro plan de acción.

¿Cómo íbamos a sacar a Mussolini de la villa, y luego de la ciudad? Nuestra labor se complicaba mucho por el hecho de que Santa Magdalena era una fortaleza marítima, Nos hacían falta conocimientos muy precisos acerca de a topografía de la región, las baterías antiaéreas, acuartelamiento, etc. Como los mapas de que disponíamos eran insuficientes, resolví volar sobre al ciudad a fin de tomar algunas fotografías desde el aire.

Heinkel 111

De regreso a Roma, obtuve en “Heinkel 111”, y el 18 de agosto de 1943 volvía a arrancar del aeródromo de Practica di Mare. El piloto puso proa al norte. En aquella época la actividad de la aviación aliada sobre el mar Tirreno era ya intensa; así que, por razones de seguridad, todos los aparatos que iban a Cerdeña debían hacer un rodeo por las islas de Elba y Córcega. Aterrizamos a la hora prevista en Pausania, uno de los principales aeropuertos de Cerdeña, donde debíamos tomar gasolina dantes de volver a salir. De un rápido “salto” de cincuenta kilómetros hasta Palau, donde estaba citado con Warger y con el capitán de fragata Hinaüs, quienes me informaron de que en Santa magdalena no había novedad, aparte del continuo refuerzo de las medidas de precaución y vigilancia. El prisionero continuaba, pues, en la isla.

Tranquilizado, volví a Pausania. Había proyectado ir a Córcega después de nuestro vuelo de reconocimiento para ponerme en contacto con la brigada de las Waffen S.S. que se encontraba de guarnición allí. El plan que empezaba a concebir exigiría, de seguro, la utilización de destacamentos bastante importantes, y me puse a arreglar desde aquel momento los detalles preliminares de la operación. Hacia las tres de la tarde, despegamos. Había ordenado al piloto que subiese rápidamente hasta cinco mil metros; como los vuelos sobre la región de Santa Magdalena estaban terminantemente prohibidos, me vi obligado a remontarme muy alto para poder tomar tranquilamente mis fotografías. Tendido en la torreta delantera, al lado del cañón, teniendo al alcance de la mano la cámara fotográfica y una carta marítima, estaba admirando los suntuosas tonalidades del mar cuando por el micrófono me llegó la voz del servidor de la ametralladora de popa:

-¡Cuidado! … ¡Detrás! …!Dos aviones, cazas ingleses!

El avión se precipitó. Yo puse el dedo sobre el resorte de mando del cañón, pronto a hacer fuego. Algo más abajo, el piloto recobró el dominio del aparato: ya me estaba diciendo que todo había acabado bien, cuando bruscamente me di cuenta de que nuestro avión descendía en barrena. Me volví y vi el rostro crispado del piloto que se esforzaba vanamente en enderezar la dirección. Una mirada a través de la ventanilla me mostró que el motor izquierdo estaba parado. El aparato descendía en picada a una velocidad vertiginosa. No se podía pensar en saltar. Oí todavía por el micrófono:

- ¡Agárrense!

Instintivamente eche mano a la empuñadura del cañón y un instante después el avión chocó contra la superficie del mar. Sin duda mi cabeza había dado contra la pared, pues perdí el conocimiento. Al cabo de algunos segundos sentí vagamente que ante mí algo se rompía en mil pedazos. Luego, una mano me cogió por las solapas de la guerrera y tiró de mi hacia arriba. En torno mio agua, nada más que agua. El aparato se sumergía; en la cabina de mando, cuya parte anterior estaba hundida, había unos treinta centímetros de agua y nuevas oleadas entraban sin cesar por la brecha abierta.

A través del pasillo central llamamos a los de atrás. No hubo respuesta, ¿Habrían muerto nuestros dos compañeros? Ahora se trataba de salir lo más pronto posible del avión, que podía hundirse de un momento a otro. Uniendo nuestros esfuerzos pudimos abrir el ventanillo de escape, en el techo de la cabina de mando. Allí se arremolinó el agua. Había llegado la hora. Rápidamente empujamos al segundo piloto por la abertura, Luego respire profundamente y me lancé, a mi vez. Sentí que me elevaba y, dando un bote vigoroso, me dirigí a la superficie. Unos segundos más tarde apareció también el primer piloto.

Entonces ocurrió una cosa rara; el avión entero, liberado de nuestro peso, se puso de nuevo a flote. Los dos pilotos se lanzaron sobre la popa y abrieron la puerta. Con estupor vieron acurrucados en un rincón a los dos soldados que habíamos creído muertos. Estaban indemnes, pero algo atontados. A cuatro patas treparon hasta el extremo de un ala. Desgraciadamente, ni el uno ni el otro sabían nadar, a pesar de que los dos eran oriundos de la región marítima de Hamburgo. El primer piloto tuvo aún tiempo de sacar la canoa de caucho. De un puñetazo hizo saltar el tapón de la bombona de oxígeno: en seguida la canoa se infló y los soldados pudieron subir a ella.

En aquel momento me acordé, con el corazón oprimido, de mi cartera y de la máquina fotográfica que habían quedado en la cabina de mando. Me sumergí, penetré en el agujero de la cabina y conseguí recuperar la cartera y la cámara, que arroje a la canoa mientras subía a la superficie. Unos segundos más tarde, el avión enderezó y desapareció bajo las aguas.

A garrado a la canoa, con un piloto a cada lado, miré a mi alrededor. A doscientos o trecientos metros surgían de las ondas unas rocas. Nos dirigimos hacia ellas nadando y empujando la canoa delante de nosotros El arrecife era abrupto y escurridizo, pero conseguimos escalarlo fácilmente. El segundo piloto encontró en la canoa una pistola lanza-cohetes y quiso servirse de ella. Yo le mandé que esperara que pasase un barco. Al cabo de una hora vimos aparecer un vapor. Lancé un cohete rojo y con gran alegría nuestra, la embarcación vino en nuestra búsqueda. Se trataba de un crucero auxiliar italiano, especialmente equipado para la defensa antiaérea. Fue una suerte que el capitán no adivinara la razón de nuestra presencia en aquellos parajes, me dije al darle la mano. Como yo estaba completamente desnudo – me había despojado de toda mi ropa al bucear hacia el avión -, el buen hombre me prestó un short blanco y un par de chanchos. El Short era demasiado estrecho para mí: sin embargo me lo puse para no tener que procurarme, al desembarcar, cuando menos una hoja de parra. Hasta que no me acosté en el barco no sentí un dolor sospechoso en la caja torácica. Unos días más tarde habría de comprobar el médico que tenía tres o cuatro costillas rotas.

A última hora de la tarde llegamos de nuevo a Pausania. Me fui enseguida a Palau para pedir al capitán Hunaüs un barco que me llevara a Córcega, donde me esperaba el comandante de la brigada de las Waffen S.S. Porque seguía pensando en poner en práctica al menos esta parte de mi plan.

Era casi la medianoche cuando mi lancha se deslizaba entre las rocas que encuadran la tortuosa entrada al puerto de San Bonifacio. En la sede de la administración militar italiana no pude obtener comunicación con la brigada de las S.S. Hasta la mañana siguiente no tuvieron a bien poner un coche a mi disposición. A consecuencia de un malentendido me pasé todo el día corriendo tras el comandante de las S.S., quien, a su vez, trataba en vano de reunirse conmigo. Por fin nos encontramos en el norte de la isla, en Bastia, en el cuartel general de un destacamento de la Marina alemana.

Entretanto, Radl, que se había quedado en Roma, era presa de la más terrible desesperación. No habiéndome visto regresar, según lo convenido, la tarde del 18 de agosto, preguntó al cuartel general de la división de paracaidistas si se habían recibido noticias de mi avión. Le contestaron lacónicamente: “Aparato desaparecido; tripulación sirve seguramente de alimento a los peces.” Durante dos días, el pobre me creyó muerto porque no volví a Roma hasta las últimas horas de la tarde del 20 de agosto. Le encontré cuando se dirigía desde el aeropuerto al alojamiento de mis hombres. Como es lógico, se volvió loco de alegría.

De vuelta en el hotel nos pusimos a trabajar en al elaboración de nuestro plan de acción. Esta vez estábamos, por fin, seguros de haber descubierto el lugar donde estaba internado el Duce. El general Student, a quien pusimos al corriente de la situación a la mañana siguiente compartió enteramente nuestra opinión.


La pista falsa

Kurt Student

Entonces, bruscamente, como un rayo que cayera del cielo, nos llegó una orden del Gran Cuartel General del Führer:

“El Gran Cuartel General acaba de recibir de los servicios de la “Ausland Abwehr” (Almirante Canaris) un informe según el cual Mussolini se encuentra en un islote próximo a la isla de Elba. El capitán Skporzeny preparará inmediatamente un ataque de paracaidistas y nos indicará la fecha inmediata en que se podrá realizar la acción. El Gran Cuartel General del Führer fijará entonces el día exacto de la acción.”

¿Qué es lo que ha podido pasar? – nos preguntamos Radl y yo – Cualquiera diría que los agentes de almirante disponen de medios de información especialmente eficaces. Además, nosotros habíamos visto días antes una circular con la indicación de “secreta” que la “Abwehr” había enviado a todos los jefes de unidades en Italia. En dicha circular habíamos leído bien claramente: es absolutamente seguro que el Gobierno de Badoglio continuará la lucha a nuestro lado en cualquier circunstancia. El nuevo Gobierno participará en el esfuerzo común de un modo aún más intenso que el antiguo régimen fascista.

(Nota del editor de LG: Para una mejor comprensión de lo sucedido, vale recordar que el Almirante Canaris, jefe del servicio de espionaje alemán, era parte principal de un grupo de traidores a su Patria, que pasaban información secreta al enemigo vía Suiza, e información falsa al propio gobierno alemán. Skorzeny no lo sabia ni lo sospechaba entonces. Posteriormente a la fecha del relato de Otto Skorzeny, el almirante Canaris fue descubierto y ejecutado.)

Como nosotros éramos de un parecer diametralmente opuesto - continua Skorzeny -, el general Student intentó obtener una audiencia del mismo Führer. Después de algunas conversaciones recibimos al fin la orden de ir a Prusia Oriental. Nos pusimos en vuelo inmediatamente, aterrizamos al final de la tarde y nos enteramos, al bajar del avión, de que Hitler nos aguardaba.


