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BARRANCA YACO - ASESINATO DE QUIROGA (16 de febrero de 1835)
                          

Facundo Quiroga (biografia)

01 La situación previa
02 Los Reinafé tienen miedo
03 A la espera de una oportunidad
04 En el monte de San Pedro
05 Facundo inicia el regreso
06 El Capitán Santos Pérez
07 La úlitma advertencia
08 En vísperas del crímen
09 Barranca Yaco
10 Fuentes
11 Atículos relacionados

                          

La situación previa

En la Confederaion se presentaba una compleja situación previa al suceso de Barranca Yaco. Facundo Quiroga se había impuesto las provincias del norte y de cuyo, Estanislao López el Litoral y Rosas la Provincia de Buenos Aires. En la provincia de Córdoba mandaban los hermanos Reinafé, hombres de confianza de López, y Quiroga la consideraba dentro de su influencia natural, y durante la campaña al desierto apoyo una revolución contra los hermanos Reinafé. La revolución de del Castillo, llevada por Ruiz Huidobro, hombre de confianza de Facundo, fracasó en parte por la influencia de los Reinafé en su territorio, y por el apoyo de Estanislao López. Esto provocó la desconfianza y recelo entre los dos caudillos, mientras Rosas se mantenía equidistante e intentando un entendimiento.

Facundo, derrotado por Paz en La Tablada y Oncativo, residía en Buenos Aires mientras se produjo una disputa entre los gobernadores de Tucumán y Salta, Alejandro Heredia y Latorre, ambos colocados en eso posición por Quiroga. El gobernador de Maza, le pidió a Facundo Quiroga que intercediera en la disputa, y éste acepto previa conferencia con Rosas en Flores. Quiroga acepta la misión y Rosas lo acompaña hasta Luján y luego hasta la Estancia de Figueroa, próxima a Carmen de Areco, donde se despiden y convienen en que Rosas le redactaría una carta que lo alcanzaría en el viaje, documento que se conoce como la “Carta de hacienda de Figueroa”


Los Reínafé tienen miedo

José Vicente Reinafé Quiroga parece no tener enemigos, pero alguien lo espía, le teme. Alguien espera una oportunidad para asesinarlo: los hermanos Reinafé, que siguen reteniendo el gobierno de Córdoba, a pesar de la oposición de aquél.

Estos cuatro hermanos, bastan por sí solos para dominar una provincia situada entre los dominios de Facundo Quiroga y Estanislao López, sufren la obsesión de sentirse amenazados por Quiroga. Lo conocen, están al corriente de los intereses políticos que tiene en juego, con relación a la provincia de Córdoba, no se les oculta ímpetu de este hombre apasionado, y saben muy bien lo que es capaz de hacer cuando entran en juego sus pasiones. Le temen. Están convencidos de que no los dejará vivir en paz, y de que no perderá ocasión de aniquilarlos. Esta obsesión llega a colocar a los hermanos Reinafé frente al dilema de que Facundo ha de morir, para que vivan ellos, o viceversa. Tienen que matar o que morir, porque no caben todos en el mismo escenario.

Los amigos de Facundo también lo saben, Ruiz Huidobro entre ellos. Por eso le escribe a Facundo desde Mendoza:

"Que Reinafé es hechura de López, y que éste, se me asegura, se halla en campaña, me hacen sospechar una combinación contra el general Quiroga".

Facundo, por su parte, no se recata cuando se trata de injuriar o de amenazar a los Reinafé. Después del fracaso de dos revueltas quiroganas en Córdoba, uno de los anmigos más íntimos del caudillo riojano, y al propio tiempo uno de los enemigos más encarnizados de los Reinafé, dice:

- A la tercera será la vencida. Ya volveremos. Esta ciudad tiene que ser la capital de la federación quirogana.

Por dificultades relacionadas con la vigilancia de las fronteras, la lucha contra los indios y el traslado de oficiales expedicionarios de un regimiento a otro, se produce un entredicho que conduce a la suspensión de relaciones oficiales entre las provincias de Buenos Aires y Córdoba. El coronel Francisco Reinafé, siempre el hombre de mayor acción entre los cuatro hermanos, se siente amenazado y va a la provincia de Santa Fe para entrevistarse con Estanislao López, quien llega hasta la población cordobesa de El Tío. El pretexto es la necesidad de combinar operaciones militares contra los indios del Chaco.

Cuando el coronel Reinafé regresa de la entrevista, le informa a su hermano el gobernador que todo está arreglado, que ha resuelto aumentar a 500 el número de veteranos de la guarnición de Río Cuarto y a 125 los del departamento de Achiras. Estas guarniciones de nada sirven, cuando se trata de luchar contra los indios del Chaco, pero robustecen la situación militar del gobierno de Córdoba, el cual, por otra parte, reorganiza todas las milicias de la provincia, nombrando jefes y oficiales de confianza, entre los cuales se encuentran algunos que luego intervienen en el asesinato de Quiroga.

Aunque las finanzas de Córdoba están en una situación calamitosa, los movimientos y las concentraciones de tropas no cesan, con el pretexto de organizar la guerra contra los indios. Poco después de la entrevista de El Tío con Estanislao López, el coronel Reinafé va a visitarlo a Santa Fe, donde permanece varios días, realizando conversaciones privadas.

López, quizás alarmado del giro que puedan tomar los acontecimientos, le escribe a Rosas, algún tiempo más tarde:

"El coronel Reinafé estuvo aquí en Septiembre del año pasado, cuando yo menos lo esperaba. Luego que llegó el tal hombre, sus primeras conferencias estuvieron reducidas a referirme todas las ocurrencias de la revolución de del Castillo, y las del Ejército del Centro, a manifestarme las quejas del gobierno de Córdoba contra el de Buenos Aires por la ocupación que se había dado al coronel Seguí, y luego descendió a hablarme sobre las posibilidades que había de que el general Quiroga me atacase, dejando entrever cierta ingerencia de parte de usted en la empresa. Con este motivo hablé muy claro, diciéndole que jamás le haría daño al general Quiroga, ni creía que él me lo hiciera, porque no había mérito para ello; y por lo que respecta a usted le hablé muy extensamente, demostrándole con hechos y con cartas, que era el único de quien los pueblos debían esperar bienes, que era un fiel amigo, y que por mi parte tenía en usted depositada tanta confianza como en mí mismo".

