Enseñanza Universitaria
Si de la enseñanza secundaria pasamos a la Universidad, nos encontramos con que su evolución fue normal en toda la época de Rosas, no dejando de funcionar pese a la situación económica creada por los bloqueos, a partir de 1838, que privaron al gobierno de valiosos recursos, de los cuales hubo que disponer para hacer frente a la guerra con dos poderosas potencias europeas. Ateniéndonos a lo ocurrido en la Universidad de Buenos Aires, dependiente en forma directa de los recursos del gobierno bonaerense, veremos cómo se las arregló el Restaurador para que en ningún momento faltase la enseñanza superior, de la misma suerte que la primaria y secundaria.
En efecto, a fines de marzo de 1838, el contralmirante Leblanc, comandante de la escuadra francesa, declaró el bloqueo del puerto de Buenos Aires y de todo el litoral fluvial, lo que vino a sumarse a la guerra que la Confederación Argentina mantenía, desde diez días antes, con la Confederación Peruano-Boliviana. Fue entonces que el gobierno de Rosas se vio obligado a suspender determinadas asignaciones del presupuesto, para poder afrontar inmediatamente las exigencias bélicas. Y fue así como el 27 de abril de aquel año el Oficial Mayor del Ministerio de Gobierno, don Agustín Garrigós, por orden del gobernador, cursó notas a los jefes de diversas dependencias oficiales para comunicarles que el gobierno se había visto precisado a suspender las asignaciones acordadas por presupuesto a los establecimientos públicos colocados bajo su dirección., La medida tiene carácter transitorio -se destaca en los oficios-, mientras dure el bloqueo.
La suspensión de las asignaciones presupuestarias afectó a los establecimientos dependientes de la Inspección General de Escuelas, la Sociedad de Beneficencia, la Universidad, la Administración del Hospital General de Mujeres, la Administración General de la Vacuna y al Hospital General de Hombres. En ninguno de los oficios cursados en ese crítico mes de 1838 se habla de clausura de los referidos establecimientos. Se establecen, en cambio, los medios mediante los cuales se hará posible su funcionamiento regular a pesar del bloqueo.
En la circular de Garrigós al Inspector General de Escuelas se expresa lo siguiente:
"Que el Señor Inspector General prevenga a los maestros de las escuelas de la ciudad y campaña, que exijan a los padres o deudos de cada uno de los alumnos la cuota que corresponda para subvenir al pago de la casa, maestro, ayudante y útiles de cada escuela. Por ejemplo, para la casa de la escuela N. se hallan asignados 160 pesos, 100 para el págo del maestro, 30 para el ayudante y 10 para útiles, que hacen un total de 300 pesos; y si existen diez alumnos en ella, corresponde a 30 pesos por cada uno; y así por este orden, asignando a cada alumno la más o menos cantidad que corresponda, según el número que hubiere".
Solamente en el caso de que no se reuniese la cantidad necesaria, debía cesar la escuela, "hasta que triunfe la República del tirano que intenta esclavizarla, y libre del bloqueo que hoy sufre injustamente, pueda el Erario volver a costear estos establecimientos tan útiles a la sociedad en general", según reza aquella circular.
Las medidas dispuestas por el gobernador fueron eficaces y no llegó a quebrarse el ritmo normal de la enseñanza pública en sus diversos niveles. Con relación a la Universidad pudo decir Rosas, en su mensaje
a la Sala de Representantes, al dar cuenta de su gestión de 1838:
“El déficit de nuestras rentas obligó al Gobierno a suprimir la dotación de los empleados de la Universidad, ordenando la cesación de las cátedras que no fuesen sostenidas por los alumnos. Ninguna de éstas ha suprimido sus trabajos".
Lo mismo pudo decir de los establecimientos de educación primaria.
Dos años después, en 1840, en nuevo mensaje a la Legislatura, don Juan Manuel pudo expresar, ajustándose a la verdad de lo sucedido: “La disminución de nuestros recursos pecuniarios, y el aumento progresivo de las atenciones de la guerra, impusieron al Gobierno el penoso deber de retirar los subsidios destinados a la conservación de los establecimientos de caridad, de beneficencia y de educación de ambos sexos. La piedad pública se apoderó de ellos, y se conservan hasta el día a expensas de la filantropía generosa de la Provincia”.
No se apartaba Rosas, como decimos, de la verdad en sus dichos. Antonino Salvadores ha señalado que la documentación conservada en archivos permite afirmar que sólo algunas escuelas fueron clausuradas, mientras la mayoría continuó auxiliada por el pueblo; que la Inspección General continuó con toda su dotación de personal, y que la Universidad recibió pequeñas partidas para su sostenimiento. Veremos en seguida que la Universidad continuó formando profesionales idóneos, sobre todo en Derecho y en Medicina, en calidad y cantidad realmente notables.
Tres capacitadas figuras ejercen el rectorado de la Universidad de Buenos Aires durante el período rosista. Son tres sacerdotes: los doctores Santiago Figueredo, Paulino Gari y Miguel García. El primero, doctorado en derecho civil y canónico en la Universidad de Córdoba, rigió la Universidad desde agosto de 1830. Paulino Gari, doctorado en Córdoba y en Charcas, fue designado rector por decreto del 13 de diciembre de 1832, cargo que ya venía desempeñando interinamente por fallecimiento de Figueredo. El doctor García, que forjó su cultura jurídica y teológíca en la Universidad de Trejo y en Charcas, gobernó la alta casa de estudios porteña desde diciembre de 1849 hasta junio de 1852.
Durante el rectorado de Figueredo, por decreto gubernativo del 10 de agosto de 1831 se dispuso que los alumnos de la Universidad que hubiesen recibido el grado de doctor en jurisprudencia tenían que dar en lengua latina, al tiempo de su ingreso en la Academia de Derecho, pruebas prácticas de suficiencia. Por el artículo 5 del mismo decreto se disponía:
"El Tribunal de Medicina exigirá indispensablemente a los doctores de esta Facultad que quieran ejercerla, presenten sus disertaciones y presenten ante él sus exámenes en latín".