Reunión en Gran Cuartel General

Nos introdujeron en la misma sala donde yo había sido presentado al Führer unas semanas antes. Esta vez todos los sillones que había alrededor de la mesa, ante la chimenea, estaban ocupados y tuve así ocasión de trabar conocimiento con todos los dirigentes del Reich. A la izquierda del Führer estaba sentado von Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores; a su derecha estaba el mariscal Keitel, luego el general Jodl. Me indicaron el sillón siguiente. A la izquierda de Ribbentrop vi a Himmler, después al general Student y al almiranta Doenitz; entre éste último y yo se intercalaba la imponente mole del mariscal del Reich, Hermann Goering.

El general Student me presentó en concisas frases y luego me cedió la palabra. En el primer momento tuve un pánico terrible; las miradas de aquellos ocho hombres me intimidaron tanto que me olvidé de consultar las notas preparadas durante el trayecto. Poco a poco, sin embargo, recobré mi aplomo. Tan claramente como pude expliqué en detalle las fases de mi investigación. Las numerosas razones citadas en apoyo a nuestra hipótesis de que el Duce estaba encerrado en Santa Magdalena impresionaros visiblemente a mis oyentes. El relato de la apuesta del teniente Wagner y el éxito de aquella treta dibujó una sonrisa en algunos rostros, principalmente en Doenitz y Goering.

Cuando hube terminado, una mirada furtiva a mi reloj me indicaba que había durado más de media hora. Con un gesto espontáneo el Führer me estrechó la mano.

-Me ha convencido usted, capitán Skorzeny. Tiene usted razón y retiro mi orden de atacar con paracaidistas el islote. ¿Ha elaborado usted ya un plan que permita sacar al Duce de esa fortaleza marítima? Si es así, haga el favor de exponerlo.

Con ayuda de un mapa dibujado a lápiz desarrollé el proyecto que habíamos concebido unos días antes. Explique que, además de una flotilla de lanchas rápidas, me harían falta varios dragaminas; asimismo necesitaría, además de mis cincuenta hombres, la cooperación de una compañía de voluntarios que deberían venir de la brigada de las S.S. de la guarnición de Córcega. Por otra parte, y a fin de cubrir nuestra retirada, necesitaría poder contar con nuestras baterías antiaéreas de Córcega y del norte de Cerdeña. Mi proyecto de un ataque por sorpresa al alba pareció merecer la aprobación general. Varias veces me interrumpieron Hitler, Goering y Jodl para hacerme preguntas. Cuando acabé, el Führer tomó la palabra:

-Apruebo su proyecto, y creo que, si lo ejecuta con toda rapidez y sin vacilaciones, es perfectamente realizable. El gran almirante Doenitz se servirá trasmitir a la Marina las órdenes oportunas. Las unidades pedidas serán colocadas, mientras dure la operación, a las órdenes del capitán Skorzeny. El general Jodl se ocupará del resto. Todavía falta una cosa, capitán Skorzeny: hay que salvar, por encima de todo y lo antes posible, a mi amigo Mussolini, para impedir que sea entregado a los aliados. Así, pues, no tiene usted tiempo que perder. Cuando terminen sus preparativos y esté dispuesto a ejecutar mis órdenes de iniciar al acción, Italia será quizá todavía nuestra aliada, al menos oficialmente. Si en ese momento su expedición fracasara, me vería en la necesidad de desautorizarle ante la opinión mundial. Yo declararía entonces que, a fuerza de hablar de su plan y de la necesidad de salvar al Duce, usted hizo perder la cabeza a los jefes de ciertas unidades de guarnición allí y que en todo caso había actuado por su propia iniciativa. Como contribución a nuestros esfuerzos para obtener la victoria, por la salvación de Alemania, tiene usted que estar dispuesto a aceptar, si fracasa, esa grave acusación sin intentar siquiera defenderse.

No tuve tiempo de reflexionar. De todos modos, desde el momento en que la salvación de nuestra patria estaba en juego, yo sabía que me resignaría a soportar en silencio el oprobio de una tal desautorización. Muy emocionado, sólo pude inclinarme, sin encontrar respuesta que dar.

Satisfecho, Hitler se despidió de mí estrechándome amistosamente la mano.

-Lo conseguirá usted, Skorzeny – dijo él, con tanta seguridad que su convicción pasó a mi como una corriente eléctrica. Más de una vez había oído hablar de esa fuerza de persuasión casi hipnótica del Führer. Ahora ya la había experimentado. Ya no podía dudar. Lo conseguiría.

A la mañana siguiente, regresamos a Roma. Tan pronto como llegué comuniqué a mi fiel Radl que, en caso de fracaso, yo asumiría toda la responsabilidad de nuestra empresa. Como buen austríaco, Radl no se emocionó por tan poca cosa.

-Bueno – dijo él con calma -, si eso llegase, yo pediría me encerrasen con usted. Quizá nos metieran en un manicomio. Sería bonita ocasión de probar la comodidad de las celdas acolchadas.

Merced a una simple casualidad iba a sernos evitada, unos días más tarde, esta última consecuencia. En efecto, habíamos estado a punto de efectuar nuestra gran expedición a una prisión sin prisionero.


Otra vez a foja cero

El capitán de fragata Schulz, comodoro de la flotilla de lanchas rápidas que pusieron a mi disposición, estaba materialmente entusiasmado cm la idea. Dese hacía tiempo soñaba con una operación de esta género. Elaboramos minuciosamente el plan a realizar, teniendo buen cuidado de no omitir ningún detalle, de preveer todas las eventualidades. Por último, nuestro proyecto estaba a punto.

La víspera del día D, la flotilla de lanchas rápidas, haría una visita oficial a Santa Magdalena; penetraría en el puerto militar y atracaría a un muelle situado en la parte baja de la población. El mismo día, los dragaminas, al mando del teniente Radl, embarcarían en Córcega las tropas del Comando, atravesarían después el estrecho y anclarían ante el dique de Palau, frente a Santa Magdalena. Como es natural, los soldados permanecerían ocultos. En las primeras horas del día D las dos flotillas maniobrarían como para abandonar los respectivos puertos. Bruscamente los dragaminas desembarcarían sus hombres, parte de los cuales guardaría la espalda a sus camaradas contra cualquier sorpresa que viniese de la ciudad. Las lanchas rápidas estarían dispuestas para intervenir a fin de asegurarnos la protección de sus tiros.

Luego yo me iría con el grueso de nuestras tropas, en cerrada formación, a la ciudad. A mi juicio, esta llegada inopinada de una unidad en orden de marcha debía aumentar todavía el efecto de la sorpresa. Si era posible evitaríamos, al atravesar la ciudad, todo incidente y hasta el menor disparo. En seguida forzaríamos la entrada de la villa; yo disidiría sobre el terreno los pormenores del ataque, según lo exigiese la situación. Para evitar que los carabineros que custodiaban al Duce fueran avisados de nuestro desembarco, designé algunas secciones que cortasen todas las líneas telefónicas.

En cuanto hubiéramos inutilizado a los ciento cincuenta hombres que defendían la casa, yo saldría con el Duce a borde de una lancha rápida. Entretanto, un destacamento de las S.S. se habría apoderado de los campos que dominaban la boca del puerto. En cuanto a las batería antiaéreas italianas emplazadas sobre las colinas que rodeaban la ciudad, serian reducidas al silencio por las que nosotros teníamos situadas en la punta norte de Cerdeña.

Con un poco de suerte, todo ello marcharía sobre ruedas. Un solo punto me inquietaba de veras: más debajo de la villa “Weber”, cerca de los muelles, se alzaban varias barracas militares en que se alojaban unos doscientos cadetes de la Marina italiana que seguían allí sus cursos. Necesitábamos una cobertura fuerte para asegurarnos contra todo ataque de flanco. Por otro lado, dos hidroaviones de la Marina italiana un hidroavión hospital estaban amarrados cerca de la costa. Designé, pues, dos secciones de asalto que debían inutilizarlos para impedir que persiguieran la lancha que transportaba al Duce.

La víspera del día D, las lanchas rápidas salieron al alba del puerto de Anzio y alcanzaron Santa Magdalena, después de una movida travesía. Radl me dejó para trasladarse a un mirador en Córcega, desde donde vigilaría el embarque de las tropas; estas debían, según lo previsto, llegar a Santa Magdalena a la caída de la noche. Mientras tanto, estudié una vez más el plano de la villa “Weber” y de los terrenos vecinos. El buen Warger había trabajado bien. Todo estaba registrado con una precisión absoluta; las distancias, el emplazamiento de las puertas de los puestos de guardia, etc. A pesar de todo, yo no podía evitar una sensación de incertidumbre como me ocurra cada vez que alguien ejecuta una importante labor sin mi intervención. Así pues, decidí efectuar una última inspección. Warger me acompañó.

Apenas llegados a las cercanía de la villa, descubrí un cable telefónico que Warger no había registrado en el plano. Monté en cólera, pues, a mi entender, son justamente las menudencias de esa clase las que pueden hacer fracasar una operación como la que proyectábamos. En verdad, debo confesar que, salvo ese detalle el plano era rigurosamente exacto.

Dos secciones de carabineras se paseaba n por la carretera. Otra sección, armada de ametralladoras, guardaba la entrada. Por desgracia, un alto muro protegía el jardín contra las miradas indiscretas. Como habíamos tenido la precaución de vestirnos de simples marineros y de llevar entre los dos un gran cesto lleno de topa sucia, nadie se fijaba en nosotros.

Nos dirigimos hace una casa vecina, situada algo más arriba que la villa, lo que debía permitirnos examinar los alrededores. Mientras Warger entregaba su ropa para lavar, puse el pretexto de no existir cierta instalación higiénica, para subir un poco más y esconderme detrás de una zona desde la que se podía ver el interior de la posición “Weber”. Todo parecía tranquilo, y, después de haber grabado en mi mente las sendas del jardín y ciertos puntos de orientación, volví más seguro a casa de la lavandera. Y entonces se dio la providencial casualidad a la que ya me he referido. Durante mi ausencia, uno de los carabineros que guardaban al Duce subió a hacer una visita. Yo me puse a charlar con él por conducto del joven Warger, intérprete de primera. Orienté prudentemente al conversación hacia el tema de la caída de Mussolini. En el primer momento el soldado no se interesó por tal asunto; solo se animo cuando afirmé que sabia que el Duce acababa de morir. Con el fogoso temperamento del meridional afirmó que se trataba de un bulo. Naturalmente yo el excité aún más, declarando que estaba seguro de ello, puesto que unos días antes el medico de unos amigos míos mi había dado numerosos detalles sobre los últimos instantes del jefe fascista.

