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La traición de John Halsted Coe


(01) Antecedentes.
(02) Acuerdo de San Nicolás.
(03) Llamado al servicio de las armas .
(04) Hilario Lagos sitia Buenos Aires .
(05) Juan Halsted Coe.
(06) Primer enfrentamiento de las escuadras.
(07) Se sanciona la Constitución Federal.
(08) La traición de Coe.
(09) Los baúles infernales.

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Antecedentes

Mientras el buque de guerra inglés “Conflict” dejaba atrás aquel verano porteño de 1852 llevando a Juan Manuel de Rosas hacia el largo invierno del destierro, Justo José de Urquiza instalado en la propia casa del Restaurador en Palermo, empezaba a darse cuenta de otro “conflicto”: el que surgía a su alrededor a medida que los unitarios iban desnudando sus intenciones. Solo entonces vio qué entendían los unitarios por reorganización nacional.

La supuesta aristocracia intelectual de los proscriptos –en la cual hacía esfuerzos por sobresalir la arrogante figura del coronel Bartolomé Mitre- cerró la guardia cuando el caudillo entrerriano, al día siguiente de Caseros, designó gobernador provisorio a Vicente López y Planes, un hombre correcto, serio, prestigiado por su autoría del Himno Nacional, que había actuado en el gobierno de don Juan Manuel. El doctor Ramón J. Cárcano, insospechable de “rosismo”, en su obra sobre estos sucesos, ponderaría este nombramiento como una prueba de la preocupación de Urquiza por restablecer la función regular de los organismos de gobierno.

Sin embargo, la “inteligencia” porteña, obcecada por un localismo subestimador del resto del país, no consideró esa designación como favorable a sus intereses. Pero tampoco perdió tiempo y logró ubicar en la cartera de Gobierno a Valentín Alsina, arquetipo del porteño “letrado”, y en connivencia con algunos antiguos rosistas -alianza accidental determinada por coincidencia de intereses- comenzó a hostilizar a Urquiza. El “conflict” estaba entre nosotros.

En una proclama fechada el 21 de febrero, Urquiza condenó “las pasiones mezquinas”, y al analizar a los partidos que actuaron hasta Caseros, expresaba: “Los díscolos se pusieron en choque con el poder de la opinión pública. Hoy asoman la cabeza, y después de tantos desengaños, de tanta sangre, se empeñan en hacerse acreedores al renombre odioso de salvajes unitarios y con inaudita impavidez reclaman la herencia de una revolución que no les pertenece, de una patria cuyo sosiego perturbaron, cuya independencia comprometieron y cuya libertad sacrificaron con su ambición”.

Afloradas las posiciones, el unitarismo trató de malquistar a los habitantes de Buenos Aires contra ese caudillo provinciano de galera con cintilla punzó que “pretendía imponer a la ciudad y a la provincia el arbitrio de su voluntad”. Ese era el argumento para masificar la oposición. En el fondo, Urquiza encarnaba los intereses del litoral, de todo el interior, al aspirar a la capitalización de Buenos Aires y a la nacionalización de la Aduana. De concretarse esas ambiciones, la ciudad-pueblo perdería su tradicional predominio económico y político. Además, para el partido unitario, que consideraba extranjeros a los nacidos en provincias, Urquiza representaba la intromisión del salvajismo en el propio seno de la urbe, en los salones donde se respiraba el dulce veneno del refinamiento ultramarino. Y esa presencia dolía “a la sensibilidad porteña, al menos en los sectores de prominente actuación política y social” (Hipólito Noriega).

El partido de los antiguos proscriptos, que habían utilizado a Urquiza para eliminar a Rosas, creía poder retrotraer la situación a los días rivadavianos, sin importarle la posibilidad de que volviera a desangrarse el país en los odios feroces de una nueva guerra civil. Los federales, en cambio, invocaban el Pacto Federal de 1831 como punto de partida básico para convocar a un congreso que fijara las atribuciones inherentes al Poder Ejecutivo nacional y las de los gobiernos de provincia.


Acuerdo de San Nicolás

A pesar de todos los problemas que se le presentaban, Urquiza logró que los gobernadores firmaran, el 31 de mayo, el famoso Acuerdo de San Nicolás de los Arroyos. La Legislatura de Buenos Aires, dominada por Alsina y Mitre, condenó ese documento, sobre todo porque una de sus cláusulas consideraba a todas las provincias en igualdad de condiciones para elegir los diputados cada una al Congreso General Constituyente que habría de convocarse.

