El manco Paz
El "manco" Gral. Paz.
La historia oficial deja muy bien parado al general José Maria Paz contando sus hazañas militares y su genio militar, que nadie le niega, pero olvida y pasa por alto ciertos detalles de sus métodos para “civilizar” el interior. Su compañero de armas general Iriarte cuenta que “acaloraba a sus jefes para que fusilasen a los prisioneros” y que así procedía para evitar “la brusquedad de sus órdenes encapotadas”. Los propios partidarios de Paz reflexionan sobre sus acciones, como Gurruchaga que le escribe a Pedro Frías: “El reconocimiento de la supremacía del general Paz va a traer grandes males a las provincias y será bueno buscar nuevos pobladores que las habiten”
El diputado de Paz ante las provincias del norte, Dr. Agüero, después de ser puesto en libertad por el caudillo federal Ibarra que lo había tomado prisionero, manifiesta que en un oficio “que la conducta de Deheza y sus colaboradores lo habían hecho perder la provincia de Santiago del Estero, pues violaban, robaban o asesinaban a toda persona eu encontrasen” y en una carta del citado Deheza al gobernador de Santiago del Estero, Francisco Gama, puede leerse: “Sáquele todo cuanto pueda al comercio para contar con algo, ya sabe que somos pobres”.
Después de la victoria sobre Quiroga en La Tablada, Paz ordena a su jefe de Estado Mayor coronel Deheza, de "quintear" a los prisioneros, es decir fusilar a uno de cada cinco, que suman mas de cien.
Los federales comprendieron que necesitaban una mano firme que parara la tragedia, y miraron la figura de Juan Manuel de Rosas. Era la mano firme y vigorosa necesaria que San Martin intuyó en Rosas. (Ver Rosas y San Martín) También miraron a Rosas los unitarios, y el cónsul ingles Woodbine Parish informa a su gobierno: “Últimamente fueron liberados de la prisión dos asesinos, bajo el compromiso de asesinar a Rosas”
Barranca Yaco
Tras el asesinato de Quiroga en Barranca Yaco, Rosas ordena la investigación del hecho, y los asesinos son traídos a Buenos Aires por orden de Rosas, juzgados, sentenciados y fusilados, pro algunos perversos pretenden inculpar o sospechar a Rosas como el instigador, con medias verdades y mentiras como aquella de que “a Rosas le convenía la desaparición de Quiroga”, que le haría sombra. Muy por el contrario, Rosas hubiera tenido en Quiroga un aliado infatigable para luchar contra todos los unitarios que complotaban en el interior constantemente durante veinte años. Pero aun “suponiendo” que fuese cierto que “a Rosas le convenía la desaparición de Quiroga”, no es razón para inculparlo, y el razonamiento es tan perverso como inculpar a Mahoma por la muerte de Jesucristo porque a aquel le hubiera convenido.
El complot unitario de 1833
Londres, 6 de noviembre de 1833
Señor don José de Ugarteche
Mi querido amigo:
Tengo que añadir a la mía del 24 de octubre, igualmente por conocimientos muy auténticos e indubitables, que el plan de los unitarios de Montevideo, en que está empeñada y la fracción traidora que manda allí, es declarar la guerra con cualquier pretexto a Buenos Aires, suscitando querella por Marín García, o por la conducta de general Lavalleja, etc. o con cualquier otro motivo frívolo, lo que lleva la mira por la parte del gobierno de Montevideo de apoderarse de Entre Ríos y de la navegación del Uruguay; y por parte de los unitarios el que, armándose un ejército un ejercito por Buenos Aires para resistir la hostilidad, se le dé el mando a don Estanislao López, quien se levantará con él y se declarará por la revolución. Es parte principal y preparatoria de este plan que el señor López de Santa Fe rompa con los señores Rozas y Quiroga, halagándolos con pérfidas sugestiones, pero con la mira de sacrificarlos luego a su vez; y se jactan de que tienen ya mucho adelantado. Este plan, todo de sangre y escándalo, lo ha ejecutado y convenido don Julián Agüero en Montevideo, con Rivera, Obes y los españoles y unitarios de uno y otro lado. En la fe de sus efectos y seguridad va Rivadavia a partir a fin de este mes.
Tengo datos más seguros de esta horrible conspiración. Baste a V. saber por ahora que indirectamente la diplomacia inglesa ha trabajado en descubrirla, y lo ha hecho con la habilidad y medios que tiene siempre para ello. La última negociación de Lord Strandford–Canning en Madrid, respecto del reconocimiento de nuestra independencia por España, y las respuestas que le daba el ministerio español le hicieron conocer a este gobierno que había una trama que se urdía en París por americanos, y se aplicó a conocerla. Además, yo no me he dormido. Dios quiera que este aviso llegue cuando el atentado esté todavía en proyecto.
Las gaceta aquí y noticias particulares dan a V. por ministro de relaciones exteriores; yo nada sé de ello, y solo me dirijo al hombre de bien y patriota. Si está V. en el ministerio verá por mi correspondencia oficial de esta fecha un proyectito de Montevideo en España en consonancia con el que aquí refiero.
Nunca mejor deseo de rogar a Dios que lo quíe y proteja como lo desea,
Su afectísimo compadre.
Firmado: Manuel Moreno.
Noviembre de 1840
En 1840 el general Juan Lavalle, hostilizado por las tropas federales combinadas de los generales Manuel Oribe y Juan Pablo López, se decidió a tomar por asalto la ciudad de Santa Fe para abrir su comunicación con el Paraná y con Montevideo.
El 23 de setiembre, Lavalle ordenó al coronel Rodríguez del Fresno que iniciara el ataque de esa plaza con la legión Méndez. A esta fuerza se unieron en seguida el batallón de infantería del coronel Díaz, la artillería de Manterota y algunos piquetes de infantería santafesina, todas las cuales se pusieron a las órdenes del general Iriarte.
