Chilenos y Ranqueles
Apenas firmada la paz con Santa Fe, José Miguel Carrera, con oficiales chilenos que lo secundan, acaudilla a los indios Ranqueles que hacen una entrada al Salto: “Han llevado –decía e jefe del Fortín de Areco – trescientas personas, entre mujeres, criaturas, etc., sacándolas de la iglesia, robando todos los vasos sagrados, sin respetar copón con la formas consagradas, ni dejarles como pitar un cigarro en todo el pueble, incendiando muchas casas”
El gobernador Rodríguez sale a campaña el 4 de diciembre de 1820 a combatir y reducir a los indios alzados, y solicitó la cooperación de Rosas, Lamadrid, y Ortiguera, con una división.
En ese tiempo Rosas tenía sobre sí la obligación de cumplir con la entrega de 25.000 cabezas de ganado a Estanislao López, para lo que acudía a estancieros amigos. Por otra parte estaba resentido con Rodríguez que no lo participaba de sus planes para combatir a los indios, y el silencio guardado era considerado por Rosas un desaire personal.
Rosas y los pampas.
En todo momento Rosas se oponía a que se tomara represión contra los indios pampas, con los que tenía tratados de amistad. Había seguido los rastros del malón que se internaban en dirección a Córdoba, por lo que deducía que eran los Ranqueles comandados por Carrera.
Por otro lado había solicitado del gobierno, sin éxito, que se pusiera en práctica el plan de pacificación que él mismo había diseñado y propuesto, y el silencio del gobierno lo mortificaba.
Al no recibir respuesta de parte del gobierno sobre el plan de acción contra los indios, que le solicitara, el 8 de diciembre escribió al general Rodríguez una carta que dejaba en claro sus sentimientos:
"He hablado a usted -le decía,- con la franqueza propia de un hombre que marcha de buena fe; pero usted mi amado don Martín. continúa escondiéndome mucho su corazón, algo podía usted haberme hablado del modo en que está combinada, por usted y por otros que tengan más lucimiento que yo, la entrada a los indios. A veces llego a maldecir el destino que me vistió con una alma pensadora que no sabe contentarse con lo presente hasta que lo enlaza con el porvenir. He hecho seguir muy lejos el rastro de los indios, y por los rumbos que conozco me afirmo en que no son Pampas y sí Ranqueles los que han invadido y robado estas fronteras. Por ello es que clamo al cielo por que nuestras operaciones militares no alcancen a ofender a los Pampas, a quienes debemos buscar por amigos y protegerlos como tales”
El general Rodríguez, sin informar a Rosas acerca de su plan de campaña, le contestó lacónicamente que cuando se vieran hablarían al respecto. Tal actitud del gobernador le hirió profundamente.
Rosas creía observar en Rodríguez reservas, reticencias y desconfianzas, que atribuía a intrigas del grupo unitario que apoyaba al gobierno; si bien aquél no se había abanderado todavía en las facciones políticas, su amistad con Estanislao L6pez y su influencia con los federales santafesinos, cuya gratitud había comprometido, le habían teñido de federalismo. Sentía que el gobernador, después de haberlo utilizado para consolidarse, le miraba como un obstáculo, como un estorbo en su camino. Además, la frase, inspirada por motivos políticos circunstanciales, en que Rodríguez aludía al tratado con Santa Fe, en la proclama al pueblo el 4 de diciembre, calificando de "impostura maliciosa” el rumor de la indemnización en ganado que Rosas se obligó secretamente a pagar por Buenos Aires en aras de la paz, ofendió íntimamente a éste, a pesar de ocultar las impresiones sobre tal agravio.
Disidencia de Rosas
Rosas expresó el 2 de Diciembre de 1820 al general Martín Rodríguez con vehemente franqueza sus sentimientos, planteando desde ese momento la ruptura de sus relaciones con el gobernador que él había contribuido, en primera línea, a elevar y sostener.
"Todo lo reserva usted -le decia Rosas a Rodríguez- para la voz, para cuando nos vamos. Sí, mi amigo, veámonos, veámonos. Rosas no ha de hacer a usted estorbo; usted aún no me conoce, en vano le parece que sí. Mis cartas, mis oficios, todo habrá convencido a usted que debemos vernos: si mis sentimientos no son justos, me verá usted deponerlos, si he errado, me verá usted desviarme de la senda torcida del error, y si tengo razón y no se hace caso de ella, me verá usted hacer el último esfuerzo para dejar, después de él, el comercio de los hombres y de unos habitantes que viéndome lleno de razón, me desprecian".
Después de este arranque de despecho y de amargara, Rosas reprocha a Rodríguez la expresión de los agravios que le han inferido y que "hirieron mi delicadeza, creyendo usted que diría una cosa por otra”.
