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BATALLA DE LA CIUDADELA - 22 de junio de 1829
                          


Facundo Quiroga - Obra de Teodoro Bourse

(01) Momentos previos
(02) Batalla de La Ciudadela
(03) La nobleza de Facundo
(04) Fuentes
(05) Artículos Relacionados


Momentos previos

Falto de buenos caballos, el ejército unitario marcha dificultosamente hacia Tucumán, mientras Quiroga, con sus hombres bien montados, puede observarlo detenidamente. Y Lamadrid sabe que lo observa, que lo espía. Pero, ¿cómo evitarlo?

Manda cuanto chasque le es posible demandando de López la remisión de caballos; insiste mediante el envío de sus ayudantes. Mas todo es inútil. Le escribe una y otra vez, "apurándolo que me mandase encontrar con caballos, pues iba ya con muchos hombres enancados y tiroteándome continuamente con el ejército enemigo, así de día como de noche, desde Portezuelo. Quiroga tuvo sobrado tiempo de reconocer toda mi fuerza".

Al llegar a las proximidades del Pueblo Viejo, por donde corre el río del mismo nombre, la vanguardia de Quiroga arremete para probar la capacidad de resistencia de Lamadrid. Este lo enfrenta y los hombres del caudillo riojano retroceden, sin comprometerse.

Se observan condiciones muy distintas entre estos enemigos que se encaminan rumbo a un encuentro que debe ser decisivo. En el campo de Quiroga la autoridad de éste es absoluta; la unidad del mando es total y las operaciones no pueden ser entorpecidas por interferencias. En el campo unitario ocurre todo lo contrario: hay un comandante en jefe que es el general Alvarado, ausente del lugar de los hechos; un comandante de división, el coronel López, interesado en obstruir los éxitos del general Lamadrid, que es el único que opera sobre el enemigo. Alvarado sólo piensa en reclutar algunos miles de salteños, que jamás han de llegar al campo de batalla; López permanece en Tucumán, indeciso, dejando que los acontecimientos lo superen, antes que prestarle colaboración a Lamadrid. Este exige de López el envío de caballos, y de Alvarado que lo autorice para proceder de acuerdo con lo que reclaman las circunstancias. Todo imposible. Todo inútil. Lamadrid tiene que replegarse en medio de las constantes guerrillas con un enemigo bien organizado, con tropas frescas, porque últimamente no han sido empleadas en ningún combate.

Al jefe unitario en operaciones no le queda más recurso que retroceder, tomando disposiciones para la batalla que se aproxima. En un determinado momento, cuando el grueso de las tropas de Quiroga se aproxima a Monteros, tiene la oportunidad de cargarla por uno de los flancos y sembrar el desconcierto entre ellas. Pero la orden de Alvarado está siempre frente a él, en estado latente: "Retírese sin comprometer acción alguna, porque el cuerpo de 3.000 salteños está listo para incorporarse".

Lamadrid se desespera. ¿Cómo es posible que un general, situado a centenares de kilómetros del lugar en que se movilizan dos ejércitos enemigos, haya elegido con semanas de anticipación el campo donde ha de librarse la batalla? ¿Y si el enemigo cambia de dirección? ¿Y si las circunstancias hacen indispensable el choque en otro sitio?

Sometido a órdenes tan terminantes, Lamadrid tiene que permanecer impasible mientras Quiroga llega a Pueblo Viejo y cruza el río de este nombre al frente de 1.500 infantes y 1.200 jinetes. Después de esto aún tiene que emprender la retirada con el enemigo a la vista. Pero el coronel López, que al fin se le incorpora, quiere proceder entonces por su cuenta, al llegar al monte de los Laureles. Se queda a retaguardia con una fuerte partida, y al ir a cruzar uno de los arroyos situados cerca del Famaillá lo sorprende el enemigo dispersándole la gente que sólo puede comenzar a reencontrarse muchas horas más tarde.

Lamadrid toma disposiciones para la batalla que se acerca, pero poco puede hacer frente a la anarquía de las fuerzas con que ha de librar el encuentro: "El 4 de noviembre de 1831 amanecía, sin que se me hubiese reunido el coronel Castro, con más de mil hombres cuando menos, que debían seguirle y que le seguían en efecto. Pero Quiroga y su ejército se avistaban por el Rincón de Ugarte, tiroteándose ya con mis partidas avanzadas y sin que apareciesen todavía los batallones de Burruyacú, La Ramada y Trancas, que son dos curatos de bastante población".