La presión provocó la renuncia de Vicente López y la Sala de Representantes se apresuró a reemplazarlo con su presidente, el general Pinto. Urquiza reaccionó disolviendo la Legislatura para “salvar a la patria de la demagogia, después de haberla salvado de la tiranía”; asumió el poder en la provincia y tras haber nacionalizado las aduanas (22 de agosto) se dedicó a la preparación del Congreso Constituyente. El 4 de setiembre delegó el mando en el general Galán y se trasladó a Santa Fe con aquel fin. Su ausencia fue aprovechada por los unitarios, quienes en la noche del 10 al 11 de setiembre dieron un golpe de estado: designaron a Valentín Alsina gobernador propietario de la provincia y a Mitre, por supuesto, integrante del gabinete.

Vale la pena recordar una de las primeras leyes de Alsina: establecía que “la provincia de Buenos Aires no reconoce ni reconocerá ningún acto de los diputados de Santa Fe como emanados de una autoridad nacional convocada e instalada debidamente”.

En otras palabras: Buenos Aires rompía formalmente con la Confederación y adoptaba el carácter de estado independiente. El sueño de algunos unitarios: la república propia… Enseguida, los separatistas armaron un ejército para invadir Entre Ríos a las órdenes de Hornos y de Madariaga. Levene, admite que “las miras del gobernador Alsina eran las de debilitar el poder de Urquiza y estorbar la reunión del Congreso de Santa Fe”.


Llamado al servicio de las armas

Parece que no resultó tan fácil armar el ejército de Buenos Aires, a pesar de la prédica de su prensa. El 14 de setiembre, Bartolomé Mitre, en su carácter de comandante en jefe de la Guardia Nacional de Buenos Aires, prevenía “a todos los ciudadanos que no hubieren acudido al primer llamamiento, se presenten en el término de veinticuatro horas a la Mayoría de la Guardia Nacional”. Y al día siguiente volvía a dirigirse a los ciudadanos llamados por la ley al servicio de las armas: “Los cobardes que no respondan a este llamamiento merecerían ser marcados con un hierro candente en medio del rostro para conservar eternamente el sello innoble del esclavo…” (Diario “El Nacional”, 15 de setiembre de 1852). Y por si las amenazas no alcanzaban a convencer acerca de la necesidad de apoyar el golpe de estado, la Legislatura digitada acordó, el 16 de setiembre, autorizar al Gobierno para que distribuyera “inmediatamente, en forma de premio, el equivalente de un año de sueldos a todos los jefes, oficiales y tropa que se han pronunciado por la causa legal de la provincia”. Todo fue inútil. Ricardo López Jordán se encargó, en Concepción del Uruguay, de destruir con sus paisanos no solo a las columnas de Hornos y de Madariaga, sino también las ilusiones del unitarismo de impedir el Congreso.


Hilario Lagos sitia Buenos Aires

El 1º de diciembre de ese mismo año 52, el general Hilario Lagos levantó, en Luján, la bandera de la unidad de todos los argentinos. Con el apoyo “del gauchaje federal, de la plebe rosista y de las más distinguidas figuras de Buenos Aires con visión nacional”, comenzó el sitio de Buenos Aires para reincorporarla a la Confederación.

Es de imaginar la confusión y el desconcierto que esta nueva situación debió provocar en la ciudad. Las autoridades surgidas del golpe de estado del 11 de setiembre calificaron a Lagos y a sus jefes de “cabecillas de un motín” y establecieron, entre otras cosas, que “los empleados públicos que no estuviesen enrolados en la Guardia Nacional quedan separados de sus empleos, sin perjuicio de sufrir las demás penas establecidas”. Había que reclutar gente para defender“el comercio y la libertad de esta joya del Atlántico”. Y para estimular el comportamiento de los jóvenes de la sociedad porteña en las filas de la Guardia Nacional, “El Nacional” del 19 de enero de 1853 publicó un supuesto boletín de un soldado bonaerense que se decía enrolado en el ejército de la campaña que iba a avanzar sobre el cerco de Lagos. Creemos que se trata de una composición de Hilario Ascasubi, hecha de encargo para ensalzar el valor de los porteños “leidos” metidos a soldados. Dice así:

Boletín
de Rufo Carmona
En el Ejército del Sud
Señora Doña Belén Rocamora
Campamento General en el paso del Venao.
A trece del mes de Enero del año que ha principiao.