Entonces el buen carabinero no pudo contenerse más.

-No, no signore, impossibile – exclamó – Esta misma mañana he visto al Duce . Yo he formado parte de la escolta que lo condujo a borde del avión blanco en que se ha ido.

¡Demonio! ¡Vaya una sorpresa! El hombre hablaba con mucha seguridad, su relato parecía verídico. Además, recordaba entonces que el hidroavión hospital que aun la víspera se balanceaba cerca de la costa, había desaparecido aquella mañana. Me había dado cuenta de ellos, pero en aquel momento no le concedí importancia. Ya me había extrañado, al observar la villa, ver a varios carabineros vagando por la terraza. Esta era la explicación de su actitud tan poco marcial: ¡en aquella prisión ya no había prisionero!

Era una suerte que hubiéramos hecho este descubrimiento todavía a tiempo. Menuda plancha, como suele decirse, si llegásemos a descubrir el juego de la vasta operación marítima y terrestre que teníamos preparada. Ahora era preciso, antes que nada, dar contraorden para que no continuaran los movimientos preparatorios de nuestras tropas. Telefoneé a Radl y le pesqué justamente unos minutos anteos de su salida para Córcega. Pero los hombres ya estaban a bordo de los barcos.

-¡Atrás a toda máquina! – tal era ahora nuestra consigna.

Como medida de precaución mantuvimos aún los preparativos durante algunos días, a fin de estar dispuestos a actuar en le caso en que el Duce fuera devuelto a Santa Magdalena. Era curioso: los italianos conservaban igualmente sus efectivos de guardia dentro y alrededor de la villa. A mi juicio, el servicio secreto italiano actuaba así para borrar el rastro e inducirnos al error. Estaba claro que el prisionero tenía para ellos tanta importancia, que no retrocedían ante el inmenso trabajo que requerían estos continuos cambios de prisión. Por el momento había conseguido lo que querían; una vez más habíamos perdido la pista.

Habíamos vuelto a nuestro punto de partida, es decir, al cero. Habia que volver a empezar desde el principio. Durante varios días anduvimos a ciegas. Los rumores no escaseaban, pero en cuanto procedíamos a analizarlos, por pco que fuera, se desvanecían convertidos en humo.


Almirante Canaris

El genio invisible

Hasta aquí el relato de las memorias de Otto Skorzeny. En su relato se nota que un “genio invisible” boicoteaba su acción. Cuando estaba a punto de rescatar a Mussolini, imprevistamente Skorzeny recibe desde el Alto Mando Alemán la orden de detener el plan, porque según el servicio secreto alemán, cuyo jefe era el almirante Canaris, informaba al Alto Mando que el paradero del Duce no era el que suponía Sakorzeny, si no otro. Esto obliga a Skorzeny y al general Student a viajar a Alemania para convencer al Alto Mando y al propio Führer, que el paradero de Mussolini era el que ellos suponían.

El Alto Mando toma por acertada la versión de Skorzeny, y Hitler autoriza la operación, pero para entonces Skorzeny había perdido el tiempo suficiente para que el gobierno italiano, alertado por el “genio invisible” previera un rápido traslado del prisionero. Así se hizo egectivamente, y el día anterior a que Skorzeny le echara el guante al Duce para rescatarlo, el gobierno italiano traslada a Mussolini con rumbo desconocido.

¿Pero quien era esa “genio invisible”?; nada menos que “Las Logias” que se habían infiltrado y enquistado en el gobierno italiano y el en propio Alto Mando Alemán. Estas Logias pasaban información secreta al enemigo e información falsa al propio ejército.

Uno de los principales partícipes de esas Logias era el propio almirante Canaris, jefe del contraespionaje alemán. Por entonces Skorzeny se mostró tal vez extrañado de las coincidencias, como se desprende de sus memorias, pero no identificaba a quien lo traicionaba.

Al poco el complot fue descubierto, y el almirante Canaris ejecutado. El propio Hitler dirá con amargura: “Hubo una logia que me olvidé de desarmar, y es la que estaba enquistada en el Alto Mando del Ejercito”


Entrevemos el final

Una vez más la fortuna, protectora de los audaces, vino en nuestra ayuda. A raíz de una visita de inspección por la región del lago Bracciano, descubrí, al fin, el primer indicio positivo. ¡Resultaba que unos oficiales nuestros vieron el amaraje del hidroavión hospital blanco!

Poco a poco vinieron otras informaciones a apoyar la tesis de un internamiento del Duce en la misma península. Varias veces aún nos lanzamos sobre pistas que finalmente resultaban falsas, como, por ejemplo, la del lago Trasimeno. Un buen día, sin embargo, la noticia de un accidente de automóvil que había estado a punto de costar la vida a dos oficiales superiores italianos, nos dio la idea de investigar en el macizo de los Abruzzos. Todavía allí, un vago rumor encaminó nuestra búsqueda en una dirección equivocada, hacia la región este del macizo.

Poco a poco empezamos a creer que algunas de estas pistas habían sido dadas a propósito. El servicio secreto italiano no era un adversario despreciable. Además, otros servicios alemanes, como el Estado Mayor del mariscal Kesseling, o los agentes de la “Ausland Abwehr”, tenían una gran interés en ser los primeros en descubrir la prisión del ex dictador fascista. En el mes de mayo el jefe de los servicios secretos alemanes, almirante Canaris, encontró en Venecia a su antiguo colega italiano, general Amé. Entrevista inútil. ¿Prevalecería al final el deseo italiano de conservar a toda costa el secreto, sobre el deseo del Fürer de aclarar la misteriosa desaparición? O bien, ¿tendría que actuar Canaris con toda su energía en cumplimiento de las órdenes del Mando Supremo Alemán? A veces me lo preguntaba.

Por su parte, el mariscal Kesselring había aprovechado la ocasión que ofrecía el sexagésimo cumpleaños de Mussolini –el 29 de julio de 1943– para intentar un nuevo sondeo cerca del viejo mariscal Badoglio. Hitler había enviado a Italia, como obsequio de cumpleaños, una edición de lujo de una tirada limitada a un solo ejemplar, de las obras completas de Nietzche. Los volúmenes estaban encerrados en una caja maravillosamente esculpida. Kesselring había comunicado a Badoglio que el Fürer le había encargado entregarse personalmente el regalo del Duce. Desgraciadamente, fracasó esta estratagema, pues Badoglio se negó, con especiosos pretextos.


Situacion en Roma

Entretanto, la situación en Roma se iba poniendo cada vez más turbia. Sucesivamente, varias divisiones italianas habían sido retiradas del frente y, hecho curioso, instaladas en los alrededores de la ciudad, según la versión oficial, con objeto de hacer frente a la amenaza de una invasión enemiga. A decir verdad, no creíamos nada de aquello. Si alguna vez se pusieran mal las cosas entre los italianos y nosotros, la úinica división alemana –los paracaidistas del general Student– y las pocas unidades de mando y de enlace del gran cuartel del general Kesselring iban a encontrarse frente a una concentración de un superioridad aplastante, integrada por siete divisiones. No acabábamos de ver las formaciones italianas que llegaban sin cesar.

No obstante, mi pequeño “servicio de información personal” me proporcionó al fin la certeza casi total de que Mussolini se encontraba en un hotel situado al pie del pico del Gran Sasso; naturalmente, bien custodiado. Durante varios días tratamos en vano de procurarnos mapas detallados de esa región. Como la construcción del hotel no había terminado hasta poco antes de empezar la guerra, el edificio no figuraba todavía en ningún plano. Obtuvimos sólo un par de informaciones muy vagas: el relato de un alemán residente en Italia, que había pasado en 1938 sus vacaciones de invierno en aquel hotel, y un prospecto de una agencia de viajes que ensalzaba las bellezas de aquel parAíso de los esquiadores en el corazón mismo de los Abruzzos.


Junkers JU 52

Vuelo de reconocimiento

Ya que esos elementos eran demasiado flojos para permitir la preparación de una expedición tan importante, nos vimos obligados a obtener lo más pronto posible fotografías aéreas. El general Student puso a mi disposición un aeroplano equipado con una cámara fotográfica automática, y la mañana del 8 de septiembre despegamos de Patrica di Mare, cerca de Roma, en compañía de Radl y del oficial de información del Estado Mayor de la división. Este último iba a desempeñar, por cierto, de acuerdo a nuestros planes, un importante papel en la operación que proyectábamos.

Dada la necesidad de ocultar a toda costa a los italianos el objeto de nuestro vuelo, habíamos acordado atravesar el macizo de los Abruzzos a unos cinco mil metros de altura. Ni siquiera el piloto estaba en el secreto. Le dijimos que íbamos a tomar unas fotografías de algunos puertos del Adriático.

Cuando estábamos a unos treinta kilómetros del Gran Susso se nos ocurrió hacer unas fotografías de prueba con la gran cámara empotrada en la parte inferior del avión. Nos dimos cuenta en aquel entonces de que las ranuras de las películas estaban obstruidas por el hielo. Por lo tanto, no se podía utilizar el aparato. Por suerte, habíamos llevado una cámara portátil. Tendríamos que servirnos de ella bien que mal. Empezábamos a tener frío, pues no llevábamos encima más que un ligero uniforme del Cuerpo Expedicionario de África. Como no era posible abrir por completo durante el vuelo la gran cúpula de vidrio de proa, tuvimos que romper uno de los vidrios de seguridad con la intención de crear así un espacio libre para la cámara. Incómodo sistema que obliga al fotógrafo a sacare la cabeza, los hombros y los brazos por esta abertura.