Poco antes de que se formalice la batalla, cuando tiene sus tropas formadas, se le aproxima al general Lamadrid el coronel Balmaceda y le dice:

- Vengo a pedir a V. E. respetuosamente y en presencia del ejército, me haga la gracia de destinarme con mi escuadrón para dar la primera carga al enemigo en la batalla que vamos a librar, cuando V. E. lo tenga por conveniente.

Lamadrid, siempre fácil de convencer con gestos de tal naturaleza, le responde:

- Está concedida su petición, valiente coronel, y estoy seguro de que no necesitaremos de más carga que la suya para llevar por delante a esos miserables. - Se vuelve después hacia el general Pedernera y agrega:

- "Déle usted su escuadrón al coronel, y venga a situarse a mi lado para destinarlo a la primera carga, cuando llegue el caso".

Es el propio general Pedernera quien pone el primer inconveniente en vísperas del combate.

- Si me quita el señor general el jefe y el escuadrón de mayor confianza, no hace otra cosa que comprometerme.

Lamadrid pide entonces al coronel López que le entregue al coronel Acha, otro de los grandes jefes de caballería, pero el coronel López pone la misma excusa que Pedernera. Entre tanto, a corta distancia de ellos, Quiroga espera con su ejército metido en un puño, sin que nadie le discuta una orden, sin que nadie intente variar sus determinaciones.


La batalla de la Ciudadela

Gral.Gregorio A. de Lamadrid.    

Gral.Lamadrid

A pesar de todos los inconvenientes, cuando se aproxima la hora de la acción, con el ejército de Quiroga colocado fuera del alcance de su artillería, Lamadrid logra estabilizar su línea de batalla. En este momento, Facundo, con una resolución que no podría suponérsele a un hombre que se encuentra enfermo como él, manda que dos de sus escuadrones se adelanten hacia los flancos del ejército de Lamadrid, quien deja que la caballería enemiga se aproxime hasta encontrarse a tiro de cañón. Manda hacer fuego sobre ella, la desorganiza y le ordena al general Pedernera que cargue, a cuyo efecto suspende el fuego de la artillería.

Lamadrid, rodeado por sus ayudantes, espera el resultado de la carga de Pedernera, quien en el acto se pone en marcha. De pronto, antes de chocar con los escuadrones enemigos, Pedernera manda que los suyos hagan alto. Ante aquella maniobra inesperada, improcedente, impropia de un jefe militar que ha recibido órdenes de cargar al enemigo, Lamadrid le dice a uno de sus ayudantes:

- Corra usted y dígale al coronel Balmaceda que ahora es tiempo de que cargue precipitadamente con la reserva y se lleve por delante aquel escuadrón, porque ese "alto" de Pedernera me indica que huye enseguida.

En este momento, cuando la caballería de Balmaceda ya va a la carga, Facundo descubre una nueva oportunidad y manda que sus infantes hagan fuego contra la caballería de Pedernera, que se ha parado frente a sus escuadrones. Esta es la señal del desastre unitario, porque las avanzadas de Pedernera vuelven caras y tras ellas lo hace el resto, poniéndose en precipitada fuga. La última esperanza de Lamadrid es el valiente Balmaceda, coronel graduado que ha dado prueba de su valentía en cien batallas. Mas he aquí que también las tropas de Balmaceda ceden y vuelven caras, huyendo a campo traviesa, con él a la cabeza.

En el otro campo, Facundo empieza a comprender que tiene la mejor parte de la contienda ganada. En éste, Lamadrid sabe que empieza la lucha llevando la peor parte. Se desconcierta primero, se desespera después y vacila sin saber qué hacer:

"Mi primer ímpetu fue correr al alcance de Pedernera, derribarle de un pistoletazo, así a él como a Balmaceda y contener la tropa".

Arranques dignos del temperamento de Lamadrid, pero inapropiados a las circunstancias, como él mismo lo comprende:

"Mas reflexioné enseguida que algún tiempo necesitaría para esta operación y volver con la fuerza, y que la infantería, que se veía abandonada por toda la caballería, no podría menos que desalentarse, si faltaba también su general".