El general Eugenio Garzón que comandaba en jefe la plaza, respondió con denuedo el ataque, después de haberse negado a rendirse como se lo proponían los asaltantes. Garzón era un bravo y experimentado militar, cuyos méritos le habían granjeado consideraciones aún entre sus adversarios políticos; y como tal se mostró una vez más en la defensa de Santa Fe. Obligado a cubrir con sus escasas fuerzas los puntos más importantes de la ciudad, resistió dos días el asalto que le trajeron los unitarios simultáneamente por el lado de la costa y por las calles del norte y sur de la plaza.
Al segundo día los unitarios se apoderaron de algunas alturas. Entonces Garzón, defendiendo el terreno palmo a palmo, se atrincheró en la Aduana con las fuerzas que le quedaban, rechazando desde allí los ataques que le llevaron. La infantería y artillería de Lavalle se estrellaron varias veces contra esa posición que hacía formidable la pericia de Garzón. Pero esta lucha no podía prolongarse. Garzón había perdido su mejor fuerza en el estrecho recinto que defendía. Sus municiones se agotaban ya cuando sus principales jefes acordaron nombrar un parlamentario ante el coronel Rodríguez del Fresno. Este concedió al general Garzón y a sus oficiales salir con los honores de la guerra si se rendían en el perentorio tiempo de un cuarto de hora.
Empero, la misma noche de la toma del cuartel, el general Iriarte le notificó a Garzón que él y sus compañeros eran prisioneros a discreción, pues el coronel Rodríguez no tenía facultades para hacerle concesión alguna. Garzón invocó con arrogancia la capitulación arreglada con el jefe de la plaza, y alegó en términos duros que sus oficiales no podían ser víctimas de la indisciplina del que tal notificación le hacía.
Iriarte se limitó a responderle que no había más que someterse a las circunstancias que había creado la guerra, y que se preparasen a marchar al cuartel general de Lavalle que estaba situado en la chacra de Andino en las afueras de la ciudad.
Allí, en la chacra de Andino, se preparaba el complot contra la vida de Garzón y de sus compañeros. El coronel Niceto Vega, que llevaba la palabra en las solicitudes colectivas de los jefes del ejército “libertador” al general Lavalle para arrancarle resoluciones violentas con cuya responsabilidad cargaba éste exclusivamente, reunió sus compañeros de armas momentos después de haber el general Garzón desalojado la Aduana en virtud de la capitulación arreglada; y en esta reunión se resolvió nombrar una comisión de jefes con el objeto de pedir al general Lavalle que el general Garzón, el gobernador Méndez, el coronel Acuña, su hijo, el capitán Gómez y demás oficiales capitulados fueran conducidos al cuartel general y fusilados inmediatamente.
La comisión presidida por el coronel Vega llevó su cometido ante el general Lavalle. Este visiblemente agitado les respondió a los que la componían: "¿Y por qué no los mataron ustedes en el acto de tomarlos? ¿Quieren que caiga sobre mi la muerte de todos ellos?.... Esta bien, señores, los prisioneros serán fusilados”. E inmediatamente dio orden de que la legión Avalos trajese bien asegurados los prisioneros al cuartel general.
Y véase lo que a este respecto dice el coronel Rodríguez del Fresno:
“Al día siguiente de la toma de la plaza, me dirigí al campo del general Lavalle, quien me hizo llamar por medio de su ayudante Lacasa; y lo encontré en la loma de la chacra de Andino, sentado sobre su montura. Lo saludé, y la primera pregunta que hizo fue si quedaban asegurados los prisioneros. Le contesté que sí. “¿Están todavía con mucho cogote?” me dijo. – “No les falta”, le contesté. – “Irá usted a la Capital , agregó el general, y ordenará al mayor de plaza, o al jefe encargado de la custodia de los prisioneros, que los entregue al comandante Avalos, quien llevará mis instrucciones sobre la manera de traerlos. Aquí les bajaré el cogote”.
El comandante Avalos sacó en efecto a los prisioneros de sus calabozos y los condujo maniatados y bien asegurados al cuartel general de Andino; pero varias damas santafecinas, y principalmente doña Joaquina Rodríguez de Cúllen, hermana del coronel Rodríguez del Fresno, y viuda de Domingo Cúllen, y que debía servicios importantes a Garzón, se apresuraron a pedirle gracia a Lavalle por la vida de este último y la de sus compañeros. Esta súplica, por una parte; las reflexiones que le hicieron sobre que era el gobernador de Santa Fe quien debía juzgar a los prisioneros, y las que él mismo se hizo acerca del alcance y trascendencia que tendría en las provincias la tremenda resolución que le habían arrancado los jefes de su ejército, decidieron al general Lavalle a devolver los prisioneros al gobernador Rodríguez del Fresno, levantando así la sentencia que había fulminado sobre sus cabezas.
En estas circunstancias cayó como un rayo en el campo del general Lavalle la noticia de la convención celebrada entre Rosas y el barón Mackau. Todos los cálculos y planes de los emigrados unitarios quedaban desbaratados a consecuencia de esa convención. Lejos de contar con el auxilio y el apoyo de Francia, que nunca les eran más necesarios que en estos críticos momentos, se encontraban desde luego reducidos a sus escasos recursos propios, y frente a frente a todo el poder de Rosas, aumentado moral y materialmente a causa de la paz que acababa de pactar con esa nación.
