Home
Inicio


SAN MARTÍN Y BOLÍVAR: UN DESENCUENTRO MEMORABLE


Grl.San Martin

( Escuchar la marcha Gran Capitán de los Andes )

Estando San Martín en el Perú, hace un balance de su situación, y se encuentra con un ejército disminuido por las enfermedades y los españoles se hacían fuertes en la selva y en la sierra. Se necesitaban los auxilios del Libertador del Norte Simón Bolívar, pues contaba con un ejército más entero. Además, San Martín le había prestado muchos de sus hombres a Bolívar para que éste triunfara en Riobamba, Pichincha y Bombona por la libertad de Quito. San Martín meditaba seriamente pedirle a Bolívar una justa retribución a su cooperación. En 1821, ambos libertadores se encuentran en Guayaquil. San Martín tenía dos propósitos: resolver la anexión o no de Guayaquil al Perú, y pedir ayuda para la pronta terminación de la guerra. El primer propósito se encontró burlado, pues Bolívar llega primero a Guayaquil y le da la bienvenida a San Martín en “suelo colombiano”, según sus textuales palabras. Para resumir lo hablado en Guayaquil, voy a transcribir tres cartas esclarecedoras: La primera es dirigida por San Martín a Bolívar:

Lima, 29 de agosto de 1821.

“Excmo. señor Libertador de Colombia, Simón Bolívar.

Querido general:

Dije a usted en mi última del 23 del corriente que habiendo reasumido el mando Supremo de esta república, con el fin de separar de él al débil e inepto Torre-Tagle las atenciones que me rodeaban en el momento no me permitían escribirle con la atención que deseaba; ahora al verificarlo no sólo lo haré con la franqueza de mi carácter sino con la que exigen los altos intereses de la América.

Los resultados de nuestra entrevista no han sido los que me prometía para la pronta terminación de la guerra. Desgraciadamente yo estoy íntimamente convencido o que no ha creído sincero mi ofrecimiento de servir bajo sus órdenes, con las fuerzas de mi mando, o que mi persona le es embarazosa.

Las razones que usted me expuso de que su delicadeza no le permitiría jamás mandarme, y que aun en el caso de que esta dificultad pudiese ser vencida estaba seguro que el Congreso de Colombia no autorizaría su separación del territorio de la república, permítame general, le diga no me han parecido plausibles. La primera se refuta por sí misma. En cuanto a la seguida estoy muy persuadido la menor manifestación suya al Congreso sería acogida con unánime aprobación cuando se trata de finalizar la lucha en que estamos empeñados con la cooperación de usted y la del ejército de su mando y que el honor de ponerle término refluirá tanto sobre usted como sobre la república que preside.

No se haga usted ilusiones, general. Las noticias que tiene de las fuerzas realistas son equivocadas: ellas montan en el Alto y Bajo Perú a más de 19.000 veteranos, que pueden reunirse en el espacio de dos meses.

El ejército patriota, diezmado por las enfermedades, no podrá poner en línea de batalla sino 8.500 hombres, y de éstos una gran parte reclutas. La división del general Santa Cruz cuyas bajas según me escribe este general no han sido reemplazadas a pesar de sus reclamaciones en su dilatada marcha por tierra, debe experimentar una pérdida considerable, y nada podrá emprender en la presente campaña. La división de 1.400 colombianos que usted envía será necesaria para mantener la guarnición del Callao y el orden en Lima.

Por consiguiente, sin el apoyo del ejército de su mando, la operación que se prepara por Puertos Intermedios no podrá conseguir las ventajas que debían esperarse, si fuerzas poderosas no llaman en la atención del enemigo por otra parte y así la lucha se prolongará por un tiempo indefinido. Digo indefinido porque estoy íntimamente convencido que sean cuales fueren las vicisitudes de la presente guerra, la independencia de la América es irrevocable; pero también lo estoy de que su prolongación causará la ruina de sus pueblos, y es un deber sagrado para los hombres a quienes están confiados sus destinos, evitar la continuación de tamaños males.

En fin, general; mi partido está irrevocablemente tomado. Para el 20 del mes entrante he convocado el primer congreso del Perú y al día siguiente de su instalación me embarcaré para Chile convencido de que mi presencia es el solo obstáculo que le impide a usted venir al Perú con el ejército de su mando.

Para mí hubiese sido el colmo de la felicidad terminar la guerra de la independencia bajo las órdenes de un general a quien América debe su libertad. El destino lo dispone de otro modo y es preciso conformarse.

No dudando que después de mi salida del Perú el gobierno que se establezca reclamará la activa cooperación de Colombia y que usted no podrá negarse a tan justa exigencia, remitiré a usted una nota de todos los jefes cuya conducta militar y privada pueda ser a usted de alguna utilidad su conocimiento.