Yo me aventuré primero. Nunca hubiera creído que el aire fuese tan frío y el viento tan cortante. Penosamente hice pasar mi busto por la abertura mientras Radl me sujetaba por las piernas. Unos instantes más tarde volábamos sobre el Campo Imperatore, una meseta salvaje, tormentosa, situada a cera de 2.000 metros de altura, y de la cual surgían de golpe los abruptos acantilados del gran Sasso hasta una altura de 2.9000 metros. Rocas grises y pardas con inmensos cantiles desnudos; algunos neveros; luego pasamos por encima de nuestro objetivo, el hotel, construcción enorme aun vista a distancia. Tomé la primera fotografía; inmediatamente, teniendo en la mano izquierda la cámara, que era bastante pesada, di vuelta a la manivela para hacer girar la bobina de la película. Sólo entonces me di cuenta hasta qué punto mis dedos se habían entumecido en tan cortos instantes. Justo detrás del hotel advertí una pequeña pradera casi triangular. En seguida me dije: ¡he ahí mi campo de aterrizaje! Todavía una tercera placa y mediante una sacudida algo nerviosa con el pie, hice comprender a Radl que ya era tiempo de tirar de mí hacia adentro del avisón.

Necesité varios minutos para calentarme. Radl, que siempre las mataba callando, observó:

–¿Pero, entonces, hace tanto frío al sol?

En vista de lo cual decidí, en mi fuero interno, procurar a mi querido camarada un placer semejante durante nuestro viaje de vuelta.

Arrastrándome por el suelo hasta la cabina de mando, distinguí, ya en la lejanía, una franja azul: el Adriático. Ordené descender hasta unos 2.500 metros y poner proa al norte en cuanto hubiéramos alcanzado la orilla, y seguir luego las sinuosidades de la costa. Más tarde, a fin despistar al piloto, estudié detenidamente nuestros mapas y pedí a Radl que se preparase a fotografiar las instalaciones portuarias de Ancona.

Con un tiempo espléndido alcanzamos rápidamente las bellas playas de Rímini y Riccioni. Un poco más lejos hice dar media vuelta y mandé al piloto a que subiese hasta 5.500 metros para volar precisamente sobre la cima del Gran Sasso.

Esta vez le tocaba a Radl. Volvimos a la parte de atrás, donde, entretanto, había bajado considerablemente la temperatura hasta llegar a los dos o tres grados bajo cero. Ahora maldecíamos nuestros uniformes coloniales que tanto nos gustaban cuando paseábamos al sol por las calles de Romas. Le di a Radl la cámara portátil y le expliqué el manejo con mucho detenimiento, pues Radl, que tenía temperamento de artista, no comprendía una palabra de cuestiones técnicas. Después se subió por la abertura, llevando los abrazos en alto, mientras yo, arrodillado, le agarraba las piernas para sujetarle.

Como avistábamos ya la cima, le pellizqué en los muslos para que se preparase. Al mismo tiempo le gritaba –sin duda en vano, pues el estruendo de los motores era ensordecedor:

–Dése prisa, haga todas las fotos que pueda.

Notaba, por los movimientos compulsivos de sus piernas, que gesticulaba frenéticamente. Quizá no pasásemos por encima del hotel y tendría que descolgarse más para tomar las fotografías en sentido oblicuo. Esto podría sernos muy útil, pues tales imágenes permiten a veces, mejor que las vistas tomadas en sentido vertical, comprender mejor la topografía del terreno. Pronto hizo señas Radl para que le metiera dentro. Su cara estaba materialmente azul frío.

–Al primero que vuelva a hablarme del bello sol de Italia lo estrangulo – gruñó castañeteando los dientes.

Al volver a la cabina de mando nos pusimos los chalecos salvavidas y nos tapamos incluso con grandes hojas de papel grasiento que estaban tiradas en un rincón. Luego di al piloto instrucciones detalladas: descender hasta unos 1.500 metros y volver, pero dando un rodeo hacia el norte para alcanzar el Mediterráneo algo más debajo de Roma. Así que, proa al aeródromo a ras de tierra.


Escuadrillas enemigas

Un cuarto de hora más tarde pudimos darnos cuenta de que esta precaución probablemente nos había salvado la vida. Acabábamos de alcanzar la costa; el sol inundaba la cabina completamente rodeada de cristales; sentado junto al piloto, contemplaba distraídamente el paisaje. Cuando por casualidad miraba hacia la izquierda en dirección a los montes Sabinos, apenas pude dar crédito a mis ojos: procedentes del sur, formaciones cerradas de aviones –sin duda enemigos– se acercaban a Frascari. Cogiendo mis prismáticos, les vi largar sus bombas, que cayeron sobre la ciudad, precisamente sobre nuestro cuartel general. Se alejó la primera oleada y otras dos aparecieron para desprenderse de su mortífero cargamento. Sólo en aquel instante comprendimos que mi orden de dar un pequeño rodeo hacia el norte nos había evitado encontrarnos en el mismísimo centro de las escuadrillas aliadas, contra las cuales nuestro aparato de reconocimiento carecía de todo medio de defensa. Únicamente a causa de que volábamos a ras de tierra no repararon en nosotros los cazas que escoltaban a los bombarderos.

Unos minutos más tarde aterrizábamos sanos y salvos. Al llegar a Frascati nos encontramos en pleno caos. El edificio que albergaba al Estado Mayor del general Student estaba intacto; por el contrario, el nuestro no era más que una ruina. Cuando quisimos entrar en él un oficial nos advirtió de que dos bombas de retardo se habían metido en la tierra removida de la bodega, después de atravesar la casa, y que podían estallar der un momento a otro. Pero nosotros habíamos dejado en nuestro cuarto papeles importantes que contenían precisamente el resultado de nuestras investigaciones. Había que recuperarlos. Escalamos un montón de escombros, recorrimos a zancadas la balaustrada de nuestra galería y pudimos, a pesar del desorden que reinaba en la habitación, apoderarnos de nuestras carpetas. Unos instantes después estábamos otra vez en la calle. Las pérdidas de la población civil debieron de ser muy elevadas. Por el contrario, casi todos los servicios alemanes habían escapado de la destrucción. Ya estaban reparando nuestras tropas las líneas telefónicas, que éstas sí que habían sido gravemente dañadas. Yo no tenía tiempo que perder. Debía ir con urgencia a Roma para tener una entrevista con varios oficiales italianos que, según había sabido, intentaban liberar al Duce. Yo tenía un evidente interés por conocer sus planes a fin de evitar que su acción y la nuestra se perjudicaran mutuamente.


Malas noticias

Después de algunos minutos de conversación comprobé que aquellos muchachos daban ciertamente pruebas de un loable entusiasmo y de una resolución firme, pero sus preparativos estaban muy lejos de tener el empuje de los nuestros. Cuando me despedí de aquellos “conspiradores” ya casi había caído la noche, y aún debía atravesar toda Roma para reunirme con Radl, que me esperaba en las oficinas de un servicio alemán. Mi coche avanzaba lentamente, pues reinaba en todas partes una desusada animación. La gente se agolpaba en torno a los altavoces públicos y, cuando desembocaba por la Vía Véneto, tuve que ir al paso de estruendosas aclamaciones celebraban las noticias quedaban los altavoces y oí unos gritos: “Viva il Re”; las mujeres se abrazaban; había grupos que discutían apasionadamente. Cada vez más intrigado, acabé por pararme e interrogué a un transeúnte, que me dio una noticia catastrófica: Italia había depuesto las armas.

Sabía claramente que la situación de nuestras tropas en la península iba a ser crítica en extremo. A decir verdad, esperábamos todos esta capitulación, pero nadie la creía tan inminente. En todo caso, este acontecimiento iba a retrasar el cumplimiento de mi misión; retrasarla y tal vez impedirla. Unos días más tarde me enteré de que el general Eisenhower se había adelantado a dar ese mismo día, pero a las seis y media de la tarde, por la radio de Argel, la noticia de la capitulación italiana, poniendo así al Gobierno de Badoglio ante el hecho consumado, por lo menos en lo que concernía al momento exacto del cese de las hotilidades. Los aliados habían fijado el desembarco en Salerno para la noche del 8 al 9 de septiembre, y no podían cambiar esa fecha. Esta operación debía facilitar el camino al nuevo “aliado”, reteniendo el grueso de las tropas alemanas alrededor de Salerno para la noche del 8 al 9 de septiembre, y no podían cambiar esa fecha. Esta operación debía facilitar el camino del nuevo “aliado”, reteniendo el grueso de las tropas alemanas alrededor de Salerno. Según llegamos a suponer que el Estado Mayor aliado planeaba un desembarco aéreo en la región de Roma, empresa que hubiera puesto a nuestras débiles fuerzas en una situación desagradable. Igualmente, el bombardeo en masa de Frascati había sido decidido a raíz de las conversaciones entre los delegados de Badogio y el Alto Mando aliado con el fin de desorganizar el Gran Cuartel de las tropas alemanas en Italia. Esta última parte del plan había fracasado. Nosotros estábamos en contacto con todas las nuestras unidades, que permanecían, naturalmente, alerta.

La noche del 8 al 9 de septiembre transcurrió en calma, salvo algunas escaramuzas entre tropas italianas y alemanas al sur de Roma. Durante el día 9 de septiembre, por el contrario, se produjeron serios encuentros en alrededores de Frascati, donde estaban concentrados los servicios alemanes. Hacia el anochecer, sin embargo, llegamos a mantenernos sólidamente en toda la región de los montes Sabinos. Poco a poco las unidades alemanas se aproximaron a Roma, que estaba ocupada y rodeada por varias divisiones italianas.


Hotel Gran Sasso

A dos mil metros de altura

Entretanto, y reconociendo la necesidad de aplazar por unos días mis intentos de liberar al Duce, procuré asegurarme con lamayor certeza de que continuaba en el hotel del Gran Sasso. Las primeras indicaciones me habían sido suministradas, aunque involuntariamente, por dos italianos, pero me hubiera gustado obtener la confirmación, si era posible, por un alemán. Evidentemente, no se podía soñar con enviar abiertamente un emisario al hotel, que sólo estaba nido con el mundo exterior por un teleférico que salía del valle. Me había estado devanando los sesos para enconrtar un medio de acercarme que pudiese parecer del todo inocente, y la víspera de la capitulación italiana di, por fin, con el hombre que necesitaba. Conocía en Roma a un comandante médico alemán, valiente muchcahco que soñaba desde hacía tiempo una buena condecoración. Decidí explorar este deseo de gloria y la tarde del 7 de septiembre le expliqué cómo iba a poder alcanzar el favor de sus superiores.

