Después de reconocer Inglaterra la independencia de las colonias latinoamericanas en la época en que el grupo rivadaviano concertaba el primer empréstito con la Baring, George Canning opinaba en 1825 que "La cosa está hecha, el clavo está puesto. Hispanoamérica es libre y si nosotros no gobernamos tristemente nuestros asuntos, es inglesa". (Historia universal. Editorial Daimon).
“La disposición de los nuevos estados americanos es altamente favorable para Inglaterra. Si nosotros sacamos ventaja de esa disposición podremos establecer por medio de nuestra influencia en ellos, un eficiente contrapeso contra los poderes combinados de EEUU y Francia, con quienes tarde o temprano tendremos contienda” (George Canning), y refiriéndose a la era napoleónica dice “Vuestra sea la gloria del triunfo, seguida por el desastre y la ruina; nuestro sea el tráfico sin gloria de la industria y la prosperidad creciente. La edad de la caballería ha pasado y le ha sucedido la edad de los economistas y calculadores”. Estas opiniones de Canning no impidieron a Inglaterra la utilización de la fuerza para intentar forzar la libre navegación de los ríos interiores y el bloqueo de Bs.As., aunque no con la caballería, por cierto, ni aliarse a Francia en el intento.
“Es una política estrecha mirar a este o el otro país como destinados a ser los perpetuos aliados o los eternos enemigos de Inglaterra. No tenemos perpetuos aliados ni eternos enemigos. Nuestros intereses son lo perpetuo y lo eterno.” (Declaraciones de Lord Palmerston en el parlamento inglés durante el bloqueo anglo-francés al Río de la Plata, 1848)
El tratado anglo-argentino de 1825 establecía la “reciprocidad” para los habitantes de ambos estados de “...gozar respectivamente de la franquicia de llegar segura y libremente con sus buques de carga a todos aquellos parajes, puertos y ríos de dichos territorios...” como si los buques argentinos pudieran navegar por el Támesis para competir con los textiles ingleses e Manchester o de Liverpool. Este tratado, disfrazado de reciprocidad, simplemente garantizaba la protección de su comercio y justificaba la utilización de la fuerza si no se cumplía.
El desarrollo industrial obligaba a los ingleses a buscar mercados donde extraer materias primas, y colocar sus excedentes industriales y mano de obra desocupada. (Ver: Historia de los ingleses)
Ante la actitud paraguaya de “provincia rebelde”, que separada de la Confederación se mantenía encerrada en si misma, Brasil fomentaba la discordia con el gobierno de Buenos Aires. En principio le ofreció formar un ducado adherido al imperio, y ante la negativa paraguaya se apresuró reconocerle la independencia como una forma de debilitar la Confederación y aumentar la influencia del Imperio sobre el Paraguay. Rosas, elegantemente pero con firmeza, negó el reconocimiento, dando entre otros argumentos “Que el Brasil se habría de apresurar a reconocer la independencia de la República en razón de tener iguales producciones…” “Que el Brasil era capaz de perjudicar al Paraguay, fomentando hasta la correría de los indios con armaa” y “Que reconocida la independencia del Paraguay, se llenaría de Ministros y Cónsules extranjeros, que procurarían envolverlo en cizaña, como acontecía con Buenos Aires, y hasta conquistarlo, si pudiesen”. (Ver “Rosas y el Paraguay”)
También operaba el Imperio sobre la Banda Oriental, que era parte de las Provincias Unidas de Río de La Plata. Y lo era por su historia, su tradición y su voluntad. Agredida e invadida por el Imperio brasileño con la complicidad de ciertos hombres de Buenos Aires, la mantuvo sojuzgada.