En los considerandos de la medida se expresaba que, aunque debiera suponerse "que los alumnos de la Universidad que han recibido hasta el presente grado de doctor en jurisprudencia y Medicina, posean suficientemente el latín, sin embargo, una experiencia harto dolorosa ha demostrado que no siempre sucede así".
Siendo ya rector el doctor Gari, el 13 de marzo de 1833, un nuevo decreto vino a dar mayor apoyo a los estudios de latinidad en la Universidad: por él se encargó a don Pedro de Angelis la formación de una colección de autores latinos, para publicar en un texto con notas explicativas,; texto que debía formar el curso de latinidad junto con la Gramática latina del padre Calixto Hornero y el Cormelio Nepote, ya reimpresos en Buenos Aires con auspicios del gobierno.
El 17 de diciembre de 1833, conforme a datos aportados por el profesor Jorge María Ramallo, el gobernador Viamonte aprobó la reforma universitaria proyectada por una comisión que integraron los doctores José Valentín Gómez, Diego Estanislao Zabaleta y Vicente López y Planes. Según este nuevo régimen el gobierno de la Universidad, pasaba a cargo de un Consejo Directivo, el cual fue establecido por decreto del 15 de mayo de 1834, e integrado por los siguientes catedráticos: de Derecho Canónico, doctor José León Banegas; de Derecho Civil, doctor Rafael Casagemas; de Nosografía Médica, doctor Cosme Argerich, y de Ideología, doctor Diego Alcorta.
Por decreto del mismo 15 de mayo de 1834 se impuso a los alumnos de Medicina y Cirugía la obligación de servir en campaña tres años, o en tres campañas. Esto durante el gobierno de Viamonte.
Por iniciativa del rector Gari, el 11 de mayo de 1835 el gobernador Rosas dispuso la supresión del Consejo Directivo de la Universidad. Entre las razones aducidas por Gari estaban la reducción en la práctica del rector a un simple ejecutor; un mal funcionamiento de la Universidad, y motivos económicos. Una nueva estructura universitaria, más acorde con la situación económica oficial, surgió de un decreto de Rosas del 14 de diciembre del mismo año 1835.
Durante este mismo año se gestó, también a instancias del doctor Gari, el famoso decreto que estableció el juramento de fidelidad a la causa Nacional de la Federación". El primer paso es una nota que el rector de la Universidad dirige, con fecha 2 de junio de 1835, al Oficial Mayor del Ministerio de Gobierno, don Agustín Garrigós, en la cual le solicita consulte a Rosas “si aprobará el que a la fórmula de juramento que precede a la recepción del grado, se añada después de las cláusulas, bajo el régimen republicano representativo, la expresión federal".
El profesor Ramallo ha publicado una anotación marginal de Garrigós, del 20 de junio, ya hecha la consulta, que dice:
"Redáctese el decreto acordado que se comunicará al Rector de la Universidad manifestándole que el Gobierno ha mirado con aprecio el zelo que le anima por que en la juventud se impriman sentimientos de amor a la Causa Nacional de la Federación y que se liguen a ella por medio del juramento".
El “Diarío de la Tarde”, en su edición del 22 de junio de 1835, dio a conocer el decreto de Rosas, cuyo artículo V dice:
“Todo ciudadano que tenga que prestar juramento de servir bien y lealmente el empleo, cargo o destino que se le confiriese jurará al mismo tiempo, ser constantemente adicto y fiel a la Causa Nacional de la Federación, y que no dejará de sostenerla y defenderla en todos tiempos y circunstancias, por cuantos medios estén a sus alcances".
Por un nuevo decreto, del 27 de enero de.1836, se dispuso que "a nadie se podrá conferir en la Universidad el grado de Doctor en ninguna facultad, ni expedírsele título de Abogado o Médico, sin que previamente haya acreditado ante el Gobierno, y obtenido sobre ello, la correspondiente declaratoria de haber sido sumiso y obediente a sus Superiores en la Universidad durante el curso de sus estudios, y de haber sido y ser notoriamente adicto a la causa nacional de la Federación". Era nulo todo grado o título que se confiriese sin aquel requisito.
Tal medida ha sido severamente juzgada por los enemigos de Rosas; pero la realidad es que su vigencia no impidió que la Universidad continuara normalmente con sus cátedras y cursos, y que se graduaran en Buenos Aires numerosos profesionales de la Medicina y del Derecho.
En esas circunstancias, de sosiego interior, se produjo el primer conflicto con Francia, a principios de 1838, y el bloqueo impuesto por la escuadra extranjera, que obligó a Rosas a ceñirse en los gastos. El rector Gari también recibió la circular del 27 de abril de ese año, con la orden del Restaurador de pedir a los padres y deudos de los estudiantes una cuota de sostenimiento de catedráticos y preceptores. Los alumnos abonaron, en los primeros tiempos, una cuota mensual de 30 pesos, que fue en aumento paulatinamente hasta llegar a 75 pesos en 1852. Ello no excluía que los estudiantes sin recursos pudiesen concurrir a la Universidad gratuitamente.
Como ha señalado Jorge María Ramallo, 1a inscripción no disminuyó sensiblemente, y con el correr de los años fue aumentando en forma progresiva, hasta equilibrar y aun superar las cifras anteriores. En la Facultad de jurisprudencia, por ejemplo, entre 1831 y 1837, se graduaron de 11 a 12 por año, luego fue decreciendo una curva, y en 1850 se recibieron 16, y en 1852, 15. Cabe recordar que entre 1826 y 1830, las tesis no fueron más que 14".
Bajo el rectorado de Gari, el gobierno dictó un decreto por el cual se instituyó una Comisión Inspectora de los programas de enseñanza en los establecimientos de educación y de las obras de texto para las distintas asignaturas (27 de julio de 1846). Integraron dicha comisión el canónigo doctor Miguel García, don Nicolás Anchorena, el doctor Lorenzo Torres, el coronel José de Arenales y el doctor Miguel Rivera, bajo la presidencia del primero de los nombrados.