Mano de hierro
El terror unitario no terminó en el año treinta ni durante el gobierno de Rosas, y se sucedieron complot unitarios como “La máquina infernal” y otras venganzas contra los vencidos en las guerras civiles. El 21 de marzo de 1841, el presidente de la “Comisión Argentina de Chile”, general la Heras, le escribía al jefe de la coalición del norte, general Brizuela:
“Sería conveniente que todos los malvados que empuñan las armas a favor de Rosas tuviesen la evidencia que han de morir, si caen en manos de sus enemigos. Para esto sería muy importante que el jefe de la coalición hiciese una declaración solemne. Para esta declaración produjese saludables efectos, sería necesario manifestar un brazo de hierro y no desviarse de ese sistema por conmiseración. En el estado a que han llegado las cosas en los pueblos argentinos, todos los medios de obrar son buenos. La más grande verdad política, es la de que los medios quedan siempre legitimados por los fines, y que, si el fin es honroso ya laudable, los medios nada importan, aunque sean sangrientos y aterradores” (García Mellid, Atilio: "Montoneras y Caudillos en la historia Argentina".p.66)
Después de Caseros
Después de Caseros aumentó la virulencia del terror unitario, ante la pasividad inclusive de algunos “federales” como Urquiza. Con las manos libres, la dupla Mitre-Sarmiento llevó una “guerra de policía” para limpiar de gauchos federales el interior. El mitrismo no se contentó con reemplazar y aplastar los gobiernos provinciales sino que se dedicó a exterminar sistemáticamente a opositores políticos, sospechosos y hasta a los pobres gauchos.
Sarmiento fue un terrosita de estado, y Mitre uso el odio de Sarmiento: "Hemos jurado con Sarmiento que ni uno solo ha de quedar vivo" (Mitre en 1852).
En 1856, en los campos de Villamayor, Mitre hace fusilar al ilustre general el ejército Jerónimo Costa y todo su estado mayor, oficiales y suboficiales en número de 126, que se habían rendido. Y después dice representar la “civilización”
"Tengo odio a la barbarie popular... La chusma y el pueblo gaucho nos es hostil... Mientras haya un chiripá no habrá ciudadanos, ¿son acaso las masas la única fuente de poder y legitimidad?. El poncho, el chiripá y el rancho son de origen salvaje y forman una división entre la ciudad culta y el pueblo, haciendo que los cristianos se degraden... Usted tendrá la gloria de establecer en toda la República el poder de la clase culta aniquilando el levantamiento de las masas". (En Buenos Aires, 1853; Carta a Mitre del 24 de Septiembre 1861)
La guerra de policía
El interior en general se revela contra el gobierno nacional, y quieren romper la alianza con Brasil. Se levanta entre otros el Chacho Peñaloza y Felipe Varela. Solamente Urquiza se mantiene en San José, haciendo sus “negocios con la guerra”. Se reúne el congreso y declara una “guerra de policía”
“Todos los individuos que tomaran las armas o hayan tomado parte en la ejecución de atentados cometidos por los revolucionarios de Mendoza…y todos los que en cualquier punto del territorio sujeto a la jurisdicción nacional contribuyan con actos deliberados a estimular, fomentar o mantener aquel estado de anarquía, serán considerados como rebeldes y traidores a la patria, y sometidos por la fuerza a la justicia nacional para ser juzgados como tales con toda severidad de las leyes” (19-01-1867)
Pero Mitre ni siquiera se conforma con esta ley, y lejos de cumplirla, nombra a Sarmiento director de la guerra y le dice: “quiero hacer una guerra de policía. La Rioja es una cueva de ladrones que amenaza a todos los vecinos y donde no hay gobierno que haga la policía. Declarando ladrones a los montoneros sin hacerles el honor de considerarlos como partidarios políticos ni elevar sus depredaciones al rango de reacciones, lo que hay quehacer es muy sencillo”. Tal vez para no comprometerse, no se lo dice directamente, se lo insinúa, pero el loco Sarmiento, que además de buen entendedor, resentido y racista como es, siente un odio visceral hacia el gauchaje, no necesita mucho para embalarse, comienza una masacre salvaje contra el gauchaje de las provincias.
Siendo Sarmiento director de la guerra y gobernador de San Juan declara la intervención de las provincias vecinas. Como no tenía atribuciones para eso, recibe la queja del ministro Rawson, y Sarmiento le contesta a Mitre (presidente) “Todo lo que nos divide es que yo he sido siempre hombre de gobierno y usted no. Ni quiere, ni acaso pueda serlo”
Sarmiento declara el estado de sitio en las provincias vecinas y se dedica a confiscar bienes y exterminar opositores y a los que supone cómplices de los federales. Como Mitre trata de pararlo Sarmiento dice: “Yo mande a ejecutar Baouna (estanciero de tradición federal), el gobernador de Mendoza por mi orden ha hecho ejecutar la sentencia a un Fonsalida (también estanciero), Sandes (uruguayo al servicio del ejercito de línea) ejecutó a Minuel (un paisano) en las Lagunas”; Amparado en el estado de sitio manda a matar por abigeato a un pobre paisano “a la pena ordinaria de muerte que se ejecutará a tiro de fusil en la plaza principal de la ciudad, debiendo ser descuartizado su cadáver y puesta su cabeza y cuartos en los diversos caminos públicos” (J. Victorica) y se jacta ante Mitre “Es de admirar la pasión con que la chusma ha entrado en el movimiento, fusilaré media docena de pícaros”
Irrazábal (del ejercito de línea) toma a siete paisanos partidarios del Chacho Peñaloza (retirado de la lucha) “y acto seguido se les tomó declaración” en el “cepo colombiano”, (que consiste en poner al hombre en cuclillas y con un fusil al hombro atarlo con cuero mojado hasta que muere descoyuntado). Seis mueren en el tormento y el séptimo revela el paradero del Chacho, retirado de la lucha en casa de una familia. La partida de Vera lo sorprende desayunando con la familia:
- “¿Quien es el bandido del Chacho?”- preguntan.- “Yo soy el general Peñaloza, pero no soy un bandido” y entrega su cuchillo. (Peñaloza tenía el grado de general otorgado por Urquiza)
Sin mediar palabra Irrazával toma una lanza y la clava en el vientre del Chacho que se entregaba desarmado, en presencia de la familia y la hijastra menor. Le saca una oreja y se la manda de regalo a Natal Luna (de La Rioja) y le corta la cabeza y la pone en una pica en la plaza de Olta. Sarmiento premia a Irrazával y Vera con un ascenso.
