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ROSAS Y LA SUMA DEL PODER
                           El Restaurador de las Leyes

(01) La situación de la Confederación
(02) La suma del poder
(03) Tiranía
(04) Primera potencia sudamericana
(05) Fuentes
(06) Artículos relacionados

La situación de la Confederación

Una de las mejores narraciones hechas sobre el advenimiento del Restaurador de la Leyes es la de don Carlos Ibarguren, quien ha reconstruído exactamente la situación política del país en la época que va de la devolución de las facultades extraordinarias, en la primera gobernación de Rosas, a la suma del poder. El conocimiento de esa época puede darnos la clave.

La disidencia entre los federales sobre las facultades del Poder Ejecutivo interrumpió la tarea de un grupo de hombres, cuya percepción del problema político era la más consciente. La sustitución de Rosas por Balcarce fue el triunfo del liberalismo en el seno del partido federal, y la fracción liberal de ese partido era accesible a la intriga unitaria, de tal modo que dos años después, no obstante una revolución ganada por los apostólicos, la causa liberal estaba dominando en Buenos Aires y gran parte del país, y a favor de ello los unitarios.

El detalle más conocido de la situación es la denuncia de Manuel Moreno del complot de 1833 sobre el plan de restauración unitaria, a base de división o eliminación de los grandes federales, y ayuda del extranjero, como siempre. Pero esa denuncia es menos probante que los documentos publicados por Cervera, el historiador de Santa Fe y fervoroso admirador de don Estanislao López, documentos que prueban el comienzo de un trato entre el patriarca de la federación y los federales disidentes, todos ellos maniobrados por los unitarios y el presidente del Uruguay, don Fructuoso Rivera. Entre la revolución que derrocó a Balcarce y la reelección de Rosas, la división del partido federal se hizo tan honda que, la unidad y la integridad del país, asociadas a su suerte, se volvieron a ver comprometidas.

Rosas no contaba con Santa Fe, ni con las provincias que dependían de ella, Córdoba y Entre Ríos, gobernadas por Reinafé y Echagüe respectivamente, ambos feudatarios de don Estanislao López. En Corrientes seguía predominando la influencia de don Pedro Ferré, federal, pero uno de los primeros enemigos de los autores también federales, del pacto de enero de 1831. En el norte, don Alejandro Heredia, sea por lo que sea, fomentaba las intrigas de los unitarios contra sus rivales federales de la región, se codeaba con los liberales y toleraba las restauraciones unitarias que se iban produciendo en las provincias vecinas, como por ejemplo en Catamarca, a tal punto que Rosas le vaticina su trágico final. En San Juan se formaba un foco de unitarios tapados, al amparo de un federal tibio, Yanzón, que después defeccionaría abiertamente. En medio de los grandes caudillos Heredia y López a punto de ceder a la intriga unitaria. Ibarra se mantenía expectante en Santiago del Estero, sin duda dispuesto a plegarse al partido vencedor. Los países vecinos y las potencias europeas tenían parte en casi todas esas intrigas.


La suma del poder

A mediados del primer semestre de 1834 el hombre que antes de un año recibiría la suma del poder, estaba en la situación más apurada que conoció en el curso de su vida, excepto el momento que siguió a la derrota de Dorrego en Navarro. Sus únicos elementos eran el ejército de operaciones contra los indios enemigos, la situación de Cuyo y su propio prestigio personal en Buenos Aires (ciudad y campaña) y un sector de la opinión nacional. El P. E. de su provincia le era tan contrario que le arrancaba esta protesta: "Colocados hoy Rivadavia y Agüero a la cabeza del gobierno de Buenos Aires y escoltados de cien mil soldados, no habrían tenido valor de hacer en seis años lo que la administración del general Viamonte ha hecho en seis meses, en contra del partido federal". (Carta de Rosas a E. López, del primero de junio de 1834, en Cervera. Historia de Santa Fe, II, apéndice, págs. 87 88).

La legislatura provincial le era sin duda adicta, puesto que lo eligió para suceder a Viamonte, repitió su elección varias veces y luego volvió las miradas a sus parientes o amigos. Pero no le dió lo que él buscaba con sus renuncias reiteradas: la suma del poder.