Respecto a las misteriosas vistas de los Reinafé a López, este luego dice a Rosas que fueron hechas con excusas intrascendentes, con la finalidad de involucrarlo en lo que se preparaba. (Ver La sagacidad de Rosas)

Obras de Leonardo Castagnino
A la espera de una oportunidad

El lugar y las circunstancias en que los Reinafé resuelven matar a Facundo no están probados documentalmente. Estos hechos, estos antecedentes, no pueden probarse, pero por una versión que publica el doctor Ramón J. Cárcano en su obra Juan Facundo Quiroga puede suponerse que ello ocurre poco después de la visita que el coronel Reinafé le hace al brigadier Estanislao López:

"El coronel -dice Cárcano-, a su regreso de Santa Fe, muéstrase resuelto a eliminar a Quiroga. Lo que antes es una idea cambiada con sus hermanos, ahora es una voluntad aplicada"... "El coronel conversa con José Antonio y José Vicente, el gobernador, y parte a los departamento del Norte. La noche del día de su salida, don Francisco duerme en Portezuelo, en casa del capitán Santos Pérez, sobre el camino real. Al día siguiente ambos continúan a Tulumba y bajan en la casa de Guillermo Reinafé, donde pasan la noche. A la mañana salen los tres para la estancia de Chuña Huasí, pasando por Chañar, el centro entonces de mayor comercio y población de los departamentos del Norte, situado sobre el camino principal de Santiago del Estero. De Chañar regresa Santos Pérez y los dos hermanos continúan camino, acompañados de Domingo Oliva, comandante de milicias, hermano de señor de Chuña Huasí".

El doctor Cárcano continúa su relato haciendo referencia al propietario principal de esta hacienda, con una de cuyas hijas va casarse Francisco Reinafé. Refiere la forma en que permanecen allí un tiempo, y luego continúa:

"Una tarde, desaparecido ya el sol tras los cerros verdes de Chuña Huasí, conversan en el patio abierto sobre el campo, de pie y en rueda, Clemente y Domingo Oliva, Guillermo Reinafé, el cura Soria y el Coronel. Hablan en voz baja. El último tiene la palabra, y por sus ademanes violentos se advierten sus pensamientos. Las campanas de la capilla llaman a oraciones"... "Los hombres del patio se descubren su cabeza, y en ese momento, acentuando su palabra con un movimiento enérgico del brazo, el Coronel exclama: 'Al general Quiroga hay que matarlo'."

Esta versión puede parecer un poco novelesca, y quizá lo sea. pero son muchas las referencias que obligan a tomarla como seria. Evidentemente, la idea de matar a Quiroga no es la obra de un momento, sino el producto de una larga reflexión, a cuyo término los hermanos Reinafé llegan a un convencimiento: el de que para que puedan sobrevivir ellos, tiene que morir el otro.

Lo cierto es que en uno de aquellos momentos, y a raíz de uno de esos viajes al Norte, viajes de los que participa Santos Pérez, el "clan de los Reinafé”, como suele llamársele, resuelve la muerte de Facundo Quiroga, y permanece a la espera de una oportunidad para materializar la idea. Por lo tanto, es muy probable que en la oportunidad a la que se refiere el doctor Cárcano, el coronel Francisco Reinafé comience a seleccionar la gente. Santos Pérez está allí. Y los restantes también son hombres de armas llevar, dispuestos a cualquier cosa. Clemente Oliva, entre ellos, aunque convertido ahora en sosegado jefe de familia, y en hombre de sólida posición social y económica, fue guerrillero en otros tiempos, integrante de las huestes que vieron caer sin vida al Supremo Entrerriano Francisco Ramírez, en el norte de Córdoba.

¿En qué momento, y debido a qué circunstancias han de encontrar los Reinafé la oportunidad que esperan? No lo saben, pero esta oportunidad tiene que presentarse. No en Buenos Aires, donde vive ahora Facundo, porque allí lo protege Rosas y lo oculta una ciudad en cuyo seno no es posible, aún, asesinar en el medio de la calle. Ellos esperan, como el árabe que sentado frente a su puerta tiene la certeza de que tarde o temprano ha de pasar por allí el cadáver de su enemigo.

Y la oportunidad esperada llega. La noticia no puede tener mejor procedencia. Es el mismo gobernador de Buenos Aires quien lo comunica, pidiendo que en todas las postas se tenga caballos de repuesto. ¿Qué mejor ocasión para ellos? No obstante, cuando todo parece haberse realizado para que cumplan sus designios, vacilan.

¿Quién y cómo asesinará a Quiroga? Los Reinafé son hombres de acción, capaces de enfrentar a cualquiera, pero se resisten a cometer personalmente el asesinato. Piensan. Cambian impresiones, remiten hombres de confianza a los confines de la provincia para que les informen sobre cualquier movimiento sospechoso.


El Monte de San Pedro

Alguien previene a los Reinafé de que Facundo ya está en marcha rumbo al Norte; alguien les hace saber, "posta por posta", los lugares en que ha de detenerse para cambiar caballos, y los caminos que deberá transitar. No se explica de otro modo que el mismo día en que llega a Córdoba, los Reinafé participan de una reunión en la que estudian los pormenores del primer intento de asesinato.

Desde días antes, desde que llegan de Buenos Aires los primeros informes sobre la misión que Rosas va a confiarle a Quiroga, el coronel Francisco Reinafé y su hermano José Antonio no pueden dominar su pasión y sus nervios. Hablan sin precauciones de la conveniencia de eliminar a Facundo.

El mismo día en que Facundo llega a Córdoba, Francisco y José Antonio Reinafé van a la casa de José Lozada, donde se encuentra de visita un empleado de ellos, llamado Rafael Cabanillas, hombre de confianza absoluta para los Reinafé, y de pocos escrúpulos, puesto que forma parte, voluntariamente, de los pelotones de fusilamiento. Esperan en la puerta de la casa al amigo, lo llevan a caminar por la orilla del río, y una vez allí es el coronel quien se encarga de plantearle el problema:

- Va usted a realizar un servicio de mucha importancia para su país y toda la República. El general Quiroga viene pasando a Tucumán. Este hombre viene con el disfraz de mediador, y su principal objeto es incendiar. Viene a convocar a los pueblos de arriba, para una guerra contra Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes".