Hasta entonces a los soldados alemanes enfermos de malaria –que eran muchos– los mandaban a convalecer en Tirol. Por lo cual propuse al comandante que hiciera una visita, “por su propia iniciativa”, al hotel de montaña del Gran Sasso –que yo afirmé conocer muy bien– para enterarse de si aquel establecimiento, situado a unos dos mil metros de altura, podía ser transformado en un sanatorio. Insistí sobre la necesidad de discutirlo sobre el terreno, con el director, de anotar el número de camas disponibles, de inspeccionar las instalaciones sanitarias, etcétera…, así como de comenzar en seguida las negociaciones. Mi sugerencia no cayó en saco roto: en la mañana del 8 de septiembre mi buen comandante había salido en coche y confieso que me quedé algo inquita. ¿Le sería posible regresar y volvería a verle sano y salvo?

A la mañana siguiente mi involuntario espía estaba de vuelta, muy disgustado ante la idea de que, a causa de la capitulación italiana, podría naufragar el proyecto. Con profusión de detalles me contó cómo llegó al valle donde se hallaba la estación del teleférico, después de haber pasado por Aquila. Pero todos sus esfuerzos por continuar fueron inútiles. El camino del teleférico estaba protegido por una barrera y para colmo guardaba por varios puestos carabineros. Después de mucho hablar con ellos pudo obtener autorización para telefonear al hotel. Mas no fue el director quien le informó de que el Campo Imperatore había sido declarado campo de instrucción militar y que, por consiguiente, cualquier otra utilización de la meseta y de los edificios quedaba prohibida. Por lo que había podido observar el comandante, debía tratarse de maniobras bastante importantes; en el valle había visto un camión de radio, y el teleférico apenas funcionaba. En el último pueblo los habitantes le habían contado cuentos inverosímiles: al parecer, el hotel acababa de ser requisado, habían despedido de golpe a todo el personal civil y preparado los edificios para poder alojar alrededor de doscientos soldados; en varias ocasiones habían dio al valle oficiales superiores, ciertas personas –gente “bien enterada” – suponían incluso que Musolini estaba internada allá arriba. Pero seguramente aquello no era más que un rumor al cual no había que dar mucho crédito, observó el comandante. Yo me guardé de desengañarle.


Últimos preparativos

A la mañana siguiente, es decir, el día 10 de septiembre de 1943, nuestras tropas se mantenían de nuevo firmemente en Roma y en sus alrededores. Yo puede, pues, por fin, pasar a la ejecución de mi proyecto, o más exactamente, a los últimos preparativos, principalmente a la confección de un plan detallado.

Por de pronto examiné con Radl las diversas posibilidades entre las cuales debíamos elegir (admitiendo que la expedición fuese intrínsecamente posible). Una cosa era cierta: no podíamos perder ni un momento. Cada día, tal vez cada hora de retraso, aumentaba el peligro de un nuevo traslado del Duce, por no hablar de alguna otra eventualidad que temíamos por encima de todo: la entrega del prisionero a los aliados, que sin duda lo habían reclamado. Con posterioridad sabríamos que el general Esienhower había incluido esta exigencia en las condiciones del armisticio.

Una expedición terrestre nos parecía irremediablemente abocada al fracaso. Un ataque por las pendientes abruptas que llevan a la meseta produciría enormes pérdidas y, de todos modos, los carabineros se darían cuenta lo bastante pronto para tener tiempo de sobra, bien para esconder al Duce, bien para llevarlo a otro lado. Si queríamos impedir que se escaparan con su prisionero, tendríamos que rodear todo el macizo con un cordón de tropas, lo que exigiría por los menos una división. En consecuencia, la acción terrestre tenía que ser considerada como irrealizable.

Nuestro mejor aliado debería ser la sorpresa total, pues, aparte de toda consideración estratégica, temíamos que los carabineros hubieran recibido la orden de matar a su prisionero antes que dejarle huir, suposición que luego había que confirmar. Sólo muestra intervención fulminante preservó al Duce de una muerte cierta.

No veíamos, pues, más que dos procedimientos: una acción de los paracaidistas o un aterrizaje de planeadores de transportes cerca del hotel. Después de haber pesado largamente el pro y contra de ambos soluciones, optamos por la segunda. En el aire enrarecido de aquella altura necesitaríamos, para evitar un descenso rápido, paracaídas especiales de los cuales no disponíamos. Además, decidí, en vista de lo accidentado del terreno, que la llegada de los hombres debía hacerse por separado, puesto que una formación cerrada no podría llevar a cabo una acción rápida. Así que no nos quedaba más solución que la del aterrizaje de varios planeadores. ¿Pero habría en los alrededores del hotel un campo adecuado que permitiese tal aterrizaje?

Cuando en la tarde del 8 de septiembre había intentado revelar las fotografías aéreas, el gran laboratorio de Frascati fue arrasado por las bombas. Uno de mis oficiales había conseguido hacer algunas copias en un laboratorio de urgencia; pero, desgraciadamente, no había podido hacer copias de tamaño para estereoscopio, que nos hubieran permitido tener una visión exacta y en relieve del terreno. Tuve que contentarme con fotografías corrientes que medían alrededor de 14 x 14 cm., en las cuales reconocía, sin embargo, perfectamente, la pradera triangular que había llamado mi atención cuando nuestro vuelo sobre el hotel. En aquella pradera, elegida como campo de aterrizaje, era donde yo apoyaba mi plan.

También había que pensar en cubrirnos las espaldas y asegurar la retirada después del cumplimiento de la misión propiamente dicha. En nuestro proyecto estos dos objetivos tenían que ser alcanzados con el empleo de un batallón de paracaidistas que debía meterse en el valle durante la noche con objeto de apoderarse en la hora H de la estación de teleférico.

Kurt Student Habiendo ya confeccionado las bases de la operación, fui a ver al general Student. Yo sabía que desde hacía tres días no había tenido momento de reposo –ni más ni menos que yo–, pero había que tomar una decisión. A decir verdad, el general estaba lejos de sentirse entusiasmado; no me ocultó sus temores, pero también comprendió que, a menos de renunciar pura y simplemente a nuestra misión, debíamos intentar la única oportunidad que nos quedaba. De todos modos, antes de dar su aprobación, quiso consultar con el jefe y con otro oficial de su Estado Mayor.

Estos dos expertos en aeronáutica adoptaron una actitud contraria a nuestro proyecto. Según ellos, un aterrizaje a tanta altura y sobre un terreno inadecuado no había sido intentado nunca por la sencilla razón de que era “técnicamente imposible”. En su opinión, el aterrizaje, tal y como yo lo concebía, causaría la pérdida de un ochenta por ciento, como mínimo, de los efectivos transportados. El resto del destacamento quedaría entonces demasiado reducido para que pudiese cumplir su misión.

Contra estos argumentos aduje que me daba perfecta cuenta de los peligros que íbamos a correr, pero que, de todas maneras, había que aceptar ciertos riesgos, como siempre que se ensaya un sistema por primera vez. Yo creía que un aterrizaje suave a lo largo de la leve pendiente que ofrecía la pradera triangular permitiría reducir la velocidad de caída de los planeadores –velocidad bastante considerable– en una atmósfera ya enrarecida, y, por consiguiente, evitar pérdidas, elevadas. Naturalmente, me declaré dispuesto a seguir sus consejos en el caso de aquellos señores tuvieran alguna idea mejor.

Después de haber reflexionado detenidamente, el general Student se puso definitivamente de mi parte y se apresuró a dar estás órdenes:

–Mande venir inmediatamente del sur de Francia los doce planeadores de transporte que necesita. El día D será el 12 de septiembre; a las siete en punto, los planeadores deberían tomar tierra en la meseta y, al mismo tiempo, el batallón se apoderará de la estación del teleférico en el valle. Yo daré personalmente instrucciones a los pilotos y les recomendaré la mayor prudencia al aterrizar. Creo, capitán Skorzeny, que tiene usted razón: hay que ejecutar el plan como usted ha dicho y no de otro modo.

Obtenida la decisión, convine con Radl los últimos detalles de la operación. Habría que calcular con toda exactitud las distancias, determinar el equipo de cada hombre y, sobre todo, marcar en un gran croquis los puntos de aterrizaje de cada uno de los doce aparatos. Un planeador de transporte puede llevar, además del piloto, nueve hombres, es decir, un “grupo”. Asignamos a cada grupo una tarea determinada; en cuanto a mí, yo haría el viaje en el tercer planeador, a fin de poder aprovechar, para el inmediato asalto al hotel, la cobertura facilitada por las dos primeras secciones de choque.

Cuando todo estuvo ultimado, pesamos una vez más nuestras posibilidades. Demasiado sabíamos que eran más bien escasas. En primer lugar, nadie podía garantizarnos que Mussolini se encontraba en el hotel de la montaña y que permanecería en él hasta el día D. En segundo lugar, no era nada seguro que consiguiésemos someter el destacamento italiano lo bastante pronto para evitar la ejecución del Duce. Finalmente, nos preocupaba la prevención que sentían los oficiales que nos habían predicho el irremediable fracaso de la intentona.

Fuera o no fuera exagerado ese pesimismo, había que prever algunas pérdidas al aterrizar. Y esto no era todo: aun sin contar estas pérdidas, no seríamos más que 108, y además no estarían disponibles a la vez todos los grupos. Tropezaríamos con 250 italianos por lo menos, que conocían perfectamente el terreno y estaban atrincherados en el hotel como una fortaleza. En lo concerniente al armamento, estaríamos en iguales o parecidas condiciones del enemigo. Probablemente nuestro fusiles automáticos nos asegurarían incluso una ligera superioridad que compensaría en cierta medida la superioridad numérica del adversario, siempre que nuestras pérdidas iniciales no fuesen demasiado elevadas.

Radl interrumpió este cálculo tan poco agradable:

–Por favor, mi capitán, no saque la tabla de logaritmos para calcular el porcentaje exacto de nuestras posibilidades de éxito. Ya sabemos hasta qué punto son ínfimas, pero sabemos igualmente que vamos a emprender esta operación cueste lo que cueste.

Una cuestión me preocupaba todavía: ¿no había medio de aumentar el factor sorpresa, que debía ser nuestro principal aliado? Desde hacía una hora nos devanábamos los sesos en vano, cuando, de pronto, tuvo Radl una idea genial: llevar un oficial superior italiano, cuya solo presencia bastaría sin duda para producir un desconcierto en el espíritu de los carabineros, una vacilación que les impediría hacernos frente de primera intención o acabar con el Duce. Nosotros actuaríamos antes de que ellos tuvieran tiempo de reponerse de la sorpresa.