Veamos ahora quienes cursaron carreras universitarias y se graduaron en la Universidad en el período que corre entre 1830 y 1852. Comenzaremos por los abogados y doctores en jurisprudencia, sin contar a los que estudiaron en la Universidad de Córdoba, que fueron muchos.
En 1836 presentaron sus tesis de jurisprudencia Eduardo Luis Acevedo, Eduardo Álvarez, Patricio José O'Gorman y Maríano E. de Sarratea, y en 18 3 7 lo hicieron Enrique de la F uente, Ildefonso Islas, Vicente
Fidel López, Claudio Martínez, Vicente Peralta, Manuel J. Quiroga de la Rosa, Felipe José Rufino y Basilio Salas.
A continuación van otros graduados, de nota: Emilio A. Agrelo, graduado en 1843, agente fiscal en la causa contra Rosas, convencional, legislador; Fernando Arias, que presentó tesis en 1836, ministro en Salta, su provincia natal, y senador al Congreso de la Confederación; Marco M. de Avellaneda, compañero de
Alberdi y de Marcos Paz en Buenos Aires; Fernando del Arca, secretario del general José María Paz, convencional y legislador bonaerense después de Caseros; Emilio de Alvear, que siguió sus estudios en los Estados Unidos, autor de una biografía de Alberdi, diputado al Congreso de la Confederación y subsecretario de Relaciones Exteriores durante la presidencia de Derqui; José Barros Pazos, graduado en 1831, profesor de la Universidad y rector de ella, ministro, convencional y legislador bonaerense, senador nacional electo por La Rioja, y ministro de la Suprema Corte de justicia; Jacinto Cárdenas, graduado en 1852, diputado provincial, juez de Crimen y de Primera Instancia en lo Civil; Daniel M. Cazón, graduado en 1845; Benito Carrasco, que terminó su carrera en Montevideo, magistrado, diputado bonaerense y miembro de la Suprema Corte de justicia; Francisco de las Carreras, fiscal y ministro en Buenos Aires, miembro de la Cámara de justicia, convencional y senador provincial, y primer presidente de la Suprema Corte de justicia; Eduardo Costa, graduado en 1848, fiscal de Gobierno, diputado provincial, senador nacional, ministro de justicia, Culto e Instrucción Pública de Mitre, procurador general de la Nación y ministro de Pellegrini y de Luis Sáenz Peña; Luis L. Domínguez, diputado y convencional bonaerense, ministro de Hacienda en el gobierno de Mariano Saavedra, diplomático y financista; Manuel Escalada, graduado en 1843; Rufino de Elizalde, graduado en 1846, diputado y senador provincial, ministro de Relaciones Exteriores de Mitre y de Avellaneda, catedrático de Derecho y diplomático; Francisco de Elizalde, legislador provincial y nacional, magistrado, hermano del anterior; Miguel Esteves Saguí, convencional y diputado en el Estado de Buenos Aires, catedrático universitario y magistrado; José Benjamín Gorostiaga, miembro del Consejo de Estado en 1852, ministro de Vicente López y Planes en el gobierno bonaerense, y de los presidentes Urquiza y Sarmiento, y uno de los redactores de la Constitución de 1853 ; Manuel R. Garcia, graduado en 1846; Manuel Gazcón, 1847; Alejo B. González Garaño, graduado el 7 de julio de 1852, a los 18 años de edad, magistrado, presidente de la Suprema Corte de justicia, titular de la Academia de jurisprudencia; Estaníslao González Moreno, graduado en 1848; Delfín, B. Huergo, salteño, diplomático, subsecretario de Relaciones Exteriores, diputado, el más joven del Congreso Constituyente de 1853; Adolfo Insiarte, graduado en 1847; Bernardo de Irigoyen, graduado en 1844, diplomático, redactor en Mendoza de “La Ilustración Argentina" en 1849, magistrado y estadista, ministro de Relaciones Exteriores y del Interior, candidato a la Presidencia de la Nación en 1885, gobernador de Buenos Aires de 1898 a 1902 ; José María de Irigoyen; Manuel B. de Irigoyen; Vicente Fidel López, graduado en 1837, historiador, ministro de su padre Vicente López y Planes, convencional, rector y catedrático en la Universidad de Buenos Aires, diputado nacional y ministro de Hacienda de Carlos Pellegrini; Manuel H. Langenheint, graduado en 1852, magistrado, ministro de la Suprema Corte de justicia, legislador; Alberto Larroque, graduado en 1848, eminente educador y canonista; Francisco Majesté, ex jesuita, también ilustre educador y orador; José Mármol, que estudió derecho hasta 1837; Víctor Martínez, graduado en 1847, legislador, fiscal de Gobierno, director del Banco de la Provincia, vicegobernador de Buenos Aires y miembro de la Suprema Corte de justicia; Ángel Medina, magistrado y legislador, presidente del Superior Tribunal de justicia bonaerense; Nicanor Molinas, correntino, graduado en Derecho en 1845 y en Medicina en 1848, ministro del presidente Derqui, legislador en Entre Ríos, deportado en 1870 de Paraná por jordanista; Ángel Aurelio Navarro, catamarqueño, senador nacional, catedrático en la Universidad de Buenos Aires; Miguel Navarro Viola, graduado en 1848, brillante jurisconsulto, político, publicista, legislador, autor de "Atrás el Imperio"; Manuel F. Paz; graduado en 1848; Marcos Paz, graduado en 1839, gobernador de Tucumán, vicepresidente de la República; Antonio Cruz Obligado, graduado en 1849, legislador provincial, rector de la Universidad; Pastor Obligado, graduado en 1845, primer gobernador constitucional del Estado de Buenos Aires; José Roque Pérez, graduado en 1839, casado con Mercedes Arana (hija del doctor Felipe Arana), magistrado, catedrático en la Universidad, diplomático, presidente de la comisión popular para combatir la fiebre amarilla, muerto en cumplimiento de su humanitaria misión; Domingo Pica, graduado en 1844; Juan Pico, en 1845; Federico Pinedo, en 1843; Osvaldo Piñero, en 1848; Vicente