¿Cómo la obtuvo seis meses después? El comienzo de ejecución del plan de sangre y exterminio denunciado por Moreno precipitó en brazos de Rosas a la mayoría de su partido, que repugnaba ora su condición sobre los métodos, ora su objetivo de gobierno. La necesidad de la suma del poder pareció evidente a todos después de la conflagración del Norte, seguida por el asesinato de Quiroga. Y lejos de ser impuesta sólo por Rosas, como se dice generalmente, fue también imposición de las circunstancias. Rosas estuvo a punto de perderse como particular, por no aceptar un mando en el que a su juicio se perdería como gobernante.

En una de sus renuncias del año anterior decía que, sin facultades extraordinarias, el poder de los enemigos lo pondrían en el caso de atropellar la ley para salvar el orden, o desacreditarse permitiendo la anarquía dentro del respeto a la ley. Que su temperamento y su convicción le hacían reclamar la suma del poder, haciendo abstracción de las circunstancias, es evidente. Pero ese reclamo no era de un ambicioso vulgar. No quería usufructo temporario que tienta a lo impacientes y a los egoístas, con peligro de los amigos sinceros y desinteresados que acompañan en una obra de firmeza o violencia necesaria, sino las condiciones de mando que le permitieran mantenerse mucho tiempo en el gobierno, asociando a él por su duración, el mayor número de legítimos intereses.


Tirania

En el caso de Rosas, el calificativo de tiranía no es aceptable sino en el sentido que la palabra tenía históricamente en Grecia, donde el tirano era un caudillo popular (Aristóteles, Política, VIII, 4), porque la suma del poder no corresponde a ninguna de las dos condiciones fundamentales que, desde la antigüedad clásica definen a la tiranía: la usurpación o ilegitimidad del origen y el egoísmo en el ejercicio de la autoridad. La suma del poder fue legítima, pues votada por una legislatura de reducida base electoral, fue luego ratificada por un plebiscito. Fué generosa, pues lejos de ejercerse su discrecionalismo en beneficio particular del gobernante, aquel entró al gobierno siendo el hombre más rico del país y lo abandonó sin pensar en las confiscaciones que le esperaban. La suma del poder coexistió con el régimen representativo. En lo esencial de éste -las finanzas- no hubo suma del poder. En lo demás el dictador trataba de hacer sancionar sus actos por la legislatura, salvo para aquellas decisiones cuya tremenda responsabilidad la ley había encomendado a su sola conciencia.


Primera potencia sudamericana

La diferencia de tono en el lenguaje de los hombres de la época, sobre el destino de la patria antes y después de la caída de Rosas, es como el tránsito del día a la noche. Antes todos hablan de grandeza, de prosperidad, de emulación de los Estados Unidos, y no como de utopía, sino en tiempo presente. Después todo son lamentos, aún en los que por su fantasía literaria tenían la costumbre de ver el futuro siempre hermoso. La década anterior a Pavón (1861) es posiblemente la época de mayor depresión del sentimiento nacional, sin exceptuar la disolución posterior al año veinte, pues entonces Güemes y sus gauchos defendían la frontera del norte. Cuyo y el interior juntaron elementos, para enviárselos a San Martín, Estanislao López concibió la idea de arrojar a los portugueses de la Banda Oriental.

Nada parecido durante la segregación de Buenos Aires, cuando la región del Plata está más abierta que nunca a la intromisión política descarada del extranjero enemigo. El Brasil sienta sus reales en el Uruguay, y lo pone bajo su protectorado. A la Confederación la hace retroceder. A la proyectada república mesopotámica del Plata le promete el reconocimiento de su independencia. Después (salvo la unión de Buenos Aires con las trece provincias restantes), no pudimos remontar la pendiente del abismo político en que habíamos caído, y fuimos perdiendo jirones de nuestro patrimonio en cada conflicto con los vecinos, que nos los suscitaban siempre, sin que jamás la iniciativa partiera de nosotros.

“Que hoy seamos la primera potencia sudamericana es el milagro de nuestra situación geográfica en el continente y de las condiciones naturales de nuestro pueblo” (1), no la obra consciente de los sucesores de Rosas. Y da la medida de lo que podíamos haber sido si en vez de tener la peor diplomacia de América hubiésemos tenido la mejor, como la quiso Rosas.

(1) La frase pertenece a Julio Irazusta, dicha en 1935


Fuentes:

- Irazusta, Julio. Ensayo sobre Rosas.Edit. Tor, 1935
- Castagnino Leonardo. Juan Manuel de Rosas, Sombras y Verdades
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar


                          

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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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