Es tan alevosa la muerte que en Buenos Aires se levanta una protesta por la forma, pero “el loco” Sarmiento, descontrolado, refiriéndose a la muerte del Chacho le escribe a Mitre: “he aplaudido la medida precisamente por su forma” ya que “es legal matar a lanza y cuchillo” y “sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, no se habrían quietado las chusmas en seis meses” (Sarmiento. Carta a Mitre, 18.11.1862.) Doña Victorica Romero de Peñaloza es llevada encadenada a San Juan y obligada a barrer la plaza. Luego serian confiscados todos sus bienes.
"Necesitamos entrar por la fuerza en la nación, la guerra si es necesario" (año 1861). "Los sublevados serán todos ahorcados, oficiales y soldados, en cualquier numero que sean" (año 1868). "Es preciso emplear el terror para triunfar. Debe darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos. Todos los medios de obrar son buenos y deben emplearse sin vacilación alguna, imitando a los jacobinos de la época de Robespierre" "A los que no reconozcan a Paz debiera mandarlos ahorcar y no fusilar o degollar. Este es el medio de imponer en los ánimos mayor idea de la autoridad" (año 1865). “Sandes ha marchado a San Luis... Si va, déjelo ir. Si mata gente, cállense la boca. Son animales bípedos de tan perversa condición que no sé qué se obtenga con tratarlos mejor”. (Carta de Sarmiento a Mitre, marzo de 1862.)
El prestigioso caudillo sanjuanino Nazario Benavídez fue gobernador de San Juan. Por ley de 1855 no podía ser reelecto y apoyó la candidatura de Manuel José Gómez, respetado vecino quedando el con la comandancia del ejército. Su ministro liberal Saturnino Laspiur, apoyado de través de Sarmiento por los liberales de Buenos Aires derroca al gobernador Gómez y encarcela a Benavidez. “La Tribuna” y “El nacional” (redactado por Sarmiento) instigan la eliminación del “tirano” y simulando una fuga es asesinado en la cárcel. La crónica de Victorica da cuenta que “El general Benavidez medio muerto fue enseguida arrastrado con sus grillos y casi desnudo precipitado desde los altos del Cabildo a la balaustrada de la plaza donde algunos oficiales se complacieron en teñir sus espadas con su sangre atravesando repetidas veces el cadáver, profanándolo, hasta escupirle y pisotearlo”. Sarmiento dirá “es acción santa sobre un notorio malvado. !Dios sea loado" (El Nacional, 23/10/1858).
"Córteles la cabeza y déjelas de muestra en el camino" (Carta a Arredondo, 12/4/1873). "Si el coronel Sandes mata gente (en las provincias) cállense la boca. Son animales bípedos de tan perversa condición (esos provincianos que defienden sus autonomías) que no se que se obtenga nada con tratarlos mejor" (Informe a Mitre, 1863). El fusilamiento en masa de un batallón correntino: "brillante conducta".A los sublevados entrerrianos en 1868. "Proceda a diezmarlos, pasando por las armas a los que le toque en suerte". El degüello de Santa Coloma : "acto de que gusté" (año 1852). Asesinato del gobernador Virasoro que él instigó desde Buenos Aires: "San Juan tenia derecho a deshacerse de su tirano" (año 1860). Aprobó el asesinato en masa en Villamayor el 2/2/1856 y como presidente ofreció $100.000 por la cabeza de López Jordán y entre las cabezas valuadas a 1.000 patacones estaba la de José Hernández, que acababa de publicar el "Martín Fierro".
"Tengo odio a la barbarie popular... La chusma y el pueblo gaucho nos es hostil... Mientras haya un chiripá no habrá ciudadanos, ¿son acaso las masas la única fuente de poder y legitimidad?. El poncho, el chiripá y el rancho son de origen salvaje y forman una división entre la ciudad culta y el pueblo, haciendo que los cristianos se degraden... Usted tendrá la gloria de establecer en toda la República el poder de la clase culta aniquilando el levantamiento de las masas". (En Buenos Aires, 1853; Carta a Mitre del 24 de Septiembre 1861; en EEUU., 1865)
Expedición "pacificadora" del ejército de Buenos Aires
Mitre y Sarmiento utilizan en la matanza a un grupo de orientales: Sandes, Arredondo, Paunero, Rivas, Conesa y Venancio Flores, que ganó el mote de “degollador de Cañada de Gomez” donde hizo pasar por las armas a cuatrocientos vencidos, entre oficiales, suboficiales y soldados. Y esta matanza no era el producto del desborde o “excesos” de horda de delincuentes, sino parte de un plan dirigido a “uniformar el interior”, como lo demuestran los partes de batalla, como el de Sandes después de Aguaditas (11 de marzo de 1862) donde dice “Entre los prisioneros se encuentran el sargento Cicerón Quiroga, capitán don Policarpo Lucero, ayudante mayor don Carmelo Rojas, Tenientes don Ambrosio Medina, don Ignacio Bilbao, don Juan N. Vallejo y alféreces don Ramón Gutiérrez y don Juan de Dios Videla. Todos ellos han sido pasados por las armas, según orden de V.E.”
Tratando de disimular lo evidente, Mitre le dice a Urquiza: “Aunque yo ni ninguno de los míos haya promovido ni aprobado de antemano la revolución de San Juan…yo me hago un deber en proclamar justa y santa esa revolución” pero Sarmiento lo deschaba en el Senado de la Nación: “En el caso de Virasoro, y debo explicarlo con justicia a mis compatriotas, estaba mezclado todo el partido liberal” (Se refería al depuesto gobernador de San Juan, asesinado con su hijo en brazos.) El partido liberal eran los descendientes de Rivadavia, “el partido de los principios, de las luces, de la Gente decente”
A esto llamó Mitre “Expedición pacificadora del ejército de Buenos Aires”, y declarará alborozado en la Legislatura “La mayoría de las provincias hermanas han uniformado su política con la de Buenos Aires”.