El general Student aprobó en seguida esta astuta sugerencia y nos pusimos a buscar el medio más apto para realizarla. Sería preciso que el general Student recibiese, la víspera del día D, al oficial en cuestión, y le convenciese –no sabíamos cómo– de que participara en la operación. Hecho esto, y al fin de eliminar toda posibilidad de indiscreción o quizá de traición, el oficial debería permanecer con nosotros hasta el día siguiente por la mañana.

Un alto funcionario de nuestra embajada que conocía perfectamente los círculos militares de Roma me señaló como más indicados para prestarnos tal servicio un oficial superior, antiguo miembro del Estado Mayor del gobernador de Roma. Este hombre había observado, en el curso de las luchas por la posesión de la ciudad, una actitud más bien neutra. A petición mía, el general Student lo citó para la noche del 11 de septiembre, en su cuartel general de Fascati, para discutir con él “ciertos problemas”.

Así que por ese lado estábamos tranquilos. Pero surgió un nuevo motivo de inquietud: las noticias recibidas durante el día 11 de septiembre acerca del viaje de los planeadores de transporte no eran favorables ni mucho menos. La actividad cada vez más intensa de la aviación aliada había obligado a nuestra escuadrilla a dar varios grandes rodeos. Además, el maldito tiempo que hacía, les dificultaba extraordinariamente el vuelo. Hasta el último momento esperamos que llegaran a tiempo, pero fue en vano.

Tuvimos, pues, que renunciar al proyecto. El día D siguió fijado para el domingo 12 de septiembre –en ningún caso podíamos arriesgarnos a perder un día entero–, pero la hora H fue aplazada hasta las dos de la tarde. Empleando diferentes excusas, explicamos al oficial italiano, que había acudido a la cita con puntualidad castrense, que el general Student había tenido un quehacer imprevisto, y le rogamos que fuese a la mañana siguiente a las ocho al aeródromo de Pratica di Mare. Lo más grave era que aquel retraso disminuía aún más nuestras probabilidades de éxito. Por una parte, las fuertes corrientes ascendentes de aire con que había que contar a las horas de más calor, harían el aterrizaje todavía más peligroso; por otra parte, el destacamento encargado de ocupar la estación del teleférico tendría una tarea bastante más difícil por el hecho de verse forzado a atacar en pleno día. ¡Qué se le iba a hacer!... Procuraríamos triunfar a pesar de todo.

A primera hora de la tarde del 11 de septiembre me dirigí al olivar de un convento cerca de Frascati, donde estaba acampada la unidad de mi mando. Había resuelto llevar a nuestra operación exclusivamente voluntarios, pero me interesaba advertirles francamente que iban a enfrentarse a graves peligros. Mandé a tocar asamblea y pronuncié una breve arenga:

–Vuestra larga inactividad está llegando a su fin. Mañana llevaremos a cabo una operación de la más alta importancia, que me ha sido encargada por Adolfo Hitler en persona. Tenemos que prepararnos a sufrir cuantiosas pérdidas, que, por desgracia, serán inevitables. Yo dirigiré personalmente al comando y puedo aseguraros que haré todo lo que pueda; si vosotros hacéis otro tanto, si luchamos codo a codo, con toda nuestra energía, nuestra misión triunfará. ¡Un paso adelante los voluntarios!

Con grata alegría mía, todos sin excepción se adelantaron. A mis oficiales les costó trabajo convencer a algunos que tenían que quedarse, puesto que no podía llevar más que a dieciocho de ellos. Los noventa restantes deberían ser escogidos, por orden del general Student, entre los soldados de la segunda compañía del batallón de alumnos paracaidistas. Seguidamente me presenté al jefe de este batallón para discutir con él las diversas fases de la operación. Según las órdenes del general Student, sería ese oficial el llamado a dirigir el destacamento que había de ocupar la estación del teleférico. La misma noche, el batallón de paracaidistas emprendió la marcha hacia el valle. La suerte estaba echada.

En las primeras horas de la noche una noticia difundida por la radio aliada nos causó un gran pánico. El locutor anunciaba que el Duce acababa de llegar a África del Norte a bordo de un buque de guerra italiano que había huído del puerto La Spezia. Pasado el efecto –¿es que también esta vez íbamos a llegar demasiado tarde? –, cogí una carta de navegación y me puse a hacer un pequeño cálculo. Como yo sabía en qué preciso momento había abandonado La Spezia una parte de la flota italiana, me fue fácil comprender que ni la más rápida embarcación hubiera podido ganar la costa africana a la hora en que la noticia había sido radiada. Por consiguiente, tal información no era más que un vulgar bulo destinado a desorientar al Mando alemán. Así, pues, no alteraríamos en nada nuestros planes. Pero desde entonces acogí con cierta reserva las informaciones provenientes de fuente aliada.


Otto Skorzeny

El restate

El domingo 12 de septiembre de 1943, salimos a las cinco de la madrugada para el aeródromo, donde supimos que los planeadores llegarían probablemente hacia las diez. Aproveché este plazo para inspeccionar el equipo de mis hombres. Cada uno de ellos había recibido la “ración de paracaidista” para cinco días. Como había mandado llevar unas cuantas cajas de frutas frescas, una alegre animación reinó pronto en las barracas. Claro que se notaba la tensión que inevitablemente padecían aún los más valientes ante el salto hacia lo desconocido, pero nos las arreglamos de tal modo que se disipó toda aprensión o nerviosidad tan pronto como aparecieron. Sin embargo, a las ocho y media, aún no había llegado el oficial italiano. Envié al teniente Radl a Roma ordenándole que nos trajera al italiano costase lo que costase y tan pronto como pudiera. “Haga lo que quiera, que, con tal que venga vivo, no necesitamos más”.

En efecto, Radl consiguió, pese a toda la clase de dificultades, dar con el italiano y meterlo en su coche. A su llegada al aeropuerto, habló con él el general Student, y yo asistí a la entrevista. Manifestamos al italiano que el Fürer le rogaba que nos ayudase a evitar en lo posible cualquier efusión de sangre tomando parte en la liberación del Duce. Visiblemente halagado al saber que el propio Hitler le pedía su cooperación el oficial no supo negarse. Nos prometió hacerlo con gusto, lo que representaba para nosotros, según creo, una baza inestimable.

Hacia las once aterrizaron, por fin, los primeros planeadores. A toda prisa hubo que llenar de gasolina los aviones que habían de remolcarlos, y a continuación, cada aparato, con su planeador a la cola, se situó en la pista de vuelo siguiendo el orden previsto para, nuestro aterrizaje.

Mientras tanto, el general Student reunió a los pilotos de los planeadores para recordarles la prohibición de un aterrizaje en picado. Sólo se permitiría el aterrizaje en planeo. Luego dibujé en la pizarra el plano del terreno con los lugares destinados a cada aparato. Finalmente, estudié, con el oficial de informaciones que había participado en nuestro vuelo de reconocimiento, los detalles esenciales: cronometraje del trayecto, altitud, rumbo, etcétera. Como, exceptuando a Radl y a mí, era el único que conocía el aspecto que la meseta ofrecía desde el aire, se situaría en el primer avión remolcador y dirigiría así nuestra escuadrilla. Hechos todos los preparativos, íbamos a recorrer los casi cien kilómetros en una hora exactamente. Por consiguiente, despegaríamos a la una en punto.

De repente, a las doce y media, ¡alerta! Fueron vistos unos bombarderos enemigos y escuchamos las primeras explosiones en las cercanías del aeropuerto. Mientras nos dispersábamos en busca de un refugio, di por perdida toda la operación. ¡Qué asco, una cosa semejante en el último momento! Minutos antes de la una, las sirenas dieron la señal de alarma. Me precipité sobre la gran pista: el firme había encajado varias bombas, pero nuestros aparatos estaban indemnes. Podíamos salir. Di orden de embarcar. Al oficial italiano lo llevé conmigo al tercer planeador y le hice sentar entre mis piernas en el estrecho banco en que cabalgábamos, uno detrás del otro, prensados como arenques. Apenas teníamos dónde poner nuestras armas. El italiano parecía arrepentirse ya de su promesa y me siguió al aparato a contra gusto. ¡Qué se le iba a hacer! ¡No podía seguir ocupándome de él; ya no había tiempo que perder!

Planeador alemñan

Fijé la vista en mi reloj de pulsera y levanté el brazo: la una. Los motores se pusieron en marcha, rodamos por la pista y sentí que despegábamos. Lentamente, describiendo amplias curvas, nos elevamos; se formó nuestra caravana y enfiló hacia el nordeste. El tiempo parecía ideal para nuestro propósito: inmensos cúmulos blancos flotaban a unos tres mil metros de altura. Ningún viento movía aquellas nubes íbamos a llegar a nuestro destino sin haber sido descubiertos y podríamos arrojarnos bruscamente sobre nuestro objetivo. Reinaba un calor sofocante en el planeador. Hacinados como estábamos y con nuestros equipos y nuestras armas, era prácticamente imposible moverse. El oficial italiano palidecía a ojos vistas. Su semblante tenía el mismo gris verdoso del uniforme. Tuve la clara sensación de que no le hacían gracia los viajes aéreos.

El piloto me comunicó nuestra posición aproximada y yo la comprobé en seguida con ayuda del mapa. Desde la carlinga no se veía el paisaje. Las estrechas ventanillas laterales estaban cubiertas de celofán, que no dejaba transparentar nada. Las rendijas, que no faltaban, eran demasiado pequeñas para que pudiéramos ver algo. Decididamente, el planeador era un artefacto rudimentario. Unos tubos de acero que constituían el armazón, más una envoltura de lona, y eso era el avión.

Nos metimos en un gran cúmulo para alcanzar la altura de 3.500 metros. Cuando salimos otra vez al sol, el piloto de nuestro remolcador anunció por teléfono de a bordo:

–Aviones 1 y 2 desaparecidos. ¿Quién toma el mando?

¡Una mala noticia! ¿Qué les había pasado a los dos aparatos? En aquel momento yo ignoraba aún que detrás de nosotros ya no quedaban nueve aviones, sino siete tan sólo; al despegar, dos planeadores de transporte habían tropezado con el montón de tierra desplazada de un embudo formado por la explosión de una bomba y habían capotado. Comuniqué al piloto de nuestro remolcador:

–Yo tomaré el mando hasta que lleguemos.