Gregorio Quesada, graduado en 1850, publicista notable, uno de los brillantes hombres del Paraná, autor de "Memorias de un viejo", diputado nacional, director de "La Revista del Paraná" y, con Navarro Viola, de "La Revista de Buenos Aires"; Indalecío Rozas, graduado en 1848; Miguel Riglos, graduado en 1847; Jacinto Rodríguez Peña, figura de la "generación del 37", uno de los electores que votó contra las facultades de Rosas en marzo de 1835; Félix Sánchez de Zelis, graduado en 1846, legislador bonaerense, presidente del Banco de la Provincia, diplomático; Luis Sáenz Peña, graduado en 1845, legislador provincial y nacional, vicegobernador de Buenos Aires, ministro de la Suprema Corte de justicia, presidente de la República; Juan Francisco Seguí, graduado en 1848, santafesino, diputado al Congreso de la Confederación, ministro de Relaciones Exteriores de Urquiza, periodista; Andrés Somellera, legislador provincial en Buenos Aires, magistrado; Carlos Tejedor, graduado en 1837, en forma gratuita, por su reconocida pobreza, conjurado para dar muerte a Rosas en 1839 e indultado por el Restaurador, legislador, ministro de Hacienda del presidente Mitre, y de Relaciones Exteriores de Sarmiento, gobernador de Buenos Aires de 1878 a 1880; Juan Manuel Terrero, graduado en 1849; Marcelino Ugarte, catedrático universitario y notable jurista, diputado nacional, ministro de Relaciones Exteriores, miembro de la Suprema Corte de justicia; fue defensor de los mazorqueros Cuitiño y Alen en 1853; José M. Vayo, graduado en 1848; Benjamín Victorica, alumno del Colegio Republicano Federal, con actuación en la secretaría de Rosas, primero, y en la de Urquiza, después, diputado al Congreso de Paraná, senador nacional, presidente de la Suprema Corte de justicia, ministro de Guerra y Marina del presidente Derqui, vicerrector dela Universidad de Buenos Aires y decano de Derecho; y Francisco Villar, graduado en 1847.
Un párrafo aparte merece el caso de Juan María Gutiérrez, quien, contra lo que se ha venido diciendo, llegó a obtener el grado de doctor en jurisprudencia, exonerado del pago de los aranceles correspondientes “por su notoria falta de fortuna", según reza la documentación publicada en 1915 por Dardo Corvalán Mendilaharzu.
Juan Bautista Alberdi
En cuanto a Juan Bautista Alberdi, obtuvo el grado de bachiller en Derecho Civil el 24 de mayo de 1834, conferido por el rector de la Universidad de Córdoba, doctor José Gregorio Baygorri. A su vez, Félix Frías cursó sólo algunos años en la Universidad.
Vicente Fidel López, en su autobiografía, consigna pormenores de los estudios que realizó en Buenos Aires luego de su regreso del Estado Oriental, junto con su padre. "Regresamos -escribe- y yo me incorporé en 1830 a las clases de filosofía y bellas letras o retórica, que regenteaba el inolvidable doctor don Diego Alcorta: alli me uní en permanente amistad con jacinto Rodríguez Peña, Carlos Tejedor, Félix Frías, Miguel Esteves Saguí y muchos otros, Alberdi, Cané, Marcos Paz, muy ligados con nosotros también, eran, sin embargo, de un curso anterior".
López hace el más ferviente elogio del curso y de la personalidad docente de Diego Alcorta, quien tenía a la sazón sólo 27 años de edad. "Hasta ahora recuerdo ( dice-) el grande apotegma que le servia de base para la síntesis de las ciencias morales: “Hay mérito y desmérito en nuestras acciones, luego tenemos libre albedrío, y somos responsables de nuestros procederes”. Su curso de filosofía se basaba sobre el sistema de Condillac, y sobre el aforismo atribuido a Aristóteles: “Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu”.
Se separaba de Condillac en cuando al método de ir dando vida a cada sentido de la 'estatua'. El doctor Alcorta tomaba el organismo corporal vivo, en vez de la estatua de Condillac; y como era un anatomista y un médico distinguido, trazaba en su curso una exposición compendiada del organismo humano; estudiaba en concreto las tres grandes cavidades y sus fenómenos funcionales en lo que hace al mecanismo de la “alimentación”, al de la “circulación”, al “centro nervioso”, y sus ramificaciones; y a cada uno de los sentidos, las puertas de entrada y salida de las ideas. Esta primera parte del curso constituía su metafísica o psicología, o mejor dicho la base de esas ciencias, que se ramificaba con otras exploraciones sobre las ideas innatas, deductivas o inductivas. Seguíase su Ética o Moral, basada sobre el libre albedrío, y los fenómenos morales y algunas de sus escuelas, sobre todo Descartes y Bacon: todo concentrado y puesto a nuestro alcance. En el segundo año estudiábamos la Retórica de Blair, y un poco de historia literaria y crítica, tomando de los tomos subsiguientes de ese autor".
Destaca López que el doctor Alcorta era un amigo y compañero para los estudiantes: “Comiamos y almorzábamos en su casa, y vivíamos alrededor de su persona y de su familia; hablábamos con él de todo; no tuvo hijos y nosotros éramos para él la 'corona doméstica y universitaria' ".
"También en ese curso de filosofía los alumnos distinguidos se convertían en jurado y adjudicábanse premios. Al terminar los dos años de aquella disciplina -recuerda López-, recibieron medallas el propio
Vicente Fidel, Jacinto Rodríguez Peña, Benito Carrasco y un sanjuanino Laciar".
En 1832 el hijo de Vicente López y Planes pasó a matemáticas, materia que enseñaba Saturnino Salas, natural de San Juan, discípulo del ilustre Avelino Díaz, autor éste del curso de Aritmética, Álgebra, Geometría, Trigonometría y Secciones Cónicas, en tres gruesos tomos, que se seguía en la Universidad de Buenos Aires.