Como Francisco vacila un poco, interviene prestamente José Antonio Reinafé:

- Andemos claro. Usted lo va a matar al General Quiroga. Usted va a lo del capitán Santos Pérez, y allí llamará al teniente Santos Peralta y con ellos y la gente que le entreguen, le saldrá al camino al general, y si resiste lo ataca, y de cualquier modo que lo tome lo fusila.

Cabanillas enmudece dominado por el terror. Tiene miedo le increpa José Antonio.

- Yo lo hacía más gaucho.

Cabanillas trata de justificarse. No es lo mismo fusilar a un reo que asesinar a una persona. Invoca cuestiones de honor, de hombría. Recuerda que tiene familia.

- Le abonaremos dos mil pesos -prosigue José Antonio- y, además, dispondrá usted de todo lo que le secuestre al general.

Cabanillas mueve negativamente la cabeza. Francisco Reinafé observa entonces a su hermano.

- Es preciso ver la persona con quien se trata.

José Antonio insiste invocando razones, mas al advertir la resistencia de Cabanillas amenaza con el castigo. Cabanillas cede, aunque pensando ya en que ha de encontrar la forma de no cometer el asesinato.

A las ocho de la noche de esa misma fecha Cabanillas concurre al domicilio del coronel Reinafé, donde también se encuentra José Antonio.

- Aquí tiene tres cartas le dice el coronel : para mi hermano Guíllermo, comandante de Tulumba, para el capitán Santos Pérez y para el comandante José Vicente Bustamante. Ellos le proporcionarán inmediatamente los hombres, las armas y todo lo que necesite.

Cabanillas recibe las cartas, mientras José Antonio le obsequia un hermoso par de pistolas, de su uso personal, diciéndole: - Le aseguro el éxito. Dichoso usted que va a prestar un gran servicio a la patria.

El lugar elegido es el Monte de San Pedro, al que Facundo Quiroga tiene que llegar al cabo de pocas horas. Todo está listo. A pesar de esto, la duda se refleja en los semblantes, como si se temiese algo.

Facundo, entre tanto, continúa su viaje, sin otra compañía que la del doctor Ortiz, su secretario. Va enfermo, cada vez más mortificado por el reumatismo, cuyos ataques lo dejan postrado. Pero no se queja; no acepta demorar un poco el viaje para tomar descanso. En las postas donde se detiene para cambiar caballos, sus amigos le previenen que van a matarlo, que pida una escolta para que lo acompañe. Facundo no lo dice, pero quizá lo piensa: el caudillo que necesita una escolta para que lo cuide, no está capacitado para cuidar a nadie. Por lo tanto, no puede ser caudillo. Y él quiere seguir siéndolo.

Al llegar a Pitambalá, el atentado parece materializarse, porque de pronto los caballos se encabritan y la galera queda atascada en el medio del río. Sólo se trata de un desperfecto del vehículo. Pero esto obliga a los ocupantes a pasar la noche entre el agua. Allí lo alcanzan correos con malas nuevas sobre lo que ocurre en las provincias del norte, donde ya han comenzado las hostilidades entre los partidarios de Heredia y Latorre. Facundo aprovecha el alto forzoso para escribirle a Rosas:

"Pitambalá, 25 leguas de Santiago, diciembre 29 de 1834.

Compañero y muy apreciado amigo. Hoy a las 7 de la mañana llegué a este de la fecha y por ello verá que no he sido moroso en la diligencia".

"Estando trabajando en el pasaje de este río, pues ya es de noche, y que existe sepultado en el agua el rodado de la galera, menos la capa, ha llegado el correo de Games con la noticia de que la guerra entre Tucumán y Salta es concluida, con la prisión del gobernador Latorre, por los jujeños; sin embargo yo paso a Tucumán a hacer notoria mi comisión de paz, a dar pasos en el otro ramo de ella, y hacer valer en cuanto sea posible la mediación de este gobierno en favor de los infelices vencidos, sobre cuyo punto insistiré hasta donde lo permita el carácter y la delicadeza de mi misión, pues estos triunfos tienen por inevitable consecuencia las confiscaciones y total exterminio de las personas, de aquí las miserias de las familias, lo insanable de los odios y el inextinguible germen de la discordia; hacer parar estos males es de muchísima más importancia a mi juicio, que si se hubiese evitado el desenlace que han tenido las cosas. No puedo extenderme más porque el tiempo es muy corto, pero ya usted penetrará toda la extensión de mis ideas."

"Mi salud sigue en una alternativa cruel que los ratos de despejo no compensan los de decaimiento y destemplanza que sufro, sin embargo, yo pugno contra los males y no desmayaré sí del todo no me abandonan las fuerzas."

He aquí al "caudillo gallardo, ágil y resuelto" que algunos historiadores presentan, durante el recorrido de los polvorientos caminos del Norte, cuando vive sus días postreros. A pesar de la edad, a pesar de estar en la plenitud de la vida, viaja como un anciano achacoso que se propone no abdicar, 'si del todo no lo abandonan las fuerzas". No obstante, es este hombre enfermo, casi inmovilizado, el que hace temblar a los caudillos más poderosos del país. Es el único a quien le teme López; no hay otro ante el cual se cuide Rosas en la forma en que ante él se cuida; sólo él es capaz de hacer temblar a una provincia poderosa, como Córdoba, y a los cuatro hermanos que la mandan. Lo que causa terror no es ya su capacidad física, sino su nombradía, su terrible fama.

Facundo tendría que sucumbir en el Monte de San Pedro. Los Reinafé lo han preparado todo, pero no es allí donde muere. ¿Porqué? Porque el hombre encargado de dirigir el crimen tiene miedo de matarlo. No por una cuestión de honor o de conciencia, como él mismo pretende, que poco puede ser el honor y menor la conciencia de quien se ofrece voluntariamente para integrar pelotones de fusilamiento.

Al día siguiente de haber recibido las cartas para quienes han de proporcionarle armas y hombres, Cabanillas pasa por la tesorería de la casa de gobierno y, a pesar de ser feriado, recoge algún dinero. Se aproxima la Nochebuena y la gente va hacia la iglesia, cuando él sale del pueblo, lentamente, como si temiese cansar el animal que monta, o como si no tuviese apuro. No obstante, el tiempo urge y él lleva caballo de repuesto. La vida de Facundo depende de la prisa o de la demora de este hombre, que tiene miedo de matar después de haberse comprometido a hacerlo.