Como conclusión, en tono de quien se ha preparado para asumir una actitud definitiva, le previene Rosas que la única solución que él contempla, en caso de que no se siguieran sus ideas, seria la ruptura de sus relaciones con el gobierno. y su retiro de la acción pública:
"Soy, mi amigo, -continúa Rosas- un hombre de bien, devoto por la verdad, lleno de espíritu público, temible a los ultrajes y delicado en mi honor, como el que más. Me resolví a ser amigo de usted, lo soy; pero si no nos conciliamos, estoy resuelto a no dejar de ser su amigo; pero también lo estoy a no tomar parte la más mínima en política, mientras duren en el país, las empresas que toquen a usted en el tiempo de su administración. La última será esta vez, y no dude usted que será la última con mi ruina, pues solo Rosas sabe hasta donde ha llevado adelante sus sacrificios para el buen éxito de esta campaña, que sólo podrá ya terminar sin honor y sin provecho por mala dirección".
El gobernador desoyó a Rosas, y después que Carrera y sus hordas se retiraron al desierto para dirigirse a Córdoba, huyendo de las fuerzas regulares que habían marchado a combatirle, Rodríguez emprendió una campaña contra los indios pampas, creyendo a éstos aliados con Carrera, como lo eran los ranqueles.
Los pampas habían celebrado pocos meses antes -el 7 de Marzo de 1820- un tratado de "paz y buena armonía" con Buenos Aires, que fue suscrito en la estancia Miraflores de Ramos Mejía por don Martín Rodríguez por parte de la provincia y don Francisco Ramos Mejía en representación de los caciques. Las tribus pampas, al ver que el propio firmante de ese tratado lo violaba e iniciaba la guerra contra ellos, traspusieron la frontera o invadieron las estancias limítrofes arrasando ferozmente las poblaciones y robando los ganados. Entre otras, tambien la hacienda de Los Cerrillos sufrió grandes perjuicios.
El resultado de la campaña fue desastroso para Rodríguez, quien tuvo que retirarse derrotado por los pampas, en enero de 1821, tal cual Rosas lo había previsto.
Los unitarios porteños.
Entre tanto, el grupo unitario, que en la ciudad influía directamente sobre el gobierno, hostilizaba a los adversarios y conseguía el destierro de Luis Dorrego, entre otros, y poco después el de su hermano Manuel.
Rosas consideró insostenible su situación de colaborador militar y político del gobernador Rodríguez. Era blanco de ataques por parte del círculo directorial que rodeaba al gobernador y pujaba por dirigirle; inspiraba mucha desconfianza al grupo urbano, inquieto y brillante, de los unitarios, quienes lo miraban con recelo por su prestigio entre los ganchos y las simpatías que a su persona demostraban los "montoneros" santafesinos, en momentos en que el caudillo entrerriano Pancho Ramírez declaraba, de nuevo, la guerra a Buenos Aires.
El retiro
En tal situación, solicitó Rosas su absoluta separación del servicio, como coronel del regimiento 5° de milicias de la campaña, la que le fue acordada el 10 de febrero de 1821. Cumplía así la prevención que decepcionado había hecho por carta, en diciembre de 1820, a don Martín Rodríguez.
Los ataques de los unitarios en contra de Rosas arreciaron, ímputándosele maquinaciones con los federales para derrocar al gobernador. Entonces, don Juan Manuel publicó el 14 de febrero, cuatro días después de su retiro del ejército, un manifiesto en que proclamaba su absoluto alejamiento de la política y aseguraba no pertenecer a ningún partido:
"Si a mí fueran los tiros solamente enmudecería; Pero como se dirigen hasta lo sagrado de la autoridad, debo hablar. Al volver a las labores de mi vida privada, al cambiar la espada por el arado, y al retirarme para no ser más que un buen patriota y un particular amigo de las leyes, a nadie pertenezco, sino a la causa Pública; mi persona de nadie ha sido, sino de la Provincia".
Rosas regresó a su estancia con un agrio encono en contra de los que no habían escuchado sus consejos, ni comprendido sus aptitudes, en contra de los que rodeaban al gobernador Rodríguez, en los que él vela sólo intrigantes empujados por la ambición y la envidia. Se sintió derrotado, desalojado, cuando creía haber obtenido con gloria su primer triunfo.
Al retirarse de nuevo a la pampa a reanudar sus duros trabajos en la estancia asolada y saqueada por los indios, repitió resignado lo que habla escrito a sus amigos:
“¡Ah, vida privada! ¡Vida de honor! ¡ Yo quisiera estar en ella, lejos del hombre y de su fiera saña!”
Fuentes:
- Carlos Ibarguren, Juan Manuel de Rosas. Su vida, su drama, su tiempo.p.63
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar
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Fuente: www.lagazeta.com.ar