Con relación al curso de matemáticas, añade Vicente Fidel López:
"En este curso tuve la honra de tener como profesor de física al eminente sabio europeo don Octavío Fabricío Mossoti, uno de los astrónomos más señalados de su tiempo, de quien hablaban los tratados con elevados elogios". Este hombre de ciencia italiano, notorio liberal, integra en 1833 una comisión oficial, junto con Valentin Alsina y José León Banegas, creada para informar sobre el estado de la Biblioteca pública. En diciembre de ese mismo año, la comisión aconsejó formar un gran catálogo general bibliográfico, bajo un modelo que se acompañaba, inspirado en “una clasificación general de los conocimientos humanos".
Siguiendo al mismo López, quien en 1834 terminó matemáticas y pasó a las aulas de Derecho, consignemos que su estudio abarcaba seis años: tres de Instituta y tres de Práctica. Los tres primeros años correspondían al estudio de tres ramos: Derecho Civil, dictado por el doctor Rafael Casagemas, abogado catalán; Derecho de Gentes, del que era profesor Valentín Alsina; y Derecho Canónico, dictado por el presbítero José León Banegas. Como en Derecho Civil entraba el Romano, el doctor Casagemas exponía con las Recitaciones de Heineccio. El texto de Alsina era el de Rayneval, en una edición impresa en 18 3 5, en Buenos Aires, de tres tomos. El texto utilizado por Banegas era el tratado de Derecho Canónico del alemán Javier Gmeiner, escrito en latín.
El curso de Derecho -y continuamos con el testimonio de López- comprendía tres años de teoría y tres de práctica en la Academia Teórico Práctica de jurisprudencia. “Los tres años de teoría -recuerda- comprendían todas las materias de la Instituta de Justiniano; concluidos los tres años, nos graduábamos de doctores, en acto público, mediante uña tesis (tres proposiciones contenciosas de derecho que había que sostener contra dos estudiantes que tomaban la contraria). Con este título nos presentábamos al Tribunal de justicia y pedíamos ingreso a la Academia; se corría expediente de 'vita et moribus' y se nos citaba ante un camarista a ´picar en la Instituta' y disertar a las veinticuatro horas sobre el punto picado. Con esto quedábamos incorporados".
La Academia de jurisprudencia se regla por un severo reglamento, no admitiendo personas sin titulo universitario en su seno. Hubo, por ejemplo, el caso de Marcelo Gamboa, que solicitó su ingreso al cuerpo sin titulo, pero no fue admitido. Era "contrario a las leyes, perjudicial al público y desdoroso al esplendor de la profesión”, según expresó la Cámara de Justicia en su respuesta a la Sala de Representantes.
Entre los años 1850 y 1852, ingresaron a la Academia los siguientes profesionales: Alejandro Heredia, José A. Ocantos, Manuel José Navarro, Saturnino M. Laspiur, Eduardo Guido, Eduardo Costa, Benjamín Victorica, José Gascón, Basilio Soto, Antonio Cruz Obligado, Alfredo Lahitte, Osvaldo Piñero, Octavio Garrígós y Miguel Navarro Viola.
Si de la Facultad de jurisprudencia pasamos a la de Medicina, nos sorprenderán, sin duda, las cifras sobre médicos y cirujanos, tocólogos y farmacéuticos, egresados en la época de Rosas y, en especial, después del zarandeado decreto de principios de 1836, periodo en que no se recibían sino quienes fueran conocidos federales.
El más serio estudioso del tema, el doctor Andrés Ivern, ha hecho una estimación cuantitativa y una valoración cualitativa profesional de quienes se doctoraron entre 1830 y 1852 en las aulas de la Universidad de Buenos Aires. En ese período, de 22 años, se graduaron 223 profesionales, mientras que en los 22 años siguientes, entre 1853 y 1875, los graduados en Medicina alcanzaron a 140. En ambos períodos se incluyen los extranjeros que revalidaron su título en Buenos Aires.
Ivern hace hincapié, con toda razón, en la tesis de cirugía de Ángel Pico, correspondiente al año 1835, por cuanto ella viene a demostrar, con su contenido, que la enseñanza de la cirugía no era solamente teórica, sino que los médicos hacían práctica en los hospitales bajo la dirección de un profesor. Recordemos, por nuestra parte, que un decreto del gobernador Viamonte, del 15 de mayo de 1834, imponía a los estudiantes de Medicina y Cirugía la obligación de servir en campaña tres años.
Entre los graduados con posterioridad al decreto de Rosas por el que obligaba fidelidad "a la causa Nacional de la Federación", enumerados por Ivern, se cuentan: Ramón del Arca, Ángel Pico, Buenaventura Bosch (graduado en 1836), José María Cuenca, Luis Tamini, Pedro Díaz de Vivar, Pedro J. Heredia, Claudío Mamerto Cuenca, Salustiano Cuenca (hermano del anterior y director en la cátedra de Anatomía), Ezequiel Colombres, Eugenio N. Duchesnois, Marcelino Freyre, Vicente Arias, Justiniano Posse, Mauricio González Catán, Guillermo Rawson, José Gaffarot, Claudio Mejia, José María Bosch, José María de Uriarte, Julián Fernández, Fermín A. Irigoyen (hijo de Manuel Irigoyen) y Teodoro Álvarez.
A ellos agregamos: Nicanor Albarellos, graduado en Paris, pero que revalidó en Buenos Aires en 1849; José Benito Bárcena, uno de los primeros médicos de Jujuy, graduado junto con Rawson en 1844; Eulogio, Amaro Cuenca, hermano de Claudio Mamerto, pero radicado en San Juan, donde fue gobernador delegado y diputado nacional; Carlos Durand, graduado en 1849, filántropo y legislador; Luis María Drago, discípulo de José María Gómez de Fonseca, y uno de los profesores más brillantes de la escuela médica argentina, padre del internacionalista homónimo; Mateo J. Luque, cordobés, graduado en 1847, legislador de la Confederación, gobernador de la provincia entre 1866 y 1871, que prestó servicios humanitarios durante la epidemia del cólera. morbus en Córdoba; Nicanor Molinas, graduado en 1848, después de haber terminado la carrera de leyes; Luis Sáenz Peña, que terminó cirugía en 1843, a los 21 años, cursando con los profesores Claudio M. Cuenca y Teodoro Álvarez; Luis Warcalde, doctorado en medicina y cirugía en 1848, a los 22 años de edad; siendo diputado nacional por Córdoba, proyectó la creación de la Facultad de Medicina en la Universidad cordobesa; Juan José Camelino, oriundo de San Pedro, graduado en 1845, con diploma firmado por los doctores Francisco de Paula Almeyra, Matias Rivero y Juan José Fontana; médico del ejército, en 1851 acudió a Santos Lugares convocado por Rosas; Guillermo Zapiola, graduado en 1851 en medicina, cirugía y partos; Marcelino Díaz Herrera, graduado en 1837; Joaquín Vivanco, que actuó en Victoria, Entre Ríos, graduado en 1848; y los siguientes, graduados en 1842: Cayetano Garrigós, José Salvarezza, C. Silva, Manuel Acuña, Gabriel Sonnet, Fabián Cueli y Cayetano Garviso.