Al amanecer se desvía de la ruta y a las 8 de la mañana se detiene en la casa de un amigo de toda su confianza, llamado Manuel Antonio Cardoso. Le dice la verdad y le pide que salga al encuentro de la galera de Facundo, para prevenirlo, a fin de que esa noche avance lo más rápidamente posible, y sin detenerse en ninguna parte, hasta después de haber pasado San Pedro, porque en esta forma podrá evitar el asalto.

Cardoso promete hacer lo que el amigo le pide, pero, por causas que se ignoran, no lo hace. De todos modos, al dar ese rodeo, Cabanillas pierde cuatro horas que van a ser preciosas para Facundo. Después de entrevistarse con Cardoso, Cabanillas se dirige a la casa de Santos Pérez, en Portezuelo, pero no lo encuentra. Sigue viaje a Tulumba, en procura del comandante Guillermo Reinafé, quien también está ausente. Le informan que ambos han ido a las famosas cuadreras de Villa del Chañar, que se realizan para Navidad todos los años. Busca y encuentra entonces al comandante Bustamante, le entrega la carta y recibe la gente armada.

Cabanillas duerme esta noche en Tulumba, reúne a su gente en Manantiales y luego se dirige hacia el Monte de San Pedro, retardando discretamente la marcha. Cuando llegan llama al capitán Saracho y le ordena mirar hacia el camino, desde la cumbre de un cerro, si se divisa la galera de Facundo. Saracho sube al cerro y mira hacia el Sur. No ve nada. Después mira hacia el Norte y ve, a más de media legua, un vehículo envuelto en las nubes de polvo de la carretera.

- ¡La galera del general Quiroga acaba de pasar! -grita.

Cabanillas se encamina hacia Tulumba al frente de su gente. Encuentra aquí a Guillermo Reinafé y le informa de las circunstancias en que ha fracasado el asalto. Después sigue rumbo a la ciudad de Córdoba, donde tiene que enfrentarse con el coronel.

- No he podido cumplir la comisión -dice- , porque no me entregaron la gente a tiempo.

El coronel Reinafé escucha el relato de Cabanillas y luego responde, entre contrariado y altivo:

- Si ahora se ha, frustrado, a su regreso no sucederá así. Sobre esto no sabe nada el gobernador don Vicente, y si desaprueba lo que hago a este respecto, le haré fusilar si puedo más, y si no seré fusilado yo junto con quien yo mande a fusilar a Quiroga. Si yo hubiese estado en el gobierno, lo hubiese sumariado y fusilado a media plaza. La muerte de Quiroga será celebrada por todos los gobiernos, menos por el de Buenos Aires".

En el estado a que han llegan las cosas, "la amenaza y el temor al despojo del poder", han fomentado en tal forma los odios, que ya no parece quedar otro camino que venganza, a muerte. "El odio ha desterrado al discernimiento. No se piensa en las graves consecuencias morales y políticas" que aquel crimen puede traer aparejadas. Los complotados piensan que todos los gobiernos aplaudirán "el bárbaro atentado", menos el de Buenos Aires, "y para enfrentar a ese gobierno ellos cuentan con la ayuda de Santa Fe, para contenerlo".


Facundo inicia el regreso

Una vez en Santiago del Estero Facundo convoca una reunión de personalidades políticas de las provincias del norte. Allí se trata lo relacionado con la misión de paz que lleva y él solicita que se trate con consideración a los vencidos. Después todos convienen en firmar un acuerdo, cuyas principales cláusulas son las siguientes: los gobiernos de Tucumán, Salta y Santiago del Estero, se comprometen a vivir en paz, sin recurrir en ningún caso "al funesto medio de las armas, para terminar cualquier desavenencia que en lo sucesivo tenga lugar". En el caso de que esas dificultades surgiesen, se recurrirá al arbitraje ,de provincias amigas. En vista de las luchas recientes, los vencedores se comprometen a respetar las personas y bienes de los vencidos. Los gobiernos de Salta y Santiago facultan al de Tucumán para que se dirija a las demás provincias, invitándolas a adherirse al presente tratado. Los tres gobiernos se comprometen a perseguir a muerte todo intento de desmembramiento del territorio patrio.

Lograda esa solución, Quiroga se dispone a iniciar el regreso sin atender las advertencias que le hacen sobre posibles atentados en el camino, y sin que parezca impresionarle mucho que el gobernador Latorre haya sido muerto en Salta. Lo acompañan su secretario, el doctor José Santos Ortiz, el correo Marín y su asistente.

La galera inicia la marcha en, forma resuelta, aprovechando que Quiroga se encuentra algo mejor. En un alto del camino alguien se aproxima al doctor Ortiz y le informa que serán atacados tan pronto como penetren al territorio de Córdoba.

En plena carrera, el vehículo que conduce a Facundo y a sus pocos acompañantes termina de cruzar los montes santiagueños y se detiene en la posta de Intiguazi, ya dentro del departamento cordobés de Tulumba, cuyo comandante militar es José Antonio Reinafé. Quiroga pasa aquí una noche apacible, porque el reumatismo parece dejar de mortificarlo. Se acuesta y duerme sin querer escuchar las advertencias del maestro de posta, que anuncia la proximidad de la partida que ha de matarlo.

- Con un solo grito que dé -asegura Facundo-, los que vienen a matarme, si es que vienen, me servirán de escolta.

Mientras Facundo duerme, el maestro de postas informa al doctor Santos Ortiz, quien tiene la certeza de que Quiroga será asesinado y, juntamente con él, todos los que lo acompañan. Los datos que proporciona el lugareño no pueden ser más amplios. Se sabe que lo esperan en un lugar llamado Barranca Yaco, y que el nombre del gaucho encargado de matarlo es Santos Pérez. El doctor Ortiz tiembla. Facundo duerme.


El Capitán Santos Pérez

Pero, ¿quién es Santos Pérez? ¿De dónde sale y cómo ha vivido el hombre que se atreve contra Facundo Quiroga, aunque sea tomando toda suerte de alevosas ventajas? Quizá no esté demás una breve biografía del hombre que, se encarga de poner fin a la vida de Facundo Quiroga.

