La suma del poder
A mediados del primer semestre de 1834 el hombre que antes de un año recibiría la suma del poder, estaba en la situación más apurada que conoció en el curso de su vida, excepto el momento que siguió a la derrota de Dorrego en Navarro. Sus únicos elementos eran el ejército de operaciones contra los indios enemigos, la situación de Cuyo y su propio prestigio personal en Buenos Aires (ciudad y campaña) y un sector de la opinión nacional. El P. E. de su provincia le era tan contrario que le arrancaba esta protesta: "Colocados hoy Rivadavia y Agüero a la cabeza del gobierno de Buenos Aires y escoltados de cien mil soldados, no habrían tenido valor de hacer en seis años lo que la administración del general Viamonte ha hecho en seis meses, en contra del partido federal". (Carta de Rosas a E. López, del primero de junio de 1834, en Cervera. Historia de Santa Fe, II, apéndice, págs. 87 88).
La legislatura provincial le era sin duda adicta, puesto que lo eligió para suceder a Viamonte, repitió su elección varias veces y luego volvió las miradas a sus parientes o amigos. Pero no le dió lo que él buscaba con sus renuncias reiteradas: la suma del poder.
¿Cómo la obtuvo seis meses después? El comienzo de ejecución del plan de sangre y exterminio denunciado por Moreno precipitó en brazos de Rosas a la mayoría de su partido, que repugnaba ora su condición sobre los métodos, ora su objetivo de gobierno. La necesidad de la suma del poder pareció evidente a todos después de la conflagración del Norte, seguida por el asesinato de Quiroga. Y lejos de ser impuesta sólo por Rosas, como se dice generalmente, fue también imposición de las circunstancias. Rosas estuvo a punto de perderse como particular, por no aceptar un mando en el que a su juicio se perdería como gobernante.
En una de sus renuncias del año anterior decía que, sin facultades extraordinarias, el poder de los enemigos lo pondrían en el caso de atropellar la ley para salvar el orden, o desacreditarse permitiendo la anarquía dentro del respeto a la ley. Que su temperamento y su convicción le hacían reclamar la suma del poder, haciendo abstracción de las circunstancias, es evidente. Pero ese reclamo no era de un ambicioso vulgar. No quería usufructo temporario que tienta a lo impacientes y a los egoístas, con peligro de los amigos sinceros y desinteresados que acompañan en una obra de firmeza o violencia necesaria, sino las condiciones de mando que le permitieran mantenerse mucho tiempo en el gobierno, asociando a él por su duración, el mayor número de legítimos intereses.
Tirania
En el caso de Rosas, el calificativo de tiranía no es aceptable sino en el sentido que la palabra tenía históricamente en Grecia, donde el tirano era un caudillo popular (Aristóteles, Política, VIII, 4), porque la suma del poder no corresponde a ninguna de las dos condiciones fundamentales que, desde la antigüedad clásica definen a la tiranía: la usurpación o ilegitimidad del origen y el egoísmo en el ejercicio de la autoridad.
La suma del poder fue legítima, pues votada por una legislatura de reducida base electoral, fue luego ratificada por un plebiscito. Fué generosa, pues lejos de ejercerse su discrecionalismo en beneficio particular del gobernante, aquel entró al gobierno siendo el hombre más rico del país y lo abandonó sin pensar en las confiscaciones que le esperaban. La suma del poder coexistió con el régimen representativo. En lo esencial de éste -las finanzas- no hubo suma del poder. En lo demás el dictador trataba de hacer sancionar sus actos por la legislatura, salvo para aquellas decisiones cuya tremenda responsabilidad la ley había encomendado a su sola conciencia.
Primera potencia sudamericana
La diferencia de tono en el lenguaje de los hombres de la época, sobre el destino de la patria antes y después de la caída de Rosas, es como el tránsito del día a la noche. Antes todos hablan de grandeza, de prosperidad, de emulación de los Estados Unidos, y no como de utopía, sino en tiempo presente. Después todo son lamentos, aún en los que por su fantasía literaria tenían la costumbre de ver el futuro siempre hermoso. La década anterior a Pavón (1861) es posiblemente la época de mayor depresión del sentimiento nacional, sin exceptuar la disolución posterior al año veinte, pues entonces Güemes y sus gauchos defendían la frontera del norte. Cuyo y el interior juntaron elementos, para enviárselos a San Martín, Estanislao López concibió la idea de arrojar a los portugueses de la Banda Oriental.
Nada parecido durante la segregación de Buenos Aires, cuando la región del Plata está más abierta que nunca a la intromisión política descarada del extranjero enemigo. El Brasil sienta sus reales en el Uruguay, y lo pone bajo su protectorado. A la Confederación la hace retroceder. A la proyectada república mesopotámica del Plata le promete el reconocimiento de su independencia. Después (salvo la unión de Buenos Aires con las trece provincias restantes), no pudimos remontar la pendiente del abismo político en que habíamos caído, y fuimos perdiendo jirones de nuestro patrimonio en cada conflicto con los vecinos, que nos los suscitaban siempre, sin que jamás la iniciativa partiera de nosotros.
“Que hoy seamos la primera potencia sudamericana es el milagro de nuestra situación geográfica en el continente y de las condiciones naturales de nuestro pueblo” (1), no la obra consciente de los sucesores de Rosas. Y da la medida de lo que podíamos haber sido si en vez de tener la peor diplomacia de América hubiésemos tenido la mejor, como la quiso Rosas.
(1) La frase pertenece a Julio Irazusta, dicha en 1935
Fuentes:
- Irazusta, Julio. Ensayo sobre Rosas.Edit. Tor, 1935
- Castagnino Leonardo. Juan Manuel de Rosas, Sombras y Verdades
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar
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