Ahora la actitud de Lamadrid es épica. Manda que formen sus infantes, deja cincuenta de ellos al cuidado de las piezas de artillería, dispone que las bandas de música encabecen la formación, la precede él mismo, acompañado por el coronel Videla, y marcha en columnas desplegadas contra un enemigo atónito, que retrocede y se desbanda tan pronto como la infantería unitaria, integrada por veteranos de Ituzaingó, inicia sus descargas.

Pero está visto que éste es un mal día para Lamadrid, pues al notar que su frente se derrumba, los jinetes de Facundo que persiguen a los de Pedernera y Balmaceda dan vuelta, cargan sobre la infantería unitaria por la espalda, y permiten que sus compañeros reaccionen, rodeando los cañones de Lamadrid, hasta apoderarse de ellos.

En este momento Facundo comprende que todo depende de él, recuerda que sólo él es el alma de su ejército, y a pesar del doloroso mal que padece, monta a caballo y encabeza, aunque por breve trecho, la carga de sus llaneros. Aquí termina, prácticamente, la batalla de la Ciudadela, porque a partir de la carga que organiza Facundo todo el espíritu de sacrificio y todo el heroísmo de Lamadrid se estrellan contra la desobediencia de una tropa en derrota, sin moral, sin esperanzas de nada. A pesar de todo, Lamadrid no se entrega. Le avisan que detrás de las líneas enemigas está uno de sus escuadrones, y se dispone a salvarlo por medio de otra de sus maniobras increíbles.

"Resolvíme en tan desesperada situación, correr un albur atropellando el cerco enemigo con sólo mi fiel y valiente ayudante, mi hermano don Domingo Díaz Vélez y mis dos valientes sargentos, Magallanes y Ludueña, únicos jinetes que me acompañaban".

Lamadrid carga contra el cerco enemigo y lo rompe. Pero ¿qué es lo que encuentra detrás? ¿Por qué aquel escuadrón, en lugar de aclamarlo, lo acribilla a balazos? Porque ese escuadrón no le pertenece a él, sino a Quiroga.


Obras de Leonardo Castagnino La nobleza de Facundo

Una semana después de haber vencido a Lamadrid en la Ciudadela, encontrándose Facundo en la ciudad de Tucumán, su ayudante principal, el coronel Ruiz Huidobro, lleva a su presencia a la esposa del jefe vencido, quien, una vez finalizada la lucha, desaparece del campo de batalla, sin que pueda averiguarse su paradero. El objeto de la visita consiste en poner en manos de Quiroga una carta del general Lamadrid, en la que el vencido, después de aclarar que sus luchas no han tenido por objeto sino el bien de la patria, le manifiesta que ha resuelto retirarse del territorio de la República, a continuación de lo cual agrega:

"Persuadido de que la generosidad de un guerrero valiente como es usted, sabrá dispensar todas las consideraciones que merece la familia de un soldado, que nada ha reservado en servicio de su patria y que le ha dado algunas glorias. He sabido que mi señora fue conducida al Cabildo en la mañana del 5 y separada de mis hijos, pero no puedo persuadirme de que su magnitud lo consienta, no habiéndose extendido jamás la guerra, por nuestra parte, a las familias. Recuerde usted que a mi entrada a San Juan yo no tomé providencia alguna contra su señora. Ruego a usted general, no quiera marchitar las glorias de que está usted cubierto, conservando en prisión a una señora digna de compasión, y que se servirá usted concederle el pasaporte para que marche a mi alcance"...

A la vista de aquella carta, Facundo se enfurece. ¿Qué pretende Lamadríd? ¿Darle lecciones de moral? ¿Prevenirle que no es de caballeros el hacer con los parientes de un vencido lo que Lamadrid hace con los familiares de Facundo en La Rioja?