El capitán Santos Pérez es un antiguo soldado, que revista en el departamento cordobés de Tulumba desde la época en que la provincia está gobernada por el general Bustos. Es un entusiasta adicto de los Reinafé, a cuyas órdenes sirve siempre. Emigra con ellos a Santa Fe, cuando el general Paz se apodera del gobierno cordobés. Incursiona por las sierras de esta provincia cumpliendo órdenes de sus antiguos jefes y llega a formar en aquellos lugares una pequeña republiqueta. Cuando los Reinafé regresan a Córdoba con el ejército confederado, está al lado de ellos. No sabe leer ni escribir, pero posee una inteligencia natural que le permite suplir tales conocimientos.

Cuando el general Paz cae prisionero, Santos Pérez es el capitán que manda la escolta encargada de llevarlo al campamento de Estanislao López, y en el momento en que los Reinafé llegan al gobierno de Córdoba, Santos Pérez desempeña las funciones correspondientes a su grado militar en las milicias provinciales.

En el departamento de Tulumba, que es donde actúa, tiene fama de hombre valiente, aunque también de arbitrario. De él se asegura "que castiga a quien le disgusta, carnea vacas y ensilla caballos sin consultar a sus dueños. En las reuniones de carreras es siempre juez de raya y nadie duda de su justicia. Es capaz de un crimen, pero no de una trampa en el juego o deslealtad en la conducta. En las canchas de taba todos apuestan a sus manos. Es tan diestro que siempre gana. En las pulperías le ceden el sitio de preferencia. El paga las copas y nunca llega a la embriaguez. Su casa está diariamente concurrida de paisanos y transeúntes, su hospitalidad es generosa,. pero jamás recibe a un desconocido, la enemistad o desconfianza terminan en el atropello y para él nunca hay jueces ni castigos. En la región del norte, donde es popular, se le teme y obedece".

Tales son los antecedentes del hombre a quien José Vicente Reinafé manda llamar, después de que Cabanillas fracasa en el Monte de San Pedro.

- Lo he mandado venir -le dice el gobernador-, para darle un socorro de cien pesos.

Un tiempo antes, Guillermo Reinafé, hermano del gobernador y comandante militar de Tulumba, le había ordenado a Santos Pérez que matase a Quiroga. Pero complicaciones posteriores hicieron necesaria la actuación de Cabanillas, con quien debió colaborar aquél.

El capitán Santos Pérez recibe los cien pesos en la fiscalía, después de lo cual va a saludar al coronel Francisco Reinafé, quien le pregunta:

- ¿Por qué motivo no ha dado muerte usted a Facundo Quiroga en el lugar indicado por mi hermano?

- A causa de una enfermedad que me sobrevino
-dice Santos Pérez, sin atreverse a confesar que ha sido a raíz de las carreras de Navidad.

- Es necesario que ahora esté pronto -agrega el coronel-, para cumplir la orden cuando le avise don Guillermo, al volver el general para Buenos Aires.

Santos Pérez parece mostrar ciertos recelos.

- No tenga usted cuidado y esté tranquilo -agrega el coronel-, por que unidos los señores generales Rosas y López, en la resolución o plan convenido de matar al señor general Quiroga, el primero lo manda con pretexto de enviado, para que el segundo lo mate en el tránsito por esta provincia".

El gobernador sustituto de la provincia, presente en la entrevista, aprueba y confirma lo dicho por su hermano. Con estos antecedentes, el capitán Santos Pérez vuelve a Tulumba conduciendo cartas para el comandante Guillermo Reinafé y trescientos pesos enviados por el gobernador. Es aquí en Tulumba donde recibe las armas necesarias para cumplir con su misión, y donde el comandante Guillermo Reinafé le indica que el asesinato de Quiroga debe realizarse en el lugar denominado Barranca Yaco, con un grupo de los mejores hombres de su escolta personal para que lo secunden. Después, en tono imperativo, le ordena:

- Matará usted no sólo al general Quiroga y toda su comitiva, sino también a cualquier otra persona que pasase por aquel lugar en el momento de la ejecución.

Todo queda convenido, hasta en sus menores detalles, para que el crimen sea ejecutado por un capitán de las milicias cordobesas, de acuerdo con lo que le ordena el comandante militar de Tulumba, con tropas provinciales que éste proporciona y con el conocimiento pleno de las principales autoridades. Se quiera o no, ésta es una forma de darle carácter oficial al crimen.

Recibidas las órdenes, Santos Pérez regresa a su domicilio, para esperar que se le comunique la fecha y hora en que debe cometer el crimen. ¿Qué ocurre en estos momentos dentro de su alma? ¿Cuáles son los sentimientos de esta naturaleza primitiva' ¿Siente algún remordimiento o considera que va a cumplir con una misión de hombre, por gratitud a quienes lo distinguen con su confianza? He aquí un secreto y un misterio que Santos Pérez se lleva a la tumba, porque jamás habla de ello.


La última advertencía

Posta de Sinsacate     

El drama de Barranca Yaco se va gestando simultáneamente en dos frentes. Allá, en Córdoba, los Reinafé preparan con todo cuidado el crimen. Aquí, en la galera que ocupa Facundo, éste se deja llevar por su orgullo selvático, quizá por su fatalismo, y marcha al encuentro de la tragedia sin escuchar las voces de alerta, se trate de lo que se tratare.

Existe una versión según la cual, antes de que la galera llegue a la posta del Ojo de Agua, un joven pide a gritos al postillón que la detengan en el linde de un bosque. El postillón accede y el joven reclama la presencia del doctor Ortiz, a quien conoce y por quien ha sido favorecido en otra oportunidad. El doctor Ortiz desciende del vehículo y escucha cuando el asustado joven le dice:

- En las inmediaciones del lugar denominado Barranca Yaco está apostado Santos Pérez con una partida; al arribo de la galera deben hacerle fuego de ambos lados y matar en seguida; de postillones arriba nadie debe escapar; ésta es la orden. Le pide al doctor que monte en el caballo que le lleva, y que lo acompañe a la estancia de su padre, que está allí cerca.

El doctor Ortíz sube a la galera e informa a Facundo de lo que acontece. Le pide que hable con el joven Sandivaras, tal el su apellido. Facundo acepta, haciéndolo subir a la galera. Escucha atentamente el relato, agradece la información y trata de tranquilizar al informante:

- No ha nacido todavía el hombre que ha de matar a Facundo Quiroga. A un grito mío, esa partida, mañana, se pondrá a mis órdenes y me servirá de escolta hasta Córdoba. Vaya usted, amigo, sin cuidado.