Asimismo hemos podido establecer la fecha de graduación de los siguientes doctores en Medicina: Faustino G. Acosta, 1848; Salvador R. Barceló y Patricio Bernet, 1849; Luis Jacinto Fontán, 1849; Manuel Insiarte, 1847; José Lucena, 1848; Federico Mayer, 1850; Gil José Méndez, 1849; justo Meza, 1849; Fernando M. Patrón, 1851; Adolfo E. Peralta, Manuel J. Pereda y Modestino E. Pizarro, en 1847.
Cursaron total o parcialmente la carrera los doctores Manuel Viedma, Aurelio French, Juan Darquier, Domingo Fernández, Vicente Ruíz Moreno, Luis Gómez, José María Real, Melitón González del Solar, que terminó sus cursos después de Caseros; Nicomedes Reynal, que estuvo junto a Claudio M. Cuenca, en Caseros, al ser asesinado; Eugenio Pérez, que se doctoró en 1843 con una tesis sobre la tisis; y Cleto Aguirre, graduado en 1855.
Claudio Mamerto Cuenca, nacido en Buenos Aires en 1812, se graduó en 1839 y al año siguiente fue designado catedrático de anatomía y fisiología, en reemplazo del doctor Portela, que emigró. Según el doctor Teodoro Álvarez fue "anatómico consumado y excelente cirujano". Fue maestro de notables médicos argentinos durante catorce cursos. Aparte de ello se distinguió como inspirado poeta y escritor teatral, autor de “Don Tadeo”, comedia en cinco actos, escrita en verso, y de “Muza”, drama histórico inconcluso. Concurrió a la campaña de Caseros, como cirujano del ejército federal, y allí murió mientras atendía el hospital de sangre, ultimado por el coronel León de Palleja, de las fuerzas uruguayas aliadas de Urquiza. Falleció en brazos de los doctores Claudio Mejía y Nicomedes Reynal. Uno de sus sonetos más notables dice:
Dr.Claudio Mamerto Cuenca
"Esta cara impasible, yerta, umbría,
hasta ¡ay de mí! para la que amo, helada,
sin fuego, sin pasión, sin luz, sin nada,
no creas que es ¡ah, no! la cara mía.
Porque ésta, amigo, indiferente y fría,
que traigo casi siempre, es estudiada ...
Es cara artificial, enmascarada,
y aquí, para los dos la hipocresía.
Y teniendo que ser todo apariencia,
disimulo; mentira, fingimiento
y un astuto artificio mi existencia,
por no poder obrar conforme siento
y me lo manda Dios y mi conciencia,
tengo, pues, que mentir, amigo, ¡y miento!".
En cuanto al doctor Claudio Mejía, nacido en Buenos Aires en 1827, hizo sus estudios en el Convento de San Francisco, con el padre fray José Nicolás Lacunza, y luego en la Escuela de Medicina, en la que se doctoró a los 23 años, como médico y cirujano. Fueron sus maestros los doctores, José Fuentes Arguibel, Francisco Javier Muñiz, Teodoro Álvarez, Martín García y Eugenio Pérez. En1852, siendo cirujano mayor del ejército de Rosas, concurrió a Caseros, junto con los doctores Cuenca y Fernández, y en la mencionada batalla cayó prisionero. Urquiza lo hizo tratar según sus méritos y lo puso al frente de los hospitales de sangre de los dos ejércitos: vencedores y vencidos. Posteriormente, acompañó al general Manuel Escalada en su campaña contra los indios pampas, en 1857, y durante ella expuso su vida para salvar la del coronel Díaz, que habla caído prisionero de los indios y estaba gravemente enfermo. Durante las epidemias de cólera y de fiebre amarilla que azotaron a Buenos Aires, cumplió sin darse tregua su misión de facultativo. Murió el 8 de octubre de 1881.
Dr.Ventura Bosch (o Buenaventura)
"El que no tiene cola de paja"
Buenaventura o Ventura Bosch, nació en Buenos Aires en 1814. Fue el primer alienista argentino, ya que, a su regreso de Europa (1853), donde perfeccionó sus estudios, fundó el primer manicomio que tuvo la Argentina: el de San Buenaventura, llamado después de las Mercedes. Este hospicio fue construido a sus expensas en los antiguos terrenos de la Convalecencia. Presidió la Comisión Filantrópica y de Higiene que administraba los hospitales de nuestra ciudad. Prestó, además, sus servicios profesionales en la guerra del Paraguay. Murió en Isidro, víctima de la fiebre amarilla, el 7 de febrero de 1871, contagiado por uno de sus pacientes, el doctor Juan Agustín García. Había brillado también como profesor universitario.
Según su sobrino Mariano G. Bosch, era unitario; no obstante, fue uno de los facultativos más respetados y queridos en la época de Rosas, aparte de médico del Restaurador. Leemos en el citado autor:
"El mencionado doctor don Buenaventura Bosch, unitario y hermano de unitarios, fue el médico de Rosas. Y durante largas esperas que debía soportar a su lado (le practicaba sondajes uretrales) conversaban de asuntos políticos, y recibía no pocas bromas respecto a su unitarismo y al de su hermano Gerardo. Y en no pocas de las dificultades que tuvo con los hombres del interior, Rosas le decia:
- ¿Por qué no se van ustedes, los unitarios, con sus ideas, a arreglarme estos asuntitos? ... A ver si vuelven vivos ...