Elizalde. Ministro de R.E. de Mitre, opinará ante Lamas sobre “el degollador de Cañada de Gómez": ”El general Flores había prestado la República los servicios más distinguidos que le colocaban en la altura del más notable de sus conciudadanos (…) y rodearlo de las consideraciones que la República le debía y que el Gobierno se habría honrado en tributarle” (Elizalde a Lamas. 13 de mayo de 1863) (García Mellid, Atilio:t1.p470)
El degollador de Cañada de Gómez
El 22 de noviembre de 1861, Flores se adelanta hasta Cañada de Gómez y sorprende a los federales, a los que derrota y pasa a degüello a gran parte e incorporando al resto. Esta acción le adjudicaría el mote de “el degollador de Cañada de Gómez”.
El suceso es tan aberrante, que hasta el ministro de guerra de Mitre, Gelly y Obes, muestra su espanto en el parte de la hecatombe:
“El suceso de la Cañada de Gómez – informa al gobernador Manuel Ocampo – es uno de los hechos de armas que aterrorizan al vencedor…Eso es lo que le pasa al general Flores, y es por ello que no quiere decir detalladamente lo que ha pasado. Hay más de 300 muertos que por nuestra parte solo hemos tenido dos muertos…Ese suceso es la segunda edición de Villamayor, corregida y aumentada… Para disimular más la operación confiada a general Flores se le hizo incorporar toda la fuerza de caballería de la División Córdoba enemiga” (Archivo Mitre, IX, 277)
Los “incorporados” por Flores desertan en la primera ocasión, y entonces no habrá más incorporaciones: solo degüellos. Mitre no se “ensucia las manos”, ya calla mientras sus mercenarios cumplen la tarea de limpiar el interior, y poner todo “de un mismo color” imponiendo “el reino de la libertad” como dice textualmente el diario La Nación de Mitre. El que no calla es Sarmiento, que dirá: “Los gauchos son bípedos implumes que de tan infame condición, que no sé que se gana con tratarlos mejor”
Los degolladores contratados pr Mitre, además de uruguayos colorados (liberales) son italianos, hábiles en degollar gauchos dormidos. José María Roxas y Patrón escribía a Rosas el 6 de enero de 1862:
“Una gran parte de la emigración europea que nos viene, propaga esos instintos feroces. En la matanza de Gómez, según dicen los que escaparon, los italianos hicieron despertar en la otra vida a muchos que, cansados de los trabajos del día anterior, dormían profundamente”
Era la emigración “civilizada” que el mitrismo liberal porteño traía de Europa para “civilizar” el “bárbaro” interior, en tanto Urquiza disfrutaba de su feudo entrerriano mientras los pobres gauchos morían al grito de ¡Viva Urquiza!
La "tregua unitaria"
Al campamento del Chacho va el sacerdote Eusebio Bedoya como negociador del gobierno nacional. Llega en nombre de Mitre para ofrecerle otra vez la paz, garantizada ahora “en nombre del Señor”. El Chacho acepta, y se fija “La Banderita” para la ratificación de la paz e intercambio de prisioneros.
El Chacho acude con la montonera en correcta formación. También esta el ejercito nacional con los jefes mitristas: Rivas, Sandes, Arredondo.
José Hernández narra la entrega de prisioneros nacionales tomados por el Chacho:
- Ustedes dirán si los han tratado bien – pregunta el Chacho.
- ¡Viva le General Peñaloza! – fue la respuesta unánime.
Después el Chacho se dirige a los jefes nacionales:
- Y bien...¡donde están los míos?...¿por qué no me responden? ¡Que!...¡será cierto lo que se ha dicho? ¿será verdad que todos han sido fusilados?
Los jefes de Mitre se mantenían en silencio, humillados, los prisioneros habían sido fusilados sin piedad, como se persigue y mata a las fiera de los bosques: las mujeres habían sido arrebatadas por los invasores. (José Hernández.- “Vida del Chacho”)
Los “voluntarios” de la guerra del Paraguay
Muchos ejemplos pueden darse el salvajismo unitario para el reclutamiento de “voluntarios” para la guerra de la Triple Alianza, a la que se oponían las provincias. Daremos como ejemplo lo sucedido durante la sublevación de reclutas en Catamarca.
El mes de octubre de 1865 llegaba a su término. Faltaban pocos días para la partida hacia Rosario del batallón “Libertad” cuando un incidente vino a conmover a la población. La tropa de “voluntarios”, cansada de privaciones y de castigos, se amotinó con el propósito de desertar. No es aventurado suponer que para dar ese paso debe haber influido un natural sentimiento de rebeldía contra la imposición de abandonar la tierra nativa, a la que seguramente muchos no volverían a ver. Actores principales de la revuelta fueron poco más de veinte reclutas, pero la tentativa fue sofocada merced a la enérgica intervención de los jefes y oficiales de la fuerza de custodia.
Inmediatamente, por disposición del propio Gobernador, jefe de las fuerzas movilizadas, se procedió a formar consejo de guerra para juzgar a los culpables. El tribunal quedó integrado con varios oficiales de menor graduación y la función del fiscal fue confiada a aquel teniente José Aguayo, procesado criminalmente por el Juez Federal a raíz de la pena de azotes impuesta a otros soldados.
Actuando en forma expeditiva, el cuerpo produjo una sentencia severa y originalísima en los anales de la jurisprudencia argentina. Los acusados fueron declarados convictos del delito de “amotinamiento y deserción”. Tres de ellos, a quienes se reputó los cabecillas del motín, fueron condenados a la pena de muerte aunque condicionada al trámite de un sorteo previo. Solamente uno sería pasado por las armas, quedando los otros dos destinados a servir por cuatro años en las tropas de línea. Los demás acusados, 18 en total, recibieron condenas menores que variaban entre tres años de servicio militar y ser presos hasta la marcha del contingente.
La muerte en un tiro de dados
La sentencia fue comunicada a Maubecín, quien el mismo día - 28 de octubre - puso el “cúmplase en todas sus partes” y fijó el día siguiente a las 8 de la mañana para que tuviera efecto la ejecución. Un acta conservada en el Archivo Histórico de Catamarca nos ilustra sobre las circunstancias que rodearon el hecho.