Facundo está de buen humor. Y todo parece coincidir para que así ocurra. Inclusive el reumatismo, que deja de mortificarlo en esta etapa del viaje. El orgullo que caracteriza sus acciones y el terror que está seguro de despertar con su sola presencia, contribuyen a convertir su trágico final en algo inevitable. Porque Facundo tiene mucho menos miedo de morir que de pasar por cobarde. Su conducta parece inspirada por la idea de que, muerto él con altivez, se salva su hombría, que es lo que más valoriza. Y no parece dispuesto a cambiar la salvación de su concepto de la hombría, ni por la prolongación de la vida misma.

Durante la noche que pasan en la posta del Ojo de Agua, el doctor Ortiz, "que va a una muerte cierta e inevitable, y que carece del valor y de la temeridad que animan a Quiroga", permanece a la espera de los trágicos acontecimientos, sin atreverse a insistir ante su jefe. Quizá por eso, mientras Facundo duerme como si nadie le hubiese prevenido nada, Ortiz llama aparte al postillón y le pide informes sobre las versiones circulantes. Le promete no decir nada que sea capaz de comprometerlo, y el postillón habla: "Santos Pérez ha estado allí con una partida de treinta hombres", una hora antes del arribo de la galera en que viaja Facundo. Lleva a todos sus hombres bien armados de tercerola y sable. En esos momentos seguramente están ya esperándolo en el lugar prefijado, con instrucciones de matar a Quiroga y a todos los que lo acompañan.

Alarmado ante estas noticias, el doctor Ortiz le pregunta al postillón si está seguro de lo que dice, y el postillón le responde:

- El propio Santos Pérez me lo dijo.

Cuando Facundo se despierta, a media noche, el doctor Ortiz le transmite la nueva información y lo insta a tomar precauciones. Todo inútil. Facundo pide una taza de chocolate y la saborea como si nadie le hubiese dicho nada. Se tiende nuevamente en la cama, al saber que es media noche, y un instante después duerme.

Poco más tarde, mientras Facundo descansa, el doctor Ortiz, que no puede hacerlo, va en busca del postillón, entablándose entre ambos un breve diálogo:

- ¿Duerme, amigo?
- ¿Quién ha de dormir, señor, con esta cosa tan terrible?
- ¿Con que no hay duda? ¡Qué suplicio el mío!
- ¡Imagínese, señor, cómo estaré yo que tengo que mandar dos postillones, que deben ser muertos también! Esto me mata. Aquí hay un niño que es sobrino del sargento de la partida y pienso mandarlo; pero el otro... ¿A quién mandaré?, ¡a hacerlo morir inocentemente!

A la vista de todo esto, el doctor Ortiz resuelve hacer un nuevo esfuerzo. Despierta a Facundo y lo pone al corriente de todo. Facundo se levanta, molesto, airado. Da a entender al doctor Ortiz que puede haber tanto peligro en contrariarlo a él, como en enfrentar a la partida de Santos Pérez, si es que se presenta. Después llama a su asistente y le ordena que limpie y que cargue las armas que van en la galera.


En vísperas del crimen

Mientras tanto, en el otro sector donde se preparan los actores ejecutivos del drama, todos se mantienen alertas. Tan pronto como la galera de Facundo comienza a cruzar el territorio de Córdoba, Jesús de Oliva, comandante de Chañar, envía un chasque a Guillermo Reinafé para prevenirle que Quiroga, viajando muy de prisa, está sobre la frontera sin que lo acompañe ninguna escolta. El comandante Reinafé manda llamar a uno de sus ayudantes, un joven llamado Justo Casas, y le ordena:

- Vaya y dígale al capitán que ha llegado el momento de cumplir su palabra.

Cuando el joven llega a su destino y retransmite el mensaje, Santos Pérez le contesta, secamente:

- Ya lo sé.

Después le ordena al celador que salga a citar a los soldados, previniéndole que nadie debe faltar a la cita. Los hombres comienzan a llegar a media noche y al amanecer están todos presentes, cuando se les une un grupo de nueve soldados de la escolta del comandante Reinafé, que vienen a las órdenes del teniente Feliciano Figueroa. Son hombres jóvenes, que oscilan entre los 20 y los 30 años, procedentes de las clases campesinas más analfabetas y pobres.

Santos Pérez los hospeda en su propia casa, les da de comer y les proporciona los mejores caballos. Vigila que las armas estén en condiciones, examina disimuladamente a los hombres, por si entre ellos hay algún cobarde. Al día siguiente emprenden la marcha después de haber almorzado.

Nadie sabe para qué los han reunido ni a dónde van, aunque algunos lo sospechen. Nadie les ha pedido reserva, pero ellos comprenden que se trata de una comisión reservada. Por otra parte, el capitán marcha a la cabeza de la tropa, muy acostumbrada a seguirlo a cualquier parte. El día es caluroso, y parece serlo aún más por lo resecos que se encuentran los campos.

- No pasará el día sin tormenta -dice el teniente Figueroa, a cuyo lado marcha el sargento Basilio Márquez, quien le responde:

- Cuando salimos con el capitán estamos acostumbrados a mojarnos.

Ambos se miran y ríen nerviosamente, como si estuviesen en el secreto de que van a matar a Facundo Quiroga.

Viajan todo el día, sin hacer alto, sin formular preguntas de ninguna clase. Al atardecer acampan en las Lomas de Macha, cerca de un río y "al reparo de corpulentos algarrobos, talas y sauzales". Desensillan para que los caballos puedan descansar. Les dan agua y los dejan comiendo en una rinconada. Poco después, Marcelo Márquez, maestro de postas de Macha, llega con una res que carnean. "Allí come la gente esa tarde. El capitán y el maestro conversan a solas, permaneciendo apartados todo el tiempo. El asistente Flores les sirve mate, y planta al lado del asador de varilla de tala, la mejor achura."

Después, el encargado de la posta regresa a su rancho, acompañado por el soldado Roque Juncos, que es el encargado de volver con el aviso, cuando Facundo llegue a la posta. "Entrada la noche levantan el campo", para dirigirse a Pozo de los Molles, desde donde siguen rumbo a Río Pinto. Nadie se explica el porqué de aquella marcha y contramarchas. Lo mismo ocurre cuando amanecen en Coquitos, sobre la carretera del Norte, a tres cuadras de Barranca Yaco. El lugar, ciertamente, merece haber sido elegido para un crimen.