El doctor Bosch fue médico de Rosas, después del norteamericano Franklin Bond, que de médico pasó a cuñado: de la unión con la hermana, nacieron Enriqueta, Franklin y Carolina Bond y Rosas, y al quedar huérfanos de padre y madre, doña Agustina, su abuela, se hizo cargo de ellos.
Del mismo Mariano G. Bosch transcribimos los siguientes recuerdos:
“He dicho que en casa del doctor Ventura Bosch se reunían, habitualmente, distinguidas personas y no pocos médicos. En una de esas reuniones dijo, probablemente, algo que se refería a la asistencia médica que le prestaba al gobernador. Preguntado, entonces, de qué se trataba, que requería tanto tiempo para cada curación, el doctor explicó que de una estrechez uretral, que le obligaba a sondarle y a dejarle la sonda colocada unos minutos.
- "Estos instrumentos eran de tripa y calidad bastante inferior. Largas y flexibles. Y eran peligrosas de manejar.
-“Mientras las dejo colocadas no me puedo mover del lado del enfermo, porque cualquier mal movimiento sería peligroso para su vida, como también lo sería una torpeza de mi mano al colocarlas, Una perforación de la vejiga podía ocasionar la muerte del paciente.
"Esta declaración provocó un silencio solemne. Los oyentes meditaban. De pronto, alguien exclamó:
- ¡Qué gran servicio haría usted al mundo, a la libertad, a nuestro país, doctor ... si un día se le fuera la mano ... y despachara a su paciente al otro mundo! ... Merecería una estatua de la posteridad.
"Mi tío cálló. Meditaba, a su vez.
- "En primer lugar –dijo al rato-, el juramento que prestamos los médicos nos obliga a considerar al enfermo, sea quien fuere, como cosa sagrada. Nos debemos a él, y hasta al sacrificio personal nos obligaría la salvación de su vida.
"Hubo otro silencio. Y más campechanamente añadió:
- "Por otra parte, señores, ustedes están muy equivocados respecto al general Rosas; ¡no lo conocen! Es un cumplido caballero, es un leal amigo, al cual yo aprecio y estimo como se merece y como él a mí".
Los datos que venimos consignando bastan y sobran para mostrar la falta de fundamento de las apreciaciones que, sobre medicina en el período rosista, hace Elíseo Cantón en su “Historia de la Medicina en el Río de la Plata”, y de las repeticiones y coincidencias de quienes le siguieron, en el sentido de que "en esos tiempos sombríos sólo podían residir en Buenos Aires los cerebros poco luminosos o los espíritus resignados a vegetar en las penumbras".
Yo diría que tales juicios podemos considerarlos ofensivos a la memoria, por ejemplo, de un Francisco Javier Muñiz, brillante maestro en la cátedra de Partos e ilustre hombre de ciencia y sabio de proyección internacional; de un Miguel Rivera, famoso cirujano, profesor universitario, discípulo del célebre Guillermo Dupuytren; cirujano mayor del ejército en la campaña del Brasil y el primero que en el país operó un aneurisma, con lo que salvó la vida al joven Félix Pico, y el mismo que operó al general Félix Aldao de una grave dolencia; de José Maria Gómez de Fonseca, una eminencia médica, literato y artista; de José Fuentes Arguibel, profesor de materia médica y maestro de varias generaciones de médicos argentinos; de Martín García, profesor de clínica quirúrgica desde 1841 hasta 1852; de Teodoro Álvarez, también catedrático en la Universidad, desde 1843 hasta Caseros, llamado el "Nélaton Argentino", quien extrajo a Rosas un cálculo vesical; de Francisco de Paula Almeyra (y no Almeida como suele figurar), profesor de clínica y nosografía médica y médico del Hospital General de Hombres, entre 1835 y 1841, conjuez del Tribunal de Medicina y presidente del mismo, cirujano militar y editor de "La Lira Argentina" (París, 1824), fallecido en 1870; de Justo García Valdez, presidente del Tribunal del Protomedicato primero, en 1819, y del Tribunal de Medicina, después; de Diego Alcorta, médico y filósofo, que en una oportunidad atendió de urgencia a Ciriaco Cuitiño; de Santiago Lepper, irlandés afincado en el país, que había sido médico de Napoleón Bonaparte prisionero y que lo fue de Rosas; de Francisco de Solier, Juan Mariano Larsen, Mariano Marenco, Matías Olíden, Manuel Moreno y muchos más.
Iverri ha demostrado el funcionamiento de la cátedra de Partos (inaugurada por el doctor Francisco Javier Muñiz en 1827), en la Universidad de la época rosista, negado por diversos autores sin base documental. En 1832, Ramón Ellauri se graduó con una tesis que versaba sobre "Hidrocele accidental de la túnica vaginal"; en 1834, lo hace Pedro José Otamendi, con su tesis sobre "Cáncer del Útero"; en 1849, Gil José Méndez, el mismo que cayó víctima de la fiebre amarilla en 1871, con una tesis sobre "Diagnóstico del embarazo uterino"; y en 1851 Guillermo Zapiola se gradúa en Medicina, Cirugía y Partos. Por otra parte, el doctor Nicanor Albarellos, quien, según Eliseo Cantón, "transmitía los conocimientos sobre partos", se recibió de médico en 1850.
Este año, justamente, fue nombrado catedrático en dicha materia el doctor Francisco Javier Muñiz, según testimonio de un periódico (El Agente Comercial del Plata), que ha sido reproducido por Jorge Maria
Ramallo: "En el mes de julio de ese mismo año 5 0 dice el diario se nombró catedrático de obstetricia al Dr. Francisco Javier Muñiz; con este motivo se ordenó que los estudiantes de cuarto año de medicina pagasen 75 pesos mensuales; pues los gastos habían aumentado con la incorporación de un nuevo catedrático".
