Enseguidita le van a cortar
Había en Lonquimay un peluquero de toda la vida, que atendía la única peluquería del pueblo. Era un salón sencillo, armado en la pieza de adelante de su propia casa, de manera que la entrada a la casa de familia era por el mismo salón de peluquería.
Como en Lonquimay no había sala velatoria, cuando murió el peluquero, como a todo el mundo, lo velaron en su propia casa, en una de las piezas de atrás, de manera que para ir al velorio necesariamente había que pasar por el salón de peluquería, que para la ocasión se había llenado de gente que ocupaba las sillas y hasta el mismo sillón de peluquero.
Un pariente del peluquero que vivía en buenos aires, entró al pueblo y preguntó por el velatorio, y le indicaron la casa del finao, la propia peluquería. Como no conocía, entró, de traje y corbata, y al ver la gente sentada dudó un instante...y se quedó como preguntando. Don Pedro Yeti, que ocupaba el sillón del peluquero, se puso de pié y cediéndole el asiento le dijo:
- ...sientesé...qu´enseguidita le van a cortar...
Atrás de la vía
En Lonquimay, como en muchos pueblos de campaña, la estación del tren había quedado al borde del pueblo, y la vía, dividía al pueblo en partes desiguales, siendo que la mayor parte del pueblo estaba ubicado al norte de las vías, mientras que solo unas diez casas formaban lo que llamaban “del otro lao de la vía”.
Un camionero del pueblo, lo invitó a Yeti para que lo acompañe hasta Buenos Aires, y don Pedro, ahí nomás, se fue a conocer "la capital".
Llegaron a Buenos Aires, y luego de descargar la hacienda se metieron a un boliche para comer algo. Entró don Pedro saludando a todos, de bombachas y sombrero de ala ancha, como siempre, para curiosidad de varios parroquianos, y se sentaron en una mesa. Cuando vino el mozo, don Pedro saludo y le preguntó.
- digame...lo conoce a don Carlos Albornoz ?
- no…la verdad que no lo conozco – dijo el mozo.
- Pero como no lo conoce amigo... si hace como diez años que se vino.
pa´Guenos Aires...vive frente a la plaza !- agregó, para asombro del mozo y los ocupantes de las mesas vecinas, que en voz baja se preguntaban ¡ de donde habrá caído este paisano ! , mientras don Pedro y el camionero gozaban la picardía.
Cuando llegaron de vuelta a Lonquimay, como no podía ser de otra manera, alguno le preguntó:
- Que tal Pedro…..te gustó Buenos Aires ?
- Laaa !!!….que había sido grande atrás e´la vía !!! – para festejo de todos.
El ciclista
Cuando terminé la primaria, de premio, mi madre me regaló una bicicleta “de carrera”, de manubrio bajo y cambios, que en esa época eran casi una novedad.
Un domingo me fui en bicicleta hasta el pueblo, y al entrar, me lo cruzo a Yeti que venía muy bien montado, por el pueblo. Al vernos, nos detuvimos.
- Que bien montado anda compañero ! - me dijo don Pedro, haciendo referencia a mi bicicleta “de carrera”, - decí que ando medio corto de tiempo, que si nó, te la pedía para darle un galope.
- Y sabe andar en bicicleta ? – pregunté.
- Y como no !…si juí campión argentino de carrera de bicicleta. Gané la carrera Santiago de Chile – Buenos Aires.
- En serio ?
- Por supuesto. Lo único que la mía tenía las guampas para arriba. Le saqué el asiento y le puse uno de arado, y durante el cruce e´la cordillera, en las bajadas, largaba las manos y me venía tomando mate.
- Y abandonó el ciclismo ?
- Si, porque una güelta rodé y me clavé una guampa en la panza. Me aujereó todas las tripas.
La jineteada
En un asado, la paisanada hablaba de caballos, jinetes y domadores, y quien más quien menos, alguna mentirita se echaba, o al menos alguna exageración, pero don Pedro Yeti, que en esa oportunidad oficiaba de asador, estaba más ocupado de las brasas que de los distintos relatos y virtudes de los jinetes, hasta que alguien preguntó:
- Y usted don Pedro, fue muy jinete ?