Planeador alemñan

Luego hice unos cortes con mi navaja en la lona a la derecha, a la izquierda y bajo mis pies, con objeto de poder distinguir, aunque fuera a grandes rasgos, el paisaje. Después de todo, la construcción primitiva de aquellos planeadores tenía sus ventajas. Gracias a ciertos detalles salientes –un puente, un cruce de carreteras– llegué a orientarme. Respiré; no sería ese obstáculo el que haría fracasar nuestra operación. Ciertamente, no dispondría al aterrizar de la cobertura que debían asegurarme los hombres de los planeadores desaparecidos, pero no pensé más en ello.

Unos minutos después de la hora H volábamos sobre el valle de Aquila. En la carretera distinguí perfectamente a la vanguardia del batallón de paracaidistas, cuyos camiones subían rápidamente hacia la estación del teleférico. Habían conseguido superar todos los obstáculos y podrían atacar precisamente en el momento convenido. Un buen presagio; nosotros triunfaríamos también.

Apareció debajo de nosotros nuestro objetivo, el hotel de montaña del Gran Sasso. A una orden mía, los hombres se sujetaron el barboquejo; en seguida ordené: –¡Largad el remolque!

Un instante después nos envolvió un repentino silencio. No se oía más que el zumbido del viento en torno a nuestras alas. El piloto hizo un amplio viraje y buscó con la misma ansiedad que yo el lugar señalado para nuestro aterrizaje sobre la pradera levemente inclinada. ¡Diablo! ¡Estábamos aviados! De un golpe de vista descubrí la pradera triangular; pero de ningún modo estaba “levemente inclinada”, como habíamos calculado. ¡Descendía en pendiente abrupta, casi como la pista de salida de un trampolín de esquí!

Estábamos ya mucho más cerca de la meseta que nuestro vuelo de reconcomiendo; además, nuestros virajes en espiral nos mostraban el relieve del suelo de un modo singularmente plástico. Un aterrizaje en aquella escarpadura era imposible; lo comprendí inmediatamente. El piloto lo comprendió también y se volvió hacia mí. Apretando los dientes, yo me debatía en un terrible conflicto de conciencia. ¿Era preciso obedecer las órdenes tajantes de mi general? En ese caso debía renunciar a la operación y tratar de ganar, planeando, el fondo del valle. Si, por el contrario, no quería abandonar mi proyecto, tenía que aventurarme, costara lo que costase, al aterrizaje en picado que habían prohibido terminantemente. Pronto tomé una determinación:

–¡Aterrizaje en picado! Lo más cerca posible del hotel.

Sin la menor vacilación, el piloto volvió a estrechar la espiral girando sobre el ala izquierda y se lanzó a un insensato picado. En un instante se contrajo mi garganta: ¿resistiría el planeador aquella velocidad? Inmediatamente deseché el temor: no era el momento de hacerse semejantes preguntas. El silbido del viento aumentaba, se convertía en un aullido, a pesar de que la tierra se acercaba a ojos vistas. Vi cómo el teniente Meier soltaba el freno al paracaídas; luego vino una violenta sacudida; algo que cruje, que se rompe; cierro los ojos instintivamente; una nueva sacudida más fuerte todavía, y ya está: tocamos tierra. El aparato da un último respingo y se queda inmóvil.

El primero de mis hombres salía ya por la puerta, cuyo batiente había sido arrancado, y yo me deslicé afuera, con las armas en la mano. Estábamos a unos quince metros del hotel. A nuestro alrededor, los innumerables peñascos habían frenado brutalmente nuestro planeador, dejándolo en un bonito estado. Habíamos tenido que arrastrarnos, cuanto más, una veintena de metros antes de parar.

En el Gran Sasso 1943

Cerca de una pequeña eminencia, precisamente en la esquina del hotel, estaba el primer carabinero. Paralizado de asombro, ni se movió; sin duda trataba de comprender cómo habíamos podido caer del cielo. No tuve tiempo de ocuparme de nuestro pasajero italiano, que, un poco aturdido, se dejó caer fuera del avión. Me lancé hacia el edificio; por supuesto, me felicito de haber prohibido terminantemente a mis hombres que hiciesen uso de sus armas antes de que yo hubiera disparado el primer tiro. Así, la sorpresa del enemigo sería total. A mi lado sentía el jadeo de mis hombres; sabía que me seguían y que podía contar con ellos.

Pasamos como una tromba ante el soldado pasmado, lanzándole un solo “Mani in alto!” (¡Arriba las manos!) y llegamos al hotel. Nos colamos por una puerta abierta. Al transponer el umbral vi una estación emisora y un soldado italiano ocupado en transmitir mensajes. De una fuerte patada hice bailar su silla, al mismo tiempo que destrozaba la estación con la culata de mi fusil ametrallador. Pero nos dimos cuenta que la estación no tenía puerta alguna que diera al interior del hotel. Media vuelta, pues; otra vez afuera. Rodeamos, corriendo, el edificio, doblamos la esquina y llegamos ante una terraza de unos tres metros de altura. Uno de mis suboficiales me alzó sobre sus hombros y saltando desde ellos salve la balaustrada. Los demás me siguieron.

Escrudiñé con los ojos la fachada. En una ventana del primer piso advertí una enorme cabeza característica: el Duce. Ahora ya sabía que la operación iba a resultar bien. Le grité que se echase atrás; luego nos precipitamos hacia la entrada principal. Allí chocamos con los carabineros que intentaban salir. Habían montado dos ametralladoras; las tumbamos patas para arriba. Me abrí camino a culatazos a través de la masa compacta de italianos, mientras mis hombres gritaban sin parar: “Mani in alto!” Hasta entonces nadie había disparado todavía.

Entre en el vestíbulo. Por el momento estaba solo; ignoraba lo que tenía a la espalda; no tenía tiempo de mirar atrás. A la derecha había una escalera cuyos peldaños subí de tres en tres; llegado al primer piso, penetré a lo largo de un pasillo, abrí una puerta, al azar. ¡Era la buena! En la habitación estaba Benito Mussolini con dos oficiales italianos, que puse contra la pared. Entretanto, mi bravo teniente Schwerdt se reunió conmigo; haciéndose cargo inmediatamente de la situación, sacó de allí a los dos oficiales que estaban demasiado sorprendidos para pensar en resistirse. En cuanto cruzaron el umbral, volvió acerrar tranquilamente la puerta.

La primera parte de nuestro propósito se había realizado. Al menos por el momento, el Duce estaba en nuestras manos. Desde nuestro aterrizaje sólo habían pasado tres o, a lo sumo, cuatro minutos. Fuera, delante de la ventana, aparecieron las cabezas de dos suboficiales. No habiendo podido entrar en el vestíbulo, habían escalado el muro agarrándose al cable del pararrayos, con objeto de prestarme ayuda. Los aposté en el pasillo, con la misión de cubrirnos por aquel lado.

Por la ventana vi llegar, a paso gimnástico, al cuarto grupo, mandado por mi oficial de órdenes, el fiel Radl, y al teniente Manzel. Este último seguía a sus hombres, arrastrándose; el choque del aterrizaje de su planeador le había lanzado tan violentamente contra el suelo, que se había roto un pie.

–Todo va bien –pude comunicarles–. Guardad la panta baja.

Aun pude complementar la llegada de los planeadores números 5, 6 y 7, que transportaban paracaidistas. Se posaron casi normalmente; pero, de repente, asistí a un terrible espectáculo: el planeador número 8 había debido ser arrebatado por un torbellino; vació en pleno viraje, se abatió como una piedra que cae por un abrupto desmonte y se estrelló, destrozado.

En la lejanía sonaron algunos disparos aislados, hechos sin duda por los puestos italianos diseminados por la meseta. Salí al pasillo y llamé, a grandes gritos, al comandante del hotel. Éste, un coronel, llegó enseguida. Le expliqué que toda la resistencia era inútil y exigí la rendición inmediata. Me pidió un breve tiempo para reflexionar; le concedí un minuto. Radl había logrado ya franquear la entrada, pero yo tenía la impresión de que los italianos aún impedían el paso, porque yo no había recibido más refuerzos.

El coronel italiano regresó. Traía con las dos manos una copa de cristal llena de de vino tinto, que me tendió con una breve inclinación.

–Para el vencedor. –dijo.

Una sábana colgada de la ventana substituyó la bandera blanca. Les grité aún algunas órdenes a mis hombres, apelotonados ante el hotel; después tuve un tiempo, por fin, de volverme a Mussolini, que protegido por la gran corpulencia del teniente Schwerdt, estaba en un rincón. Me presenté:

–Duce: el Fürer me ha enviado para liberaros.

Visiblemente emocionado me dio un abrazo.

–Sabía –dijo –que mi amigo Adolfo Hitler no me abandonaría.

Las condiciones de la rendición fueron rápidamente fijadas. Los soldados italianos deberían depositar sus armas en el comedor; en cuanto a los oficiales, les permití conservar sus revólveres. Supe también que, además del coronel, habíamos capturado a un general.

Además del hotel propiamente dicho, mis hombres habían ocupado también la instalación del teleférico. La línea no estaba estropeada del todo. Idéntico informe me llegó de la estación del valle. Hubo, abajo, una breve refriega. Pero, como el horario fijado había sido respetado al minuto, la sorpresa había causado su efecto. La primera parte de nuestra misión había terminado.


Planes de regreso

El teniente von Berlepsch, jefe de los paracaidistas que habían venido conmigo por vía aérea, que se había incrustado ya el monóculo en la cuenca del ojo, escuchó impasible las órdenes que le di por la ventana. En seguidas mandé subir refuerzos por el teleférico. Cuanto más numerosos fuéramos, mejor; yo tenía que demostrar al coronel italiano que también disponía de fuerzas en el valle.

A continuación, hubo que pensar en la vuelta. Un viaje de 150 kilómetros por carretera, a través de una región en la que no se encontraba aún ni una unidad alemana, me pareció demasiado peligroso. Por mí, me atrevería, pero no debía olvidar que respondía ante Hitler de seguridad del Duce.