Ivern ha publicado otra información, muy valiosa, referente a este discutido tema de historia de la medicina argentina: “La Gaceta Mercantil”, en su edición del 16 de octubre de 1844, da noticias de que se recibieron de profesores de Partos los doctores Luis Gómez y Venancio Acosta.
El 20 de febrero de 1834, durante el gobierno de Viamonte, y el rectorado del doctor Gari, fue separada Farmacia de Medicina, y designada una comisión para estudiar la forma de llevar a la práctica el funcionamiento de la Facultad de Farmacia. Y hay constancias de que, en 1841, Juan C. Dillon rindió examen teórico y práctico en la Facultad de Farmacia, con unánime aprobación de los médicos del Tribunal, según certificado del profesor Juan José Fontana.
Pedro de Angelis
Con respecto a los médicos y catedráticos que emigraron durante la época de Rosas, su número fue muy reducido. Por razones políticas debieron alejarse de la Facultad de Medicina los doctores Francisco Cosme Argerích, Juan Antonío Fernández y Juan José Montes de Oca. De los tres nombrados, sólo Montes de Oca podía ser considerado una eminencia. Cuando se fue, lo sustituyeron sucesivamente, hasta la caída de Rosas, los doctores Saturnino Pineda, Ireneo Portela y Claudio M. Cuenca.
No obstante las diferencias políticas del régimen rosista con el doctor Montes de Oca, el 16 de enero de 1840, “La Gaceta Mercantil”, vocero de la Federación, publicó un comunicado del ex catedrático, por considerarlo sumamente interesante a la Humanidad y a los encargados de la vacuna". Y diez años después, cuando el emigrado estuvo de regreso al país, el mismo periódico rosista, con fecha 13 de noviembre de 1850, reprodujo íntegramente su memoria sobre la primera epidemia de fiebre amarilla de Río de Janeiro. Lo que tenía su importancia, ciertamente, desde el punto de vista de la salud pública.
El caso del doctor José María Gómez de Fonseca, médico y poeta, que había tratado en Francia a Dupuytren y a Broussais, merece ser destacado. Era miembro del Tribunal de Medicina desde 1833 y Rosas lo destituye en 1835, por no considerarlo hombre de confianza de su gobierno (Fonseca se había opuesto a las facultades extraordinarias). No obstante la cesantía, el Restaurador reconsideró el caso y lo designó en 1836 profesor de Clínica Quirúrgica, cátedra que desempeñó hasta su muerte, ocurrida el 31 de noviembre de 1843.
Andrés Ivern ha investigado otro de los temas que, en la historia de nuestra medicina, ha servido para echar tierra sobre el gobierno de Rosas: el funcionamiento de los hospitales públicos. Aquel autor ha mostrado, hasta en la minucia, la forma en que se mantuvieron abiertos el Hospital de Mujeres y el Hospital de Hombres, mediante el aporte generoso de la población. Las donaciones eran recaudadas por los jueces de paz, comisarios y curas párrocos de cada distrito, y centralizadas por las comisiones administrativas de los dos hospitales.
La comisión administradora del Hospital de Mujeres estuvo compuesta, entre otros, por Juan Carlos Rosado, Remigio González Moreno, Antonio Pairó, Cristóbal Martín de Montúfar, José Fuentes Arguivel y Francisco Beláustegui. La del Hospital de Hombres, por el doctor justo Garcia Valdez, Jaime Lepper, Juan Vivot, Pedro Plomer, Francisco de P. Almeyra, Francisco Mier, Juan José Fontana, Marcelino González, Manuel Murrieta, Félix Constanzó y Francisco del Sar. Garcia Valdez, médico distinguido, presidió en 1842 y 1845 el Tribunal de Medicina.
Prudencio Rosas
Entre los donantes permanentes figuran nombres llamativos: Agustina López Osornio de Rosas, Manuelita Rosas, Pedro de Angelis, Tomás Armstrong, los mazorqueros Ciriaco Cuitiño y Leandro Alen, Juan Décima (un capataz de estancia de Rosas) , el coronel Prudencio Rosas y el Cuartel de Santos Lugares.
Los años 1847 y 1848 fueron de verdaderos sucesos para la historia de la medicina argentina. El primero de ellos tuvo lugar a fines de agosto o principi6s de setiembre de 1847, cuando el médico y dentista norteamericano julio J. Tuksbury aplicó por primera vez éter como anestésico general, en la intervención de un paciente afectado de “estrabismus convergens”, según noticias, que dio el Brifish Packet el 4 de setiembre de dicho año.
Al año siguiente, en 1848, el cirujano inglés John W. Mackenna volvió a aplicar dicha anestesia, el 18 de junio, en una operación que realizó en el Hospital Británico, sito por entonces en la calle Uruguay, entre Viamonte y Córdoba.
También durante el año 1848 se registró otro de los sucesos mencionados: en la calle 25 de Mayo n° 24, de Buenos Aires, los doctores José Gaffarot, Francisco de Paula Almeyra y Buenaventura Bosch trataron "el primer caso de cólera morbus asiático que habían visto” según decir del primero de los nombrados; y por primera vez tomó cuerpo la idea de que dicha enfermedad pudiera ser una pandemia y no sólo un mal endémico del Asia, intransportable. El gobierno de Rosas se hizo eco inmediato del peligro que el morbo comportaba, tomando medidas preventivas y disponiendo una entrega de 10.000 pesos mensuales al hospital público, a partir de diciembre, y de 1.500 también cada mes al colegio de niñas huérfanas. Al año siguiente la ayuda del gobierno al hospital fue aumentada a 15.000 pesos mensuales.
Fuentes:
- Chavez, Fermin. Iconografia de Rosas y de la Federación. edit. Oriente., 1970
- Chavez, Fermín. La cultura en al época de Rosas. Edit. Theoría
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar
Ver temas relacionados:
- Bibliografia y libros didácticos
- La educación en la época de Rosas
- Litrografia en la época de Rosas
- Diplomacia en el Riachuelo
- La cultura en la época de Rosas
- Cenando con el Restaurador
- Dr.Francisco Muñiz
- Musica Federal
Fuente: www.lagazeta.com.ar
La Gazeta Federal en Facebook