El 25 de agosto de 1825 la Honorable Sala de Representantes de la Provincia Oriental “Declara írritos, nulos, disueltos y de ningún valor para siempre, todos los actos de incorporación, reconocimientos, aclamaciones y juramentos arrancados á los pueblos de la Provincia Oriental, por la violencia de la fuerza unida á la perfidia de los intrusos poderes de Portugal y el Brasil que la han tiranizado, hollado y usurpado sus inalienables derechos, y sujetándole al yugo de un absoluto despotismo desde el año de 1817 hasta el presente de 1825. Y por cuanto el Pueblo Oriental, aborrece y detesta hasta el recuerdo de los documentos que comprenden tan ominosos actos,…” y acto seguido expresa su libre voluntad declarando que “Queda la Provincia Oriental del Río de la Plata unida á las demás de este nombre en el territorio de Sud América, por ser la libre y espontánea voluntad de los pueblos que la componen, manifestada en testimonios irrefragables y esfuerzos heroicos desde el primer período de la regeneración política de las dichas Provincias” (Ver: "Politica tortuosa")
Pero el Imperio consideraba a la Banda Oriental "la llave del plata" y no soltaría su presa, hasta que en 1827 las armas argentinas vencen completamente a las imperiales en Ituzaingo. Al triunfo de las armas argentinas le sucede una escandalosa derrota diplomática, pues en la Convención de paz, el Imperio logra imponer entre otras cosa el reconocimiento argentino de la separación definitiva de la Banda Oriental y de la libre navegación de las aguas del Plata. (Art. 1, 2, 3 y adicional) Esta escandalosa capitulación provocaría la precipitada huida de Rivadavia y derivaría en el posterior derrocamiento de Manuel Dorrego y su fusilamiento, gobernador legal de la provincia de Buenos Aires, incentivada por los complotados unitarios.
A esta compleja situación, debe agregarse la más repugnante, como era la constante intriga de los emigrados unitarios, que llevados por un odio enfermizo a Rosas, conspiraban contra su patria desde Montevideo, Chile y Bolivia, sin reparar en métodos para provocar la discordia, fogoneando las luchas y guerras civiles durante años y hasta buscando alianzas con los enemigos externos de la Confederación. Sus cabecillas no tienen reparo en fomentar la ocupación chilena de Magallanes, la escisión de las provincias mesopotámicas y hasta viajar a Europa a gestionar la intervención armada contra su Patria, con la promesa de formar una nueva república que les garantizara la libre navegación de los ríos de la cuenca del Plata..
La Confederación Argentina
Rosas era una barrera infranqueable para muchos. Inglaterra y Francia no podían atropellar a Rosas como lo hacían en Africa o en el lejano oriente; los brasileños veían impedida su expansión histórica, y hasta amenazada su integridad por las rebeliones de la provincia de Río Grande do Sul, que mirando el ejemplo argentino proponían integrarse a la Confederación; los unitarios veían en Juan Manuel de Rosas, apoyado por el pueblo, un impedimento sólido a sus pretensiones.
De la breve reseña anterior, podemos deducir fácilmente que los hechos de Vuelta de Obligado no fueron producto de un hecho fortuito, de un error diplomático, o una acción desgraciada o aislada: por el contrario, Vuelta de Obligado no fue más que el eslabón de una cadena, de una serie de acciones diplomáticas y de fuerza cuyo objetivo no era otro que la dominación de la cuenca del Plata, a costa de desmembrar el territorio nacional. Los eslabones de esa cadena fueron, entre otros, la separación del Paraguay y de la Banda Oriental, las luchas civiles de la provincias, el derrocamiento de Rosas en Caseros por al acción traidora y la complicidad brasileña y unitaria, la invasión a la Banda Oriental en vísperas de la guerra de la Triple Alianza, y la represión de la revolución jordanista en Entre Ríos, ultimo bastión federal.
Fructuoso Rivera había destituido al presidente legal uruguayo Manuel Oribe, y como siempre, intrigaba obteniendo ayuda económica de todos. Dilapidaba los fondos sin actuar, estafando alternativamente sin escrúpulos a todos por igual. Este caudillo anarquista vivía de los subsidios franceses, que le daban con generosidad o le negaban con tacañería según los sirviera o traicionara. Una frase de Lavalle sintetiza la personalidad de esta gaucho taimado: “Ofrece 1.500 hombres que no puede dar, por 200 mil patacones que desea recibir”.
Por su parte, el general Paz referirá lo dicho por el científico Aimé Bompland, allegado de Rivera, quien le decía; “El general Rivera me ha referido hechos de su mocedad que no le hacen honor, como si no se apercibiera que, tan lejos de ser una virtud, debieran causarle vergüenza. Me refería un día que, de acuerdo con otro pillo, hicieron una expedición a un pueblo de su país levando secretamente una partida de barajas o naipes compuestos, con los que desplumaron inhumanamente a todos los aficionados. Otra vez hizo otra excursión a correr carreras donde, corrompiendo a los corredores de profesión, hizo que sus caballos, que no eran mejores, llevasen el vencimiento de tosas las carreras. Lo más singular es - continuaba – que lo decía con un aire de satisfacción que probaba estar lleno de orgullo de ella dentro de si mismo”.