Maldice contra Lamadrid, contra los unitarios, contra el reumatismo que sigue atormentándolo, y sólo cuando logra calmarse ordena que hagan pasar a la esposa de Lamadrid. No puede negar haberla mandado detener, puesto que la señora está aún bajo arresto. Pero procura disimular su abuso dando algunas explicaciones. Tales como que ordenó detenerla para averiguar si ella sabe algo de los dineros que el general Lamadrid le robó al descubrir algunos tapados. La mujer niega estar al corriente de las cuestiones del marido y, contrariamente a lo que Facundo espera, dada la facilidad con que atemoriza a la gente, se mantiene altiva, digna. Y Facundo, ya a punto de hacer explosión, se domina. Vacila. Luego vuelve a fruncir el ceño y grita:

- ¡Comandante Huidobro! ¡Un salvoconducto para la señora!

Después se dirige a la prisionera:

- ¿Necesita algo? ¿Mi carruaje? ¿Mi escolta? ¿Alguna otra cosa?

La señora de Lamadrid agradece los ofrecimientos, sin aceptarlos, y sale altivamente. Facundo vuelve a encolerizarse, porque la altivez de los demás, en última instancia, lo ofende. Llama a un amanuense y le dicta una carta para Lamadrid. Cuando aquél ha terminado, lee la carta, hace un gesto de fastidio, la estruja y empieza a escribir otra, de su puño y letra. Un borrador que, ciento treinta años después, aparece entre los papeles de su archivo:

"Tucumán, noviembre 21 de 1831.
Señor general D. Gregorío A. de Lamadrid.
Señor de mi atención.
Sin embargo hace algún tiempo que me hallaba decidido a no contestar a usted ninguna comunicación, hoy me veo precisado a hacerlo, por la que me ha dirigido solicitando el pasaporte para su señora".

"General, usted dice que ha respetado las familias, sin recordar acaso de la pesada cadena que hizo arrastrar a mi anciana madre, y de que mi familia, por mucha gracia, fue desterrada a la República de Chile, como el único medio de evitar el que fuese a La Rioja, donde usted la reclamaba para mortificarla; mas yo me desentiendo de eso y no he trepidado un momento en acceder a su solicitud; y esto no por la protesta que usted hace, sino porque no parece justo afligir al inocente. Es verdad que habiendo tenido aviso que su señora se hallaba en este pueblo, ordené fuese puesta en seguridad, y tan luego como mis obligaciones me permitieron averiguarle si sabía dónde había dejado usted el dinero que me extrajo; habiéndome contestado que nada sabía, fue puesta en libertad, sin que haya sufrido más tiempo que seis días."

"Usted sabe muy bien que tengo sobrada razón para no dar crédito a su palabra, pues tengo muy presentes las protestas que me hizo en el año veintisiete para que le allanase el camino y poder regresar al seno de su familia; lo hizo y no me pesa, aun cuando usted se haya portado del modo más perverso; que usted me hiciese la guerra y procurase mi exterminio, nada tenía de extraño, puesto que estábamos divididos en opinión, pero que usted me insultase fingiendo comunicaciones, son acciones propias de un alma baja."

"General, si mi familia no hubiese sido desterrada, y si mi madre anciana no hubiese sido atormentada con una cadena, ya ustedes a esta fecha hubieran realizado el fin que se han propuesto, y que hoy miran muy distante; digo esto, porque yo pensaba no tomar parte en la guerra, después que fui batido; pero me ha podido decidir en abrazarla con más ardor la injusicia hecha a mi familia."

"No creo que su señora, por sí sola, sea capaz de proporcionarse la seguridad necesaria en su tránsito, y es por eso que yo se la proporcionaré hasta alguna distancia considerable, y si no lo hago hasta el punto en que usted se halla, es porque temo que los individuos que le dé para su compañía, corran la suerte de Melián, conductor de los pliegos que dirigí al señor General Alvarado."

"Adiós, general, hasta aquí a unos días, en que nos veremos, aunque sea desde alguna distancia”.

Juan Facundo, Quiroga".

Lamadrid, en sus "Memorias", y algunos historiadores en sus libros, copiando al anterior, hacen aparecer una carta plena de elogios para el jefe unitario. Pero nadie ha visto el original de dicha comunicación, mientras que el de la que aquí se transcribe existe en el archivo personal del propio Quiroga.


Fuentes:

- Newton, Jorge. Facundo Quiroga. Aventura y Leyenda.p.113.125
- Paz, Jose María. Memorias.
- La Madrid, Gregorio Aráoz de. Memorias
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar


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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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