A la hora indicada comparecieron en la prisión fiscal, escribano y testigos. El primero ordenó que los reos Juan M. Lazarte, Pedro Arcadé y Javier Carrizo se pusieran de rodillas para oír la lectura de la sentencia. Enseguida se les comunicó que “iban a sortear la vida” y, a fin de cumplir ese espeluznante cometido, se les indicó que convinieran entre sí el orden del sorteo y si la ejecución recaería en quien echara más o menos puntos. En cuanto a lo primero, quedó arreglado que sería Javier Carrizo el primero de tirar los dados, y respecto de lo segundo, que la pena de muerte sería para quien menor puntos lograra.
Ajustado que fue el procedimiento, se vendó los ojos a los condenados y se trajo una “caja de guerra bien templada”, destinada a servir de improvisado tapete. Cumplidas esas formalidades previas, Javier Carrizo recibió un par de dados y un vaso.
No cuesta mucho imaginar la dramática expectativa de aquel instante, el tenso silencio precursor de esa definición. La muerte rondaba sombría y caprichosa como la fortuna en torno a la cabeza de esos tres hombres. Es probable que hayan formulado una silenciosa imploración a Dios para que ese cáliz de amargura pasara de sus labios.
Javier Carrizo metió los dados dentro del vaso. Agitó luego su brazo y los desparramó sobre el parche... ¡Cuatro!. Tocaba a Lazarte repetir el procedimiento de su compañero de infortunio. Tiró... ¡Siete!. Las miradas se concentraron entonces en la cara y en las manos del tercero. Pedro Arcadé metió los dados en el cubilete, agitó el recipiente y tiró...¡Sacó cinco!. La suerte marcaba a Javier Carrizo con un signo trágico.
El acta nos dice que se llamó a un sacerdote a fin de que el condenado pudiera preparar cristianamente su alma. Después de haber sido desahuciado por los hombres, sólo le quedaban el consuelo y la esperanza de la fe. El pueblo catamarqueño, que tantas veces fue sacudido por hechos crueles derivados de las luchas civiles, nunca había sido testigo de un fusilamiento precedido de circunstancias tan insólitas.
En otro orden de cosas, parece necesario decir que la pena de muerte aplicada a Javier Carrizo cumplió el propósito de escarmiento que la inspiraba. A lo que sabemos, no se produjo más tarde ninguna sublevación del batallón de “voluntarios” Libertad. Conducido por el propio Maubecín, hasta el puerto de Rosario, llegó a destino y sus componentes pelearon en el frente paraguayo dando pruebas de heroísmo. Estuvieron en las más porfiadas y sangrientas batallas: Paso de la Patria, Tuyutí, Curupaytí y otras. De los 350 soldados que salieron del Valle, el 6 de noviembre de 1865, solo regresarían 115 al cabo de 5 años. Los demás murieron en los fangales de los esteros paraguayos.
En el Archivo Histórico de la Nacion, hay una factura de un herrero de Catamarca, "Por cuatrocientos grilletes para los voluntarios de la guerra del Paraguay"
La guerra del Paraguay
Para comprender mejor la filosofía y el accionar de esta caterva de genios “iluminados civilizadores”, no podemos pasar por alto la guerra del Paraguay y sus iniquidades, como Lomas Valentinas, la masacre de Acosta-ñú, el saqueo de Asunción y otras lindezas, cn la excusa de llevar a Paraguay la “libertad y la civilización”, provocando el genocidio de casi todo un pueblo hermano, programado, fogoneado y festejado por Sarmiento, Mitre y otros personajes de nuestra historia.
Para no extender el texto en demasía, remitimos al lector a los artículos linqueados al pie de página. Citaremos sin embargo lo sucedido al jefe defensor de la plaza de Paysandu, Leandro Gómez, luego de rendido.
Leandro Gómez se rinde con un puñado de hombres ante el Jefe de la tercera brigada brasileña de Río Grande, quien le indica que será conducido ante le barón de Tamandaré. Un testigo presencial describe los hechos:
“El jefe brasileño dobla una calle y se encuentra con un oficial de Flores, el comandante Francisco Belén, acompañado de treinta hombres; éste se dirige al jefe brasileño e invocando el nombre del general Flores, le exige la entrega del general Gómez; éste se resiste, el otro insiste. El jefe brasileño le dice que el Barón es garantía de la capitulación, y por último le pide orden por escrito de Flores.
En ese interín llegó Goyo Suárez y a nombre del general Flores pide nuevamente la entrega del general Gómez y sus compañeros; el jefe brasileño los entrega.
Comandante Belén, recíbase Ud. de esos hombres – dice Goyo Suárez – Echan a andar y llegan a un portón de fierro. Belén da la vos de “Aquí nomás”. Por la parte de adentro de eso portón se ejecuta el terrible suplicio de la víctima ilustre…Lo estropean, lo desnudan y lo cosen a puñaladas. Uno de los Mujica (Eleuterio) le descarna la pera, estando aún vivo el general. Los compañeros siguen la misma suerte: reciben la muerte a puñaladas y balazos” (Julio Cesar Vignale. Consecuencias de Caseros. 1946)
De esta forma actuaba “la civilización”, y el diario la “La Nación” del 3 de enero de 1865 leemos: “La gran cuestión para nosotros no es saber si candor Gómez le tiene miedo a las balas. Es saber lo que mejor conviene a la libertad y a la civilización en el Río de La Plata. Quiroga, el Chacho, López Quebracho, el fraile Aldao, eran hombres muy valientes ¿Qué ha dado a su valor a la civilización de los pueblos argentinos?”
El Duque de Caxias, jefe brasileño, en un Informe al emperador hace referencia textualmente sobre Bartolomé Mitre:
“El General Mitre está resignado plenamente y sin reservas a mis órdenes. : él hace cuanto yo le indico, como está de acuerdo conmigo, en todo, incluso en que los cadáveres coléricos se tiren al Paraná, ya de la escuadra como de Itapirú para llevar el contagio a las poblaciones ribereñas, principalmente las de Corrientes, Entre Ríos y Santa Fe que le son opuestas (...) El general Mitre también está convencido que deben exterminarse los restos de las fuerzas argentinas que aún le quedan, pues de ellas solo ve peligro para su persona.”