Querida esposa:
Por Pedro Pablo Galú,
y por tu carta también,
ayer supe, mi Belén,
que andás guapa en la ciudá
y en teniendo vos salú
y yo sable y tercerola,
dejá que corra la bola,
que lo que ha de ser será.
Ahora, tocante a tu apuro
porque vamos de una vez,
conozco que no debés
tener un subsidio tal.
Porque el pueblo esta siguro.
sigún dice Pedro Pablo,
no le recula al diablo
esa Guardia Nacional.
¡La gran pu… nta en la mozada
que ha salido de mi flor!
Con toda el agua de olor
que usaba y tanta golilla,
¡Barajo!, en esta patriada
caliente se ha destapao
y tiro a tiro ha mostrao
lo que vale un cajetilla.

Tu esposo
Rufo Carmona


Juan Halsted Coe

Mientras el Congreso General Constituyente sesionaba, Urquiza no deseaba forzar, militarmente, la situación en Buenos Aires. Lagos mantenía el sitio por tierra y una escuadra, enviada por aquél, y al mando del coronel norteamericano John Halsted Coe, vigilaba la ciudad desde la llanura cobriza del río.

¿Quién era Coe? Un típico mercenario, capaz de poner su aptitud técnica al servicio de quien mejor le pagara. Su vinculación con estas provincias databa de la época de la guerra contra Brasil. Nacido en Springfield, Estados Unidos, en 1806, Coe había ofrecido sus servicios a Brown cuando éste se encontraba empeñado en formar una escuadra que pudiera contrarrestar, siquiera en parte, el bloqueo impuesto a nuestras costas por la armada imperial brasileña. Al mando de la “Sarandí”, el capitán Coe logró desempeñarse algo más que discretamente; tanto que el almirante Brown le confió posteriormente el mando de una fuerza que debía hostilizar el tráfico de las costas del Brasil.

En sus “Memorias”, el bravo irlandés reconoce que fue criticado por otorgar esa responsabilidad a un recién llegado como Coe. Más tarde, el marino yanqui aprovechó las alternativas de la guerra civil para servir en uno u otro bando, de acuerdo con sus conveniencias. En 1835 Rosas lo separó de todo mando militar y entonces Coe se dirigió a la Banda Oriental, donde Fructuoso Rivera lo empleó como jefe de su escuadra. En 1841 volvió al servicio de Rosas, pero en los últimos años de éste ya Coe no tenía mando efectivo alguno. Había tenido la suerte –o la habilidad- de entroncar por casamiento con una de las principales familias de Buenos Aires, los Balcarce, lo que le permitió vinculaciones sociales que favorecieron siempre sus diversas transiciones.

Cuando Urquiza comprendió que la derrota de Buenos Aires radicaba en la efectividad que se pudiera dar al bloqueo de la ciudad, designó a Coe jefe de la escuadra confederada. El yanqui era experto y podía hacer bien su papel.

La prensa porteña machacaba insistentemente sobre la necesidad de robustecer la defensa de la ciudad. Logró que algunas colectividades extranjeras –italianos y españoles- constituyeran cuerpos militares, denominados Legiones. Pero sostenía que “…los recursos que se han tocado con referencia a la Escuadra Nacional no están en proporción con lo que ha debido hacerse…. ¡Qué importa el sacrificio de algunos millones empleados en la compra de vapores!... La dominación del río importa el triunfo completo sobre el enemigo” (“El Nacional”, 18 de abril). Recordemos esta afirmación sobre la importancia que los unitarios daban a la necesidad de liberarse del bloqueo de la escuadra comandada por Coe.


Primer enfrentamiento de las escuadras

El primer encuentro serio de los buques de la Confederación con los capitaneados por Florencio Zurowsky, jefe de las naves porteñas, cerca de Martín García, fue desalentador para Buenos Aires. Los buques confederados mejor equipados eran el “Correo”, el “Enigma”, “Fama” y “Maipú”. Entre los locales estaba el “Buenos Aires”, a quien hacía poco le habían cambiado su nombre original: “Manuelita”.