- Si he sido jinete ? fui representante la La Pampa varias veces en el campeonato internacional. Una güelta me presenté en una domada por los pagos de Quemú-Quemú, y me trajeron un reservado de la provincia de Corrientes. Malísimo el moro. Una barbaridá. Lo subí a pelo limpio y lo jinetié como cuatro horas seguidas. Levantó tanta polvadera que la vieron hasta en Trenque Lauquen. Pensaron que era la tormenta de Santa Rosa. Hicimos un pozo como de dos metros de hondo... Para emparejarlo, trajeron la Champion de la Municipalidá.
El cinematógrafo
Como en casi todos esos pueblos de campaña, frente a la plaza, solía haber un cine, y los sábados y domingos la gente iba para ver alguna gastada película argentina, o “de coboy”: y entre los asistentes, de vez en cuando, solía estar don Pedro Yeti, más interesado en alguna situación del momento que por el propio argumento de la película.
De espíritu ocurrente, siempre inventaba alguna situación o salida graciosa, como en aquella oportunidad que, como el camarógrafo se demorara mucho en dar un intervalo, don Pedro, sentado en el medio del salón, con sombrero y todo, dijo en voz alta como para que todos lo escucharan:
- ¿ como ? … hoy no dan recreo ?
O como en aquella otra, en que en el argumento de la película, unos relámpagos y truenos anunciaban una lluvia inminente, don Pedro se levantó del asiento y mientras recorría el pasillo central hacia la puerta de salida, haciendo referencia al caballo que tenia ensillado en la calle, frente al cine, comentó a viva vos:
- ... viá dar güelta el cuero ...
Los jubilados
Cuando Yeti se jubiló como capataz de la feria de Lonquimay, sabía estar mucho en Santa Rosa, donde tenía sus hijas y algunos nietos. Se lo sabia ver por la rotonda de la terminal de ómnibus, como esperando a alguien, siempre vestido de gaucho, con rastra y sombrero de ala ancha, para curiosidad de muchos. Como de costumbre, sabía arrimarme para escuchar alguna de sus ocurrencias.
- que tal don Pedro, …que anda haciendo ?
- aquí estoy, vigilando a los albañiles que me están haciendo la casa.
- Y cual es la casa que se está haciendo ?
- Esa de allá enfrente – me dijo, señalando un edificio de diez pisos que construían en la avenida San Martín.
Después hizo la siguiente referencia:
- Pero aquí no se puede estar... está lleno de jubilados. Se te sientan al lao, meta resfregarse las rodillas...pa´que les preguntes que les pasa...
La cola del sapo
En una oportunidad me lo encuentro a don Pedro en un supermercado de Santa Rosa, y entre compra y charla llegamos hasta la cola de la caja. Se nos acerca una señora mayor, que comparando las cajas nos pregunta:
- Cuál será la cola más corta?.
- Y...la del sapo ha de ser.
Don Verídico
Pasados los años, cuando vi el personaje de don Verídico interpretado por Landrisina, me pareció ver la reencarnación de don Pedro Yeti inventando sus propias historias, mezcla de Martín Fierro, viejo Vizcacha y Santos Vega, y pensé que el autor del personaje seguramente había conocido algunos paisanos como aquel criollo sencillo, ocurrente y pícaro que tanto quise y muchos recuerdan en el pago.
DOMADOR Y RESERO
De Lonquimay nativo
estirpe gaucha,
ande nacen los cardos
pago´e La Pampa.
Allá en sus años mozos
tropilla entabla:
lo son de overos negros
madrinas ruanas…
Es patrón de la huella
su altiva estampa,
arriando pa´los Soutos
tropa baguala.
¡Si habrán visto sus rondas
las madrugadas
en los campos abiertos
de “Las Dos Bayas”!
A la huella a la huella
de este jinete,
domador y resero:
Don Pedro Yette.
Pa´ un animal matrero
en disparada,
desprendía´ el de ocho tientos
y lo enlazaba.
¡Crudos inviernos lleva
sobre la espalda!
Lo ha curtido el pampero
en reseriadas…
Por aquel año treinta
en las estancias,
de las “clinas”a un potro
se le sentaba.
En su fogón campero
el mate amansa,
de Don Tadeo Menéndez
ricuerdo abraza.
A la huella a la huella
de este jinete.
Domador y resero:
¡Don Pedro Yete!
. Carlos Rosendo
Este poema ha sido musicalizado por Rene García en tiempo de Huella
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Fuente: www.lagazeta.com.ar