La rebelión entrerriana.
Tampoco nos extenderemos demasiado sobre los excesos cometidos durante la represión sarmientista a la rebelión federal de Ricardo López Jordán, pero citaremos algunos episodios.
En el año 1873, durante la rebelión jordanista, Ayala y Viejobueno del ejercito Nacional "porteño", siguen concentrando armas y caballadas en Nogoyá pero no pueden dar con el caudillo entrerriano Ricardo López Jordán, que se mueve hábilmente con sus tropas. Por esos días, recordará años después Fotheringham: “El enemigo bien montado, como a entrerrianos corresponde, formaba un ejército revoloteador: estaba aquí, allí, en todas partes, y buscándolo no se hallaba en ninguna” (Ignacio H. Fotheringham. La vida de un soldado o reminiscencias de la frontera. Buenos Aires 1908) Pero el ejército contaba con un arma que pesaría fuerte sobre las caballerías y las tropas jordanistas mal armadas, muchas veces faltos de fusiles y con lanzas y sables: “En el Paraná nos dieron fusiles Remington – dice Fotheringham – que por primera vez iban a ser ensayados en una guerra de hermanos. Con semejante arma el éxito estaba asegurado”
Para ver el contraste en el modo de actuar entre los “civilizados” de “levita” y las tropas jordanistas que supuestamente representaban “la barbarie” de los de “chiripa”, baste recordar que López Jordán no aprobó el procedimiento propuesto por el coronel Gallo en el combate de Santa Rosa, por no ajustarse a “las leyes de la guerra”, y también se negó a usar las balas explosivas que le regalaron los oficiales franceses Collins y De Fries, incorporados al ejército jordanista en junio de 1873; en efecto, dichas balas fueron probadas en una cabeza de vaca por el coronel Agustín Martínez, y al ver López Jordán los efectos destructivos de las mismas, se limitó a expresar: “Yo nunca haría uso de semejantes proyectiles, porque lo que debe buscarse en la guerra es inutilizar al enemigo, no destruirlo” (La política. Buenos Aires, 20 de noviembre de 1874) Como hemos visto y como veremos luego, los “civilizados” no compartían las opiniones, los pruritos ni los procedimientos de los federales.
En la segunda quincena de noviembre, Sarmiento se traslada a Paraná, llevando algunas ametralladoras de media tonelada. Gainza decide dar inmediata movilización contra López Jordán y marcha hacia Gualeguay, pero Ayala le avisa que la vanguardia jordanista se encuentra el La Paz. El 21 de noviembre, desde Nogoyá, Ayala le da aviso a Gainza mediante telegrama: “Ametralladoras salieron hoy temprano con una escolta de cuarenta hombres de infantería y caballería. Lo saluda y deseándolo felicidad. Juan Ayala”
La "carnicería" de Don Gonzalo
El 8 de diciembre de 1873 recibe López Jordán un parte que le anuncia la derrota de Carmelo Campos en el Talita, y decide vadear el arroyo Don Gonzalo, que según testimonio de Fotheringham en esa época estaba desbordado.
“En el acto de tener conocimiento del desastre sufrido por el general Campos – relata López Jordán – traté de efectuar el pasaje del arroyo Don Gonzalo, y lo emprendí luchando dificultades incalculables, empleando en él lo que faltaba de la tarde y toda la noche” (Aníbal S. Vázquez. José Hernández en los entreveros jordanistas. Paraná, 1953)
El día 9 de diciembre de 1873 se entabla la batalla de Don Gonzalo. Los “nacionales” lanzan el primer ataque a las cuatro y media de la tarde, resistido durante dos horas y media, que obligan a Gainza a replegarse sobre sus batallones de infantería. Pero no alcanzarían las lanzas, las bayonetas y el coraje entrerriano para resistir la artillería “prusiana” y los fusiles del “nuevo sistema”: “Cuatro pequeños batallones - relata López Jordán – estaban sufriendo el fuego nutrido y mortífero de cuatro grandes batallones de línea enemigos, armados de rico armamento de ´nuevo sistema´ y arrojándonos millares de balas explosivas” (Aníbal S. Vázquez. José Hernández en los entreveros jordanistas. Paraná, 1953) Eran las mismas “balas explosivas” que el caudillo entrerriano se negaba a usar para “no destruir” al enemigo.
Y hablando de “no destruir” al enemigo, veremos ahora que pensaban y como actuaban al respecto los “civilizados de Levita”: "El Teniente Saturnino E. García, que peleó en Don Gonzalo, afirma que el coronel Juan Ayala ordenó después de la batalla “fusilamientos sobre el tambor” y numerosas muertes a lanzazos, de tal modo que las bajas jordanistas aumentaron considerablemente después de la batalla. (Avelino J. Benítez. Perfiles de una vida. Buenos Aires. 1948)
¡Linda manera de actuar de los señores liberales!...El entrerriano Domingo Tarragona, le hace cargo a Ayala en carta abierta a Sarmiento fechada en el distrito Alarcón de Gualeguaychú, el 10 de diciembre de 1878:
“Los sucesos de San Juan concluyeron con Cepeda y Pavón, sin otro recuerdo que aquel célebre parte del general Sáa dando cuenta de las numerosas víctimas que había hecho “a lanza seca” mientras que los de 1870 y 73 dejaron cubierto el suelo entrerriano de sangre humana, cuyo olor mortífero aún tiene oprimido nuestros pulmones, y órdenes en que está patente el deseo de venganza, como aquellas sus cartas a gobernador Gelabert de Corrientes para fusilar y matar sin forma de juicio a todos los que fuesen jordanistas, y que Gelabert en un momento lúcido parece que tuvo hasta la repugnancia de ejecutar; los proyectos sangrientos y crueles que rechazó el Senado, ofreciendo primas que debían pagarse con los ahorros del pueblo, por las cabezas de López Jordán, los Querencios, etcétera, y los fusilamientos, sin forma de juicio, que quizá obedeciendo sus órdenes, ejecutó con bárbara impiedad y sangre fría el general Ayala, festejado la victoria y carnicería de “Don Gonzalo” en 1873” (Archivo del Dr. Carlos M. Querencio)
Los perros y los caranchos
El 25 de noviembre López Jordán vadea nuevamente el río Uruguay por al barra de Pos Pos y pisa nuevamente suelo entrerriano con unos 40 jefes y oficiales, entre ellos su hijo Ramón López, Desiderio Olivera, Nico Coronel, Robustiano Vera y Claro Palacios.