Al contestar el informe que Zurowsky le envió sobre el combate naval, el general Paz, jefe por entonces de todas las fuerzas porteñas, expresaba en una nota fechada el 24 de abril: “El Gobierno ha visto con pesar que el éxito no ha correspondido a nuestros marinos, pero le queda la satisfacción como debe quedarle a V.S. y a los valientes que tiene a sus órdenes, que el honor de nuestra bandera ha quedado sin mancha y el de nuestras armas bien puesto”. Y agregaba este párrafo: “El (honor) no será empañado por la traición y cobardía de unos pocos, que prefiriendo un puñado de oro a nobles aspiraciones de un guerrero, renuncian para siempre a la verdadera gloria para arrastrarse durante toda su vida con deshonor e ignominia…” (“El Nacional”, 25 de abril de 1853).

Ya formalmente declarado el bloqueo de Buenos Aires por parte de la escuadra de Urquiza, el 17 de mayo la Sala de Representantes comunicó al Poder Ejecutivo provincial que había sancionado con fuerza de ley que “…la Casa de Moneda emitirá a la circulación y entregará al Gobierno para los gastos de la administración pública diez millones de pesos moneda corriente de cuya inversión el Gobierno pasará cuenta en su oportunidad; se autoriza al Gobierno para tomar de la Caja de Crédito Público dos millones de pesos, que existen en letras de receptoría, pertenecientes al fondo amortizante….”, etc. Curiosa generosidad...


Se sanciona la Constitución Federal

Ya se había sancionado en Santa Fe la Constitución Nacional y el 25 de ese mes de mayo Urquiza decretó que se tuviera por ley fundamental “en todo el territorio de la Confederación Argentina la Constitución Federal sancionada por el Congreso Constituyente el día primero del presente mes de mayo”. La prudencia aconsejada por el Congreso había obligado a Lagos a mantenerse relativamente inactivo para posibilitar un entendimiento pacífico con Buenos Aires, a fin de que éste ingresara en la órbita de la Confederación.


La traición

Empero, el 18 de junio el paylevot “Rayo” y un bergantín de la escuadra confederada se pasan a Buenos Aires. Y dos días más tarde el resto de los buques, con Coe a la cabeza, entran al puerto abandonando la causa de la Confederación. ¿Qué había ocurrido? ¿Es que John Halsted Coe había abrazado la causa porteña? Suponerlo sería hacerle demasiado honor. En realidad, el mercenario había aceptado el ofrecimiento formulado por el gobierno de la ciudad, equivalente a dos millones de pesos, curiosamente la misma cantidad votada días antes por la Legislatura porteña. Su antigua vocación de corsario había aflorado ante la seducción del oro. ¿Y quién dispuso que se le hiciera llegar a Coe el dinero de la traición? Pues nada menos que el general José María Paz, el mismo que había encarecido poco antes la gloria de quienes no traicionan “por un puñado de oro las nobles aspiraciones de guerrero...”.

Este hecho, “uno de los más viles que registra la historia política y militar argentina” (José L. Busaniche), fue consumado casi públicamente.

Con los dos millones de pesos papel emitidos por el gobierno de Buenos Aires, un emisario porteño viajó a Montevideo para comprar las onzas de oro exigidas por Coe para ejecutar su traición. El mercenario no quería dinero en papel sino en sonoras y contantes onzas…. “El negocio se redondeó por la suma de cinco mil onzas de oro. El día 20 de junio Coe envió en el “Enigma” al comandante Turner para comunicarle al gobierno de la plaza que ponía a sus órdenes toda la escuadra, como en efecto la puso, entrando a balizas interiores los vapores “Correo”, “Merced” y “Constitución” y los barcos de vela “Maipú” y “Once de Setiembre”. Multitud de funcionarios públicos y grandes grupos de curiosos presenciaron esta victoria del dinero sobre el frágil decoro de los oficiales extranjeros, mientras que los jefes inmediatos de esos barcos, señores Mariano, Bartolomé y José María Cordero, Augusto Laserre, Santiago Maurice y otros, después de inútil resistencia, hacían uso de sus armas para defender sus vidas y alejarse de esos barcos donde habían combatido con honor...” (Adolfo Saldías).

Los marinos argentinos que servían a la Confederación se alejaron con repugnancia de ese sucio negociado, que ignoraron hasta que su beneficiario lo llevó a cabo. Ellos salvaron el honor de la incipiente armada nacional, mientras Coe, al día siguiente de haber entregado los buques que le confiara Urquiza, pasaba a la corbeta norteamericana “Jamestown” –con un pesado y valioso equipaje, indudablemente-, que lo trasladaría a su país natal.