El general Arenales quedará encargado del mando de las fuerzas argentinas. Su honradez, coraje y conocimiento, estoy seguro lo harán acreedor a que usted le dispense toda consideración.

Nada diré a usted sobre la reunión de Guayaquil a la república de Colombia. Permítame, general, que le diga que creí no era a nosotros a quienes correspondía decidir este importante asunto. Concluida la guerra los gobiernos respectivos lo hubieran transado sin los inconvenientes que en el día pueden resultar a los intereses de los nuevos estados de Sud América.

He hablado a usted, general, con franqueza, pero los sentimientos que expresa esta carta quedarán sepultados en el más profundo silencio; si llegasen a traslucirse, los enemigos de nuestra libertad podrían prevalecerse para perjudicarla, y los intrigantes y ambiciosos para soplar la discordia.

Con el comandante Delgado, dador de ésta, remito a usted una escopeta y un par de pistolas juntamente con el caballo de paso que le ofrecí en Guayaquil. Admita usted, general, esta memoria del primero de sus admiradores.

Con estos sentimientos y con los de desearle únicamente sea usted quien tenga la gloria de terminar la guerra de la independencia de la América del Sud, se repite su afectísimo servidor.”

José de San Martín


La segunda carta es dirigida muchos años después por San Martín al Presidente del Perú Mariscal Ramón Castilla y expresa lo siguiente:

“Boulogne-sur-Mer, 11 de setiembre de 1848.

Yo hubiera tenido la más completa satisfacción habiéndole puesto fin con la terminación de la guerra de la independencia en el Perú, pero mi entrevista en Guayaquil con el general Bolívar me convenció (no obstante sus protestas) que el solo obstáculo de su venida al Perú con el ejército de su mando no era otro que la presencia del general San Martín, a pesar de la sinceridad con que le ofrecí ponerme bajo sus órdenes con todas las fuerzas que yo disponía. Si algún servicio tiene que agradecerme la América, es el de mi retirada de Lima, paso que no sólo comprometía mi honor y reputación, sino que me era tanto más sensible cuanto que conocía que con las fuerzas reunidas de Colombia, la guerra de la independencia hubiera terminado en todo el año 23. Pero este honroso sacrificio, y el no pequeño de tener que guardar un silencio absoluto (tan necesario en aquellas circunstancias) de los motivos que me obligaron a dar ese paso, son esfuerzos que Ud. podrá calcular y que no está al alcance de todos poderlos apreciar.”


La tercera carta se la manda San Martín al Gral Miller:

“En cuanto a mi viaje a Guayaquil, él no tuvo otro objeto que el de reclamar del General Bolívar los auxilios que pudiera prestar para terminar la guerra del Perú: auxilio que una justa retribución (prescindiendo de los intereses generales de América) lo exigía por los que el Perú tan generosamente había prestado para libertar el territorio de Colombia. Mi confianza en el buen resultado estaba tanto más fundada, cuanto el ejército de Colombia después de la batalla de Pichincha se había aumentado con los prisioneros y contaba con más de 9.600 bayonetas; pero mis esperanzas fueron burladas al ver que en mi primera conferencia con el Libertador me declaró que haciendo todos los esfuerzos posibles, solo podría desprenderse de tres batallones con la fuerza de 1.070 plazas. (Nota del autor: en realidad 1.700 plazas). Estos auxilios no me parecieron suficientes para terminar la guerra, pues estaba convencido de que el buen éxito de ella no podía esperarse sin la activa y eficaz cooperación de todas las fuerzas de Colombia.

Así es que mi resolución fue tomada en el acto creyendo de mi deber hacer el último sacrificio en beneficio de la patria. Al siguiente día, en presencia del vicealmirante Blanco, dije al libertador Bolívar que, habiendo convocado al Congreso del Perú para el próximo mes, el día de su instalación sería el último de mi permanencia en el Perú añadiendo: “Ahora le queda a usted, General, un nuevo campo de gloria en el que va usted a poner el último sello de la libertad de la América.” “Yo autorizo y ruego a usted, escriba al general Blanco a fin de ratificar este hecho.” “A las dos de la mañana siguiente me embarqué, habiéndome acompañado Bolívar hasta el bote, y entregándome su retrato con una memoria de lo sincero de su amistad. Mi estada en Guayaquil no más que de cuarenta horas, tiempo suficiente para el objeto que llevaba”.


Con estas tres cartas queda absolutamente claro porqué San Martín renuncia al Protectorado del Perú y retorna a la Argentina para exiliarse en Europa. Bolívar tardaría mucho tiempo en entrar al Perú, prolongando la guerra; situación que San Martín quiso por todos los medios evitar.