Los jordanistas distribuyen tres vibrantes proclamas, entre ellas la de López Jordán que dice entre otras cosas:
“Los proscriptos que escaparon de la carnicería de Don Gonzalo, al acogerse al indulto bajo la fe de la autoridad nacional era para ser víctimas, en sus intereses y en sus vidas, de la venganza rencorosa e insaciable del Dr. Febre, cuyo despotismo y rapacidad viene esparciendo el escándalo en todos los ámbitos de la República” (El Nacional, 29 de noviembre de 1876. También en “El pueblo porteño, Buenos Aires, 30 de noviembre de 1876. Colección Museo Mitre)
El entonces presidente Avellaneda decreta el estado de sitio en las tres provincias (Entre Ríos, Santa Fe y Corrientes) aprovechando la volada para encarcelar a opositores y molestos. El 27 de noviembre un puñado de jordanistas, entre los que se cuenta el celebre matrero Calandria, atacan el pueblo de Gualeguay, pero la audacia no puede suplir falta de armamento.
Mientras tanto el caudillo se dirige rumbo a Tala y Nogoyá logrando burlar la vigilancia y alistando unos 500 hombres, y con esas fuerzas pobremente armadas se dirige al norte de la provincia, llegando a Alcaracito la primera semana de diciembre, donde los sorprende la división del general Juan Ayala, derrotando a las últimas lanzas federales.
Los derrotados se dispersan buscando estancias de amigos en los pagos de Montiel, siendo algunos capturados por Ayala, quien siguiendo la costumbre liberal “civilizada” y la suya propia, los pasa por las armas sin juicio previo.
Al teniente Cecilio Berón lo entrega su amigo Juan Ramírez mientras aquel dormía, y llevado a La Paz Ayala lo hace conducir hasta su campamento de Don Gonzalo y el 12 de diciembre lo hace fusilar sin consejo de guerra, junto a Agustín Viana. Según sumario que se instruyó en La Paz con motivo de este fusilamiento, surgió que Ayala estuvo predispuesto contra Cecilio Berón “por una derrota que sufrió en Hernandarias en al cual el finado tuvo la generosidad de dejarlo escapar siendo la fuerza de Berón inferior a la de Ayala” (Angel Berón de Astrada. Casos concretos del general Juan Ayala. Buenos Aires 1888. Colección Biblioteca Nacional)
Unos años más tarde un diario de Buenos Aires nos brinda nuevos detalles del proceder civilizado de estos hombres del ejército liberal:
“El coronel Berón fue capturado después de Alcaracito. No era un prisionero ni se encontraba con las armas en al mano. Estaba enfermo y fue delatado. Conducido a presencia del general Ayala con una barra de grillos a los pies y los brazos atados por la espalda, fue mandado fusilar inmediatamente. No hubo defensa ni proceso. El coronel Verón pidió algunos momentos para despedirse de su esposa, y no le fue permitido este último consuelo. La esposa concurrió con sus pequeños hijos al lugar de la catástrofe y reclamó el cadáver. El verdugo disputó aquellos tristes restos. “Mejor es que se lo coman los perros y los caranchos”, fue su respuesta.” (La Patria Argentina. Buenos Aires, 26 de enero de 1879)
El capitán Casco, acusado de jordanista, estaba preso en un cuartel de Paraná, y pocos días después del fusilamiento de Berón, es reclamado por una partida enviada por Ayala, que hace entregar al preso, para ser degollado a poca distancia del cuartel. (Idem, 23 de enero de 1879)
Parece mentira como ciertos “historiadores” ágiles y estrictos para juzgar ciertos hechos, ignoren, oculten o pasen por alto hechos como éstos, y aun salidos a la luz, traten de disimularlos y justificarlos.
En nombre de la libertad
“En nombre de la libertad y con pretensiones de servirla, nuestros liberales Mitre, Sarmiento y Cia., han establecido un despotismo en la historia, el la política abstracta, en la leyenda, en la biografía de los argentinos. Sobre la Revolución de Mayo, sobre la guerra de la Independencia, sobre sus batallas, sobre sus guerras, ellos tienen un alcorán que es de ley aceptar, creer, profesar, so pena de excomunión por el crimen de barbarie y caudillaje” (Juan B. Alberdi. Escritos póstumos)
Fuentes:
- Saldias Adolfo. Historia de la Confederación Argentina.
- Rosa, José Maria. La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas.
- Idem. Historia Argentina.
- Manuel Gálvez. Vida de Sarmiento
- José Hernández. “Vida del Chacho”
- O´Donnell. Rosas, el maldito de la historia oficial.
- Armando Raúl Bazán – La Pena de Muerte por Sorteo en Catamarca
- Antook – Reclutamiento en Catamarca (2007).
- Todo es Historia – Año 1, Nº 1, Mayo de 1967
- Chávez, Fermin. Vida y muerte de Ricardo López Jordán.
Ver artículos relacionadas:
- Unitarios y Federales
- Actitudes contrapuestas
- Bandada de pájaros
- El unitarismo
- Civilización y barbarie
- Caudillos Federales
- Casero: El principio del fin
- La guerra del Paraguay (Triple Alianza)
- Sarmiento y Paraguay
- Alberdi y el Paraguay
- Guerra franco-argentina
- Guerra contra la Confederación Peruano-boliviana
- ¡Viva Rosas!
- ¡Muera Rosas!
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Fuente: www.lagazeta.com.ar
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