Cuando hicimos los preparativos de nuestra expedición habíamos considerado tres posibilidades para conducir a Mussolini en Roma:

En el Gran Sasso 1943

El plan A, confeccionado de acuerdo con el general Student, preveía un ataque relámpago aeródromo de Aquila di Abruzzi, situado a la salida del valle; yo permanecería allí hasta la llegada de tres aviones de transporte que deberían aterrizar unos minutos después del ataque. Por descontado, tenía que avisar anticipadamente por radio al general Student de la hora H, a fin de que los aviones pudieran despegar de un aeródromo romano en el momento propicio. Entonces yo subiría con el Duce al primer aparato, mientras que los otros dos nos escoltarían, y aun, en caso de necesidad, servirían para atraer hacia ellos a unos eventuales perseguidores.

El plan B prevería el aterrizaje de una “cigüeña” en una de las praderas próximas a la estación del teleférico, en el valle. En fin, como tercera y última posibilidad, habíamos convenido que el capitán Gerlach, piloto personal del general Student, trataría también con una “cigüeña”, de aterrizar directamente en la meseta.

Inmediatamente hice transmitir a Roma, por la emisora que habían traído los paracaidistas llegados por carretera, la noticia del éxito de nuestro golpe de mano. Después tracé el horario preciso para la realización del plan A. Pero cuando quise comunicar a Roma la hora H, en la cual atacaríamos el aeródromo de Aquila, no me fue posible –sólo Dios sabe por qué– establecer comunicación. Así que el plan A se iba a pique.

Gracias a mis prismáticos, había podido observar el aterrizaje de la primera “cigüeña” en el valle en seguida di al piloto, por el teléfono del teleférico, la orden de prepararse para partir de nuevo. Pero me respondió que acaba de estropeársele el tren de aterrizaje y que no podría despegar sin una importante reparación. Así, pues, no quedaba más que el plan C para llevar al Duce a Roma, y era el más arriesgado de todos.

Sin embargo, los carabineros, que, entretanto, habían sido desarmados, se mostraban extremadamente deseosos de ayudarnos. Algunos de ellos se unieron espontáneamente al destacamento que habíamos enviado para traer los cuerpos de los ocupantes del planeador siniestrado.

Con los prismáticos pudimos observar que algunos de los hombres lanzados contra los desmontes, rebullían aún; confiábamos en que la brutal caída del aparato no hubiese sido fatal para todos. Los demás italianos nos ayudaban a descombrar una pequeña faja de terreno. A toda prisa quitamos los bloques de roca que obstruían un rincón casi llano, mientras que sobre nuestras cabezas el capitán Gerlach describía ya grandes círculos con su “cigüeña”, esperando la señal de aterrizar.

Benito Mussolini en el Gran Sasso 1943 Por fin todo quedó listo y Gerlach pudo posarse, con notable destreza, sobre la “pista” que habíamos preparado junto al hotel. No le gustó nada saber que yo iba a volar con él, pero cuando le dije que seríamos tres –el Duce, él y yo– se negó abiertamente, calificando mi proyecto de “completamente irrealizable”.

Le cogí aparte y le expuse brevemente, pero con todo el poder de convicción de que era capaz, las razones que tenía para insistir en mi plan. Había pesado largamente el pro y el contra de aquella tentativa, dándome perfecta cuenta de la grave responsabilidad en que incurría al imponer a tan pequeño avión la sobrecarga de mi persona (sobrecarga considerable, porque yo mido un metro noventa y cinco, con la correspondiente corpulencia). Pero ¿cómo iba a aceptar la responsabilidad, aun más grave, de dejar que Gerlach volara solo con el Duce? Porque si el despegue había de terminar en catástrofe, no me quedaría más que la solución de pegarme un tiro en la cabeza. Jamás podría presentarme ante Hitler para comunicarle que la operación había salido bien pero que Mussolini había encontrado la muerte después de su liberación. Y como carecía de otra posibilidad opté por compartir los peligros del vuelo, aunque mi presencia a bordo del avión no hacía otra cosa que aumentarlos. Así nos pondríamos los tres en manos del destino; yo me salvaría o perecería con mis dos compañeros.

A la postre, después de muchas vacilaciones, Gerlarch cedió ante mis argumentos. Respiré y di mis órdenes a Radl. Ellos no se llevarían como prisioneros de guerra más que al general capturado y al que me había acompañado; los otros cuatro oficiales y los soldados se quedarían, desarmados, en el hotel.

Como el Duce me había dicho que lo habían tratado muy bien, no tuve inconveniente en mostrarme generoso. Para impedir un eventual sabotaje contra el teleférico, ordené que dos oficiales italianos fuesen en cada viaje. Cuando todos nuestros hombres hubieron llegado al valle, destruirían las máquinas del teleférico de tal modo que no pudieran arreglarlo en algún tiempo.

En tanto que nuestros soldados preparaban una pista de vuelo bajo la dirección de capitán Gerlarch, pude por fin consagrarme al Duce. A decir verdad, el hombre que tenía delante de mí, vestido con un traje de paisano demasiado amplio y nada elegante, no recordaba apenas las numerosas fotografías que había visto en las cuales aparecía siempre de uniforme. Únicamente sus rasgos no habían cambiado, si bien el rostro revelaba un marcado envejecimiento. A primera vista, parecía minado por una grave enfermedad; aumentaba esta impresión la barba de varios días y, sobre todo, los cortos cabellos que cubrían su cráneo, en otro tiempo afeitado. En cambio, los ojos negros y ardientes seguían siendo los del gran dictador. Tuve la impresión de que su mirada se clavaba literalmente en la mía mientras me contaba con volubilidad los detalles de su detención.

Me sentí bien al poder darle una buena noticia:

–Nunca hemos dejado de ocuparnos de la suerte de su familia, Duce. El Gobierno Badoglio ha internado a su esposa y a sus dos hijos menores en su posesión de la Rocca della Carminata. Hace ya varias semanas que hemos entablado contacto con Donna Rachele. En el mismo momento en que aterrizábamos aquí, otro comando, de hombre de mi unidad, iba a realizar una operación para liberar a su familia. Estoy seguro de que a estas horas ya está hecho.

Visiblemente emocionado, el Duce me estrechó la mano.

–Entonces todas va bien. Se lo agradezco de todo corazón.


En el Gran Sasso 1943

El vuelo de la cigüeña

Abandonamos el hotel. La “cigüeña” estaba lista para salir. A duras penas me colé en el reducido espacio que había detrás del segundo asiento, en el cual había de instalarse el Duce. En el momento de entrar, mostró una breve vacilación; como era un experto aviador, se daba perfecta cuenta de los peligros que íbamos a correr. Vagamente molesto, murmuré poco más o menos: “El Fürer ha dicho, expresamente…”

Luego el estruendo del motor me dispensó de buscar otras excusas. Agarrándome con las dos manos a los tubos de acero que formaban la armazón del aparato. Traté de imprimir a nuestro pájaro cierto balanceo, a fin de darle ligereza. A una señal del piloto, los soldados que sujetaban el avión por las alas y la cola, lo soltaron, y la hélice nos hizo avanzar. Rodamos cada vez más rápidamente hacia el extremo de nuestra “pista”, pero sin separarnos del suelo. El aparato cabeceó sobre unos pedruscos que no habíamos podido quitar. Y entonces advertí, por el vidrio delantero, una profunda depresión que cortaba oblicuamente nuestro camino. Aun tuve tiempo de pensar: “¡Señor, si cayéramos ahí dentro!”

Luego la “cigüeña" se alzó sobre el suelo sólo algunos centímetros, pero era suficiente. La rueda izquierda del tren de aterrizaje chocó otra vez, brutalmente, contra el suelo, el avión picó ligeramente de proa, y henos al borde de la meseta. Inclinándose hacia la izquierda, el avión se columpió en el vacío. Cerré los ojos –ya eran vanos todos mis esfuerzos–, contuve la respiración, aguardé la rotura, el crujido inevitable…

El zumbido del viento en las alas se acentuó hasta convertirse en un verdadero aullido. Al abrir de nuevo los ojos –todo ello no pudo durar más que unos segundos–, Gerlach acabó de hacerse con el avión y lo dirigió lentamente hacia el horizonte. Ya llevábamos una velocidad suficiente, aun para aquella presión atmosférica, que nos permitía sostenernos en el aire. A treinta metros apenas sobre el suelo del valle, la “cigüeña” enfiló y alcanzó, a ras de tierra, los límites tras los cuales comienza la depresión de Arrezano. Esta vez ya estaba; verdaderamente, nos habíamos salvado.

Los tres estábamos un poco pálidos, pero ninguno hizo la menor alusión a aquellos instantes de angustia.

Con un ademán familiar, sin cuidarme del protocolo tradicional, puse mi mano sobre el hombro del Duce, que ahora estaba realmente salvado. Mussolini había recobrado su verbosidad de meridional y evocó recuerdos relativos a las localidades sobre las cuales volábamos a unos cien metros de altura, en previsión a un eventual tropiezo con la aviación aliada. El Duce hablaba fluidamente en alemán, casi sin faltas –cosa en que no me había fijado, con la tensión nerviosa de los primeros momentos–.

Benito Mussolini en el Gran Sasso 1943

Rodeamos prudentemente los últimos contrafuertes de la montaña y volamos hacia Roma, dirigiéndonos al aeropuerto de Patrica di Mare.

–¡Cuidado! – nos chilló Gerlach–. ¡Agárrense! Aterrizaje en dos tiempos.

En efecto, ya me había olvidado de que nuestro tren de aterrizaje estaba averiado. Muy suavemente tomó el avión contacto con el suelo, dando unos golpecitos; lo equilibró el piloto sobre la rueda derecha y el alerón de atrás; nos deslizamos; el aparato se detuvo. Todo marchó de maravilla; habíamos tenido mucha suerte desde el principio al fin de la aventura.

El ayudante del general Student nos recibió irradiando júbilo. Tres aviones “Henkel 111”estaban preparados para salir. Apenas teníamos tiempo que perder si queríamos alcanzar Venecia antes de la caída de la noche.

(Gran parte del relato es extraído de las memorias de Otto Skorzeny, mundialmente conocido oficial de las fuerzas Waffen SS, por la liberación de Mussolini en el Gran Sasso.)


Fuentes:

- Otto Skporzeny. "Misiones secretas". p.33.
- Opiniones N.H.p.95
- Castagnino Leonardo. www.lagazeta.com.ar

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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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