Barranca Yaco

Barranca Yaco     

El día del crimen, antes de que su galera salga de la posta del Ojo de Agua, Facundo pasea lentamente frente al rancho. Está de buen humor porque hace mucho tiempo que no puede caminar así sin que el reumatismo lo mortifique. Habla con el doctor Ortiz, mas sin darle lugar a que vuelva a prevenirle sobre los peligros que los esperan. Observa al maestro de postas mientras ata los caballos a la galera. Asiste serenamente, con una serenidad que no es propia de su temperamento, a todos los preparativos de aquella andanza, que ha de ser la última de su vida. Ve cómo se acomoda el postillón que va en el tiro; observa al niño que los acompaña; a dos correos que se han reunido por casualidad y al negro que monta a caballo para acompañarlo. Sube a la galera, haciéndose preceder por el doctor Ortiz, lo que quizá por primera vez acontece, y luego sube él, casi ágilmente, como si repentinamente se hubiese curado. La galera se pone en marcha.

Desde este momento, desde que el maestro de postas pierde de vista a la galera, nadie sabe nada de lo que acontece con los ocupantes de aquélla, puesto que todos mueren unas horas más tarde, y los dos hombres que han de sobrevivir por haberse retrasado, viajan fuera de ella.

La galera cruza por Macha, sin que sus ocupantes sospechen que poco antes acaba de pasar por aquí Santos Pérez, que el maestro de la posta está en el secreto de todo, y que ahí se encuentra Roque Juncos, soldado de las milicias cordobesas que los espía para prevenir a su jefe de la llegada de Facundo.

En Macha recogen a un correo, luego pasan por Sinsacate y finalmente se aproximan a Barranca Yaco. El tiempo es caluroso, sofocante y una tormenta se anuncia como algo inevitable.

Penetran a la parte en que el camino se enangosta, como si los montes que lo rodean tratasen de estrangularlo. Y es precisamente aquí donde la galera de Facundo se detiene, porque el postillón acaba de escuchar que alguien grita, fuertemente, y por dos veces consecutivas.

- ¡Alto! ¡Alto!

Se produce un extraño silencio, un silencio que dura solamente segundos, pero que parece eterno.

¿Qué ocurre? ¿Por qué se detiene aquí la galera de Facundo? ¿Quién se atreve a gritar, ordenando que se detenga?

Una hora antes, cuando Quiroga permanece aún en la posta, el soldado Roque Juncos llega a la carrera hasta el lugar donde se encuentra Santos Pérez y le previene:

- Han quedado ensillando los peones de la galera.
- ¿Qué dicen los que vienen?
-pregunta aquél.

El soldado cuenta que el doctor Ortiz le dice al maestro de postas, mientras ambos se pasean frente a la galera, que los Reinafé los han querido hacer matar, que se han salvado milagrosamente.

Santos Pérez piensa que quizá hayan tenido noticias de lo que se les preparaba en el Monte de San Pedro, pero pronto lo olvida para entregarse a los preparativos del ataque. Distribuye su partida de treinta y dos hombres en tres grupos a lo largo del camino de Barranca Yaco. Avanza al Norte y se ubica él cola sus hombres probados. En rumbo opuesto, al Este de la carretera, coloca al teniente Figueroa, y más allá, sobre el costado del Oeste, al alférez Cesáreo Peralta, escalonados todos a una cuadra de distancia. En los extremos norte y sur establece guardias, con orden de matar a cualquier persona que transite. Nadie se mueve sin orden de Santos y nadie sabe lo que va a ejecutarse, pues lo único que él les dice, al clasificar a los grupos y tomar las posiciones, es esto:

- Vamos a sorprender un tráfico que viene, de orden del gobierno y del coronel Francisco Reinafé. Al que se muestre cobarde yo mismo lo fusilaré. A la voz de mando cargarán las tres emboscadas.

En ese momento aparece por el camino el correo Luis María Luegues, especie de vanguardia de Facundo. Santos Pérez lo hace detener y manda que lo internen en el monte con centinela de vista.

La gente permanece en sus puestos hasta que, a las once de la mañana, se escucha hacia el norte el ruido de un vehículo y el del galope de algunos caballos. Poco después aparece la galera de Facundo en el comienzo de un recodo. Es en este momento cuando Santos Pérez se cruza en el camino y grita:

- ¡Alto! ¡Alto!

En seguida, al advertir que la galera se detiene, vuelve a gritar, pero ahora dirigiéndose a sus hombres:

- iMaten, carajo!

Los integrantes de las tres emboscadas avanzan rápidamente y descargan sus armas sobre la galera. Se escuchan los gritos de los conductores y auxiliares de la diligencia, que resultan heridos. En este momento Facundo asoma la cabeza por la ventanilla de la galera y alcanza a gritar, mientras hace fuego:

- ¡Eh! No maten a un General...

Son sus últimas palabras, porque Santos Pérez, que acaba de verlo, descarga sobre él su pistola. El tiro, certera o casualmente, da en el rostro de Facundo; le penetra por el ojo izquierdo y lo mata en el acto.

Así muere, casi sin darse cuenta de que lo matan, sin que le den tiempo de seguir aterrorizando con el bramido de su voz, el vencedor de "El Puesto"; el héroe que derrota y desarma a los veteranos del glorioso Regimiento 19 de los Andes; el vencedor de Lamadrid en "El Tala" y "Rincón de Valladares"; el vencido por Paz en "La Tablada" y "Oncativo"; el hombre que conquista la llanura y llega a dominar la región andina partíendo de Buenos Aires con trescientos ex presidiarios, y 150 vagos; el vencedor de "La Ciudadela"; el caudillo cuyo poder inspira tanto terror, que inclusive lleva al terreno del crimen a sus enemigos más encarnizados. Su cabeza queda colgando hacia afuera, desde la abierta ventanilla de la galera, mientras un hilo de sangre corre por su rostro.

Desde el momento en que Facundo cae muerto, todo lo demás es fácil. Santos Pérez penetra a la galera y atraviesa el pecho del doctor Ortiz con su espada, en el mismo momento en que aquél grita:

- ¡No! ¡No es preciso esto!