El “pardejón” Rivera, como lo bautizara Rosas, no logra sacarle a Francia una formal declaración de guerra, pero obtiene de éste una fuerte suma de dinero, que malgasta sin tomar acciones serias. Enemigo de Rosas, don “frutos” estaba exultante porque Rosas, con tantos problemas, sería destituido en cualquier momento. En el tratado correntino-uruguayo de 1838 decía que la alianza se haría pública al producirse la declaración de guerra de de Rivera a Rosas.
Los emigrados unitarios de Montevideo intrigaban por todos los medios contra Rosas. El 7 de marzo de 1839, una comisión formada por el cónsul francés Roger y el uruguayo Andrés Lamas, se corre precipitadamente hasta el Durazno encargada de hacerle firmar a Rivera el decreto de declaración de guerra a Rosas, antes de que aquel se enterara de la derrota boliviana en Yungay, conocida el día anterior en Montevideo. La comisión, llegada al Durazno ubica al “pradejón” en un baile de máscaras, disfrazado de moro, en casa de Martín García, vecino de la ciudad.(Irazusta Julio. Vida politca de J.M. de Rosas.t.III.p.213)
Rivera recibió a la comisión con la máscara puesta, y sin sacarse lo guantes firma la declaración de guerra sin leerla, para volver al baile ni bien se marchó la comisión. Así, entre dos compases de danza, el imperialismo francés y sus agentes del Plata jugaban la suerte de nuestros pueblos, en un momento decisivo de su historia. El pronunciamiento de Berón de Astrada dejaba de ser una rebelión interna para convertirse en una conjura con el enemigo exterior.
Entonces Rosas, en uso del derecho de país beligerante contra una fuerza que le había declarado la guerra en 1839 e invadido su territorio, ordena al Almirante Guillermo Brown que bloquee los puertos orientales.
Los diplomáticos ingleses acreditados en Buenos Aires aceptan la medida, pero sin embargo no es respetada por el jefe de la estación naval John Brett Purvis ni por el almirante James Inglefield, y en un acto inverosímil para una potencia neutral, se apoderan de la flota argentina, en un hecho que se conoce como “El robo de la escuadra”.
Los jefes navales ingleses talvez creyeran que actuaban impunemente contra “un Yeneral de Costa Pobre”, pero en cambio tenían al jefe de la Confederación Argentina, al frente de un pueblo libertador de tres naciones, y acostumbrado a los sacrificios y cientos de combates y batallas.
Rosas se dirige directamente a Lord Aberdeen, ministro de relaciones exteriores de Gran Bretaña, y obtiene el reconocimiento del bloqueo por parte de Londres, junto con la desautorización de Purvis. Pero los almirantes mantienen su actitud agresiva.
El procedimiento inglés nos resuelta conocido; un alocado almirante provoca un acto inaudito, y si le sale bien, él recibe un ascenso y Su Majestad los beneficios, y si en cambio le sale mal, la diplomacia lo desautoriza. Pero en éste caso se enfrentaban a una voluntad férrea, tenaz, inteligente y sagas, que no retrocedería un tranco de pollo en cuestiones de soberanía. El territorio era intocable y la navegación de los ríos no era negociable, tal como se establecía y respetaba en otras latitudes.
Rosas ordena artillar las barrancas de Vuelta de Obligado, un recodo del Paraná de dificultosa navegación a vela. Una hilera de botes y barcazas sostienen unas cadenas que cruzan el río de ochocientos metros de ancho en ese punto, como símbolo de soberanía. Destaca 2.500 hombres al mando del general Lucio Mansilla, y jefes como el artillero Juan Bautista Thorne. Las armas nacionales eran inferiores en poder y numero que la de los invasores, y las tropas no eran suficientes para impedir el paso, pero estaban dispuestas a dar un escarmiento al enemigo, y dejar en claro que las aguas interiores de la Confederación no podían navegarse impunemente bajo una bandera que no sea la nacional.
La escuadra invasora al mando del ingles Charles Htoman y el francés Tréhouart, fuerte de barcos a vela y vapores de guerra con cien bocas de fuego y obuses “Paixahan”, navegan aguas arriba del Paraná protegiendo un convoy de noventa barcos mercantes. Las fuerzas eran desproporcionadas respecto a lar armas nacionales, de menor número y alcance, pero el paso no les resultaría gracioso.
Lucio Norberto Mansilla (1792-1871). Acuarela de C.E.Pellegrini. Museo Histórico Nacional.