Los baúles infernales

Días antes, había ocurrido un extraño episodio. El 7 de junio Coe había recibido en el buque insignia dos baúles, de común apariencia, acompañados por una carta firmada por Bernardo G. Balcarce, su cuñado. Pero dichos baúles contenían pólvora y un mecanismo de mechas fosfóricas: en una palabra, se trataba de una “máquina infernal” que no explotó por pura casualidad…. Al informar de este hecho a Urquiza el marino yanqui aseguraba que de haber funcionado el aparato “no sólo habría volado el buque “Correo” con todo cuanto tiene y su tripulación, sino que igual suerte habrían tenido todos los buques que están cercanos”.

¿Quién envió a Coe la máquina infernal días antes de su traición? Balcarce negó terminantemente haber firmado la carta que acompañaba el peligroso presente: “V. sabe, estimado pariente, –le escribía en una carta que el 26 de junio hizo pública “El Nacional”- a quién fue confiada la misión de entenderse con V. sobre la devolución de nuestra escuadra. Yo estaba en los pormenores de todo y también de la decisión de V. de ponerse a las órdenes del Gobierno con toda ella. Esta firme resolución de V. data desde más de un mes a esta parte…” .

Por consiguiente, Balcarce nada tuvo que ver con los baúles explosivos. ¿Quién entonces? La prensa porteña acusó a Urquiza de haber sido el autor de la maquinación para deshacerse de Coe, de quien ya desconfiaría. Pero ¿no hubiera sido mucho más sencillo y seguro para Urquiza, si ya no confiaba en su almirante, destituirlo, hacerlo detener o mandarlo llamar, sin necesidad de apelar a un recurso tan rocambolesco como el de la caja explosiva?

Nos inclinamos a creer que este episodio fue un invento del propio Coe para justificar una traición que, según acredita la carta de su pariente, llevaba ya un mes de tramitaciones. Aunque tampoco sería caviloso pensar que algunos nada escrupulosos defensores de Buenos Aires pudieron haber recurrido a ese extremo para terminar con un bloqueo que ya resultaba asfixiante. Ya lo había dicho por medio de su prensa: “La dominación del río importa el triunfo completo sobre el enemigo…” Al fin de cuentas, el crimen político era para algunos porteños un recurso de guerra perfectamente legítimo: ¿el hijo de Valentín Alsina no se había juramentado para asesinar a Urquiza en la logia Juan-Juan? ¿No eran estos mismos viejos unitarios, dueños ahora del poder porteño, los que diez años antes, en Montevideo, habían aplaudido a Rivera Indarte al mandar éste una máquina infernal a Rosas, que tampoco estalló? ¿No aprobarían en 1856 la inicua matanza de Villamayor? ¿O el asesinato de Virasoro en San Juan? ¿Y el del Chacho en La Rioja, en 1863?.

Pasiones al rojo vivo, excesos de una época y de unos hechos que el país vería llegar, después, tantas veces, con otros nombres... Pero este oscuro asunto de los baúles infernales, recibidos o no por Coe, nos interesa porque dio motivo a una orden del día, fechada el 15 de junio por Urquiza, que resulta casi cómica:

“Un nuevo crimen, alevoso y atroz, ha sido cometido por nuestros enemigos. Pero abortado como todos los que han perpetrado para vencernos, solo ha servido para poner en su frente el sello de la infamia. En sus innobles y torpes intrigas, como en los campos de batalla, no encuentran sino derrotas y vergüenza. Lograron poner a bordo de nuestra Escuadra una máquina infernal, destinada a hacer volar los buques nacionales, y matar alevosamente a los valientes marinos, a quienes no han podido ni corromper ni vencer….”. Cinco días más tarde, el mercenario entregaba su flota a Buenos Aires…. Urquiza había vuelto a equivocarse. Desgraciadamente para su país, ésa no era la primera vez. Ni sería la última...

Años más tarde, en 1864, John Halsted Coe moría oscuramente en Buenos Aires. Mitre ya era presidente y el nombre del traidor constituía solamente un recuerdo, tal vez un poco molesto, que no convenía refrescar.

Fuentes:

• Barroca, Jorge – La traición se llamaba Coe.
• Levene, Ricardo – Nociones de Historia Argentina.
• Oscar J. Planell Zanone / Oscar A. Turone – Patricios de Vuelta de Obligado.
• Saldías, Adolfo – Un siglo de instituciones.
• Todo es Historia – Año I, Nº 4, Agosto 1967.

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Fuente: www.lagazeta.com.ar



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