Santos Pérez llama al sargento Basilio Márquez y le ordena "despenarlos". En este momento, Quiroga, que ya está muerto, "recibe un golpe en la cabeza y un puntazo de cuchillo en la garganta. Su secretario, moribundo, es degollado".

Inconmovible ante la sangre que corre, Santos Pérez le ordena a Mariano Barrionuevo, señalando a los aterrorizados peones:

- A ésos llevenlos al monte.

"Les atan las manos atrás, les alzan en ancas de los caballos, y en dos grupos los internan a cuatro cuadras del camino". Un momento después aparece el asistente Flores y le consulta:

- Señor Capitán. Dice el sargento Barrionuevo si fusila a los presos o qué clase de muerte les da.

Santos Pérez se dirige al alférez Peralta, que está allí esperando órdenes al frente de su partida.

- Vaya, alférez; dígale que los degüelle a todos.

Entre los lamentos de los ajusticiados se escuchan las súplicas del postillón, un niño de 12 años, llamando a su mamita! El soldado Benito Guzmán le pide a Santos Pérez que perdone al chico, miembro de una familia amiga.

- No puedo, por ordenarlo así mis jefes responde Santos Pérez.

El soldado Guzmán insiste hasta que lo hacen callar de dos balazos. No muere en el acto, sino al cabo de una semana. Pero no se le permite confesar para que no revele aquel secreto.

Barrionuevo y Peralta son los encargados de los degüellos. Y no paran hasta que mueren todos, inclusive el postillón de doce años.

Sacan la galera delcamino, borran las huellas y se dedican al saqueo: "A los muertos se les despoja de las ropas útiles; se vacía el interior de la galera y el noque, y se bajan los baúles de cuero de la zaga delantera. El mismo Santos Pérez los abre. Extrae dos vejigas con treinta y cuatro onzas de oro y las guarda en su tirador. Encuentran una bolsa grande, con 382 pesos fuertes, en monedas de a ocho y cuatro reales y distribuye tres pesos por soldado. Al Alférez Peralta le obsequia con treinta y ocho, y cien le entrega al teniente Figueroa, para "contentar a su gente". Figueroa sólo le da un peso plata a cada soldado, mientras que Santos Pérez les dice:

- Esta gratificación en dinero se la doy yo. El gobierno ha de mandar mil pesos que ha ofrecido.

Se reserva los baúles y algunos objetos de valor que encuentra en el fondo del noque: una pava, tres cucharas y una jarra de plata, un yesquero y botones de oro, el reloj y cadena, los sellos y armas del General, una valija de cartas y papeles manuscritos. Las ropas usadas, en cambio, las distribuye entre su tropa. Terminada la tarea, Santos Pérez les muestra a sus soldados el cadáver de Quiroga y les dice de quién se trata. Los soldados tiemblan. No habían podido siquiera imaginarse que era a él a quien mataban.

Abandonan el lugar sin enterrar los cadáveres, dejándolos cubiertos de manchas rojas. Pero esa noche, al estallar la tormenta que amenazaba, la lluvia torrencial lava la sangre. Así termina en Barranca Yaco el 16 de febrero de 1835.

Cuando llegan a Los Timones, Santos Pérez disuelve a sus soldados, recomendándoles no usar todavía las ropas de los difuntos, y luego agrega:

- Mañana se presentarán en mi casa del Portezuelo a entregar las armas y caballos que son reyunos.

Al teniente Figueroa lo envía a Tulumba, para que informe al Comandante Reinafé, quien le contesta:

- Han hecho bien. Han cumplido con la orden.

Algunos días después también Santos Pérez llega hasta Tulumba para visitar al comandante Guillermo Reinafé. Lo acompaña el soldado Cándido Pizarro, que le sirve de asistente. Todos parecen convencidos de que el crimen quedará impune, que la pesadilla de un Facundo amenazante ha desaparecido sin dejar rastro de ninguna clase. Se distribuyen "los beneficios de la operación". En su visita a Tulumba, Santos Pérez le entrega a Guillermo Reinafé "el par de magníficas pistolas fulminantes de propiedad del General, un poncho de vicuña y seis onzas de oro". Después le informa detalladamente sobre la realización del crimen. Le asegura que nadie ha escapado, entre quienes iban con Quiroga.

"¿Nadie? parece preguntar Guillermo Reinafé, convencido de que la vida de ellos pende de tal secreto.
"Nadie", responde Santos Pérez, moviendo la cabeza.

También informa que más tarde distribuirá siete pesos a cada uno de los hombres de su partida, haciéndole la aclaración de que les paga por cuenta del gobierno, en cuya representación procede. Guillermo Reinafé aprueba la conducta de Santos Pérez, lo elogia, lo felicita, y como si nada importante se hubiese tratado allí, agrega, indiferentemente:

- Ya sabe, amigo, que el domingo venidero hay grandes carreras en San Pedro. Corre el famoso rosillo de Bustamante y un lobuno de Urquijo, traído de Santiago. No falte que usted tiene que ser el juez de raya.

Hablan como si lo ocurrido fuese a olvidarse en el transcurso de un lapso muy breve. Pero al día siguiente todos se sobresaltan. ¿Quién ha puesto, durante la noche, nueve cruces sobre el lugar que sirve de escenario al crimen? Imposible averiguarlo. Pero a partir de ese día, durante mucho tiempo, las cruces se encargan de señalar el sitio donde se desarrolla una tragedia, sobre la que se siguen tejiendo leyendas en nuestro tiempo.

"Los viajeros detienen el galope de sus cabalgaduras dice el doctor Ramón J. Cárcano, evocando el episodio , y paso a paso, mirando con recelo el espeso bosque cruzan la Barranca de las nueve cruces, la cabeza descubierta, orando por los muertos. La tragedia se reproduce en la imaginación del caminante. Quiroga, Ortiz y su servidumbre; los Reinafé, Santos Pérez y su partida

Leonardo Castagnino

Copyright © La Gazeta Federal / Leonardo Castagnino  El autor

                          

Fuentes:

JUAN MANUEL DE ROSAS. La ley y el orden - Castagnino Leonardo Juan Manuel de Rosas. La ley y el orden
- Newton, Jorge – Juan Facundo Quiroga, Aventura y leyenda.
- Cárcano Ramón J. : Juan Facundo Quiroga.
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar


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