El general Mansilla arenga a las tropas nacionales:
"Milicias del Departamento del Norte ! Valientes soldados federales, defensores denodados de la Independencia de la República y de América !
Los insignificantes restos de los salvajes traidores unitarios que han podido salvarse de la persecución de los victoriosos ejércitos de las Confederación y orientales libres, en las memorables batallas de Arroyo Grande, India Muerta y otras, que pudieron asilarse de las murallas de la desgraciada ciudad de Montevideo, vienen hoy sostenidos por los codiciosos marinos de Francia e Inglaterra, navegando las aguas del gran Paraná, sobre cuyas costas estamos para privar su navegación bajo otra bandera que no sea la nacional... Vedlos, camaradas, allí los tenéis...! Considerad el tamaño insulto que vienen haciendo a la soberanía de nuestra Patria, al navegar las aguas de un rio que corre por el territorio de nuestra República, sin más título que la fuerza con que se creen poderosos ! Pero se engañan esos miserables. Aquí no lo serán ! ... No es verdad, camaradas ? Vamos a probarlo!...
Ya no hay paz Suena ya el cañón ! Ya no hay paz con la Francia ni con la Inglaterra !
Mueran los enemigos !!... Trémole en el río Paraná y en sus costas el pabellón azul y blanco y vamos a morir todos antes que verlo bajar de donde flamea !!
Ejemplo heróico Sea ésta vuestra resolución, a ejemplo del heróico y gran porteño, nuestro querido brigadier don Juan Manuel de Rosas y para llevarla contad con ver en donde sea mayor el peligro a vuestro jefe y compatriota el general"
En la mañana del 20 de noviembre de 1845, al sonar el primer cañonazo, las tropas entonan el Himno Nacional , y el canto se extiende por toda la barranca. Tropas, soldados de Patricios, milicias, civiles, hombres y mujeres irrumpieron en un canto estentóreo por los laureles que supieron conseguir y jurando con gloria morir. Eran las voces de la Patria que gritaban al invasor que había hombres y mujeres dispuestos a defender el suelo patrio, como lo habían hecho en medio continente.
En la ocasión, 35 cañones nacionales de calibre 4 a 24 se enfrentaban a 113 de calibre 24 a 80 y granadas explosivas, pero la resistencia sería tenaz y heroica.
Ocho horas duró aquel duelo, hasta la última munición. Casi todos los defensores cayeron al pie de sus armas, inclusive mujeres cantineras que se negaron a abandonar a maridos e hijos que defendían la posición. La barranca se regó de sangre heroica de muertos y heridos. Y mientras los unitarios de Montevideo festejaban la derrota nacional, el propio enemigo en su parte de batalla, reconocía la resistencia heroica: “Siento vivamente que esta gallarda proeza se haya logrado a costa de tal pérdida de vidas –se refería a las propias- pero, considerando la fuerte posición del enemigo y la obstinación con que fue la defendida, debemos agradecer a la Divina Providencia que no haya sido mayor”.
En la mañana del 21 de noviembre desembarca la infantería francesa y toma prisionero a un sargento semi moribundo y a varias mujeres heridas, tomando además algunas banderolas del frente de las tiendas, y que ahora se exhiben en la tumba de Napoleón como trofeos de guerra.
Uno de los oficiales franceses describe el cuadro: “Nuestros hombres vieron más de quinientos cadáveres; el sitio estaba completamente cubierto de muertos, gran número de los cuales yacían hecho trizas por efecto de las bombas”, y calculando que el número de heridos sobrepasaba el millar.
Increíblemente, mientras la prensa británica de Buenos Aires se refería a la escuadra naval como “los bucaneros”, el “Comercio del Plata” de Florencio Varela la denominaba escuadra de "los libertadores”.
El paso fue forzado por la escuadra, pero aguas arriba fue bombardeada en Toneleros y San Lorenzo, y hasta Corrientes y Asunción toda la ribera se mostró hostil, hostigando con metralla desde juncales y montes de talas, produciendo bajas y confusión en la escuadra.
Mientras tanto Urquiza derrotaba en Laguna Limpia a la vanguardia correntina del general Paz, director de la guerra contra Rosas, que había firmado un convenio secreto con el Paraguay, mediante el cual se comprometía a despojar a Corrientes de parte de su territorio a cambio de diez mil soldados.
La flota invasora entró a Montevideo a un año de la partida, con algunos barcos menos, y diezmadas por las armas, el hambre, el escorbuto y el desaliento.
Luego vendría la mayor victoria diplomática que jamás obtuvo la Nación.