Un hombre político no sólo debe ser hábil para lograr sus planes, si no que también debe ser hábil para retirarse si sus fines no se logran. San Martín fue lo suficientemente inteligente para irse de la escena americana, pues observó que Bolívar era un ambicioso que quería la gloria para sí mismo y que pretendía gobernar las tierras liberadas, y era tan vanidoso que a una nación la llamó por su nombre: Bolivia. En cambio, San Martín era partidario que las naciones liberadas autodeterminaran su gobierno, pues de lo contrario, reinaría la anarquía como sucedió después. Años después del retiro de San Martín, Bolívar tuvo que abandonar el Perú al ser asesinado Sucre y ante el intento fallido de matarlo también a él, quien salvó su vida gracias a su amada Manuela Sáenz. Bolívar fue dictador y gestionó la venida de un príncipe europeo. Luego hubo una rebelión contra él en Caracas, y se fugó para morir sólo en Santa Marta. Todo esto, San Martín lo había vaticinado: en 1827, le escribe al Gral. Miller: “El hombre(Bolívar) marcha a largos pasos hacia el precipicio”.

Desde Bruselas, le escribe a Bolívar:

“Deje que los pueblos libres de América se den el gobierno que más convenga a su estructura política y retorne V.E a la vida privada con la inmensa satisfacción de haber sido el Libertador de todo un continente, padre y protector de la democracia americana. No acepte V.E el influjo de pasiones personales y retire del camino trazado por vuestro glorioso destino los obstáculos que la maldad humana os presenta para transformaros de glorioso Libertador que sois en odiado dictador. Si tal no lo hiciereis, la libertad de América vivirá horas de verdadero peligro y tragedia, pues los pueblos no aceptarían el someterse a la voluntad de un hombre, a quien ellos consideran el abanderado de las libertades ciudadanas. Mi General y Amigo: siga mi ejemplo y mi leal consejo, para que se haga acreedor al respeto de todos los americanos y al juzgamiento de la historia y así, ante nuestro deber cumplido, esperemos serenos los designios de Dios”.

Bolívar tuvo que reconocer varias veces su equivocación y la acertada visión de San Martín en varias cartas. Aquí transcribo algunos párrafos interesantes de varias misivas: Bolívar cuenta a Santander la posibilidad de irse fuera del país, y dice: “Lo que lograré ciertamente, o sigo el ejemplo de San Martín.” (Pativilca, 7 de enero de 1824). Está tentado a renunciar al mando por el horrible peligro de las disensiones civiles. Le escribe al presidente del Congreso, diciendo: “No ha mucho tiempo que el Protector del Perú me ha dado un terrible ejemplo, y sería grande mi dolor si tuviese que imitarle.” (Pativilca, 9 de enero de 1824). Y para demostrar que la ida de San Martín del continente fue un movimiento de ajedrecista genial, nada mejor que las palabras del mismo Bolívar: “Hay que tener en cuenta que el genio de San Martín nos hace falta y sólo ahora comprendo el porqué cedió el paso para no entorpecer la libertad que con tanto sacrificio había conseguido para tres pueblos.” (Bolívar a Sucre, Cuartel General de Chancay, 7 de noviembre de 1824).

(Por Alejandro Fabián Fensore)

Fuentes:

- Capdevila, Arturo. “El pensamiento vivo de San Martín”. Losada (1982).
- Capdevila, Arturo. “El hombre de Guayaquil”.Colección Austral. Espasa Calpe. (1950)
- Cuccorese, Horacio Juan. “Lo esencial de la entrevista de Guayaquil”.Web Inst.Nacional Sanmartiniano.
- Diccionario Enciclopédico Básico Espasa Calpe. (12 tomos). (1982).
- Fernández, Belisario y Castagnino Eduardo Hugo. “Guión Sanmartiniano”. Ediciones Lopez Negri. (1950).
- Grandes Personajes-Colección.”José de San Martín”. Editorial Labor-España. (1991).
- Instituto Nacional Sanmartiniano. “San Martín en la historia y en el bronce”.(1978).
- Luna, Félix y colab. “500 años de historia argentina”.Revista Siete Dias.Tomos 1 y 12.Ed.Abril (1988).
- Medrano, Samuel. “El Libertador José de San Martín”. Colección Austral. Espasa Calpe. (1950).
- Mitre, Bartolomé. “Historia de San Martín y de la Emancipación Sudamericana. Losada. (1950).
- Petriella, Dionisio. “José de San Martín”. Academia Nacional de la Historia. (1974).
- Rojas, Ricardo. “El Santo de la Espada”. Losada. (1940).

Artículos relacionados:

- Campaña Libertadora
- El Libertador San Martin
- San Martin y Rosas
- San Martín y Rivadavia
- San Martín y los caudillos federales
- San Martín y los indios
- Biografía de Juan Bautista Bustos

Fuente: www.lagazeta.com.ar



Home